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Volver a encontrarnos《CharlieBabe》

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Summary

Segunda parte del ONE SHOT "Lo que el silencio ocultó"...La primera parte lo pueden encontrar en mi cuenta de Wattpad...

Genre
Drama
Author
Vanesa
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

ONE SHOT

Lo que el vientre calla

Casa de Babe - Anochecer.

Charlie sale por la puerta principal y la cierra con cuidado, como si aún esperara oír la llave de Babe al otro lado. Pero no. Solo el viento frío de la noche que le da en la cara. Sus ojos están enrojecidos, pero secos. Las lágrimas se las tragó en el suelo de la cocina.

Mira el cielo oscuro. Bangkok comienza a encender sus luces. En algún lugar allá arriba, quizás ya en el aire, está Babe. Y Charlie no tiene ni idea de hacia dónde.

Aprieta la nota en el bolsillo de su chaqueta.

La siente arder contra su pecho.

Charlie en voz baja, a nadie.

—Te voy a encontrar. Aunque tenga que recorrer el mundo.

Camina hacia su moto, estacionada junto a la acera. La pone en marcha. El rugido del motor rompe el silencio de la calle. Acelera hacia el taller.

Interiores. Taller X Hunter - Una hora después.

Las luces del taller están encendidas, pero la actividad ha cesado. Alan, Jeff, North, Dean y Sonic están sentados alrededor de la mesa central, con tazas de café frío y rostros cansados. La semana después del golpe a Tony ha sido extraña: alivio mezclado con preocupación. Nadie ha visto a Babe desde aquel día en la cocina. Nadie sabe dónde está.

La puerta del taller se abre con un golpe.

Charlie entra.

Todos giran. Sus feromonas de Enigma entran con él: densas, revueltas, con un dejo amargo que nunca antes habían percibido.

North silbando bajo.

—Vaya, tiene cara de haber visto un fantasma.

Dean codazo.

—Cállate.

Charlie se detiene en el centro del taller. Mira a todos, uno por uno. Jeff, el más perceptivo, se pone de pie de inmediato.

Jeff preocupado.

—Charlie, ¿qué pasó? ¿Fuiste a ver a Babe?

Charlie asiente. Se pasa una mano por el cabello, un gesto nervioso que no le pertenece.

Charlie con voz ronca.

—Fui a la casa. Nuestra casa.

Alan con cuidado.

—¿Y?

Charlie cierra los ojos un momento. Cuando los abre, hay algo roto en ellos.

Charlie con un hilo de voz.

—No está. No hay nadie. La casa está vacía. Su ropa, sus cosas...todo se ha ido.

Sonic se lleva las manos a la boca.

Sonic con voz temblorosa.

—¿Se...se fue?

Charlie asiente, apretando la mandíbula.

—Encontré una nota. Decía que no la buscara. Que me amó. En pasado.— Su voz se quiebra un poco.— En pasado, ¿entienden?

Jeff da un paso al frente. Sus feromonas de omega se agitan, mezclando preocupación y una empatía profunda.

Jeff suave.

—Charlie, lo siento mucho. Pero...¿no hay ninguna pista de adónde pudo ir?

Charlie negó con la cabeza.

—Ninguna. No sé si tomó un avión, un tren, un autobús. No sé nada. Solo sé que ya no está en Bangkok. Tal vez ya no esté en el país.

North golpea la mesa con la palma de la mano.

North con frustración.

—¡No puede ser! ¿Así nomás se va? ¿Sin decirnos nada? ¡Nosotros somos su familia!

Dean con tono más calmado.

—Babe es orgulloso, North. Ya sabes cómo es. Si se fue sin avisar, es porque no quería que lo detuviéramos.

Alan mirando a Charlie fijamente.

—Pero tú vas a buscarlo, ¿verdad?

Charlie sostiene la mirada de Alan. El alfa más experimentado del grupo. El que siempre ha sido el hermano mayor de todos.

Charlie con determinación.

—Sí. Voy a encontrarlo cueste lo que cueste. Pero antes de eso…— hace una pausa, como si las siguientes palabras le costaran un mundo.—...debo decirles algo.

Jeff frunce el ceño. Todos se tensan.

Charlie comienza a caminar de un lado a otro, las manos en los bolsillos.

—Cuando hablé con Babe en la cocina del taller...hubo un momento en que quiso decirme algo. Me pidió que esperara. Dijo "Charlie, por favor, es importante". Pero yo…— se detiene, aprieta los puños.—...yo no lo escuché. Le dije que cualquier cosa que dijera sería un obstáculo en mi camino.

Sonic horrorizado.

—Charlie...

Charlie sigue, más rápido, como si soltar las palabras aliviará la presión.

—Me fui. Lo dejé ahí. Solo. Con eso que quería decirme y que yo no quise oír.

Se gira hacia ellos. Sus ojos están brillantes, no de lágrimas, sino de una intensidad feroz.

Charlie con voz más baja, más íntima.

—Pero desde entonces no he dejado de darle vueltas. ¿Por qué Babe insistió tanto? ¿Por qué se puso tan nervioso cuando le dije que no quería escuchar? Y entonces recordé algo.

Alan con cautela.

—¿Qué cosa?

Charlie respira hondo.

—Su actitud. En la cocina, cuando discutimos. Estaba...diferente. Más vulnerable. No era el Babe que conozco, ese que siempre responde con furia o con sarcasmo. Estaba asustado. Pero no por él. Era como si estuviera protegiendo algo.

Jeff, que había estado escuchando con atención, palideció de repente. Sus ojos se abren. Como si hubiera conectado algo que Charlie todavía no se atreve a decir.

Jeff en un susurro.

—Charlie...¿qué estás sugiriendo?

Charlie se detiene. Mira a Jeff. Luego a los demás. Y finalmente lo dice.

Charlie con voz firme, pero con una emoción apenas contenida.

—Creo que Babe está embarazado.

El taller se queda en silencio absoluto. North deja caer la taza de café que tenía en la mano. El sonido del barro rompiéndose contra el suelo es el único ruido durante varios segundos.

North recogiendo los pedazos, aturdido.

—¿Embarazado? ¿Babe? ¿Un alfa?

Dean frunciendo el ceño.

—Eso no es común. Los alfas no se embarazan, los omegas...

Sonic interrumpiendo, con los ojos muy abiertos.

—Pero Babe no es un alfa común. Es un alfa especial. Y Charlie es un Enigma. Chris nos dijo una vez que los Enigmas tienen una compatibilidad especial con los alfas. Que pueden…— se sonroja.—...pueden dejar embarazados a otros alfas si el vínculo es lo suficientemente fuerte.

Jeff asintiendo lentamente, mientras empieza a entender.

—Por eso Babe estaba tan nervioso. Por eso quería decírtelo. No era solo una charla de pareja. Era…— se lleva una mano al estómago, instintivamente.—...te estaba diciendo que llevaba a tu hijo.

Alan se pone de pie de golpe. Su silla cae hacia atrás con un estruendo.

Alan con urgencia.

—¡Dios mío, Charlie! Si Babe está embarazado y se fue solo...¿cómo va a cuidarse? ¿Quién va a ayudarlo? ¡Está en otro país, sin nadie!

Charlie con una calma que asusta, porque es demasiado fría para ser real.

—Lo sé. Por eso voy a buscarlo. Y no voy a parar hasta encontrarlo.

North se levantó también.

—Nosotros te ayudamos. Podemos...

Charlie negando con la cabeza, rotundo.

—No. Esto es personal. Ustedes ya arriesgaron suficiente con Tony. Además, necesito que se queden aquí. Por si…— traga saliva.—...por sí Babe vuelve. O por si alguien sabe algo y se pone en contacto.

Dean con seriedad.

—¿Y cómo piensas encontrarlo sin ninguna pista? Babe no es tonto. Si no quiere que lo encuentren, va a desaparecer bien.

Charlie se acerca a la mesa y saca su teléfono. Muestra una foto de la nota de Babe, que alcanzó a fotografiar antes de irse.

Charlie señalando.

—El papel. No es cualquier papel. Es membrete de una papelería de la zona antigua de Bangkok. La que está cerca del mercado de fin de semana. Babe fue allí a comprar ese papel. Quizás también compró algo más. O alguien lo vio.

Jeff tomando el teléfono, examinando la foto.

—Papelería "El Portaminas". La conozco. El dueño es un beta mayor que se acuerda de todos sus clientes. Podríamos ir mañana...

Charlie interrumpiendo.

—Voy ahora mismo.

Alan preocupado.

—Charlie, ya es de noche. El dueño va a estar cerrando...

Charlie con una sonrisa tensa.

—Entonces lo espero a que abra. No puedo perder más tiempo. Cada hora que pasa, Babe está más lejos.

Sonic, que ha estado en silencio, se levanta y se acerca a Charlie. Sus feromonas de omega emiten un aroma cálido, reconfortante.

Sonic con ternura.

—Charlie...cuando lo encuentres... vas a tener que arreglar las cosas. No solo por el bebé. Por ustedes.

Charlie lo mira. Por un segundo, la máscara se cae. Y ven a un Charlie distinto: no al Enigma invencible, no al guerrero que mató a Tony, sino a un hombre asustado, enamorado, roto.

Charlie con voz apenas audible.

—Lo sé. Y voy a pasar el resto de mi vida pidiéndole perdón si hace falta. Pero primero tengo que encontrarlo.

Jeff da un paso al frente y pone una mano en el hombro de Charlie.

Jeff con firmeza.

—Entonces ve. Nosotros nos encargamos de todo aquí. Buscamos en sus redes, preguntamos a conocidos, revisamos cámaras de seguridad si hace falta. Tú concéntrate en la pista del papel.

Charlie asintiendo, agradecido.

—Gracias. A todos.

Se gira hacia la puerta. Pero antes de salir, se detiene. Mira por encima del hombro.

Charlie con una última confesión.

—Hay algo más que no les dije. Sobre mí.

Todos lo miran.

Charlie con calma.

—Cuando fui a ver a Chris, antes del ataque a Tony...no solo fui a buscar información. Le pedí que me diera una poción. Una que eliminará las habilidades que había absorbido de Babe y los míos. Leer la mente, los sentidos potenciados, la absorción..todo eso. Ya no las tengo.

Alan sorprendido.

—¿Por qué harías eso?

Charlie con una sonrisa triste.

—Porque no eran mías. Eran de Babe. Y yo no quería tener nada de él si no era con su consentimiento.— Pausa.— Pero mis poderes naturales de Enigma siguen intactos. Esos son míos. Y los voy a usar para encontrarlo.

Jeff con admiración.

—Eso es...muy hermoso, Charlie. Y muy estúpido. Porque esos poderes te habrían ayudado a encontrarlo más rápido.

Charlie encogiéndose de hombros.

—Pero también me habrían recordado todo el tiempo que se los robé. No podía vivir con eso.

Saca las llaves de su moto del bolsillo.

Charlie con determinación.

—Me voy. Manténganse en contacto.

Y sale. La puerta del taller se cierra tras él. El rugido de la moto se aleja en la noche.

En el taller, los cinco se quedan en silencio.

North finalmente.

—¿Alguien más piensa qué Charlie está a punto de hacer una locura?

Dean resoplando.

—Siempre está a punto de hacer una locura. Pero esta vez...esta vez tiene razón.

Jeff mirando hacia la puerta, con los ojos brillantes.

—Espero que la encuentre. Por Babe. Por el bebé. Y por él.

Alan pone un brazo alrededor de los hombros de Jeff.

Alan con suavidad.

—Lo hará. Charlie es un Enigma. Cuando se propone algo...

Sonic completando.

—...no hay quien lo detenga.

Exteriores. Calle frente al taller - Noche cerrada.

Charlie conduce por las calles de Bangkok. El viento le azota la cara, pero no siente frío.

Solo una determinación ardiente.

En su mente, una sola imagen: la mano de Babe sobre su vientre.

No vio esa mano. No estaba allí para verla.

Pero algo en su interior, algo primario, le dice que esa imagen es cierta.

Charlie grita contra el viento, mientras acelera.

—¡Te voy a encontrar, Babe! ¡Te lo juro!

Las luces de la ciudad pasan como destellos.

Y detrás de él, en el taller, sus amigos comienzan a movilizarse. No va a estar solo en esta búsqueda. Pero el primer paso, la primera pista, le pertenece.

La noche es larga. Pero Charlie no va a dormir. No hasta tener algo. Un nombre. Un vuelo. Una dirección.

Algo que le devuelva a su Babe.

Y a su hijo.

Un mes en Los Ángeles – Pequeño latido

Pequeño apartamento alquilado – Los Ángeles, California. Un mes después de la huida.

El sol entra por una ventana sin cortinas, bañando de luz el estudio amueblado. Es pequeño, pero suficiente: una cama individual contra la pared, una cocina americana con dos hornillas, un baño minúsculo y una mesa plegable con una silla. Babe eligió este lugar porque era económico, porque el casero no hacía preguntas y porque estaba cerca de una clínica recomendada.

Babe se despierta solo. Sus ojos se abren lentamente, acostumbrándose a la claridad.

La primera sensación es el vacío de la cama a su lado. La segunda es el leve mareo matutino que ya conoce bien.

Se sienta en el borde de la cama, con las piernas colgando. Lleva un short holgado y una camiseta vieja de Charlie —la última que conserva, la que guarda bajo la almohada para olerla cuando la nostalgia duele demasiado. El aroma del Enigma ya es apenas un susurro, pero Babe no se atreve a lavarla.

Babe con voz ronca, acariciando su vientre plano aún.

—Buenos días, pequeño. ¿Dormiste bien?

No hay respuesta, claro. Pero a veces, en los momentos más quietos, Babe cree sentir algo. Una presencia diminuta. Como una chispa. El médico le dijo que a un mes es imposible sentir movimiento, que el embrión es del tamaño de una semilla de amapola.

