No soy tu amigo, pero traje medicina

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Summary

Mateo es el chico que nunca sonríe en clase. Ella es la representante de grupo que vive pegada al reglamento escolar. No tienen nada en común, hasta que una llamada equivocada a las tres de la tarde lo cambia todo. Con la voz rota por la fiebre, Mateo le exige que vaya a su casa pensando que habla con su mejor amigo. Ella, atrapada por un "maldito sentido del deber", termina cruzando el umbral de una puerta sin seguro solo para confirmar que él sigue vivo. Lo que no esperaba era encontrar a un Mateo vulnerable que, entre delirios, está a punto de decir algo que no estaba en el manual de convivencia. Un error de contacto, una visita inesperada y la delgada línea entre la responsabilidad y algo más.

Genre
Romance
Author
Hairdertz
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Número equivocado

Técnicamente, está en el reglamento. Como representante de grupo, debo asegurarme del bienestar de los alumnos en caso de ausencia no justificada. O algo así. Seguro que hay una cláusula escondida en el artículo 42 del manual de convivencia que me obliga a contestar llamadas de compañeros con los que apenas he hablado.

Al menos eso me repetía mientras veía el nombre de Mateo brillar en mi pantalla.

No lo había visto en todo el día. Ni a él ni a su inseparable Bruno. Quizás se intoxicaron con esa avena de la cafetería. Como sea. Contesté porque soy una buena representante. No porque me diera curiosidad. Para nada.

Me llevé el teléfono a la oreja.

—Ven a mi casa. Estoy muerto. No, en serio, muerto. ¿Dónde estás? ¿Por qué tardas tanto, Bruno? —exigió con una voz entrecortada.

Antes de que pudiera articular palabra, la línea murió.

Apenas habíamos hablado unas cuantas veces, no mucho como para ser unos buenos amigos, y ahora me exigía ir a su casa.

Me quedé mirando la pantalla. En la foto de perfil de Instachat, Mateo sonreía (bueno, casi sonreía) junto a un perro.

«No es mi problema», pensé. «Es cosa de Bruno».

Pero Bruno no estaba en la escuela. Y Mateo sonaba a que se estaba muriendo de verdad. O a que se había tragado un cactus.

Maldito sentido del deber.

Sin darme cuenta, estaba ahí en clase mirando el directorio. Parecía llamarme; no aguantaba la ansiedad. Ya hasta me había memorizado esa maldita dirección y para nada me ayudaba ese maldito croquis que nos obligaron a hacer al entrar a la escuela.

Las clases terminaron y, en un último intento de zafarme de mi propia curiosidad, intenté contactarlo. Nada, me mandaba directamente al buzón.

«Maldito sentido de responsabilidad. A veces me odio por eso». No puede ser. «¿Por qué no simplemente lo ignoro?»

Ya no había vuelta atrás. Ya estaba en el camión antes de darme cuenta: semivacío él, y yo completamente llena de arrepentimiento.

—Voy, toco, pregunto si está vivo y me regreso —murmuré para mis adentros, como si repetirlo en voz baja lo convirtiera en un plan sensato.

Di un golpe a mis piernas, ahora más decidida que nunca.

—Ni siquiera tengo que entrar. Es más, si no abre, mejor. Dejo una nota en la puerta: Mateo, se solicita confirmación de signos vitales. Atte. La representante de grupo.

La señora del asiento de al lado me miró raro. Con justa razón. Estaba planeando una visita de Estado a un compañero que ni siquiera sabe que existo fuera del pase de lista.

El teléfono seguía sin dar señales de vida. Ni una palomita azul. Ni un escribiendo... Nada. La imagen mental de Mateo tirado en el suelo de su cocina, con el perro de la foto de perfil lamiéndole la cara, me golpeó con la fuerza de un tráiler.

Maldición.

Toqué el timbre para bajar. Ya estaba en su colonia.

El trayecto hasta su casa fue un castigo divino. ¿A quién se le ocurre vivir al final de una calle tan empinada? Para colmo, el viento frío soplaba en mi contra, desordenándome el cabello y poniéndome de peor humor a cada paso. «Es solo para que firme el reporte de ausencia», me repetía en voz baja, volviéndolo una clase de oración.

Cuando por fin llegué a la fachada de su casa, estaba jadeando. Toqué el timbre con demasiada fuerza. Una vez. Dos veces. Nada. Ni un perro ladrando, ni pasos acercándose.

Esperé diez segundos. Veinte. Treinta.

Nada. Los peores segundos de mi vida, probablemente.

Iba a darme la vuelta. De verdad, esta vez iba a irme. Ya había cumplido. Pero entonces, un detalle me heló la sangre: la puerta no estaba bien cerrada. Cedió un centímetro con el viento. Se veía un pedacito del pasillo oscuro.

«Si dejó la puerta abierta... ¿Y si se desmayó yendo a abrirle a Bruno?»

Maldije entre dientes. Toqué la madera con la punta de los dedos.

