La chica que susurraba a los muertos

All Rights Reserved ©

Summary

Abigail Ortega, una estudiante española de Historia del Arte en Tokio, lleva toda su vida ocultando un secreto: puede ver y hablar con los muertos. Cuando el fantasma de una niña comienza a seguirla por el campus susurrando sobre un incendio y un apellido peligroso, Abi se ve arrastrada hacia el mundo oscuro de Kenzo Takamori, el implacable líder de una de las ramas más letales de la yakuza. Kenzo no cree en fantasmas, pero sí en la culpa que lo consume desde la muerte de su hermana Akari doce años atrás. Desesperado por respuestas, secuestra a Abi, sin imaginar que ella es la única capaz de escuchar la verdad que su pasado enterró entre cenizas. A medida que la tensión entre ambos arde con la misma intensidad que la guerra entre clanes rivales, Abi descubre que el incendio que marcó a Kenzo no fue un simple ataque enemigo, sino una traición gestada dentro de su propio imperio. Mientras los fantasmas se vuelven más inquietos y el peligro se cierne sobre ellos, el deseo y la redención se entrelazan en una pasión tan oscura como inevitable. Entre sangre, secretos y susurros del más allá, Abi deberá decidir si está dispuesta a abrazar por completo su don… y al dragón que late bajo la piel del hombre que aprendió a amar. Porque algunos muertos no buscan venganza. Solo esperan justicia.

Genre
Fantasy
Author
Aura Gris
Status
Ongoing
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1

El otoño en Tokio no olía a hojas secas. Olía a lluvia reciente, a metal húmedo y a café recién molido escapando por las puertas automáticas de las cafeterías del campus. Abigail Ortega caminaba con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo beige, los auriculares puestos y la mirada fija en el suelo cubierto de ginkgos dorados.

A simple vista, parecía una estudiante extranjera más en la Universidad de Tokio: mochila de cuero gastado, bufanda gris enroscada al cuello, paso firme aunque ligeramente acelerado. Pero había algo en ella que no encajaba del todo. Tal vez eran sus ojos. Grises, grandes, atentos. Como si siempre estuvieran buscando algo que nadie más podía ver. O evitando mirarlo.

La chica llevaba los auriculares incluso cuando no sonaba música. Eran su escudo. Su coartada social. Cuando murmuraba en voz baja, los demás asumían que hablaba por teléfono o cantaba distraída. Nadie sospechaba que, desde los seis años, mantenía conversaciones con aquello que permanecía al otro lado.

Esa mañana intentaba concentrarse en su exposición sobre iconografía budista del período Edo. Repasaba mentalmente fechas, estilos, simbología del fuego purificador.

Fuego.

La palabra le dejó un regusto extraño.

Sacudió la cabeza.

«No empieces», se dijo.

El edificio se alzaba sobrio y geométrico, con amplias fachadas de cristal que reflejaban el cielo plomizo. Al acercarse a la entrada lateral, levantó la vista… y fue entonces cuando la vio.

Primero creyó que era una niña real. Estaba detrás de ella. O eso parecía. Reflejada en el cristal. Pequeña, inmóvil. Cabello negro liso cayendo hasta los hombros. Flequillo recto. Un vestido blanco demasiado simple para el frío que hacía. Los pies descalzos no tocaban exactamente el suelo.

La estudiante se quedó quieta. No parpadeó. Porque la niña no parpadeaba.

El campus seguía en movimiento a su alrededor: estudiantes riendo, bicicletas pasando, el murmullo lejano del tráfico. Pero el reflejo en el cristal estaba congelado.

Y entonces, los labios de la niña se movieron. No hubo sonido en el aire. La voz llegó a su oído derecho:

—Mi hermano aún arde.

Abi sintió cómo la sangre se le helaba en las venas.

«No. Otra vez no».

Había aprendido a ignorarlos. A clasificarlos, a no involucrarse. En Japón había logrado algo cercano a la paz: la mayoría de los espíritus eran silenciosos, como sombras que deambulaban sin interés en ella. Sin embargo, aquella niña la estaba mirando. Directamente. Y sabía que la veía.

La chica forzó una respiración profunda. «No mires. Entra. Sigue caminando».

Avanzó.

El reflejo avanzó con ella. No estaba detrás, estaba a su lado. Siempre a su lado.

Entró al edificio. El calor artificial la envolvió. El olor a papel y madera encerada la devolvió brevemente a la realidad. El cristal desapareció y la niña también.

Soltó el aire con cuidado y murmuró mientras fingía hablar con la música inexistente:

—No existes.

Pero en el fondo sabía que sí.

La clase transcurrió entre diapositivas proyectadas y apuntes escritos a mano. El profesor explicaba la representación del dragón en el arte tradicional japonés, símbolo de poder, destrucción y sabiduría.

La joven tomaba notas con disciplina mecánica.

«Dragón. Fuego. Arde». Sintió un escalofrío. «No mires atrás. No mires atrás».

Miró.

La niña estaba sentada en la última fila del aula, entre dos estudiantes que no parecían notar nada.

Las manos pequeñas estaban apoyadas sobre las rodillas y la mirada fija en Abi. Sin parpadear.