Pero Babe es un alfa especial. Su cuerpo no sigue todas las reglas.

Se levanta con cuidado. El mareo lo obliga a apoyarse en la pared unos segundos. Respira hondo. Una vez que pasa, camina hacia la pequeña cocina.

Abre el refrigerador. Hay leche, huevos, espinacas, queso. Comida sana. Nada de alcohol, nada de cafeína. Babe ha cambiado por completo su dieta desde que supo del embarazo.

Babe murmurando mientras saca los ingredientes.

—Tocino no, dijeron que las grasas saturadas...huevos revueltos con espinacas. Sí. Y un vaso de leche.

Mientras cocina, pone su teléfono en la mesa y reproduce un podcast de embarazo para padres solos. La voz del presentador, un omega experimentado, llena el apartamento.

Presentador voz grabada.

—..y recuerden, los primeros tres meses son cruciales para el desarrollo neurológico. Asegúrense de consumir suficiente ácido fólico. Si son alfa o beta gestantes, consulten con su médico sobre suplementos adicionales...

Babe asiente mientras revuelve los huevos.

Tiene una cajita de vitaminas en la mesa.

Cada mañana, religiosamente, se toma las pastillas. Nunca fue tan disciplinado ni siquiera cuando entrenaba para carreras.

Suena el teléfono. Una llamada entrante. Babe mira la pantalla: «Dra. Martínez – Clínica Esperanza». Contesta al instante.

Babe con voz atenta.

—¿Dígame?

Dra. Martínez voz cálida, de unos cincuenta años, acento latino.

—Buenos días, Babe. ¿Cómo amaneció?

Babe sonriendo apenas.

—Con un poco de náuseas, pero nada que no pueda manejar.

Dra. Martínez con satisfacción.

—Me alegra. Mire, le llamaba porque ya tenemos los resultados de sus análisis de sangre. Todo está en orden. Los niveles de feromonas están estables para un alfa gestante —eso es excelente. Y el ultrasonido de la semana pasada mostró un latido cardíaco fuerte.

Babe cierra los ojos. Cada vez que escucha esas palabras —"latido cardíaco fuerte"— siente que algo se ablanda en su pecho. Un alivio tan inmenso que casi duele.

Babe.con voz quebrada.

—Gracias, doctora. No sabe cuánto significa para mí.

Dra. Martínez con ternura.

—Es mi trabajo. Pero además, Babe...usted está haciendo algo increíble. Llevar un embarazo siendo alfa no es fácil. Su cuerpo está trabajando en formas que ni la ciencia comprende del todo. Así que cuídese mucho. ¿Ha pensado en buscar un grupo de apoyo? Hay muchos padres solteros en Los Ángeles.

Babe negando con la cabeza, aunque ella no lo vea.

—No. Prefiero mantener un perfil bajo. Por ahora.

Dra. Martínez sin insistir, profesional.

—Como usted quiera. Pero recuerde que mi teléfono está siempre disponible. ¿La próxima cita en dos semanas?

—Sí. Ya la tengo agendada. Gracias de nuevo.

Cuelga. Apoya el teléfono en la mesa. Los huevos están listos. Los sirve en un plato, se sienta y come con calma, masticando bien, aunque no tiene apetito. Come por su bebé.

Mientras come, mira por la ventana. Los Ángeles se extiende grisácea, con sus palmeras y autopistas. Hace un mes que llegó. No conoce a nadie. No tiene amigos aquí. Solo la clínica, el supermercado y este apartamento.

A veces, en la noche, el silencio es tan grande que cree volverse loco. Pero entonces pone una mano en su vientre y recuerda por qué está aquí.

Babe.en voz baja, con una mezcla de tristeza y determinación.

—Es solo por un tiempo, pequeño. Hasta que estés más fuerte. Hasta que seamos indetectables.

Termina de comer, lava los platos y se prepara para su rutina diaria: caminata de veinte minutos por el barrio, ejercicios suaves de estiramiento, y luego trabajar en línea.

Babe encontró un trabajo remoto como consultor técnico para una empresa de automóviles. No es el taller, no es X Hunter, pero paga las cuentas.

Se pone una sudadera con capucha, ajusta la mochila con su ordenador y sale. El aire de Los Ángeles es distinto al de Bangkok. Más seco. Más impersonal.

Babe para sí mismo, mientras camina.

—Un día a la vez. Eso me dijo la doctora. Un día a la vez.

Pero en el fondo, en un rincón que nunca muestra, Babe sueña con el rugido de una moto, con un par de ojos grises tormenta, con un Enigma que quizás ni siquiera lo está buscando.

No sabe que Charlie nunca ha dejado de hacerlo.

El rastro que no se apaga

Habitación de hotel económico – Seúl, Corea del Sur. Mismo momento (horario diferente). Atardecer.

Charlie está sentado en el borde de una cama individual, con la espalda apoyada en la pared. Frente a él, una pizarra blanca portátil llena de fotos, mapas y anotaciones. Hilos rojos conectan ciudades, nombres, fechas. Es el mapa de una obsesión.

Ha pasado un mes. Un mes desde que encontró la nota de Babe en la casa vacía. Un mes desde que comenzó su peregrinaje. La pista del papel lo llevó a una tienda de la zona antigua de Bangkok, donde una dependienta recordó a Babe comprando papel y también un mapa mundial. No el destino, pero sí la dirección: papelería de un aeropuerto.

Charlie ha volado a tres países. Singapur. Tokio. Ahora Seúl. Sigue el rastro de tarjetas de crédito —Sonic, que es un genio de la informática, le ha estado ayudando a escondidas—. Cada vez llega un paso atrás.

Babe cambió de tarjeta en Singapur, empezó a usar efectivo en Tokio, y en Seúl...se esfumó.

Pero Charlie no se rinde.

Charlie.mirando la pizarra, con los ojos cansados.

—No estás en Singapur. No estás en Tokio. No estás en Seúl. ¿Dónde te escondiste, Babe?

Su teléfono vibra. Es Sonic, por videollamada.

Charlie contesta al instante.

Sonic en la pantalla, con su cara iluminada por la luz de su ordenador.

—Charlie, tengo algo.

Charlie se endereza. El cansancio desaparece de su rostro, reemplazado por una atención absoluta.

Charlie tono vivo.

—Dime.

Sonic con los dedos tecleando rápidamente.

—No es mucho, pero...rastreé un pago que Babe hizo en efectivo. No, no el pago en sí —eso es imposible— pero la recarga de una tarjeta de transporte público en la ciudad de Los Ángeles. Hace tres semanas.

Los ojos de Charlie se abren. Los Ángeles. Ni siquiera se le había ocurrido. Siempre pensó que Babe huiría a algún país de habla inglesa, pero más cerca de Asia. Australia, Nueva Zelanda. Pero Estados Unidos...

Charlie con una sonrisa apenas esbozada.

—¿Estás seguro?

Sonic.asintiendo.

—Noventa y ocho por ciento. La recarga se hizo en una estación de metro cerca de West Hollywood. No es mucho, pero es lo único que tengo después de semanas de búsqueda ciega.

Charlie se levanta de la cama. Comienza a hacer una pequeña maleta. Ya está listo para moverse.

Charlie mientras dobla una camisa.

—West Hollywood. ¿Hay algún registro de alquileres? ¿Alguna pista?

Sonic con frustración.

—No. Babe es inteligente. Todo lo que hace es en efectivo o con tarjetas prepago. Pero…— pausa.—...hay una cosa más.

Charlie deteniéndose.

—¿Qué?

Sonic bajando la voz, como si compartiera un secreto.

—Jeff habló con un amigo de un amigo que trabaja en migración. No es oficial, pero...alguien con las características de Babe, un alfa asiático, con pasaporte tailandés, entró a Los Ángeles hace un mes. No sale ningún registro de salida.

Charlie cierra los ojos. Respira hondo.

Charlie con la voz temblorosa de emoción contenida.

—Está ahí. Está vivo. En Los Ángeles.

Sonic con cuidado.

—Charlie...estamos hablando de una ciudad de cuatro millones de personas. Encontrarlo va a ser como buscar una aguja en un pajar.

Charlie abriendo los ojos, con determinación de acero.

—Entonces buscaré paja por paja. No importa cuánto tarde.

Cuelga. Termina de hacer la maleta en dos minutos. Luego, antes de salir del hotel, se mira en el espejo del baño.

Un mes de búsqueda se refleja en su rostro.

Está más delgado, más pálido, con ojeras profundas. Pero sus ojos tienen una luz que no había tenido desde antes de la ruptura.

Una esperanza.

Se toca la mandíbula. Se pasa una mano por el cabello. Luego abre su mochila y saca una pequeña caja de vitaminas. Él también se cuida. Porque para buscar a Babe, necesita estar en forma. No solo físicamente —entrena cada mañana, corre, hace pesas— sino también mentalmente. Come bien. Duerme lo necesario. Se obliga a descansar.

Charlie a su reflejo.

—No puedo enfermarme. No puedo rendirme. Babe...Babe y el bebé me necesitan aunque no lo sepan.

Guarda las vitaminas. Saca su teléfono y reserva un vuelo a Los Ángeles. Siete horas desde Seúl. Con escala en San Francisco.

Llegará mañana por la noche.

Mientras espera el taxi al aeropuerto, Charlie se sienta en la cama y mira una foto en su teléfono. Es la única que conserva de Babe, robada de una red social: Babe riéndose, con el pelo al viento, en la terraza de su antigua casa. Antes de que todo se rompiera.

Charlie susurrando a la foto.

—Te voy a encontrar. Y cuando lo haga...no voy a soltarte nunca más.

El taxi llega. Charlie baja, paga la habitación con su tarjeta y sale al aire frío de Seúl. La ciudad es un mar de luces. Él es una sola persona con un solo objetivo.

En el asiento trasero del taxi, cierra los ojos.

No duerme. Planea. Traza mapas mentales.

Piensa en rutas, en barrios, en clínicas —porque si Babe está embarazado, necesita atención médica. Y hay un número limitado de clínicas que atienden alfas gestantes.

Charlie para sí mismo, con los ojos aún cerrados.

—Esa es la pista. Los hospitales. Las clínicas privadas. Alguien tiene que haberlo atendido.

Saca su teléfono de nuevo. Le envía un mensaje a Sonic:

Charlie: Necesito lista de todas las clínicas de Los Ángeles que tratan embarazos de alfa. Todas.

La respuesta de Sonic llega casi al instante:

Sonic: Son treinta y dos. ¿En serio vas a visitar una por una?

Charlie: Si hace falta.

Sonic: Eres un loco.

Charlie: Lo sé.

Sonic: Pero te ayudo. Que tengas buen vuelo.

Charlie guarda el teléfono. El taxi se detiene en el aeropuerto. Paga, baja, entra en la terminal.

El vuelo a Los Ángeles sale en dos horas.

Charlie tiene tiempo de sobra. Compra un sándwich y una botella de agua. Come despacio, aunque no tenga hambre. Necesita energía.

Mientras come, observa a las familias en la terminal. Padres con hijos. Madres embarazadas. Omegas con sus parejas alfa.

Y siente un dolor agudo en el pecho.

Ese podría haber sido él. Con Babe. Con su hijo.

Charlie apretando la botella de agua.

—Va a serlo. Va a serlo aunque tenga que arrastrarme hasta el fin del mundo.

El altavoz anuncia su vuelo. Charlie recoge su equipaje, muestra su pase de abordar y camina hacia la puerta de embarque.

No mira atrás.

Porque adelante, en algún lugar de Los Ángeles, en un pequeño apartamento cerca de West Hollywood, alguien está acariciando su vientre y soñando con él.

Charlie no lo sabe. Pero lo intuye. Lo siente en sus feromonas, que por primera vez en semanas se calman al pensar que está en el camino correcto.

El avión despega. La ciudad de Seúl se convierte en un montón de luces diminutas. Charlie cierra los ojos y, finalmente, se permite dormir un par de horas.

Sueña con Babe. Y con una mano pequeña que se aferra a la suya.

Dos mundos, un mismo latido – Paralelo

Apartamento de Babe – Los Ángeles. Esa misma noche (hora local).

Babe está acostado en su cama, con una mano en el vientre y la otra sosteniendo su teléfono. Mira una foto de Charlie que también conserva. No sabe por qué la guarda. Masoquismo, quizás.

Babe en un susurro.

—A veces pienso...que si hubieras escuchado...si te hubiera dicho lo del bebé antes...¿todo sería diferente?

Pero sacude la cabeza. No sirve pensar en eso. Charlie eligió la guerra. Él eligió huir.

Apaga el teléfono y lo deja en la mesita de noche. Se da la vuelta, abrazando la almohada de Charlie que ya casi no huele a nada.

Y en su vientre, en algún lugar profundo, un latido diminuto sigue su curso.

Babe con los ojos cerrados.

—Pequeño...eres todo lo que tengo. No te voy a fallar.

El sueño lo vence. Babe duerme. Y en su sueño, alguien lo llama desde muy lejos. Una voz que conoce. Una voz que duele.

No sabe que esa voz está volando hacia él a miles de kilómetros por hora.

Avión – Sobre el Océano Pacífico. Misma madrugada (hora del vuelo).

Charlie despierta sobresaltado. Ha tenido un sueño extraño. Babe, con una mano en el vientre, sonriéndole. Pero cuando Charlie se acerca, Babe se desvanece.

Mira por la ventanilla del avión. Abajo, solo nubes y oscuridad.

Charlie en voz muy baja.

—Te siento, Babe. No sé cómo, pero te siento.

Cierra los ojos de nuevo. Esta vez, no sueña.

Solo siente.

