La última decisión humana

All Rights Reserved ©

Summary

Adrián despierta en un mundo extraño sin recordar su nombre ni su pasado. Mientras intenta sobrevivir, fragmentos de una civilización futurista comienzan a volver a su mente, junto con la verdad de en qué clase de hombre se estaba convirtiendo. Entre misterio, romance y una oscuridad cada vez más profunda, deberá enfrentarse a una pregunta imposible: qué queda de humano cuando ya no puedes confiar ni en tus propios recuerdos.

Genre
Scifi
Author
Alejandro
Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Bajo Dos Cielos

Capítulo 1: Bajo Dos Cielos

La voz del profesor llegaba clara desde el centro de la sala, medida con esa calma propia de los adultos que jamás esperaban ser interrumpidos.

Adrián estaba junto a la ventana. El sol de la mañana entraba limpio sobre los pupitres y dejaba una franja de luz en el suelo pulido. Más allá del cristal, la ciudad se abría en terrazas blancas, jardines elevados y torres de líneas suaves que parecían crecer entre los árboles en lugar de expulsarlos. Había tránsito en el cielo, aunque apenas se oía. Las rutas aéreas se deslizaban a lo lejos como cintas de vidrio atravesando una claridad sin humo.

Detrás del profesor, las pantallas flotantes cambiaban de contenido sin que nadie las tocara. Una mostraba la silueta translúcida de un cuerpo humano en formación; otra, una cadena de marcadores genéticos; otra más, la recreación serena de dos adultos sentados ante un panel de selección. La interfaz les ofrecía colores de iris, textura de cabello, tono de piel, simetrías menores. Lo importante ya venía decidido antes de que pudieran llamarlo elección.

—La variabilidad biológica fue considerada durante siglos una cuestión privada —decía el profesor—. Hoy entendemos que fue, sobre todo, una negligencia histórica.

Algunos alumnos tomaban notas sobre superficies de luz. Otros seguían la lección en silencio. Nadie cuchicheaba. Nadie se removía demasiado. En aquella aula, incluso la obediencia tenía una elegancia antigua, como si hubiera dejado de ser disciplina para convertirse en costumbre.

En la pantalla apareció una secuencia de rostros infantiles, distintos entre sí y, sin embargo, extrañamente armónicos.

—La corrección embrionaria obligatoria eliminó enfermedades hereditarias, redujo inestabilidades cognitivas severas y elevó el umbral basal de rendimiento físico y neurointelectual de la especie. Lo que antes se llamaba azar hoy sería legalmente inadmisible.

Las curvas de longevidad subieron, los mapas antiguos se contrajeron, las estadísticas de mortalidad infantil se hundieron hasta volverse casi decorativas. Todo encajaba demasiado bien. O casi.

Una línea secundaria cambió antes de que el profesor terminara la frase. No era un error visible para la clase. Era un adelanto mínimo: el sistema había previsto la siguiente parte de la lección por la respiración del docente, quizá por la posición de sus manos, quizá por la pausa exacta entre dos palabras. Lo hacía bien. No del todo.

En el cristal, sus ojos se estrecharon apenas.

—Los padres conservan margen de elección —continuó el profesor—, pero dentro de límites estéticos y no estructurales. Rasgos superficiales. Afinaciones fenotípicas. Nada que comprometa la continuidad civil.

La pantalla central mostró una sala blanca. Un hombre y una mujer observaban un modelo fetal rotando lentamente en el aire. No se les veía el rostro completo. La interfaz elegía por ellos qué parte de la escena merecía existir.

—La vida humana dejó de comenzar en el error.

Varios alumnos aceptaron la frase sin moverse. En el reflejo del vidrio, la ciudad quedó a sus espaldas y su propio rostro infantil apareció superpuesto al cielo claro. La imagen duró menos de un segundo, pero dejó una incomodidad precisa: error era una palabra demasiado amplia para una sola boca.

El profesor se detuvo.

—Adrián.

No se volvió enseguida.

—Adrián.

Esta vez giró la cabeza.

Pero no vio al profesor.

La luz se quebró.

El blanco de la sala desapareció de golpe, arrancado como un velo, y el mundo se llenó de un verde húmedo, de una claridad salvaje y sin geometría. La espalda le ardió. Algo áspero le raspaba el brazo. Tenía la boca seca, la lengua pesada, el cuerpo convertido en una suma de golpes.

Abrió los ojos del todo y tardó varios segundos en entender que estaba tendido sobre hierba.

No había techo sobre él. No había vidrio. No había torres.

Había un cielo inmenso, de un azul más hondo del que recordaba haber visto nunca, y ramas que se mecían con una lentitud indiferente. El aire olía a savia, tierra húmeda y hojas machacadas. Un insecto zumbó cerca de su oído; levantó una mano para apartarlo y el gesto le arrancó un dolor seco desde el hombro hasta el costado.

Se incorporó apenas. El mundo osciló.

No volvió a intentarlo de inmediato. Respiró hasta que el dolor dejó de ser una sola cosa: cabeza, costillas, hombro, pierna. La palma derecha estaba abierta y su ropa, rota, no pertenecía a ese bosque ni a ningún camino posible.

No recordaba dónde estaba. Tampoco cómo había llegado.

