I
Andy
Si te preguntara qué día fue ayer, estoy segura de que sabrías. Si te preguntara qué día cayó el lunes de la semana pasada, estoy segura de que te acordarías. Ahora, si te preguntara exactamente qué día de la semana cayó un día como este hace quince años… Ah, ¿Ahí ni idea, verdad?
Así funciona el cerebro. La información en un sistema de retén limitado y en exigencia infinita, se almacena, y con el tiempo, la olvidas. Muchos entrenan el retén a sus maneras, olvidando algunas cosas pero conservando otras más preciadas; mientras otros pocos no tienen la necesidad de entrenarse por aquello. Esos pocos, son lo que Leonardo me dijo que llamaba casos de “hipermnesia” durante su carrera. Mentes con la capacidad de recordar en vivo, con lujo de detalles, y a todo color.
Yo soy una de esas. ¿Con orgullo o por desgracia? No lo sé. A ver, no puedo quejarme mucho. Puedo pasar exámenes bordando notas altas, socializar es sencillo al saber todo lo que la gente ha dicho; e incluso, hasta hace no mucho me pagaban por seguir yendo a la facultad de medicina para ayudar en los conversatorios sobre divergencias poco comunes.
Es divertido porque me obliga a dejar de recordar el mismo año de mi vida para centrarme en los otros que sí fueron normales. De resto… ahí es donde creo que me quejo.
Esto de los recuerdos perfectos, la mayoría del tiempo, funciona como le da su gana. Cuan peor es la experiencia, más nítida se almacena. Y cuan más joven la viví, por más tiempo se queda. En los sonidos de la calle, y el silencio del apartamento. O en los lienzos en blanco, y los reflejos de las ventanas. Y en la tele apagada… Carajo, sobre todo en la tele apagada. Más de una vez me dio un episodio por quedarme mirando una pantalla.
Y tal vez por eso fue el último episodio, y en seguidilla, estoy aquí… mmmm… A buena hora me pongo a pensarlo. ¿Por qué siempre pienso y entiendo las cosas en el sillón de Leo? Es algo mágico. Sigo renuente a creer que no tiene algo de magia detrás.
—Sí me estás escuchando ¿Verdad? —Juraba él. Ahora sí me sacó del quinto sueño en el que andaba, por desgracia. Mirar a las ventanas de su estudio ya no sirve para evitarlo.
—¿Mm? Perdona, me fui. ¿Sí me darás las tabletas entonces?
—Que no. Andy, tengo un sólo año ejerciendo y ya quieres que haga algo ilegal.
—No sería ilegal. Sería… ilícito. Sólo es ilegal si muero, y sabes que no lo haría.
—A ver… —Se acomodó los lentes, masajeando el puente de su nariz en un suspiro. Para nada algo rutinario conmigo aquí—, tu amiga, Nereida. ¿Se fue, verdad?
—Sí, sus vacaciones terminaron, recogió y regresó a su estudio.
—Entonces ya deberías saber que no puedo.
—¿Qué, en serio no puedes recetarme si no tengo a nadie que administre las dosis?, si es así ¿Entonces por qué me dejaste tomar paracetamol antes?
—Porque no estábamos hablando de drogas. ¿Crees que es lo mismo?
—… Con las dos duermes profundo si te tomas las suficientes—susurré. Recordé el alivio que fue haber despertado con la cabeza en blanco. Leo suspira con menos mesura.
—Las dos te pueden matar, si te lo dejo a tu libre albedrío —repuso. Y un poco de silencio llenado por el tic de su reloj se interpone.
—¿No volverás a confiar en mí, verdad?
—Esta es la segunda vez que te mandan conmigo, desde marzo —Empezó a contar con los dedos luego de dejar sus notas en la mesa—, me diste la ilusionada de mi carrera, haciéndome creer que venías de visita; pero en su lugar, me sales otro de tus episodios. Me pones a explicarte lo que hace la mirtazapina, y luego me pides que te recete una semana sin el resumen psicológico. ¿Tú qué crees?
El sillón deja de sentirse cómodo con ese sermón en el aire, igual que el ambiente. Me reincorporo con las manos sobre el rostro sin un remate… es que en verdad la cagué antes. Valió la pena; sí, pero la cagué. Lección aprendida, lo reconozco aunque mi cuerpo se resigne.