El avión sigue su rumbo. Los Ángeles se acerca. Y con él, la posibilidad de un reencuentro que ninguno de los dos sabe si está listo para tener.

Ciudad de los ángeles, ciudad de silencio

Aeropuerto Internacional de Los Ángeles (LAX) - Atardecer.

El avión aterriza con un golpe suave. Charlie mira por la ventanilla: el sol se pone sobre el Pacífico, tiñendo el cielo de naranja y morado.

Los Ángeles se extiende interminable, una mancha de luces que promete tanto y esconde más.

Sale del avión, pasa por migración con su pasaporte tailandés y una historia inventada (turista, dos semanas, visita a un amigo). El agente de migración lo mira con indiferencia y lo sella. Charlie recoge su única mochila —la misma que ha cargado por tres países— y se dirige a la salida.

El aire de Los Ángeles golpea su rostro.

Huele a smog, a palmeras, a asfalto caliente. Nada que ver con el calor húmedo de Bangkok. Charlie se ajusta la chaqueta de cuero, alquila un coche (un sedán gris, anodino, que no llame la atención) y se dirige a West Hollywood.

El primer hotel que encuentra es barato, cerca de la estación de metro donde Sonic detectó la recarga de la tarjeta. Un motel de dos pisos con letrero de neón parpadeante y aparcamiento en la puerta. Charlie alquila una habitación por una semana. Paga en efectivo.

No quiere dejar rastro.

Habitación de motel - Esa noche.

La habitación es pequeña y triste: cama queen, televisor de tubo, baño con azulejos rotos. Charlie deja caer la mochila en el suelo, se sienta en el borde de la cama y saca su teléfono. Llama a Sonic por videollamada.

Sonic aparece en la pantalla, con ojeras como él solo.

—¿Llegaste bien?

Charlie asintiendo.

—Sí. Ya estoy en West Hollywood. Mañana empiezo con las clínicas.

Sonic con duda.

—Charlie, ya te lo dije...treinta y dos clínicas. Y eso si Babe fue a una de las que manejan alfas gestantes. ¿Y si fue a un hospital general? ¿O a un médico particular qué no está registrado?

Charlie apretando la mandíbula.

—Entonces buscaré en hospitales generales. Y en consultorios particulares. Y en clínicas de barrio. Me da igual.

Sonic suspira.

—Vale. Te envié una lista ordenada por zonas. Empecé por la más probable: el área alrededor de la estación de metro donde Babe recargó la tarjeta. Ahí hay dos clínicas y un hospital pequeño.

Charlie abre su portátil y revisa el archivo. Mapas, direcciones, horarios.

Charlie concentrado.

—Gracias, Sonic. En serio.

Sonic con una sonrisa cansada.

—Eso me lo dices cuando lo encuentres. Ahora duerme un poco. Mañana será un día largo.

Cuelgan. Charlie se ducha, come una barra de proteína que trajo en la mochila y se acuesta. Pero no duerme bien. Sueña con Babe, con una mano sobre un vientre, con una sonrisa que se desvanece.

West Hollywood - Día 1 de búsqueda. Mañana.

Charlie comienza temprano. Primera clínica: "Westside Omega Health". Es una clínica pequeña, de paredes blancas y recepcionista amable. Charlie entra, finge ser un paciente en busca de información, pero su verdadera intención es otra.

Recepcionista. Beta, cincuenta años, gafas de pasta.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?

Charlie con voz calmada, acento neutro.

—Estoy buscando a un amigo. Es tailandés, alfa, de unos veinticinco años. Creo que pudo haber venido aquí para un chequeo de rutina.

Recepcionista frunciendo el ceño.

—Lo siento, no podemos dar información de pacientes. Es confidencial.

Charlie asintiendo, como si lo entendiera.

—Lo sé. Pero es importante. Él está...desaparecido. Su familia está preocupada.

La recepcionista lo mira con simpatía, pero niega con la cabeza.

Recepcionista con firmeza.

—Si su amigo es paciente aquí, no puedo confirmarlo ni desmentirlo. Lo siento de verdad. ¿Ha probado a contactar con la policía?

Charlie sonriendo con amargura.

—La policía no puede ayudar.

Sale de la clínica. Anota en su cuaderno: "Clínica 1 - Negativo". Sigue a la siguiente.

"LA Alpha Family Clinic" . Más grande, con varios pisos. Charlie espera en la sala de espera fingiendo ser paciente, observa las caras, los nombres que llaman. Ninguno es Babe. Intenta hablar con una enfermera, pero recibe la misma respuesta: confidencialidad.

Así todo el día.

Clínica tras clínica. Hospital tras hospital.

Cada vez, el mismo muro invisible. Cada vez, la misma negativa educada. Al anochecer, Charlie ha visitado ocho centros. Cero pistas.

Vuelve al motel agotado. Las piernas le duelen, la cabeza le da vueltas. Pide comida para llevar de un puesto tailandés cercano —sabores de casa que le recuerdan a Babe— y come en silencio.

Su teléfono suena. Jeff.

Jeff en la pantalla, con expresión seria.

—¿Algún avance?

Charlie negando.

—Nada. Es como si Babe nunca hubiera existido aquí.

Jeff preocupado.

—¿Has pensado que quizás...no quiere ser encontrado? Y es bueno escondiéndose.

Charlie con dureza.

—No me importa lo bueno que sea. Algo se le tiene que escapar. Una cuenta de banco, una llamada, una receta médica.

Jeff suspirando.

—Sonic está rastreando todas las compras con tarjeta dentro de un radio de cinco kilómetros de esa estación de metro. Pero lleva tiempo. Y Babe usa efectivo.

Charlie apoya la cabeza en la mano.

—Lo sé. Lo sé. Pero no puedo rendirme.

Jeff con ternura.

—Nadie te pide que te rindas. Solo que...no te consumas. Babe necesita que estés bien cuando lo encuentres.

Charlie asiente, aunque no está seguro de poder seguir ese consejo.

Día 3 de búsqueda.

Charlie ha ampliado el radio. Ya no solo clínicas; también supermercados, farmacias, tiendas de ropa para bebés. Ha comprado un mapa físico de Los Ángeles y lo ha llenado de chinchetas de colores. Rojo para los lugares visitados. Amarillo para los pendientes. Azul para sospechosos.

Hoy visita una farmacia cerca de un parque.

El farmacéutico, un hombre beta de unos cuarenta años, lo atiende con indiferencia hasta que Charlie menciona que busca a un alfa asiático que podría estar comprando vitaminas prenatales.

Farmacéutico alzando una ceja.

—No recuerdo a nadie así. Pero pasan muchos clientes. ¿Por qué no prueba en la farmacia de la calle Santa Mónica? Es más grande.

Charlie insistiendo.

—¿No lleva un registro de compras? Vitaminas prenatales para alfas son especiales. Solo las venden en sitios autorizados.

Farmacéutico más atento.

—Sí, pero no puedo consultar el sistema sin una orden judicial. Lo siento.

Charlie sale frustrado. Grita en el interior del coche, golpea el volante. Una pareja que pasa lo mira con recelo. Charlie respira hondo, se calma. No puede llamar la atención.

Su teléfono suena. Alan.

Alan con voz grave.

—¿Cómo va eso?

Charlie con desaliento.

—Como una ola contra una roca. No avanzó.

Alan pausa y responde.

—Mike, el contactó de Kenta, tiene un primo que trabaja en el consulado tailandés en Los Ángeles. Podría ayudarte con los registros de entrada, pero es arriesgado. Si Babe se enterara de que usamos contactos oficiales...

Charlie interrumpiendo.

—Hazlo. No me importa que Babe se enfade. Necesito saber si sigue en la ciudad.

Alan dudando.

—De acuerdo. Pero ten cuidado, Charlie. No quieres asustarlo.

Charlie con amargura.

—Asustarlo sería que apareciera yo en su puerta. Y eso es exactamente lo que voy a hacer cuando lo encuentre.

Cuelga. El día sigue. Más clínicas, más negativas.

West Hollywood - Día 5 de búsqueda.

Charlie está agotado. Ha recorrido dieciocho clínicas, seis hospitales, once farmacias y veintitrés supermercados. Nada. Ni una sola persona reconoce la foto de Babe que Charlie muestra en su teléfono.

Esta noche, en el motel, tiene una videollamada con Sonic, Jeff, Alan, North y Dean. Están todos en el taller, reunidos alrededor de la mesa.

North con impaciencia.

—¿Seguro qué Babe está en Los Ángeles? Porque igual nos estamos equivocando de ciudad.

Dean razonable.

—Los datos de Sonic son sólidos. La recarga de la tarjeta fue allí. Pero Babe pudo haberse movido después.

Sonic defendiéndose.

—He rastreado todas las transacciones posibles. No hay ninguna otra después de esa. O Babe cambió de identidad, o está usando solo efectivo, o…— se calla.

Jeff completando.

—O ya no está en Los Ángeles.

Charlie cierra los ojos. La posibilidad ha estado rondando su mente desde el segundo día. Babe es astuto. Pudo haber usado Los Ángeles como escala para despistar. O pudo haberse ido a otra ciudad después de recargar la tarjeta.

Charlie abre los ojos.

—Entonces hay que pensar como Babe. ¿A dónde iría un alfa embarazado qué quiere desaparecer? Necesita un lugar donde nadie lo conozca, donde pueda vivir barato, donde haya buena atención médica pero no demasiada vigilancia.

Jeff pensando.

—¿Alguna ciudad pequeña en California? ¿O quizás otro estado?

Alan aportando.

—Otra posibilidad: Babe habla inglés. Quizás eligió un lugar con comunidad tailandesa o asiática. Donde pudiera integrarse sin llamar la atención.

Charlie toma nota mental. Amplía la búsqueda conceptual. Empieza a considerar otras ciudades: San Diego, San Francisco, Las Vegas. Incluso Seattle.

Charlie con decisión.

—Ampliamos el radio de búsqueda. Sonic, puedes rastrear posibles compras de boletos de autobús o tren después de esa fecha. Aunque sean en efectivo, hay cámaras de seguridad.

Sonic asintiendo.

—Lo haré. Pero advierto que es como buscar una aguja en un pajar de agujas.

Charlie con una sonrisa cansada.

—Ya estoy acostumbrado.

Cuelgan. Charlie se queda mirando el techo del motel. Han pasado cinco días. Casi una semana. Y no tiene nada.

Por primera vez desde que comenzó la búsqueda, Charlie siente que la desesperación empieza a carcomerlo.

Se levanta, se acerca a la ventana. Afuera, las luces de Los Ángeles parpadean indiferentes. En algún lugar, quizás, Babe está durmiendo. O acariciando su vientre. O llorando en silencio.

Charlie susurrando contra el cristal.

—¿Dónde estás, Babe? Por favor...dame una señal. Algo. Un hilo del que tirar.

El cristal se empaña por su aliento. Charlie escribe con el dedo una letra B, luego la borra.

Vuelve a la cama. No duerme. Planea. El día siguiente visitará el resto de clínicas de la lista. Y si no encuentra nada, empezará a buscar en hospitales comunitarios. Y si tampoco, se irá a San Francisco.

No va a rendirse. No puede.

Su teléfono vibra. Un mensaje de Sonic.

Sonic: Algo extraño. Revisando una base de datos de hospitales...hay un registro de análisis de sangre de un "Brian Smith" que coincide con el perfil de Babe. Fecha de hace tres semanas. En un hospital de West Hollywood.

El corazón de Charlie da un vuelco.

Responde inmediatamente.

Charlie: ¿Dirección?

Sonic: Hospital Cedars-Sinai. Pero el nombre es falso. Y la dirección que dieron también.

Charlie: Es él. Tiene que ser él.

Sonic: No te emociones. Podría ser otro alfa asiático con sangre tipo especial. Pero...es la única pista que tenemos.

Charlie no duerme esa noche. Espera a que amanezca para ir al hospital.

Hospital Cedars-Sinai - Día 6 de búsqueda. Mañana.

El hospital es enorme, moderno, con recepcionistas y guardias de seguridad. Charlie camina por los pasillos fingiendo que busca un baño. Observa las salas de espera, las enfermeras, los monitores.

Encuentra el laboratorio de análisis de sangre. Se acerca a la ventanilla.

Recepcionista del laboratorio. Mujer alfa, treintañera, con uniforme azul.

—¿Necesita ayuda?

Charlie con su mejor sonrisa.

—Disculpe, hace tres semanas un amigo mío vino aquí para un análisis de sangre y creo que perdió sus resultados. Me pidió que pasara a recogerlos. Se llama…— pausa.— Brian Smith.

La recepcionista teclea en su ordenador.

Frunce el ceño.

Recepcionista con duda.

—No tengo ningún Brian Smith en el sistema de las últimas cuatro semanas. ¿Está seguro del nombre?

Charlie fingiendo confusión.

—Quizás dio otro nombre...Es tailandés, de unos veinticinco años, alfa. Vino para un chequeo de embarazo.

La mujer lo mira con suspicacia. Los hospitales en Estados Unidos toman muy en serio la confidencialidad.

Recepcionista de manera cortante.

—No podemos dar información de pacientes sin identificación. Y si su amigo no está registrado con ese nombre, no puedo ayudarlo. Lo siento.

Charlie se retira. Sabe que Babe usó un nombre falso. Pero eso confirma que estuvo aquí. Y si estuvo aquí, quizás volvió. O quizás dejó un rastro.

Pasa el resto del día preguntando en cafeterías cercanas, en farmacias, en hoteles económicos de la zona. Muestra la foto de Babe. La mayoría niega con la cabeza. Una camarera en un café le dice: "Parece familiar, pero no estoy segura".

No es suficiente.

Al anochecer, Charlie vuelve al motel con las manos vacías. Se sienta en la cama, mira el mapa con chinchetas. Treinta y dos clínicas visitadas. Cero encuentros. Una pista falsa en un hospital.

