Prólogo
La celda olía a humedad rancia, a ropa que nunca termina de secarse. El rechinido del metal, cuando la puerta se cerró aquella noche, quedó flotando en el aire como un recordatorio de que allí dentro no existía salida.
Mariana se dio vuelta en su litera. No podía dormir; casi nunca lo hacía. El murmullo de las demás internas en los pasillos se había apagado hacía rato, pero en su cabeza aún resonaban los gritos del día: una discusión en el comedor, un empujón en la fila de la ducha, las amenazas que siempre se repetían con distintas bocas.
A su lado, en la cama de abajo, Carmen respiraba pesado. Había pasado los últimos días hablando sola, como si conversara con alguien invisible. Mariana la escuchaba a veces reír, otras llorar. No le prestaba demasiada atención; en ese lugar, todas arrastraban sus propios fantasmas.
La primera vez que oyó el ruido pensó que era un sueño. Un chasquido, como cuando la madera se quiebra bajo presión. Abrió los ojos y se quedó inmóvil. Desde la litera podía ver el suelo apenas iluminado por la luz mortecina que se colaba desde el pasillo.
-¿Carmen? -susurró.
No hubo respuesta, solo el silencio espeso de la madrugada. Mariana bajó despacio, con el corazón acelerado. Al apoyarse en el piso sintió frío, como si la losa hubiera estado a la intemperie bajo la lluvia.
La sábana de la cama de su compañera estaba hecha un ovillo. Carmen no estaba.
-¿Guardia? -murmuró más alto, pero nadie contestó.
El pasillo permanecía callado, demasiado callado. En la cárcel siempre había algún ruido: un golpe lejano, un insulto, el metal de las rejas. Esa noche, nada. Como si el lugar entero contuviera la respiración.
De pronto, un sonido seco la obligó a girar: el colchón de la litera de abajo se hundía solo, como si alguien invisible se acostara en él. La presión marcó una silueta, un cuerpo tendido.
Mariana retrocedió hasta chocar contra la pared. Le temblaban las manos, el pecho le ardía por el aire que no lograba tragar. La silueta en la cama se movió, como ajustándose, y un suspiro ronco llenó el espacio.
Entonces, el olor a hierro húmedo se extendió por la celda. Un olor que no dejaba lugar a dudas.
Sangre.
Y aunque Mariana intentó gritar, de su garganta no salió nada. Solo un gemido ahogado que se perdió en la oscuridad.