A unos pasos, la hierba formaba un círculo oscuro, endurecido hacia fuera, como si algo hubiera caído allí sin dejar humo. No parecía una señal. Tampoco un accidente. Solo una marca en la tierra, demasiado limpia para pertenecer al bosque.

El terreno descendía entre árboles grises y frutos violetas de piel opaca. Cuando intentó moverse, la rodilla cedió y volvió a caer con un sabor amargo en la garganta.

—Miserable —murmuró.

Arrastrándose hasta un tronco, probó una rama seca. Se partió. La segunda sostuvo su peso lo justo para levantarlo. Quedarse de pie fue una hazaña absurda.

Desde allí escuchó agua.

El camino hacia el arroyo fue una serie de caídas aplazadas: rama, pie, aire, pausa. A media tarde, una sombra cruzó el valle y todo calló. Los insectos primero. Luego el agua. Incluso una hoja, desprendida sobre la pendiente, pareció tardar demasiado en caer.

Arriba, muy lejos, algo atravesaba el cielo.

Tenía alas, pero no como un ave. Eran largas, membranosas, tensas entre huesos oscuros. No batía con prisa. Planeaba como si el aire le perteneciera.

La roca más cercana ofrecía poca protección, pero fue suficiente para ocultar un cuerpo roto. La sombra pasó sin bajar.

Llegó al arroyo con fiebre. Bebió despacio, conteniendo el impulso de tragar hasta enfermarse. En la orilla vio huellas pequeñas, tallos mordidos y una piedra cubierta por una película azulada que evitó tocar. Probó un fruto caído y lo escupió por su amargor metálico.

El hambre podía esperar.

Al caer la tarde, encontró una zona seca bajo una roca inclinada. Reunió corteza, hojas quebradizas y ramas. Encender fuego le tomó más intentos de los que su paciencia quería admitir; cuando el humo subió entre las piedras, lo miró con una gratitud casi ridícula.

La noche llegó fría. Se sentó junto a la fogata pobre. Las primeras estrellas aparecieron cuando el dolor empezó a enfriarse dentro del cuerpo: puntos, líneas posibles, una certeza lenta.

El cielo estaba mal.

No mal como un mapa aprendido a medias. Mal de raíz.

Las constelaciones no guardaban proporción con ningún trazado que su memoria alcanzara a sostener. En el extremo oriental, una franja de luz parecía desplazada unos grados fuera de toda lógica; más arriba, una estrella rojiza titilaba con un ritmo apenas irregular. Incluso el arco del cielo discutía con las sombras del atardecer.

No hizo falta convertirlo en números.

No recordaba una casa. No recordaba una familia. Ni siquiera sabía si el nombre que había oído en sueños le pertenecía de verdad.

No pertenecía allí.

Algo se movió al otro lado del fuego.

El fuego crujió más bajo.

Primero vio los dedos.

Salieron de la oscuridad, largos y negros, hundiéndose en la tierra sin ruido. Luego apareció una cabeza estrecha, baja, demasiado quieta. La boca se abrió apenas; no salió gruñido, solo un hilo de aire húmedo. La cosa olfateaba.

No buscaba la llama.

Buscaba la sangre.

La mano encontró una rama encendida. El cuerpo pidió retroceder, pero ya era tarde para eso. La criatura avanzó justo cuando el fuego bajó y las brasas perdieron brillo. Un paso. Otro. Las articulaciones se doblaban con un retraso mínimo, como si alguien moviera el cuerpo desde dentro sin conocerlo del todo.

El miedo llegó tarde.

La rama voló hacia la izquierda. Las chispas reventaron contra las hojas secas. La criatura giró de golpe, rápida, hambrienta, y la mano herida se hundió en la ceniza caliente.

El dolor le subió hasta los dientes.

La sangre dejó de oler a sangre.

La cosa se detuvo a medio salto. Olfateó el aire vacío. Un sonido delgado, casi triste, le tembló en la garganta. Después retrocedió entre los árboles, sin prisa, como si acabara de aplazarlo para otra noche.

No hubo sueño después de eso. Solo brasas, la mano ardiendo y el monte respirando alrededor, invisible, paciente.

Al amanecer, la fiebre le había vuelto más pesado el cuerpo, pero también más simple la decisión. No podía quedarse allí. El arroyo descendía hacia el valle; donde había agua podía haber caminos, y donde había caminos, gente.

Siguió la corriente durante horas.

El bosque cambió de textura. Los árboles se espaciaron, la tierra se volvió menos húmeda y aparecieron piedras acomodadas con una regularidad demasiado conveniente para ser natural. Adrián se agachó a tocarlas. No eran una calzada, no del todo, pero alguien había pasado por allí muchas veces.

Entonces oyó la música.

Llegó desde algún punto más alto de la loma, apenas una línea fina sobre el viento. No era canto. No era campana. Era cuerda frotada con una tristeza limpia, una melodía sencilla y tan humana que por un instante el bosque pareció menos inmenso.

Adrián se quedó inmóvil.

La música continuó, bajó, volvió a levantarse y después empezó a apagarse como si alguien estuviera cerrando una puerta muy despacio. Él apretó la rama con la mano sana y avanzó hacia el sonido.

No llegó muy lejos.

Cuando la melodía murió del todo, Adrián ya estaba cerca de la ladera. Dio un paso más, calculó mal el peso, y la rama se partió bajo su mano con un crujido seco.

El suelo subió hacia él.

Esta vez no tuvo fuerza para detener la caída.