Charlie en voz alta, a la habitación vacía.

—¿Dónde te escondiste, Babe? ¿Cómo haces para desaparecer tan bien?

El silencio responde. Charlie apoya la cabeza en las manos. Sus feromonas se desploman, llenando la habitación de un olor a tormenta cansada, a derrota.

Pero entonces, algo dentro de él se niega a rendirse. Recuerda las palabras de Jeff: "Babe necesita que estés bien cuando lo encuentres". Se levanta, se mira en el espejo del baño. Está hecho polvo, pero sus ojos aún brillan.

Charlie a su reflejo.

—Un día más. Mañana empiezo de nuevo. Y pasado. Y el siguiente. Hasta que lo encuentre.

Se ducha, come algo, y se acuesta. Antes de dormir, escribe un mensaje en su teléfono, a Babe, aunque sabe que no le llegará.

—Dondequiera que estés, te quiero. Y voy a encontrarte.

Apaga el teléfono. Cierra los ojos. Mañana será otro día de búsqueda.

Mañana quizás sea el día.

Plaza pública – Los Ángeles. Un año después. Primavera.

El sol calienta lo suficiente como para que la gente salga a las plazas. Madres con cochecitos, ancianos alimentando palomas, niños corriendo tras las ardillas. Charlie camina sin rumbo, con las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero. Lleva un año en Estados Unidos. Un año buscando, preguntando, siguiendo pistas falsas y a veces ciertas. Las ojeras se han vuelto parte de su rostro. Ha perdido peso, pero no músculo; sigue entrenando, sigue cuidándose. Por si acaso. Por si algún día...

Y entonces lo ve.

Una figura familiar. Espalda recta, cabello oscuro, postura orgullosa. Está sentado en una banca, de perfil, con algo en brazos. Un bulto envuelto en una manta de colores. Un bebé.

Charlie se congela. Su corazón, ese órgano que creía hecho de acero, da un vuelco tan violento que siente mareo. Sus feromonas de Enigma, siempre controladas, se desbocan por un instante: tormenta, relámpago, tierra mojada después de la sequía.

Es Babe.

Babe está más hermoso que nunca. El embarazo y la maternidad —porque eso es, está viendo a un padre con su hijo— le han dado una suavidad nueva. Sus mejillas tienen un rubor saludable. Sus brazos, antes marcados por músculos de corredor, ahora son más fuertes, más protectores. Y su rostro...su rostro tiene una paz que Charlie nunca había visto. Una paz que no incluye a Charlie.

El bebé se mueve entre sus brazos. Charlie no puede verle el rostro del todo, solo un mechón de cabello negro y una manita regordeta que se aferra al cuello de la camisa de Babe.

Charlie da un paso. Luego otro. Las piernas le tiemblan, pero avanza. No sabe qué va a decir. Lleva un año ensayando discursos, disculpas, explicaciones. Pero ahora, frente a Babe, las palabras se agolpan en su garganta como piedras.

Se detiene a un par de metros. Babe aún no lo ha visto. Está mirando al bebé, susurrándole algo, con una sonrisa que Charlie conoce. Esa sonrisa que una vez fue solo para él.

Charlie con voz ronca, apenas un hilo.

—¿Cuánto tiempo planeas seguir escondiéndote de mí?

Babe se tensa. Todo su cuerpo se vuelve una estatua. El bebé, sensible a su cambio de humor, gime un poco. Babe lo arrulla instintivamente, pero su cabeza se gira lentamente.

Sus ojos se encuentran.

Los de Babe se abren de par en par. La palidez le sube por las mejillas. Sus labios se separan, pero no sale ningún sonido. Durante unos segundos eternos, solo existe la mirada.

El ruido de la plaza se desvanece. Solo queda el latido de dos corazones rotos que no saben cómo estar enteros otra vez.

Babe finalmente, en un susurro.

—Charlie...

El nombre sale como un exhala, no como un saludo. Como si dijera "fantasma" o "herida". Como si decir su nombre doliera físicamente.

Babe se pone de pie con cuidado, ajustando al bebé contra su pecho. El bebé tiene ahora la cara visible: una niña de unos meses, con grandes ojos oscuros y una mata de cabello negro. Tiene los rasgos de Charlie. Es una copia diminuta y femenina del Enigma. Los mismos pómulos marcados, la misma línea de mandíbula, la misma intensidad en la mirada incluso a tan corta edad.

Charlie siente un golpe en el pecho. Un estallido de emociones que no sabe nombrar: orgullo, asombro, culpa, amor, dolor. Todo mezclado en una tormenta que le nubla la vista.

Charlie con la voz quebrada.

—Es...es mía, ¿verdad?

Babe no responde. Solo aprieta a la niña contra sí, como si Charlie fuera a arrebatársela.

Babe con voz tensa, pero controlada.

—Será mejor que hablemos en mi casa. No aquí.

Charlie asiente. No hay otra opción. Babe no está huyendo —por primera vez no huye— pero su cuerpo irradia una advertencia. Un muro invisible. Charlie lo sigue en silencio.

Caminan en paralelo, pero no juntos. Babe lleva a la bebé en un portabebés ahora, ajustado a su pecho. La niña mira el mundo con curiosidad, sus ojitos negros siguiendo las palomas, los coches, las nubes. Charlie camina a un lado, sin atreverse a acercarse demasiado. Observa cada detalle: la forma en que Babe la sostiene, cómo le susurra al oído, cómo ajusta la mantita para que no le dé el sol.

Charlie finalmente, rompiendo el silencio.

—¿Cómo se llama?

Babe duda un momento. Luego responde, con la mirada fija al frente.

—Malee.

Charlie repitiendo, como probando el sabor.

—Malee...

Babe con un dejo de ironía.

—Significa "flor" en tailandés. Pensé que algo de su padre debía llevar.

Charlie siente un nudo en la garganta. No sabe si es un gesto de amor o de rencor. Quizás ambos.

Llegan a una casa pequeña pero bonita, de dos pisos, con un pequeño jardín delantero y una valla blanca. No es lujosa, pero se nota que Babe la ha escogido con cuidado.

Segura. Tranquila. Un hogar.

Babe saca las llaves, abre la puerta y entra.

Charlie lo sigue.

La sala es acogedora: sofá de tela gris, alfombra suave, juguetes coloridos en una esquina, estantería con libros infantiles. Fotos enmarcadas en las paredes: Babe con Malee recién nacida, Babe abrazándola en el parque, una ecografía. Ninguna foto de Charlie. Como si no hubiera existido nunca.

Babe deja a Malee en su carrito de paseo, pero la niña protesta con un pequeño gemido.

Babe la saca de inmediato y la arrulla.

Babe con dulzura, a la bebé.

—Ya, ya, mi amor. Aquí está tu papá. Solo un momentito, ¿sí? Tengo que hablar con…— mira a Charlie, la voz se le corta.—...con una persona.

Malee lo mira con sus enormes ojos negros, luego gira la cabeza hacia Charlie. Lo observa. Por un segundo, Charlie tiene la sensación de que la niña lo está reconociendo de algún modo primario. Las feromonas de un Enigma son inconfundibles incluso para un bebé.

Charlie se sienta en el sofá, como Babe le ha indicado con un gesto. Babe se sienta en un sillón individual, frente a él, con Malee aún en brazos. La distancia entre ellos es de apenas dos metros, pero parece un abismo.

Charlie mirando fijamente a Babe, luego a la niña.

—¿Por qué te fuiste? Es mi hija también.

Babe baja la mirada hacia Malee. La acaricia suavemente en la mejilla. Cuando vuelve a alzar los ojos, hay una frialdad calculada en ellos. Un muro de cristal.

Babe con voz calmada, pero distante.

—Te fuiste tú primero, Charlie. No al revés.

Charlie apretando los puños.

—Te expliqué por qué. Era para protegerte de Tony.

Babe riendo sin humor.

—¿Protegerme? Me dejaste con la excusa de la sauna, con una excusa de mierda. Me hiciste creer que lo nuestro ya no era lo mismo. Y luego, cuando supiste que yo estaba embarazado—porque lo supiste, ¿verdad? Jeff o Sonic te lo contaron— en lugar de venir a buscarme de inmediato, dejaste pasar días, semanas…— su voz se quiebra un segundo, pero se recupera.—...y luego un año entero.

Charlie con desesperación.

—No supe lo del embarazo hasta después. Cuando fui a la casa y ya te habías ido, entonces lo sospeché. Pero no lo supe con certeza hasta que...

Babe interrumpiendo.

—¿Hasta qué viste a Malee? ¿Ahora lo sabes con certeza?— Pausa. Su voz se vuelve cortante.— Te fuiste, Charlie. No una vez. Dos veces. Primero en la casa. Luego en la cocina del taller, cuando te pedí que me escucharas y me dijiste que lo que tuviera que decir era un obstáculo.

Charlie baja la cabeza. Su mandíbula tiembla.

Las palabras de Babe son puñales, pero no puede negarlas.

Charlie en voz baja.

—Lo sé. Fui un idiota. Un cobarde. Pero he pasado un año buscándote. Un año entero. Dormí en hoteles de mala muerte, recorrí medio país, pregunté a desconocidos…— alza la vista, con los ojos brillantes.—...no me rendí, Babe. Nunca me rendí.

Babe con una calma que duele más que un grito.

—Eso no cambia lo que pasó. Ni lo que no pasó. Estuve solo, Charlie. Todo el embarazo. La cesárea. Las noches sin dormir con cólicos. Los primeros dientes. Todo. Lo hice yo solo.

Malee, sintiendo la tensión, empieza a lloriquear. Babe la mece suavemente, le da el chupete, y la niña se calma. Charlie observa la escena con el corazón destrozado.

Charlie con ternura apenas audible.

—¿Puedo...puedo verla de cerca?

Babe duda. Su instinto alfa le dice que proteja a su cría de cualquier amenaza, y Charlie es una amenaza emocional. Pero también es el padre. Y Babe, a pesar del muro, no es cruel.

Babe.asintiendo.

—Pero siéntate donde estás. Ella es tímida con los extraños.

Charlie se levanta lentamente, se acerca con pasos medidos. Se arrodilló frente al sillón de Babe, a la altura de Malee. La niña lo mira fijamente. Charlie extiende un dedo tembloroso y ella lo agarra con toda su fuerza diminuta.

Charlie sonríe. Es una sonrisa temblorosa, húmeda, casi dolorosa.

Charlie.en un susurro.

—Hola, Malee. Soy…— traga saliva.—...soy tu papá.

La niña no entiende, pero algo en su instinto la hace agarrar el dedo con más fuerza.

Charlie siente una conexión inmediata, abrumadora. Nunca había amado algo tan rápido y tan profundamente.

Babe observa la escena, con una expresión indescifrable.

—Puedes verla. Puedes visitarla. Pasar tiempo con ella. Pero...

Charlie alza la vista. Babe sostiene su mirada, y por un segundo, Charlie ve algo detrás del muro. Algo vivo. Algo que duele. Pero Babe lo entierra rápido.

Babe con voz firme.

—En cuanto a nosotros...no hay nosotros. No más. Tuviste tu oportunidad. La desperdiciaste.

Charlie sintiendo el golpe.

—Babe...

Babe negando con la cabeza.

—No me llames así. No con ese tono. No voy a volver a caer. Puedes ver a Malee cuando quieras, con previo aviso. Puedes traerle juguetes, ropa, lo que quieras. Puedes ser su padre. Pero mi corazón…— pone una mano sobre su pecho.—...mi corazón ya no es tuyo.

La mentira quema en su garganta. Porque lo es. Su corazón todavía es de Charlie. Lo ha sido desde el primer día. Pero no puede permitírselo. No puede volver a ese pozo de espera y decepción.

Charlie lo sabe. Lo ve en sus ojos. Sabe que Babe miente, pero también sabe que no puede forzarlo.

Charlie levantándose, con determinación.

—Acepto tus condiciones. Por ahora. Pero voy a demostrarte que puedo ser el padre que Malee merece. Y voy a esperar todo el tiempo que haga falta para que me perdones. Aunque sea el resto de mi vida.

Babe con una sonrisa triste.

—Eso es muy romántico, Charlie. Pero la vida real no es una película. La gente no cambia de verdad. Solo aprende a ocultar mejor sus defectos.

Charlie sacudiendo la cabeza.

—Yo cambié. No lo ves ahora, pero lo verás.— Mira a Malee, que se ha quedado dormida en brazos de Babe.— ¿Puedo quedarme un rato más? Solo para mirarla.

Babe asiente. Charlie vuelve a sentarse en el sofá, esta vez más cerca. Observa a su hija dormir. Observa a Babe mecerla.

El silencio no es incómodo, pero está lleno de cosas no dichas. De oportunidades perdidas.

De un amor que no se atreve a renacer.

Babe.finalmente, en voz baja informa.

—Malee come en una hora. Si quieres, puedes ayudarme a preparar su papilla.

Charlie alza la vista. Una pequeña rendija en el muro. Una oportunidad.

Charlie con una sonrisa pequeña.

—Me encantaría.

Babe no sonríe. Pero tampoco se niega. Es un comienzo, piensa Charlie. Es todo lo que necesito.

Mientras Babe se levanta para llevar a Malee a su habitación, Charlie se queda en el sofá.

Mira las fotos en las paredes. Babe solo, con Malee. Una familia de dos. Y él, el fantasma que vuelve del pasado, tratando de encontrar un lugar en un hogar que ya está construido.

Pero Charlie es un Enigma. Y los Enigmas no se rinden.

Esta vez, no va a huir. Va a quedarse. Aunque tenga que romper muros, piedra por piedra, con sus propias manos.