Su mirada sigue pesada, antes de volverse a mirar la ventana detrás de él. Me disocié con los edificios de nuevo, y esta vez me siguió la vista. Aunque desde aquí se escuche su ira haciendo el intento por disiparse con ello.
Justo mirar al panorama, me hizo regresarme a rebuscar en mi bolso. Lo había tirado junto al sillón justo igual que como lo tiré ayer al lado de la cama. Entre papeles de la factura del agua y las compras, quizás… ¡Ajá!, El papel amarillo con la letra ilegible de la doctora y el parlamento impreso del psique, este tiene que ser. Justo me lo firmaron el día del episodio.
Antes de que regrese la mirada para acá, deslizo el papel justo al lado de sus notas. Sus ojos se achican en lo que miro a otras ventanas. Tal vez si finjo demencia pensará que siempre estuvo ahí.
Pero es plan sin causa, cómo entorna los ojos lo dice todo. Sabe que es un dramático, pero igual es divertido ponerlo así porque sí.
Regresa a mirar sus notas, ahora con la opinión psicológica al lado. Un poco de la luz rebotando en sus lentes, dejando su cara difícil de leer. Sólo con la pista de «Dios, ¿Por qué a mí?» que puedo leer de sus cejas fruncidas. Pero poco espero antes de que se suavice. Sus ojos van de un apunte a otro como si conectara mi diagnóstico anterior con el que surgió de hoy en una pizarra de corcho.
Porque sí debe tener un diagnóstico para terrores nocturnos en una persona que no toma, no fuma —aunque me gustaría—, la obligan a hacer ejercicio para la esclavitud de trabajo en la que se rige, y vive sola. ¿No?
—… No puedo ignorar que se trate de parasomnia producto de una abstinencia al último tratamiento —murmullaba para sí mismo, cabizbajo y medio balbuceado. Así habla Leo cuando está inmerso en su biblioteca mental. Finalmente sus ojos se vuelven directo a los míos, entrecerrados—… Para colmo de todo esto, vuelves a kombini pasado mañana. ¿Correcto?
—Sí, el supervisor de la tienda regresó de las vacaciones, ya tengo que ir a limpiar. Y luego de vuelta a la jornada.
Su cara habla primero. “A buena hora me vienes a dar más trabajo, me tienes harto”. Y no lo culpo, yo también estoy harta de lidiar conmigo. Pero irónicamente, él es el impedimento vivo de recurrir a la opción divertida, así que, henos aquí.
—Te voy a dar… una única dosis nocturna. Por una semana. Quince miligramos.
—Al fin, nos entendemos en algo. Aleluya.
—Pero.
—¿Mm?
—…
—… ¿Peeeeeero?
Esta pausa está siendo curiosa, y este hombre por lo general no es de pensar tanto cuando está dando sus veredictos. Es en serio Leonardo, ¿Cómo que “pero”? ¿Qué estás maquinando?
Diosito, soy yo de nuevo. ¿Ahora qué?
—Esta vez, me voy a ocupar personalmente del contacto de nos ayudará a administrarte la dosis.
—¿Qué? ¡Pero Nereida puede–!… Ah, cierto.
…Mierda.
—¿Tendré que volver al despacho del psiquiátrico por las noches?
—No, no voy a hacerte eso. El viaje es largo, y a las horas que sales de la tienda tampoco es seguro.
—¿Entonces, quién tendrá el infortunio?
—Tal vez —Hojea su cuaderno hasta llegar al otro lado de las páginas, dejando caer unas tarjetas y un número todo arrugado. Lo que decía se le queda en la lengua, y lo ayudo a recoger las hojitas dispersas.
No sé qué recoge él pero yo recojo un número de otro psiquiatra. Y —Uy— el papel arrugado tiene un número que conozco. Qué pillo, señorito.
Regresando al “tal vez”, permanezco mirando a Leo. No sé qué dice la tarjeta en sus manos pero quedó absorto. Con ese raro atisbo de brillo en los ojos que tienen cuando está gritando eureka por dentro.
Sólo unas palabras le salen con más confianza al momento después, volteando la tarjeta.
—Dime Andy, ¿Has oído hablar de este lugar? —Niego con la cabeza, no me suena de nada—… Es un establecimiento viejo, de un amigo. Tal vez… lo visite estos días. Y debería llevarte a que lo conozcas.
¿Adónde iba esto? Les juro que no sabía. Pero sí sé, que nunca lo habría imaginado.