—¿Mateo...? —mi voz sonó ridículamente baja, como si temiera despertar a un monstruo.

Silencio.

Maldito sentido del deber. Ahora mismo renuncio al puesto de representante.

El pasillo estaba en silencio. Demasiado silencio. Mis zapatos sonaban como martillos sobre el suelo de madera, así que me los quité. Ahora, además de intrusa, iba descalza. Genial.

Esto es claramente ilegal, pero él fue el que llamó, ¿no es así? Con eso en mente comienza mi misión.

«Guajajaja, la amable representante Elena entró tan sigilosa como un gato asustado, observando los alrededores en busca de peligro».

—¡Hola! ¿Hay alguien en casa?

Miro a mi alrededor nuevamente antes de cualquier cosa; es superimportante verificar.

«Bien, mi primer encuentro es con la sala; el perímetro está despejado».

Todo parece estar normal, excesivamente normal.

Sin darme cuenta, para aliviar el ambiente, había comenzado a decir cosas vergonzosas mientras me movía con cautela.

—Sigilo, sigilo, sigilo.

Miré hacia mi derecha, arriba, abajo. Doy vuelta por la parte del sillón para terminar del otro lado.

—Ja, señor sillón, ha sido neutralizado. —Tomo una postura de cuclillas—. ¡Ahí!

Señaló hacia una puerta sumamente sospechosa que sobresalía de las demás; claramente tenía colgado en una tablilla el nombre de Mateo.

—¡Te encontré! Objetivo a la vista.

Dejando a un lado las bromas, tomé una postura más apta y relajada.

—Mateo… ¿Sigues con vida?

Empujé lentamente la puerta abierta, esperando encontrarme a Mateo dentro.

Pude oler un fuerte olor a VapoRub y ese curioso olor a enfermo que es difícil de explicar en palabras.

Mis pasos eran lentos; podía verlo, ahí estaba un bulto en medio de la cama. En mis planes era solo verificar su estado de salud y ya nada más.

«Solo tengo que verificar que sigue vivo y me voy».

Su mano colgaba del borde del colchón. Por instinto, o por estupidez, la tomé para comprobar su temperatura. Ardía. Demasiado.

Necesitaba urgentemente remojarle el trapo que tenía en su frente. Busqué rápido por la habitación; si está el trapo, tenía que estar por aquí entonces.

—Bien, ahí está el balde de agua.

Remojé el trapo nuevamente; por lo menos lo más importante ya estaba hecho. Ahora lo que seguía era eso: comida.

Bien, Elena. Fase uno: Enfermería de emergencia, completada. Fase dos: localizar la cocina y preparar algo que no lo mate más de lo que ya está.

Me giré dispuesta a encontrar la puerta y salir de esa habitación. Pero entonces, unos dedos calientes se enredaron alrededor de mi muñeca.

Me quedé congelada. Otra vez.

—No… no te vayas…

La voz de Mateo era un hilillo ronco, casi un quejido. No había abierto los ojos. Su mano, sin embargo, me sujetaba con una fuerza que no le correspondía a alguien tan enfermo como él.

Tragué saliva.

—Mateo… —dije sorprendida, pero me interrumpió.

—Quédate… Bruno… por favor…

«Bruno. Otra vez Bruno. Genial. Soy la representante de grupo, la enfermera sustituta y ahora también soy el clon no oficial de su mejor amigo».

Intenté soltarme. Suave. Sutil. Como quien retira la mano del agarre de un bebé.

Nada. Sus dedos no cedieron.

—Solo… siéntate aquí… un rato… —murmuró hundiendo la mejilla en la almohada. Su ceño estaba fruncido, como si incluso dormido estuviera preocupado—. No quiero estar solo… Me siento raro…

Me quedé de pie, con el brazo estirado en una posición ridícula, sintiendo el calor de su piel extenderse por mi muñeca como un incendio forestal.

No soy Bruno, quise decir. Soy Elena. La que te pasa lista. La que te va a dejar una nota sarcástica en la puerta. Suéltame.

Pero no dije nada. Porque Mateo Gómez, el chico que en clase siempre tiene cara de que odia al mundo, acababa de pedir compañía con una voz tan pequeña que casi no parecía suya.

«No puede ser cómo me odio. Mírate sintiendo lástima por un tipo que ni siquiera sabe mi nombre en este momento».

Suspiré. Despacito, como quien no quiere la cosa, me senté en el borde de la cama. El colchón se hundió un poco bajo mi peso. Mateo no abrió los ojos, pero su mano se relajó ligeramente sobre mi muñeca. Como si mi presencia, aunque fuera la de una intrusa confundida con su amigo, le bastara.

Golpeé su frente con mis dedos, haciendo que suelte un pequeño quejido.

—Ni hablar —alcé mi voz lo suficiente para que escuchara—. Tienes 17 años; supongo que puedes esperar al menos unos cuantos minutos.

La cocina de Mateo era pequeña, pero sorprendentemente ordenada. O eso parecía hasta que abrí la alacena.