La primera tarde a solas

Una semana después del reencuentro.

Charlie está sentado en la alfombra, con Malee apoyada contra un cojín frente a él. La niña tiene casi cinco meses, ya sostiene la cabeza sola y mira todo con una curiosidad voraz. Hoy Babe les ha dejado la sala mientras él “hace unas llamadas” en su habitación. Charlie sabe que es una excusa, pero no protesta.

Malee agarra un sonajero de colores y lo sacude con torpeza. Charlie sonríe, fascinado por cada pequeño movimiento.

Charlie en voz baja, como si compartiera un secreto.

—¿Sabes una cosa, Malee? Tu papá solía ser muy malo perdiendo en los juegos de cartas. Una vez le gané treinta veces seguidas y casi tira la mesa por la ventana.

Malee balbucea algo que suena a acuerdo.

Charlie se ríe, un sonido ronco que no salía de él desde hacía meses.

Charlie continúa.

—Pero no le digas que te conté eso. Me va a castigar sin verte.

Malee deja caer el sonajero y Charlie lo recoge. Se lo devuelve. La niña lo mira con sus enormes ojos oscuros —tan parecidos a los suyos— y entonces hace algo que le parte el alma: estira sus bracitos hacia él.

Charlie la toma con infinito cuidado, la sienta en su regazo. Malee apoya la cabeza contra su pecho, justo donde late su corazón. Y Charlie siente que ese pequeño peso es lo más importante que ha sostenido nunca.

Arriba, en el rellano de la escalera, Babe observa sin hacer ruido. Se apoya en la pared, con los brazos cruzados. Su expresión es dura, pero sus ojos brillan. No sabe si lo que siente es celos, tristeza o alivio. Quizás todo junto.

Baja la mirada, se obliga a alejarse. No puede quedarse a verlos. No debe.

Cuando Charlie alza la vista hacia la escalera, ya no hay nadie.

Parque cercano a la casa de Babe. Dos semanas después.

Charlie ha pedido permiso para llevar a Malee al parque. Babe aceptó, pero puso condiciones: “No te la lleves lejos. Nada de coches. Y vuelve antes de su siesta”.

Charlie ha comprado un cochecito nuevo —Babe tenía uno, pero Charlie quiso comprar otro, “para cuando esté conmigo”— y pasea por el parque empujándolo. Malee va despierta, mirando las palomas, los árboles, los perros.

Charlie señalando una ardilla.

—Mira, Malee. Una ardilla. Dicen que guardan nueces para el invierno. ¿Tú guardas cosas? ¿Cómo los chupetes?

Malee responde con un “agugu” entusiasta.

Charlie se detiene, se agacha para estar a su altura y le da un beso en la frente.

Una omega mayor se acerca, con su nieto de la mano.

—Qué niña más preciosa. ¿Es suya?

Charlie con orgullo.

—Sí. Es mi hija. Se llama Malee.

La mega mayor mirando alrededor.

—¿Y su mamá? ¿No vino con ustedes?

Charlie duda. ¿Mamá? Babe es el padre, pero la mujer no sabe. Decide no entrar en detalles.

Charlie con una sonrisa cortés.

—Se quedó en casa. Necesitaba descansar.

La mujer asiente y se aleja. Charlie mira el cochecito. Por un segundo, fantasea con un mundo donde Babe está a su lado, caminando juntos, una familia normal. Pero luego recuerda el muro, la distancia, la forma en que Babe evita estar en la misma habitación que él más de cinco minutos.

Aprieta el manillar del cochecito y sigue paseando.

La papilla

Un mes después.

Charlie ha aprendido a preparar la papilla de Malee. Babe se lo enseñó una vez, de mala gana, con instrucciones secas y prácticas. “Tres cucharadas de cereal, dos de puré de manzana, agua tibia hasta la consistencia adecuada”. Charlie lo anotó todo en su teléfono.

Hoy Babe está en la sala viendo la televisión —o fingiendo verla— mientras Charlie prepara la comida en la cocina. Malee está en su trona alta, golpeando la bandeja con las manos.

Charlie canturreando mientras revuelve.

—Papillita para Malee, la niña más bonita que se puede ver...

Babe, desde la sala, sonríe a escondidas. Pero cuando Charlie entra con el cuenco, Babe vuelve a su expresión neutra.

Charlie deja el cuenco en la mesa.

—Listo. ¿Tú quieres comer algo? Puedo hacerte un sándwich.

Babe sin mirarlo.

—No tengo hambre.

Charlie insistiendo suavemente.

—Babe, no has comido nada en todo el día. Al menos un vaso de leche o...

Babe cortante.

—Me ocupo de mí mismo. No necesito que me cuides.

Charlie aprieta la mandíbula, pero no responde. Se sienta frente a Malee y comienza a darle de comer con una cucharita pequeña. Malee abre la boca como un pajarito y Charlie se derrite.

Charlie a Malee, ignorando a Babe.

—Aquí viene el avión. ¡Zum, zum!

Malee ríe, mostrando sus dos dientecitos de abajo. Charlie también ríe. Babe, desde el sofá, los mira con el rabillo del ojo. Su corazón da un vuelco al ver a Charlie tan entregado, tan paternal. Es exactamente lo que siempre había imaginado para ellos.

Pero no puede. No debe.

Se levanta y sube a su habitación, con la excusa de “revisar unos correos”. En realidad, se sienta en la cama, entierra la cara en la almohada y se permite llorar en silencio.

La primera palabra

Siete meses de edad de Malee.

Malee está en el suelo, rodeada de bloques de colores. Charlie está sentado detrás de ella, construyendo una torre que ella derriba una y otra vez. Babe está en la cocina, “ordenando la despensa”, pero en realidad está mirando a través de la puerta entreabierta.

Charlie con paciencia infinita.

—Otra vez, ¿eh? Torre, torre, torre...¡fuera!

Malee ríe a carcajadas y golpea los bloques.

Entonces, por primera vez, intenta decir algo.

Sus labios se mueven, los ojos fijos en Charlie.

Malee balbuceando claramente.

—Pa...pá.

Charlie se queda helado. Babe, en la cocina, deja caer una lata de tomates.

Charlie con voz temblorosa.

—¿Qué dijiste? Dilo otra vez, Malee. Pa-pá.

Malee con voz más clara.

—¡Pa-pá!

Charlie la levanta en el aire y la abraza. Sus ojos están llenos de lágrimas. Un Enigma llorando por dos sílabas. Babe observa desde la cocina, con una mano sobre la boca.

Babe para sí mismo, en un susurro.

—Su primera palabra...y es para él.

El dolor es físico. Un agarre en el pecho. Babe cierra la puerta de la cocina con un golpe suave, para que no lo oigan, y se apoya contra ella. Cierra los ojos.

Malee ha dicho “papá”. Y Babe no sabe si eso es un regalo o una afrenta.

La noche que Charlie se queda a cenar

Charlie ha pasado toda la tarde con Malee. La ha bañado, le ha leído un cuento, la ha acostado. Babe ha estado en su habitación la mayor parte del tiempo, pero al final ha bajado “porque necesitaba agua”. Charlie está en el sofá, agotado pero feliz.

Charlie mirando a Babe.

—Está dormida. Se quedó con el cuento de la liebre y la tortuga.

Babe con frialdad.

—Ya sé. La oí reírse desde arriba.

Charlie dudando.

—¿Puedo...puedo quedarme a cenar? Solo cenar. Luego me voy. Prometo no molestarte.

Babe lo mira. La tentación de decir que no es fuerte. Pero es tarde, Charlie ha estado todo el día con Malee, y en el fondo —muy en el fondo— Babe también está cansado de comer solo.

Babe con un suspiro.

—Hay arroz y verduras. Si te conformas.

Charlie sonriendo, agradecido.

—Me conformo.

Cocinan en silencio, cada uno en un extremo de la cocina. Babe corta las verduras; Charlie pone la mesa para dos. Es casi doméstico. Casi normal.

Se sientan a cenar. La conversación es forzada, llena de pausas incómodas.

Charlie finalmente, dejando los palillos.

—Babe...¿por qué no me dejas estar cerca de ti? No digo como antes. Digo...como amigos. Padres de Malee. Podríamos cenar juntos de vez en cuando. Ver una película. Sin segundas intenciones.

Babe ríe amargamente.

—¿Sin segundas intenciones? Tú y yo sabemos que eso es mentira.

Charlie con honestidad.

—Sí, es mentira. Porque yo aún te quiero. Pero puedo respetar tus límites. Solo quiero que dejemos de ser dos extraños que comparten una hija.

Babe baja la vista al plato. Sus feromonas emiten un aroma confuso: tristeza, anhelo, miedo.

Babe en voz baja.

—No es fácil, Charlie. Verte con ella...verte ser el padre que siempre debiste ser...me parte en dos. Porque una parte de mí te odia por no haber estado. Y otra parte…— se calla, se muerde el labio.—...otra parte quiere abrazarte y no soltarte nunca.

Charlie contiene el aliento.

Babe levanta la vista, con los ojos brillantes pero secos.

—Pero no puedo. Porque si te dejo entrar, vas a volver a irte. Y yo no puedo pasar por eso otra vez. No con Malee.

Charlie con la voz rota.

—No me iré. Te lo juro.

Babe negando.

—Los Enigmas no pueden prometer eso. Son guerreros, no anclas.

Charlie se levanta, da la vuelta a la mesa y se arrodilla frente a Babe. Toma sus manos entre las suyas. Babe intenta soltarse, pero Charlie no lo permite.

Charlie mirándolo a los ojos.

—Yo no soy un Enigma cuando estoy contigo. Soy solo Charlie. El idiota que se fue porque tuvo miedo. El idiota que ha pasado un año buscándote. El idiota que quiere pasar el resto de su vida demostrándote que puede ser el hombre que tú necesitas.

Babe traga saliva. Sus manos tiemblan.

Quiere creerle. Con cada fibra de su ser quiere creerle. Pero el miedo es más fuerte.

Babe apartando las manos suavemente.

—Necesito tiempo, Charlie. No te digo que no. Pero tampoco te digo que sí. Vive aquí, con Malee. Gánate su cariño. El mío…— se levanta, alejándose.—...el mío tendrás que ganarlo desde muy lejos.

Charlie se queda arrodillado en el suelo. Babe sube las escaleras sin mirar atrás.

Esa noche, Charlie duerme en el sofá. No porque Babe se lo haya ofrecido, sino porque no quiere irse. Por la mañana, Babe baja a hacer el desayuno y lo ve allí, envuelto en una manta demasiado pequeña.

No lo despierta. Le prepara una taza de café y la deja en la mesita, junto con una nota que dice: “Para el idiota que se quedó.”

Cuando Charlie despierta, lee la nota y sonríe. No es un te quiero. Pero es algo.

Y algo es mejor que nada.

Babe ha cedido. Después de semanas de Charlies durmiendo en el sofá, Babe ha acondicionado la habitación de invitados.

“Para que no digas que te dejo tieso”, dijo con falsa indiferencia. Pero Charlie sabe que es un paso. Pequeño, pero un paso.

Malee ya gatea. Charlie la persigue por la sala, haciéndose el monstruo. La niña ríe a carcajadas y se esconde detrás de la pata del sillón.

Malee gritando.

—¡Pa-pá! ¡Pa-pá!

Charlie rugiendo suavemente.

—¡Aquí viene el monstruo come-bebés!

La atrapa, la levanta y la hace girar. Malee chilla de alegría. Babe está en la cocina, preparando la cena, y no puede evitar sonreír.

La sonrisa se borra cuando Charlie entra con Malee en brazos y se queda a su lado.

Charlie con la niña en la cadera.

—¿Necesitas ayuda?

Babe cortante.

—No. Ya casi termino.

Charlie ignorando el tono.

—Malee quiere ayudarte. ¿Verdad, princesa?

Malee extiende sus manitas hacia la encimera. Babe le da una cuchara de madera para que juegue. Charlie la sostiene para que no se caiga.

Están los tres juntos, en la misma cocina.

Huele a cebolla y a algo parecido a la esperanza.

Babe sin mirar a Charlie, pero con la voz más suave.

—Hoy se quedó dormida más temprano. Podríamos...ver una película. Si quieres.

Charlie parpadea, sorprendido.

Charlie con cuidado.

—¿En la sala?

Babe asintiendo.

—En la sala.

Después de cenar, Malee está profundamente dormida en su cuna. Babe y Charlie se sientan en el sofá, con una distancia prudente de medio metro entre ellos. Eligen una comedia romántica —porque Babe sabe que a Charlie le gustan.

A mitad de la película, Charlie siente que Babe se inclina ligeramente hacia él. No lo suficiente para tocar, pero sí para que sus feromonas se mezclen.

Charlie no dice nada. No quiere romper el hechizo.

Cuando la película termina, Babe se levanta de golpe.

Babe con voz ronca.

—Es tarde. Buenas noches.

Charlie también levantándose.

—Buenas noches, Babe.

Babe sube las escaleras sin mirar atrás. Pero en el rellano, se detiene. Sin volverse, dice:

Babe apenas audible.

—Gracias...por quedarte.

Luego desaparece en su habitación. Charlie se queda en el pie de la escalera, con el corazón latiendo tan fuerte que cree que Babe debe oírlo desde arriba.

Sube a la habitación de invitados. Se acuesta en la cama que Babe preparó para él. Las sábanas huelen a suavizante, pero también, muy débilmente, a Babe. Como si hubiera dormido allí antes de dársela.

Charlie sonríe en la oscuridad.

Un paso. Un pequeño paso.

Y tiene toda una vida para seguir caminando.

El tercero en discordia

Casa de Babe – Atardecer.

