Prólogo
Sus piernas perdieron la fuerza que la mantenía en pie; jadeó al sentir el golpe seco de sus rodillas contra el suelo. Respirar dolía, la simple tarea de hacerlo era demasiado.
Alargó el brazo en busca de ayuda, movió sus dedos muy poco; esperando una reacción; quizás un atisbo de compasión en quien la agredió.
En respuesta solo recibió una sonrisa cínica cargada de satisfacción. Le miró con los ojos cristalizados y los labios temblorosos sacudiendo la cabeza en negación. El sonido externo fue reemplazado por el golpeteo errático de su corazón.
—Por favor— susurró en un hilo de voz, apenas una exhalación.
Quien la hirió levantó una ceja mirándole de arriba abajo con una sonrisa juguetona. Se acercó un paso hablándole con la frialdad hecha palabras.
—Las personas sabias aceptan el final de su vida. Esperar que la misma mano que te apuñaló te ayude es ... demasiado, incluso para ti.
Exhaló. Permitió que sus lágrimas cayeran recorriendo la forma de sus mejillas y aglomerándose en gotas pesadas en su quijada. En rendición total, sus extremidades cedieron dejándola desplomarse sobre el suelo.
—No llores, querida; las lágrimas nunca te quedaron bien.
Un sabor a hierro se instaló en su boca mientras el aire que entraba a sus pulmones le lastimaba como cuchillas. Arrugó el ceño en angustia al entender que el tiempo de su vida se estaba acabando bajo un cielo precioso que hubiera amado pintar. La debilidad empezó a alcanzarla, iniciando con el desenfoque de su mirada que ahora solo registraba un pequeño punto en el vasto firmamento.
Registró el sonido de los pasos lentos de su verdugo, alejándose del crimen que cometió. Una leve tensión le recorrió la espalda al saberse por completo sola. El frío la envolvió, erizándole la piel.
Cerró los ojos un segundo anhelando fuerza para gritar, moverse o luchar, pero sus pulmones, exhaustos, se rindieron.
Finalmente, bajo la luz de millones de estrellas, su último aliento escapó, llamando en un susurro el nombre de aquel con el que planeaba el futuro que nunca llegaría.