!!TODO GRACIAS A MI MALDITA MALA SUERTE!!

All Rights Reserved ©

Summary

🕯️ PRÓLOGO Si me hubieran dicho antes que el mundo no se acabó con un estallido, sino que se pudrió despacio hasta volverse un basurero gigante, quizás lo hubiera creído. Pero nadie me avisó que, incluso en medio de tanta muerte y destrucción, existían cosas peores que el hambre o las balas. Nadie me avisó sobre ellos. Yo creía ser fuerte. Creía que, porque sabía correr, porque sabía disparar y porque había logrado sobrevivir otro día más, tenía el control. Era una cazadora, o eso me decía a mí misma mientras caminaba entre las ruinas. Pero todo cambió el momento en que sus sombras me cubrieron. Theodor y Charlotte. Nombres que se susurran con miedo en los campamentos, pero que no te preparan para la realidad. Él, una fuerza de la naturaleza con ojos que parecen ver tu alma podrida. Ella, una belleza fría y calculadora que sonríe mientras te rompe. Juntos no son personas, son la definición misma del peligro. Y yo, ingenua de mí, pensé que podría enfrentarlos. Pensé que tenía una oportunidad. No sabía que, desde el primer segundo, ya había perdido. No sabía que ellos no ven a los demás como rivales… solo como juguetes. Me arrepiento mucho de lo que hice, y de lo que me hicieron hacer. Ahora lo sé. Ahora entiendo que cuando ellos te miran, no ven una superviviente. Ven entretenimiento. Y aunque intenté correr, aunque intenté luchar… tarde o temprano terminé entendiendo la verdad más cruel de este mundo: Que yo nunca fui la cazadora. Siempre fui la presa.

Genre
Erotica
Author
Keith
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

The Hunter Becomes the Prey

Dicen que el mundo se quemó hace mucho, y lo que quedó no es más que un basurero gigante donde solo sobrevive el más cruel. La ley de la selva es la única que impera, y para ver otro amanecer tienes que ser más rápido, más listo y más letal que el resto. Yo creía ser de esas personas… o al menos, me engañaba pensándolo.


Ese día salí en lo que llamé una “misión”. El aire estaba denso, olía a polvo, a óxido y a muerte. A mi alrededor solo había escombros, edificios derrumbados y silencio. Ese silencio que solo existe cuando todo está muerto o te está acechando. Cada paso que daba era calculado, silencioso. En mis manos sostenía mis armas, mis únicas compañeras, la única garantía de seguir respirando. Todo iba según lo planeado… hasta que el universo decidió que era hora de ponerme a prueba de verdad.


Primero fue la sensación. Ese cosquilleo desagradable en la nuca, la certeza fría de que no estabas solo. Levanté la vista y ahí estaban. Dos figuras a lo lejos, recortadas contra el cielo gris. Solo dos. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, intentando buscar una ruta de escape, pero fue inútil. En segundos ya estaban frente a mí, bloqueando cualquier salida. Y en ese instante lo comprendí: estaba jodida.


Miré mis armas. Una bala en cada una. Qué ironía. Qué día tan perfecto para morir.


Ellos no se movían con prisa. Se detuvieron como si ya supieran el final de la historia, como si yo fuera solo una molestia pequeña. Lo vi a él primero.


Theodor Langford.


Había oído los rumores en los campamentos, claro que sí. Se dice que es una bestia con forma humana, pero verlo en persona es otra cosa. Era alto, inmensamente alto, de esos que no solo ocupan espacio, sino que dominan el aire a su alrededor. Su presencia pesaba, asfixiaba. Tenía un cuerpo construido para la guerra, firme y marcado, cubierto con esa ropa de combate que parece hecha de piel y acero. Pero lo que realmente heló mi sangre fueron sus ojos. Un rubio que contrastaba con un rojo carmesí, profundo y vacío. Esos no eran ojos de alguien humano; eran los ojos de alguien que ya cruzó todos los límites y decidió quedarse del otro lado. No dijo nada. No hacía falta.


Y luego estaba ella.


Charlotte Devereux.


Elegante. Perfecta. Demasiado perfecta para estar en este infierno. Su cabello negro caía como una cortina de sombra, y tenía esos ojos castaños que parecían cálidos a simple vista… hasta que te atrevías a mirarlos fijamente. Entonces veías el fondo. Algo retorcido, oscuro y enfermizo que se escondía tras esa apariencia de porcelana rota. Se movía lento, con una gracia peligrosa, casi como si bailara sobre las ruinas. Sonrió, y juraría que el viento se detuvo.


Ambos me superaban en estatura por mucho. Ambos… parecían estar divirtiéndose con mi angustia.


Y para colmo, yo ya estaba herida. Sangre caliente bajaba por mi costado, debilitándome.


Charlotte dio un paso hacia mí, y su movimiento fue tan suave que asustaba. Levantó mi rostro tomándome del mentón, con una delicadeza que pretendía ser cariñosa, pero que se sentía como la garra de un depredador acariciando a su presa antes de matar.


—Oye… —susurró, con una voz dulce que helaba el alma—. No eres tan impresionante como me contaron en los barrios bajos… ¿Tienes últimas palabras?