Charlie llega caminando desde el parque con Malee en brazos. La niña está adormilada, apoyando la cabecita en el hombro de su padre. Charlie la sostiene con infinito cuidado, como si fuera de cristal. Abre la puerta con la llave que Babe le dio hace unas semanas —solo para emergencias, dijo— y entra.

Escucha voces. Ríe. La risa de Babe, pero no sola. Acompañada. Una risa masculina, grave, desconocida.

Charlie se detiene en el recibidor. Desde allí ve la sala: Babe está sentado en el sofá, con las piernas cruzadas, una taza de té en la mano. A su lado, un hombre. Alto, rubio, de complexión atlética. Viste una camisa azul claro y pantalones caqui. Tiene una sonrisa fácil y una mano apoyada en el respaldo del sofá, muy cerca de los hombros de Babe.

Babe se ríe de algo que el hombre ha dicho.

Su cabeza se inclina hacia él. Sus ojos brillan.

Se ve...feliz. Cómodo. Relajado. Como Charlie no lo veía desde antes de la ruptura.

El hombre —Alex, lo sabrá después— gira la cabeza y ve a Charlie en el recibidor. Babe también lo ve. Su expresión cambia por un segundo: algo parecido a la culpa, o quizás a la sorpresa. Pero se recupera rápido.

Alex con amabilidad.

—Oh, hola. Tú debes ser Charlie, ¿verdad? Babe me ha hablado de ti.

Charlie no responde. Solo asiente, con la mandíbula apretada. Malee gime un poco por el cambio de postura. Charlie la arrulla con un sonido suave y se dirigió escaleras arriba.

Babe con voz neutra.

—Déjala en la cuna, ya comió antes de que llegaras.

Charlie sube sin mirar atrás. En la habitación de Malee, la acuesta con cuidado, le da su osito de peluche y un beso en la frente. La niña se duerme al instante, agotada por el paseo. Charlie se queda un momento mirándola, respirando hondo.

Charlie susurrando, para sí mismo.

—Tranquilo. No es nada. Es solo un amigo. No tienes derecho a sentir celos.

Pero los tiene. Ardiendo, hirviendo en el pecho. Sus feromonas de Enigma se agitan, aunque intenta controlarlas. Huele a tormenta contenida.

Baja las escaleras. Alex y Babe han dejado de reír. Ahora conversan en voz baja. Charlie entra en la sala y se sienta en un sillón individual, frente a ellos. La distancia es deliberada.

Babe haciendo ademán de presentación.

—Charlie, él es Alex. Alex, Charlie.

Alex se levanta y extiende la mano. Charlie la estrecha con firmeza, quizás demasiada. Alex no parece notarlo, o decide ignorarlo.

Alex con simpatía.

—Babe me ha contado mucho de ti. Que eres el padre de Malee. Que has estado viniendo a verla. Me alegra que por fin se haya animado a aceptar ayuda.

Charlie con voz cortante.

—No vine a ayudar. Vine a ser su padre.

Babe interviniendo, con un dejo de advertencia.

—Charlie...

Alex conciliador.

—Claro, claro. No quise ofender. Solo digo que es bueno que Malee tenga a sus dos padres cerca.

Charlie no responde. Mira a Alex, luego a Babe. Busca señales. ¿Hay algo más entre ellos? La mano en el respaldo del sofá, tan cerca del hombro de Babe. La forma en que Babe no se aparta. La intimidad en sus risas.

Alex se despide poco después. Se levanta, le da un abrazo a Babe —un abrazo normal, de amigos, pero Charlie siente que le clavan una aguja en el pecho— y se va con un "nos vemos pronto".

La puerta se cierra. El silencio se instala.

Babe se queda de pie en medio de la sala, con los brazos cruzados. Charlie sigue sentado, con los puños apretados sobre las rodillas.

Charlie finalmente, sin poder evitarlo.

—¿Es un amigo o un casi algo?

Babe lo mira. Una ceja ligeramente alzada.

Una sonrisa pequeña, casi provocadora.

Babe con calma.

—¿Te importa?

Charlie cuenta hasta tres. Inspira, exhala.

Cuando habla, su voz es un gruñido contenido.

Charlie levantándose de golpe.

—Sí, me importa. Así que no me vengas con esos juegos.

Babe no retrocede. Sostiene su mirada. Sus feromonas de alfa especial se elevan, mezclándose con las de Charlie. Hay un duelo silencioso de voluntades.

Babe con una sonrisa que no llega a sus ojos.

—No sabría decirte. Aún no estoy seguro de si quiero o no algo con él. Aunque eso no quita que ya lo probé.

Es mentira. Charlie lo sabe. Puede oler la mentira en sus feromonas, en el leve latido acelerado de su corazón. Pero la mentira —esa mentira deliberada, lanzada como un dardo— le entra igual. Como una puñalada.

Charlie da un paso hacia Babe. Babe no retrocede, pero sus ojos se ensanchan.

Siente la oleada de feromonas de Charlie: celos, rabia, dolor. Todo mezclado en un aroma tan denso que casi ahoga.

Charlie se detiene a pocos centímetros de Babe. Lo mira a los ojos. Quiere tocarlo. Quiere gritarle. Quiere besarlo y odiarlo al mismo tiempo.

Pero no hace nada.

Se aleja de golpe. Camina hacia la puerta. La abre. Y la cierra de un portazo tan fuerte que un cuadro se desajusta en la pared.

Babe se queda solo en la sala. El eco del portazo retumba en sus oídos.

Babe se muerde el labio inferior. Una mueca que es mitad diversión, mitad dolor.

Babe susurrando, con la voz quebrada pero forzando una sonrisa.

—No has cambiado, Cachorro. Sigues siendo el mismo celoso y posesivo de antes.

Ríe. Una risa baja, sin alegría. Se encoge de hombros, como si le diera igual. Sube las escaleras hacia su habitación.

Pero en el camino, pasa por la habitación de Malee. La niña duerme plácidamente, ajena al drama de los adultos. Babe se asoma, la mira un momento.

Babe en un susurro aún más bajo.

—No sé por qué hago esto, Malee. Por qué lo provocó. Si solo quiero que se quede...o si quiero que se vaya definitivamente.

Cierra la puerta sin hacer ruido. Va a su habitación, se sienta en la cama, y se queda mirando la pared.

Sus manos tiemblan.

No es divertido. No es un juego. Pero es la única forma que conoce de mantener a Charlie a raya: haciéndole daño para que él también lo sienta. Para que no sea la única persona en esta historia que sufre.

Afuera, Charlie camina por la calle sin rumbo.

El aire de la noche no logra enfriar su furia.

Camina rápido, con las manos en los bolsillos, masticando la rabia.

Charlie habló en voz alta, para sí mismo, mientras los transeúntes lo miran extrañados.

—Mentira. Todo mentira. Lo dijo para herirme. Y funcionó. Maldita sea, funcionó.

Se detiene bajo un farol. Apoya la frente en el poste metálico, frío. Cierra los ojos.

Charlie susurrando.

—Pero aún así...¿y si no es mentira? ¿Y si alguien más estuvo allí cuando yo no pude? Alex. Ese maldito Alex con su sonrisa fácil y sus manos cerca de ti...

Aprieta los puños. Siente las uñas clavándose en las palmas. El dolor físico lo ancla.

Tiene dos opciones: irse para siempre, dejar que Babe haga su vida con quien quiera, y limitarse a ser padre de Malee desde la distancia. O quedarse. Pelear. Demostrar que los celos no son dueños de él.

Charlie elige la segunda. Pero no esta noche. Esta noche, necesita aire. Necesita tiempo para que la tormenta en su pecho se calme.

Camina de regreso a su coche, estacionado a unas cuadras. Antes de arrancar, envía un mensaje a Babe.

Charlie: Mentiste sobre Alex. Lo sé. No sé por qué lo hiciste, pero duele. Mañana iré a ver a Malee a la hora de siempre. No voy a huir. Aunque tú quieras que lo haga.

Babe recibe el mensaje. Lo lee una vez. Dos. Tres veces. Sus dedos dudan sobre el teclado, pero no responde.

Apaga el teléfono, lo deja en la mesita de noche, y se acuesta de lado, abrazando la almohada que solía ser de Charlie.

Babe cerrando los ojos.

—No quiero que huyas, Cachorro. Quiero que te quedes. Pero no sé decírtelo sin romperme.

Una lágrima resbala por su mejilla. La seca con el dorso de la mano. Malee duerme en la habitación contigua, ajena. Los dos hombres que la aman están a kilómetros de distancia emocional, aunque sus cuerpos estén cerca.

Y el muro que Babe construyó, ladrillo a ladrillo, se sostiene. Pero cada portazo, cada mentira, cada provocación, añade una grieta.

Algún día, el muro caerá. Solo falta saber quién estará del otro lado cuando eso ocurra.

Tragar veneno para no perder el cielo

Charlie y Malee: la hora del baño

Charlie está arrodillado junto a la bañera pequeña de plástico, con las mangas de la camisa arremangadas y el pantalón empapado. Malee chapotea feliz, golpeando el agua con las manos y salpicándolo todo.

Su risa es un sonido que Charlie atesora más que cualquier otra cosa.

Charlie riendo, mientras se seca la cara con el hombro.

—¡Malee, no! ¡El papá ya está mojado, no hace falta más!

Malee responde con un balbuceo que suena a "pa-pa-pa" y vuelve a golpear el agua con más fuerza. Charlie finge estar horrorizado, pero su sonrisa es genuina, ancha, de esas que solo Malee puede sacarle.

Charlie cogiéndola suavemente por las axilas.

—Vamos, pequeña tormenta. Ya es suficiente. Vas a inundar la casa de tu papá.

La saca de la bañera, la envuelve en una toalla con capucha de conejo rosa. Malee protesta un poco, porque el agua es divertida y afuera hace frío. Charlie la abraza contra su pecho y le canta una canción de cuna tailandesa que aprendió de su propia madre.

Su voz es ronca, pero cálida.

La puerta del baño se abre. Babe está en el umbral, con los brazos cruzados. Mira la escena: Charlie empapado, Malee envuelta en la toalla, ambos riendo. Su expresión es neutra, pero sus ojos se posan un segundo de más en Charlie.

Babe con voz plana.

—Terminen pronto. Tengo que bañarme yo también.

Charlie sin dejar de mirar a Malee.

—Claro. En cinco minutos la visto y la dejó en su habitación.

Babe asiente y se retira. Charlie exhala. Sabe que Babe no está molesto, pero tampoco amable. Esa neutralidad calculada es su nueva forma de ser desde el reencuentro.

Charlie ha aprendido a leerla: ni bien ni mal.

Solo...distancia.

Charlie a Malee, en un susurro.

—Tu papá está raro hoy, ¿eh? Pero no importa. Nosotros estamos bien, ¿verdad?

Malee le agarra la nariz con sus manitas regordetas. Charlie se ríe y la aprieta contra sí.

Charlie en la cocina, Babe y Alex en la sala

Charlie ha venido a pasar la tarde con Malee.

Ella gatea por toda la sala, persiguiendo una pelota que Charlie le lanza suavemente. Babe está en la cocina, preparando algo. La puerta suena. Alex entra, con una botella de vino en la mano y una sonrisa.

Alex desde la entrada.

—¡Babe! Traje el vino que te gusta. ¿Nos tomamos una copa?

Babe desde la cocina, con un tono más animado que el que usa con Charlie.

—¡Claro! Pasa, estoy terminando unas tapas.

Charlie se pone rígido en la sala. Su mano deja de lanzar la pelota. Malee se acerca a él, confundida, y le tira del pantalón. Charlie la levanta y la sienta en su regazo, pero sus ojos están fijos en el arco que conecta la sala con la cocina.

Alex pasa junto a él con una sonrisa educada.

—Hola, Charlie. ¿Cómo estás?

Charlie con voz controlada.

—Bien. ¿Y tú?

—Muy bien. ¿Has visto a Malee? Está enorme.

Malee, como si entendiera que hablan de ella, agita los brazos y hace un sonido feliz. Alex se acerca para hacerle cosquillas en la barbilla. Malee ríe. Charlie aprieta la mandíbula.

Alex a Charlie, mientras se aleja hacia la cocina.

—Cuídala. Babe y yo estaremos en la sala cuando terminen.

Charlie no responde. Siente cómo sus feromonas se agitan, pero las obliga a calmarse. Respira hondo. Una, dos, tres veces.

Charlie a Malee, en voz muy baja.

—Tranquilo, Charlie. Tranquilo. Es solo un amigo. No tienes derecho a sentir nada.

Malee lo mira con sus grandes ojos oscuros y le da una palmada en la mejilla. Charlie sonríe forzadamente.

Pasa la siguiente hora en la sala, con Malee gateando a su alrededor, pero sus oídos están pendientes de la cocina. Las risas de Babe y Alex. El tintineo de las copas. Una conversación fluida, fácil, que Charlie no alcanza a descifrar.

Cuando Alex se va, Babe pasa por la sala con las copas sucias.

Babe sin mirar a Charlie.

—¿Te quedas a cenar?

Charlie negando, aunque le duela.

—No. Me voy en un rato.

Babe asiente y sube las escaleras. Charlie se queda solo con Malee, que se ha quedado dormida en su regazo.

Aprieta los labios. Tragó. Otra vez.

Exteriores. Parque cercano. Un año de Malee. (El día de su cumpleaños)

Charlie ha planeado una pequeña celebración: un pastel de zanahoria, un globo con forma de conejito, una mantita para sentarse en el césped. Llega al parque con la mochila cargada de ilusiones y se detiene.

Ve a Babe en la misma banca de siempre. Y a Alex a su lado. No están abrazados ni nada inapropiado, pero Alex tiene una mano en el respaldo de la banca, muy cerca del cuello de Babe. Babe ríe, inclina la cabeza, y le dice algo al oído. Alex asiente.