La muchacha dejó caer el bolígrafo. El sonido rebotó demasiado fuerte en el silencio momentáneo de la clase. Varias cabezas se giraron hacia ella.

—¿Señorita Ortega? —preguntó el profesor con amabilidad contenida.

—Lo siento —respondió mientras se agachaba para recogerlo.

Cuando volvió a levantar la vista, la última fila estaba vacía. El corazón le latía con violencia en el pecho.

Empática hasta el extremo, le habían dicho siempre. Sensible. Imaginativa. Especial. Como su abuela. Y había muerto en un psiquiátrico.

La imagen de la anciana, con la mirada perdida y las muñecas marcadas por correas hospitalarias, cruzó su mente como un relámpago.

«Son reales, Abi. No dejes que te apaguen».

Cerró los ojos un segundo. «No voy a volverme loca. Aquí no. Ahora no».

Salió del edificio cuando el cielo ya empezaba a oscurecer. Tokio cambiaba de piel al caer la tarde: los neones se encendían como heridas abiertas en la ciudad, el murmullo se transformaba en un zumbido eléctrico constante.

La chica caminó hacia el jardín central del campus. Necesitaba aire.

Las hojas doradas cubrían el estanque poco profundo. Se sentó en un banco de madera bajo un árbol casi desnudo, y la sintió antes de verla.

Esa presión leve en el pecho. Ese frío que no provenía del clima.

—No quiero hablar contigo —susurró sin mover los labios.

La niña apareció frente al estanque. No caminó. Simplemente estaba allí. Más cerca que antes. Sus ojos eran oscuros, pero no vacíos. Había inteligencia en ellos. Algo antiguo, algo que no correspondía a una niña de ocho años.

—Mi hermano aún arde —repitió.

—No es mi problema.

La pequeña ladeó la cabeza. Un gesto humano.

—Lo será.

La muchacha apretó los dedos contra el banco.

—No puedo ayudarte si no quieres irte.

Era la regla. Ella no podía obligarlos a cruzar. Nunca había podido. Ellos decidían quedarse, o marcharse.

La niña dio un paso adelante. Sus pies no dejaron huella sobre las hojas.

—Él no escucha a los muertos.

—Eso no es nuevo —murmuró Abi con amargura—. Casi nadie lo hace.

La pequeña sonrió levemente. No era una sonrisa dulce, sino una sonrisa consciente.

—Pero tú sí.

El viento movió las ramas. Una hoja cayó entre ellas y atravesó el cuerpo de la niña como si no existiera.

La estudiante tragó saliva.

—¿Cómo te llamas?

El fantasma la miró fijamente. Demasiado fijamente.

—Akari.

«Luz. Qué ironía».

—Akari… ¿qué quieres de mí?

La respuesta llegó en un susurro tan suave que dolió.

—Que él recuerde.

Un ruido de risas cercanas interrumpió el momento. Un grupo de estudiantes pasó por el sendero, ajenos a la escena.

Cuando Abi volvió a mirar, la niña estaba sentada a su lado en el banco. Demasiado cerca.

El frío se filtró a través del abrigo. La joven no se movió. Había aprendido que el miedo alimentaba la presencia.

—¿Quién es tu hermano? —inquirió, aunque algo en su interior ya temía la respuesta.

El espíritu extendió una mano pequeña. No tocó a la chica, pero el aire entre ellas vibró.

Por un segundo, la receptora vio fuego. Un edificio tradicional ardiendo. Madera quebrada. Humo negro ascendiendo al cielo. Gritos. Y una silueta masculina entre las llamas. Alta. Inmóvil. Observando.

La visión desapareció tan rápido como llegó y la estudiante jadeó.

—No quiero esto —susurró, con la voz quebrada.

La niña inclinó el rostro hacia ella. Y por primera vez… parpadeó. Lentamente.

—Takamori.

El apellido cayó como una piedra en el agua.

La muchacha no lo reconoció, no obstante, lo sintió. Como una puerta que acababa de abrirse en la oscuridad.

—Kenzo Takamori.

El viento se detuvo. El murmullo del campus se volvió lejano, amortiguado.

Abi supo, con esa certeza fría que solo le daban los muertos, que su vida acababa de desviarse.

Intentó levantarse. No pudo. Akari la miraba sin parpadear de nuevo.

—Lo encontrarás pronto.

—Yo no busco a nadie —dijo la estudiante con firmeza forzada.

La pequeña sonrió otra vez. Esta vez sí parecía una niña. Triste.

—Él te encontrará a ti.

Un escalofrío recorrió la espalda de la chica.

—No me interesa.

—Te interesa que alguien te crea.

El golpe fue certero.

Akari lo sabía. Sabía del miedo. De la soledad. Del deseo secreto de ser imprescindible para alguien.

Apartó la mirada. Cuando volvió a buscarla, el espíritu ya no estaba. El banco estaba vacío. El estanque tranquilo. Las luces del campus reflejadas en el agua como si nada hubiera ocurrido. Mas el frío permanecía. Y en su oído derecho, muy cerca, casi como una caricia: Takamori.

Se levantó con las piernas temblorosas, se colocó mejor los auriculares y caminó hacia la salida sin mirar atrás.

Esta vez no había reflejos en los cristales, aunque sabía que no estaba sola.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no estaba segura de querer ignorarlo.