Pensé rápido. El miedo nubla la mente, pero el instinto de supervivencia grita más fuerte.


—Por favor… déjenme vivir. Soy útil, sé buscar suministros, lo prometo…


Hubo un silencio sepulcral, y luego ella soltó una risa. Una risa suave, melodiosa… y la cosa más aterradora que había escuchado en este páramo.


—Eres muy bonita… —dijo, mirando de reojo a Theodor con complicidad—. A mi novio le gustan mucho las chicas con espíritu como tú… y a mí… a mí me encantan. Te propongo un trato. Te doy cuatro segundos para buscar balas de verdad.


Cuatro segundos. Cuatro segundos para decidir si vivir o morir intentando ser valiente.


—Okey…


Corrí. No tenía otro plan. Me lancé hacia lo que quedaba de un centro comercial, donde las sombras eran profundas y el silencio pesaba toneladas. Mis pasos resonaban demasiado fuerte en el suelo de cemento roto, traicionándome. Busqué desesperada entre cajas y escombros, y encontré algo. No mucho, pero quizás suficiente. “Puedo hacerlo”, pensé. “Puedo dispararles y salir de esta zona muerta”.


Qué error más estúpido.


Regresé sigilosa, moviéndome entre las ruinas, intentando ser la cazadora por una maldita vez. Ellos seguían ahí, impasibles, esperándome como si hubieran sabido que volvería. Levanté las armas, apunté con firmeza. Charlotte sonrió. Theodor ni siquiera parpadeó, estaba tan relajado que daba rabia. Se quitó la máscara lentamente y habló por primera vez. Su voz era grave, profunda, resonando entre los muros derrumbados.


—Esto va a ser divertido… Nunca me había topado con alguien tan ingenua como tú en este desierto.


Apreté el gatillo.


Click.


Nada.


Intenté con la otra mano.


Click.


Silencio. Un silencio que dolía más que cualquier grito.


Las armas estaban inutilizables. Me habían tendido una trampa desde el principio y yo caí como una novata.


Charlotte alzó las comisuras de sus labios en una sonrisa malvada.


—¿De verdad creíste que sería tan fácil, cariño?… Creo que ya es hora del castigo.


Theodor dio un paso al frente. El suelo pareció temblar.


—Te dimos la oportunidad de irte con vida… y decidiste desperdiciarla —habló con una calma aterradora—. Ahora tocan las consecuencias. Te vamos a dar una ventaja… corre. Corre lejos, como hacen las ratas.


Charlotte se inclinó hacia mi oído, su aliento rozando mi piel.


—Empieza a correr… ya.


Y corrí. Corrí como si mi vida dependiera de ello, porque literalmente dependía. El aire quemaba mis pulmones, mi herida latía con dolor, pero no podía detenerme. Llegué a un bosque seco, lleno de árboles retorcidos y oscuridad. Me escondí tras unos arbustos, intentando que mi respiración no me delatara.


Pasó el tiempo. O eso creí.


El silencio volvió a reinar. Solo se oía el viento entre las ramas secas.


“Estoy a salvo”, pensé, idiota de mí. “Se fueron a cazar otra cosa”.


Salí de mi escondite poco a poco, mirando a todos lados. Nada. Todo estaba en calma. Hasta que escuché un sonido detrás de mí. Me giré rápido y… nada.


Y entonces levanté la vista.


Ahí estaban. Otra vez. Habían aparecido de la nada, como fantasmas de este mundo muerto.


Charlotte sonrió y señaló con su dedo, como si me estuviera presentando ante él, como si yo fuera un botín de guerra.


Theodor simplemente empezó a correr. Una carrera imparable, brutal.


Intenté huir, pero mis piernas ya no respondían igual. El cansancio me había comido los músculos, el miedo me paralizaba. Y entonces pasó: tropecé con una raíz expuesta, con una maldita piedra, y caí al suelo con fuerza. El golpe me dejó sin aire. Intenté arrastrarme por la tierra seca, intenté ponerme de pie… pero fue imposible.


Una mano enorme y firme me agarró del brazo, levantándome como si yo pesara nada. No había forma de soltarse. No había escape.


En ese momento, por primera vez en toda mi miserable existencia en este apocalipsis, sentí miedo. Miedo de verdad. Miedo a no ver otro día.


Theodor se inclinó hasta que su rostro quedó a centímetros del mío, su altura me aplastaba, su aroma a peligro y metal me envolvía. Susurró cerca de mi oído, con esa voz que parecía de ultratumba.


—Te tengo… Y ahora… es hora de tu castigo. ¿Verdad, cariño?


Charlotte apareció a su lado, caminando despacio, pisando con elegancia sobre la tierra sucia, disfrutando cada segundo de mi derrota.


—Te vas a arrepentir… de haber cruzado nuestro camino en este mundo olvidado…


Y ahí lo entendí todo, con una claridad dolorosa.


Esto nunca fue una batalla por sobrevivir.

Nunca tuve el control.

Nunca fui una amenaza para ellos.


Era solo un juego.

Un pasatiempo entre ruinas.


Y yo…

Yo nunca fui la cazadora.

Siempre fui la presa.

Continuara