Charlie se queda paralelo detrás de un árbol.

Su primer instinto es irse. Su segundo, acercarse y arrancar a Alex de allí. Pero no hace ninguna de las dos. Tragó. Otra vez.

Saca el teléfono y le escribe a Babe.

Charlie: Llegué al parque. ¿Dónde están?

Babe revisa su teléfono, mira a su alrededor, y lo ve detrás del árbol. Le hace un gesto para que se acerque. Charlie guarda el teléfono, respira hondo, y caminó hacia ellos con la mochila al hombro.

Alex saludando con la mano.

—¡Charlie! Feliz cumpleaños a Malee. Babe me dijo que hoy era el día.

Charlie asintiendo, con una sonrisa que no le llega a los ojos.

—Gracias.

Babe mira a Charlie, luego a la mochila.

Babe con curiosidad.

—¿Qué trajiste?

Charlie desabrochando la mochila.

—Torta de zanahoria, porque le encantó la que hiciste una vez. Un globo. Y su osito favorito, que se quedó en casa.

Babe alza una ceja. No esperaba que Charlie recordará la torta de zanahoria.

Alex con admiración.

—Qué lindo. Eres muy detallista.

Charlie no responde. Extiende la mantita en el césped y comienza a organizar todo. Malee está en el cochecito, despierta, mirando los árboles. La saca Babe, la sienta en la mantita, y ella gatea inmediatamente hacia el globo.

Alex se levanta para ayudar a inflar más globos —Charlie trajo varios— y Babe se queda a su lado. Charlie observa, en silencio, cómo Alex y Babe trabajan juntos con naturalidad. Cómo se pasan los globos. Cómo Alex toca el brazo de Babe para llamar su atención.

Charlie se sienta al otro lado de la mantita, con Malee en su regazo. Le da un trocito de torta —sin azúcar, la versión para bebés que Babe le enseñó a hacer— y ella la devora con felicidad.

Babe mirando a Charlie.

—¿No vas a comer torta?

Charlie negando.

—No tengo hambre.

Es mentira. Pero tragar alimentos ahora le sería tan difícil como tragar los celos.

La celebración continúa. Malee sopla su primera velita (con ayuda de Charlie y Babe, cada uno sosteniendo una mano diminuta). Alex toma fotos con su teléfono. Babe sonríe en las fotos, pero Charlie nota que sus sonrisas son más genuinas cuando mira a Malee que cuando mira al resto.

Cuando Alex se va —porque tiene un compromiso después— Charlie ayuda a recoger todo. Babe guarda los restos de la torta en una fiambrera. Charlie lo mira.

Charlie finalmente, con voz neutra.

—Él te hace feliz.

No es una pregunta. Babe se detiene.

Babe sin mirarlo.

—Es un buen amigo.

Charlie insistiendo suavemente.

—Eso no responde a mi pregunta.

Babe levanta la vista. Hay algo cansado en sus ojos.

Babe con sinceridad.

—No sé lo que me hace feliz, Charlie. Pero él no me hace daño. Y eso ya es mucho.

Charlie aprieta la mandíbula. No dice nada más. Toma a Malee en brazos y la lleva al cochecito. Camina junto a Babe de regreso a casa, en silencio.

El silencio pesa menos que las palabras que no se atreven a decir.

Charlie cuida a Malee enferma, Babe sale con Alex

Malee tiene fiebre. No alta, pero suficiente para que esté irritable y solo quiera estar en brazos. Babe tiene un compromiso —no dice con quién, pero Charlie lo supone— y le pide quedarse.

Babe con tono de disculpa, raro en él.

—Lo siento, sé que no es tu responsabilidad, pero...

Charlie interrumpiendo.

—No te preocupes. Me quedo con ella. Ve.

Babe duda un segundo. Luego asiente, se pone una chaqueta y sale. El coche de Alex lo recoge en la puerta. Charlie no mira por la ventana. En lugar de eso, acuesta a Malee en su pecho y se sienta en el mecedor de la habitación.

La niña llora un poco, con la fiebre molestándola. Charlie le canta bajito, le pasa la mano por la espalda, le da el chupete.

Poco a poco, se duerme.

Charlie se queda ahí, en la penumbra, con su hija sobre el corazón. El tictac del reloj. El silencio de la casa. Y en su cabeza, las imágenes de Babe riendo con Alex, tocando su brazo, compartiendo vino.

Charlie susurrando, para no despertar a Malee.

—No importa. Ella es lo importante. Él puede hacer lo que quiera. Yo estoy aquí por ella.

Una hora después, Babe regresa. No ha bebido, pero tiene las mejillas sonrosadas por el aire fresco. Sube a la habitación y encuentra a Charlie dormido en el mecedor, con Malee en brazos. Los dos respiran al mismo ritmo.

Babe se queda un momento en la puerta. Sus ojos se ablandan. Luego se endurecen otra vez.

Babe en voz baja.

—Charlie.

Charlie despierta con un sobresalto.

Charlie parpadeando.

—¿Ya volviste?

Babe asintiendo.

—Ya. Dame a Malee, vete a descansar.

Se la pasa con cuidado. Malee ni se inmuta, cambiando de brazos como si fuera lo más natural del mundo. Charlie se levanta, estira las piernas.

Charlie dudando.

—¿Todo bien con tu...compromiso?

Babe con evasiva.

—Sí, todo bien.

Charlie no pregunta más. Toma su chaqueta y se va. En la puerta, se detiene.

Charlie sin mirarlo.

—Si alguna vez necesitas que me quede...aunque sea por ella...solo dímelo.

Babe no responde. Charlie cierra la puerta suavemente.

Ya en la calle, Charlie se apoya en la pared.

Cierra los ojos. Tragó. Pero esta vez supo amargo como la hiel.

Alex ha invitado a Babe a cenar. Babe, por alguna razón, ha incluido a Charlie. Charlie no sabe si es por lástima, por compromiso o para seguir provocándolo. Pero aceptó. Porque negarse sería mostrar debilidad.

Malee se ha quedado con una niñera que Babe contactó. Los tres están sentados en una mesa redonda, con Charlie y Alex enfrentados. Babe en medio.

La conversación es forzada. Alex habla de su trabajo, de sus viajes. Babe lo escucha con interés. Charlie mira el plato.

Alex a Charlie, amable.

—¿Y tú, Charlie? ¿A qué te dedicas? Babe nunca me lo ha contado bien.

Charlie con voz plana.

—Antes corría en un taller. Ahora busco trabajo aquí.

Alex con admiración.

—¿Corrías? ¿Cómo piloto de carreras?

Charlie negando.

—Mecánico. Pero también corría. Por afición.

Babe baja la mirada. Recuerda las carreras ilegales, el taller, los fines de semana juntos.

Otra vida.

Alex intentando ser simpático.

—Qué interesante. Si algún día necesitas contactos, yo tengo un amigo que...

Charlie interrumpiendo, sin brusquedad pero con firmeza.

—Gracias, pero puedo solo.

Silencio incómodo. Babe interviene.

Babe.cambiando de tema.

—La comida está buena, ¿no?

Alex asintiendo.

—Sí, la pasta está excelente.

Charlie toma un sorbo de vino. Le arde la garganta. Pero no dice nada. Tragó. Otra vez.

Esta noche, especialmente.

Al final de la cena, Alex se ofrece a llevar a Babe a casa. Babe mira a Charlie.

Babe con un tono que Charlie no alcanza a descifrar.

—¿Tú cómo vuelves?

Charlie encogiéndose de hombros.

—Caminando. No está lejos.

Alex ofreciéndose.

—Podemos llevarte...

Charlie cortés pero firme.

—No es necesario.

Se despiden en la puerta del restaurante. Charlie ve cómo Alex pone una mano en la espalda de Babe para guiarlo hacia su coche. Babe no se aparta. Charlie gira y camina en dirección opuesta.

Las calles están vacías. Charlie camina rápido, con las manos en los bolsillos. El viento le da en la cara, pero no siente frío.

Solo un ardor sordo en el pecho.

Charlie en voz alta, a nadie.

—Tragar. Solo tragar. No es tuyo. Ya lo perdiste.

Pero mientras camina, suelta una lágrima. La seca rápido. Ningún Enigma llora. Pero Charlie no se siente un Enigma ahora. Solo un hombre roto que finge estar bien para no perder a su hija.

Charlie con Malee en el jardín, Babe y Alex en la terraza

Charlie juega con Malee en el jardín trasero.

La niña ya camina, tambaleante pero decidida. Charlie la persigue, la atrapa, la hace reír. Las risas de Malee son la única medicina para su alma.

En la terraza, Babe y Alex están sentados, tomando algo. Charlie los ve por el rabillo del ojo. Alex está más cerca de Babe de lo necesario. Babe se ríe de algo que dice.

Charlie aprieta los dientes.

Malee se cae sentada sobre el césped. No llora, pero Charlie corre hacia ella.

Charlie agachándose.

—¿Te duele? No, no te duele, eres fuerte como tu papá.

Malee se levanta sola y vuelve a caminar. Charlie se queda de rodillas en el césped, mirándola. Entonces escucha la voz de Alex, desde la terraza.

Alex a Babe, en voz lo suficientemente alta para que Charlie oiga.

—Es bueno con ella, ¿no? Se nota que la quiere.

Babe con voz más baja, pero Charlie tiene oído de Enigma.

—Sí. Por eso le permito verla.

Alex después de una pausa.

—¿Y tú? ¿Alguna vez has pensado en...volver con él?

Silencio. Charlie deja de respirar.

Babe finalmente, con voz neutra.

—No es algo que piense.

Charlie baja la cabeza. Tragó. Esa respuesta —"no es algo que piense"— es peor que un no. Es un "ni siquiera te considero una opción".

Se levanta, toma a Malee en brazos y se la lleva adentro. Pone excusa de que necesita agua. Pero en realidad necesita no ver más a Alex con Babe.

En la cocina, apoya la frente en la nevera. Malee le acaricia el pelo, como si supiera que su papá está triste.

Charlie susurrando.

—Estoy bien, Malee. Estoy bien. Solo un momento.

Babe entra a la cocina a buscar más hielo.

Encuentra a Charlie así, abrazado a Malee, la frente en la nevera.

Babe con un dejo de preocupación.

—¿Estás bien?

Charlie se endereza. Sonríe. Una sonrisa falsa, que Babe aprende a detectar.

Charlie con ligereza.

—Sí, solo un poco de sueño. Me voy, ¿sí? Ya casi es su hora de la siesta.

Babe asintiendo.

—De acuerdo.

Charlie le da la niña, la besó en la frente, y sale sin mirar a Babe.

En el jardín, Alex sigue en la terraza, solo.

Charlie pasa junto a él sin saludar. Alex no dice nada.

Charlie llega a su coche, se sienta dentro, y se queda un rato con las manos en el volante. No llora. No esta vez. Solo respira. Una y otra vez. Tragando. Siempre tragando.

Charlie en voz baja, a sí mismo.

—Ella es suficiente. Ella es suficiente. Ella es suficiente.

Lo repite como un mantra. Porque si deja de creerlo, se derrumba.

El muro se derrumba

Un día después.

Babe había dejado a Malee dormida en la habitación. Caminó por el pasillo en silencio, preocupado. Al llegar a la sala, encontró a Charlie sentado en el sofá, con el rostro completamente tapado por las manos.

Babe preguntó, frunciendo el ceño.

—¿Te sientes bien?

Charlie no respondió. Solo respiraba agitado.

Babe se acercó más, el corazón latiéndole fuerte.

—No me asustes…¿Estás bien, Charlie?

Entonces Charlie levantó la mirada.

Babe tragó duro al ver aquellos ojos.

Oscuros, ardientes, con las pupilas dilatadas y un brillo casi salvaje. El olor a feromonas de Enigma saturaba el aire: denso, almizclado, dominante, envolvente. Era el aroma de un Enigma al borde del límite.

Charlie se levantó lentamente. Babe intentó retroceder un paso por instinto, pero Charlie fue más rápido. Lo atrajo de la cintura con un brazo fuerte, pegándolo contra su cuerpo duro y caliente.

—No puedo más, Babe…—susurró Charlie contra sus labios, la voz ronca, casi rota.— No puedo más con esto. Te necesito. Te necesito conmigo.

—Charlie…— murmuró Babe, la respiración entrecortada.

Charlie presionó su frente contra la de él, los ojos cerrados un segundo como si le doliera contenerse.

—Me vuelvo loco al verte con él…al vernos así. Te amo y te necesito, mi amor.

Y sin darle tiempo a responder, Charlie devoró su boca en un beso feroz, profundo, hambriento.

Babe jadeó contra sus labios y soltó un gemido ahogado.

—Cachorro…

Al principio Babe se tensó, sorprendido por la intensidad, pero después de unos segundos sus manos subieron al cuello de Charlie y correspondió al beso con la misma urgencia.

Sus lenguas se enredaron, calientes y desesperadas.

Charlie gruñó contra su boca, un sonido bajo y primal que vibró en el pecho de Babe. Sin esfuerzo, lo tomó de los muslos y lo levantó.

Babe enredó automáticamente las piernas alrededor de la cintura de Charlie, sintiendo cómo su cuerpo respondía al contacto.

Charlie lo empujó contra la pared más cercana con un golpe sordo, sin dejar de besarlo.

Sus labios bajaron al cuello de Babe, besando, chupando y mordiendo la piel sensible justo donde latía su pulso. El aroma de Alfa especial de Babe se mezclaba con el de Charlie, creando una combinación embriagadora.

—Joder, Babe…— gruñó Charlie contra su cuello, la voz gruesa de deseo.— Hueles tan bien cuando te pones así de caliente para mí. Tu olor me está volviendo loco…quiero marcarte entero.

Babe arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta mientras sentía los dientes de Charlie rozando su piel.