Bien, veamos: sopa instantánea sabor pollo (vencida el mes pasado), una lata de atún, cereales de imitación y... ¿Pozole en lata? ¿Este chico vive solo o sobrevive?

Encontré un sobre de caldo de verduras escondido detrás de un paquete de galletas rancias. Serviría. Llené una olla con agua, la puse al fuego y me quedé mirando la estufa como si fuera un experimento científico.

Esto no es cocinar. Esto es evitar que un compañero muera. Todo muy profesional.

Mientras el agua hervía, me apoyé en la encimera y me froté la cara. ¿Qué estaba haciendo? ¿En qué momento mi vida se convirtió en un drama médico de bajo presupuesto?

El hervor me sacó de mis pensamientos. Vertí el caldo, revolví con un tenedor porque no encontré cuchara, y serví la sopa de verduras en un tazón que decía “World’s Best Uncle”. Claramente no era su tazón.

Misión secundaria completada: Brebaje de supervivencia adquirido.

Regresé a la habitación con el tazón humeante. Mateo seguía hecho bola, pero ahora estaba boca arriba, con el brazo sobre los ojos y la respiración un poco más tranquila.

—Mateo. Despierta. Traje comida comestible —anuncié sin mucho entusiasmo.

—Bruno... ¿Ya es hora del desayuno...?

—Son las cinco de la tarde, Einstein. Y no soy Bruno. Soy el servicio de habitación no solicitado.

Se incorporó apenas, ayudado por mis manos que lo sostuvieron con más firmeza de la que pretendía. Estaba ardiendo. Literalmente. Su camiseta estaba pegada al pecho por el sudor.

Ay, no. Esto requiere medidas extremas.

—Toma —le acerqué la taza a los labios—. Bebe. Sabe a cartón mojado, pero tiene electrolitos o algo así.

Mateo obedeció como un autómata, sorbiendo el caldo con los ojos entrecerrados. Un hilillo le resbaló por la barbilla. Se lo limpié con la manga de mi sudadera antes de pensarlo dos veces.

«Elena, ¿qué haces? ¡Es tu sudadera favorita!»

Cuando terminó, lo recosté de nuevo. Su espalda estaba empapada.

—No puedo dejarte así. Te vas a resfriar más.

Busqué una toalla pequeña en el baño contiguo. La mojé con agua tibia y regresé. Lo incorporé otra vez, esta vez con más dificultad porque estaba muerto de pesado.

—Voy a limpiarte la espalda. No te muevas. Y no te acostumbres.

Levanté su camiseta por detrás y pasé la toalla con movimientos torpes pero cuidadosos. Su piel estaba caliente y un poco enrojecida. Él soltó un suspiro largo, casi de alivio.

—Hueles bien... Bruno... —murmuró.

—Es el jabón de manos. Y no soy Bruno.

Ya me rendí. No voy a corregirlo cada dos minutos.

Después de la odisea del caldo y la limpieza, me senté en un pequeño rincón cercano, dejando caer mi cabeza sobre mi brazo.

Solo voy a descansar cinco minutos. Luego me voy.

Mateo respiraba profundo, por fin dormido de verdad. La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por la luz anaranjada del atardecer que se filtraba por la persiana.

Mis párpados pesaban. El viaje en camión, la caminata, el sigilo, la misión culinaria... todo me cayó encima de golpe.

Sin darme cuenta, recosté la cabeza sobre mis brazos cruzados en el borde de la cama. Solo un segundo. Solo...

***

Mateo abrió los ojos. La fiebre había bajado un poco, dejando paso a una conciencia borrosa. Lo primero que notó fue el silencio. Luego, un peso suave sobre el colchón, cerca de su mano.

Giró la cabeza con esfuerzo.

Había alguien ahí. Una chica. Dormida. Con el cabello negro desordenado y una mejilla aplastada contra sus propios brazos. Respiraba despacio, agotada.

No es Bruno.

Parpadeó varias veces, enfocando. Esa nariz. Esa expresión, incluso dormida, como si estuviera a punto de regañar a alguien.

Elena.

El recuerdo de la llamada lo golpeó como un balde de agua fría. Le había exigido que viniera. La había confundido con Bruno. Y ella... había ido. Le había dado de comer. Le había limpiado la espalda.

Mateo sintió que la cara le ardía por algo que ya no era solo la fiebre. Observó la escena: el tazón vacío sobre la mesita, la toalla húmeda doblada, los zapatos de ella tirados en la entrada.

¿Cuánto tiempo lleva aquí?

Con cuidado, como si temiera romper algo, estiró la mano y rozó apenas un mechón de su cabello. Ella no se despertó. Solo frunció un poco más el ceño.

Mateo retiró la mano como si quemara. Se quedó quieto, mirándola dormir, con el corazón latiéndole demasiado fuerte para ser solo culpa de la fiebre ahora inexistente.

«No soy tu amigo, Elena. Pero gracias por la medicina».

Cerró los ojos. No se atrevió a moverse. No quería que ella despertara y se fuera.