—Charlie…ah…

Charlie deslizó una mano bajo la camiseta de Babe, subiéndola con rudeza hasta dejar su pecho al descubierto. Su boca bajó sin piedad: besó, chupó y mordió uno de sus pezones, tirando de él con los dientes mientras su lengua lo calmaba después. Babe soltó un jadeo agudo, los dedos enredados en el cabello de Charlie.

—Mírate…— susurró Charlie, levantando la mirada con una sonrisa oscura y posesiva.— Tan sensible para mí. Tu cuerpo responde tan perfecto, Alfa…mi Alfa.

Babe respiraba con dificultad, el calor subiendo por su cuerpo. A pesar de ser un Alfa especial, en ese momento se sentía completamente dominado por el Enigma que lo tenía atrapado contra la pared.

Charlie lo bajó solo lo suficiente para quitarle los pantalones y la ropa interior con movimientos rápidos y ansiosos. Luego se deshizo de los suyos, liberando su erección gruesa y palpitante, ya mojada en la punta por el precum. El nudo en la base comenzaba a hincharse solo con la anticipación.

Volvió a levantar a Babe, colocándolo de nuevo contra la pared, las piernas de Babe firmemente enredadas en su cintura.

—Te voy a follar contra esta pared hasta que no puedas pensar en nadie más que en mí.— murmuró Charlie contra su oído, la voz ronca y obscena.— Quiero sentir cómo te abres para mi nudo…cómo tu cuerpo me aprieta y me pide más.

Babe gimió fuerte cuando sintió la cabeza gruesa de Charlie presionando contra su entrada. Charlie no entró de golpe; frotó su longitud contra él, esparciendo la humedad natural que el deseo de Babe empezaba a generar, mezclado con su propio precum.

—Tan mojado ya…— gruñó Charlie, mordiendo el lóbulo de su oreja.— Eso es, mi amor. Tu cuerpo sabe que me pertenece.

Empujó lentamente al principio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo Babe se abría alrededor de él con un gemido largo y tembloroso.

—Ah…Charlie…joder…— jadeó Babe, clavando las uñas en sus hombros.

Charlie empezó a moverse, primero con embestidas profundas y controladas, luego más rápidas, más fuertes. Cada golpe lo empujaba contra la pared, el sonido de piel contra piel llenando la sala junto con sus gemidos y gruñidos.

—Eres tan apretado…tan perfecto.— gruñó Charlie, besando su boca otra vez mientras lo follaba con fuerza.— Siente cómo te lleno, Babe. Nadie más te va a tener así. Solo yo. Solo mi nudo va a hincharse dentro de ti.

Babe echó la cabeza hacia atrás, gimiendo sin control mientras Charlie lo penetraba sin piedad, golpeando ese punto dentro de él que lo hacía ver estrellas.

—Cachorro…más…por favor…

Charlie sonrió contra su cuello, posesivo.

—¿Más? Te voy a dar todo, mi Alfa. Te voy a llenar hasta que gotees mi semen y mi nudo te mantenga lleno por horas.

Aceleró el ritmo, sus embestidas volviéndose más salvajes. Su mano bajó entre sus cuerpos para acariciar la erección de Babe, masturbándolo al mismo tiempo que lo follaba.

—Quiero que te corras en mi mano mientras te nudo.— susurró Charlie, la voz oscura y llena de lujuria.— Quiero sentir cómo tiemblas y me aprietas cuando te llene.

Babe estaba al borde, el cuerpo temblando, las feromonas de ambos saturando el aire.

Charlie sintió su propio nudo hinchándose más, presionando contra la entrada de Babe con cada embestida.

—Charlie…estoy…ah…

—Hazlo, mi amor.— gruñó Charlie, mordiendo su cuello con fuerza suficiente para dejar marca.— Córrete para mí.

Babe se corrió con un grito ahogado, su semen salpicando entre sus cuerpos mientras su interior se contraía violentamente alrededor de Charlie.

Charlie gruñó como un animal, empujando profundamente una última vez. Su nudo se hinchó completamente y se trabó dentro de Babe con un empujón final, llenándolo con chorros calientes y espesos de semen.

—Joder…Babe…mío…— jadeó Charlie contra su cuello, temblando mientras su nudo los mantenía unidos, pulsando dentro de él.

Se quedaron así, pegados a la pared, respirando agitados. Charlie besó suavemente los labios hinchados de Babe, ahora con una ternura que contrastaba con la ferocidad de minutos antes.

—Te amo…— susurró Charlie, todavía dentro de él, el nudo manteniéndolos conectados.— No voy a dejarte ir nunca, mi Alfa. Eres mío.

Babe, aún recuperándose, pasó los dedos por el cabello de Charlie y sonrió débilmente.

—Cachorro…vas a matarme un día de estos.

Charlie rio bajito, besando su cuello marcado.

—Solo si te mueres de placer, mi amor.

Confesiones

Al día siguiente.

La luz de la mañana entraba suave por las cortinas. Babe estaba despierto desde hacía rato, apoyado en un codo, mirando a Charlie que dormía profundamente a su lado. Su rostro relajado, el cabello revuelto y esa respiración tranquila lo hacían ver tan vulnerable que Babe sintió una punzada de nostalgia y amor profundo.

Extendió la mano y acarició con lentitud la mejilla de Charlie, trazando la línea de su mandíbula con el pulgar. Sonrió con ternura, se inclinó y besó sus labios suavemente, susurrando contra ellos:

—Yo también te amo, mi amor…Siempre te amé.

Charlie abrió los ojos lentamente, aún somnoliento, pero con una sonrisa que se dibujó poco a poco en sus labios.

—Siempre quise escuchar esas palabras de ti…— murmuró con la voz ronca por el sueño.— Me hiciste esperar mucho, Babe.

Babe sonrió, aún cerca de su rostro.

—Te lo merecías por ser un cabrón conmigo…Ya sabes lo que yo sentí todo este tiempo.

Charlie soltó una risa baja y, sin previo aviso, le dio una nalgada firme en el trasero que hizo que Babe diera un pequeño respingo y soltara una carcajada.

—¡Oye!— protestó Babe entre risas.

Charlie se giró completamente hacia él, ahora completamente despierto, y lo miró con intensidad.

—En cuanto a ese tipo…

Babe negó con la cabeza de inmediato, serio pero calmado.

—Solo es un amigo, Charlie. Jamás he tenido algo con él. No pude…Mi amor por ti lo impedía. Y además, él merece a alguien que lo corresponda completo, no a medias.

Charlie lo observó unos segundos, buscando la verdad en sus ojos.

—¿Estás seguro de ello? No quiero un deja vu como con lo de Willy…

Babe sonrió suavemente y pasó los dedos por el cabello de Charlie.

—Completamente seguro. Tus celos y tu posesividad…me traen recuerdos.

Charlie frunció el ceño, confundido.

—¿Recuerdos?

Babe asintió, con una mirada traviesa y cargada de deseo.

—Sí…recuerdos deliciosos.

Eso fue todo lo que necesitó Charlie.

En un movimiento rápido y dominante, Charlie se abalanzó sobre Babe, girándolo sobre su espalda y colocándose encima de él. Sus ojos ya tenían ese brillo oscuro y primal del Enigma. El aroma de sus feromonas se intensificó de inmediato, envolviendo la habitación.

—Recuerdos deliciosos, ¿eh?— gruñó Charlie contra sus labios antes de devorarlos en un beso brutal, profundo y posesivo.

Babe respondió con la misma intensidad, enredando las manos en el cabello de Charlie y tirando de él mientras sus lenguas se batían en duelo. Charlie mordió su labio inferior con fuerza, tirando de él, y Babe gimió en su boca, correspondiendo con una mordida igual de salvaje en el labio de Charlie.

Charlie bajó por su cuello, besando, chupando y mordiendo la piel con hambre.

Dejó marcas rojas y moradas a su paso, succionando fuerte justo sobre el punto donde Babe era más sensible.

—Joder, Babe…— gruñó contra su cuello, la voz gruesa y obscena.— Me encanta cómo tu piel se marca tan fácil para mí. Quiero que lleves mis mordidas todo el día…que cada vez que te mires al espejo recuerdes que este cuello es mío.

Babe arqueó la espalda y respondió mordiendo el hombro de Charlie, dejando sus propias marcas mientras sus uñas arañaban la espalda ancha del Enigma.

—Entonces marca más fuerte, cachorro…— jadeó Babe, la voz ronca.— Porque yo también quiero que lleves mis dientes.

Charlie soltó un gruñido animal y bajó más, atacando los pezones de Babe. Chupó uno con fuerza, tirando de él con los dientes mientras su lengua lo lamía después, luego pasó al otro, mordiéndolo con saña hasta que Babe soltó un gemido alto y tembloroso.

—Tan sensible…— murmuró Charlie, mirándolo desde abajo con ojos oscuros.— Tus pezones se ponen tan duros para mí, mi Alfa. Me vuelves loco cuando gimes así.

Sin más preámbulos, Charlie le abrió las piernas con rudeza, colocándose entre ellas.

Su erección ya estaba completamente dura, gruesa y palpitante, el nudo en la base empezando a hincharse por la excitación.

Babe estaba igual de mojado, su cuerpo respondiendo instintivamente al Enigma.

Charlie no fue suave. Empujó dentro de Babe de una sola estocada profunda y brutal, arrancándole un grito ahogado.

—Ah…¡Charlie!

—Así…— gruñó Charlie, empezando a follarlo con embestidas fuertes, rápidas y profundas desde el primer segundo.— Toma todo de mí, Babe. Siente cómo te abro…cómo te llenó por completo.

Cada embestida era ruda, casi violenta, el sonido de piel chocando contra piel resonando en la habitación junto con sus gemidos y gruñidos. Charlie sujetaba las caderas de Babe con fuerza, clavando los dedos mientras lo penetraba sin piedad.

—Eres tan jodidamente apretado…— jadeó Charlie, inclinándose para morder su cuello otra vez.— Tu cuerpo me aprieta como si no quisiera dejarme salir nunca. ¿Sientes mi nudo hinchándose? Voy a trabarme tan profundo dentro de ti que no vas a poder caminar derecho después.

Babe respondía con la misma ferocidad: levantaba las caderas para encontrarse con cada embestida, arañando la espalda de Charlie y mordiendo su clavícula hasta dejar marcas sangrantes.

—Más fuerte…— exigió Babe entre gemidos.— Fóllame más duro, Charlie…Quiero sentirte por días.

Charlie soltó una risa oscura y aceleró, follándolo con brutalidad, golpeando ese punto dentro de Babe con cada embestida salvaje.

—Vas a sentirme, mi amor…Te voy a follar tan brutal que vas a correrte gritando mi nombre. Y cuando mi nudo se hinche y te llene hasta rebosar, vas a seguir gimiendo porque no vas a poder parar.

Babe estaba perdido en el placer, el cuerpo temblando bajo las embestidas brutales.

Charlie bajó una mano y empezó a masturbarlo con movimientos rápidos y firmes, sincronizados con sus embestidas.

—Córrete para mí, Babe…— ordenó Charlie contra su oído, la voz ronca y posesiva.— Quiero sentir cómo te corres mientras mi nudo te abre y te llena.

Babe se corrió con un grito ahogado, su semen salpicando entre sus cuerpos mientras su interior se contraía violentamente alrededor de Charlie.

Charlie gruñó como un animal, empujando profundamente una última vez. Su nudo se hinchó completamente y se trabó dentro de Babe con fuerza, pulsando mientras lo llenaba con chorros calientes y espesos de semen.

—Joder…Babe…mío…todo mío…— jadeó Charlie, temblando sobre él mientras el nudo los mantenía unidos.

Se quedaron así, respirando agitados, cuerpos sudorosos y marcados. Charlie besó los labios hinchados de Babe con más ternura ahora, aunque aún respiraba pesado.

—Te amo…— susurró contra su boca.— Y no voy a compartirte nunca más.

Babe sonrió débilmente, aún recuperándose, y pasó los dedos por el cabello húmedo de Charlie.

—Cachorro posesivo…

Charlie mordió suavemente su labio inferior.

—Y te encanta.

Y el amanecer se convierte en mañana, y la mañana en mediodía, y cuando Malee despierta y llora llamando a su papá, dos cuerpos enredados se separan a regañadientes, riendo como adolescentes.

Babe se pone una bata y sube a buscar a la niña. Charlie se queda en la cama, con una mano en el lugar donde Babe dormía, una sonrisa estúpida y eterna en el rostro.

Charlie para sí mismo, mirando el techo.

—Te encontré. Y ahora no te suelto nunca.

Arriba, Malee ríe mientras Babe la carga. Y Charlie cierra los ojos, escuchando los sonidos de su familia —la que siempre debió ser— mientras se forma, lentamente, como el sol después de una larga tormenta.

¡FIN!

Dedicado a @Ara_14, @VaniaIsabelAguilarNo, @angelavlopez2, @patricia19898 y @PanditaPooh41…Q lo disfruten….

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Good Writing

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Great Character

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Strong Dialog

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Pidiendo que sufra un 100% y tú nos diste un sufrimiento de 1000 😭
Muchas gracias, la neta me gustó mucho y ese final con el nudo fue..... 🔥🥵
Dijiste: antes de que me pidan otro omegaverse les regaló dos nudos 🤣

2 months
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woow! estuvo increible estaba como Charlie sufriendo🥺, hasta llegue a pensar que Charlie se rendiria, pero ese final estuvo 🔥🔥 jajajjaa ya decia que nos daba otro bebe 🤭

2 months
1
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Sentí el dolor y la impotencia de Charlie por Babe 😔🤧 y detesté a Alex, normal cierto? Gracias por tan hermosa historia 👍🏻💯

2 months
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