31 Dias antes de Clark

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Summary

Charlie Allen tiene 30 años, lleva una vida estancada y acaba de perder al amor de su vida. Pero cuando un fragmento de un cometa prohibido lo lanza a una Nueva York diez años en el futuro, Charlie descubre que su 'yo' de 40 años tiene todo lo que él siempre soñó... y está a punto de perderlo. Tiene 31 días para salvar un matrimonio que aún no ha ocurrido, ganarse a unos hijos que no conoce y decidir si quiere recuperar su vida o quedarse con la de alguien más

Genre
Romance
Author
charett
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

10 de noviembre de 2026.

Ploc. Ploc. Ploc.

Cada gota caía desde la mancha de humedad en el techo directamente sobre el centro de un recipiente de cereal vacío. Resonaba en el silencio de mi apartamento como un recordatorio de que, a mis treinta años, no había logrado arreglar ni una tubería, ni mi vida.

—...y los expertos aseguran que el cometa Clark alcanzará su punto de mayor visibilidad esta noche —decía la voz entusiasta de la presentadora en el televisor viejo—. Un evento que solo ocurre cada diez años. ¡No olviden mirar al cielo, Nueva York!

Me levanté de la cama estirándome con pesadez mientras soltaba un suspiro. Al revisar mi teléfono, solté un gruñido.

—¿Las seis de la mañana? Deberían darme un premio por levantarme temprano sin ayuda de una alarma —mascullé.

Caminé hacia el baño para lavarme los dientes. Frente al espejo, analicé mi reflejo: una barba áspera, el cabello castaño claro bastante largo y una piel pálida que gritaba “poca vida externa”.

—Uhmm, supongo que podría quitarme la barba. No estoy viejo, es solo que tanto pelo me aumenta la edad, je —me dije mientras servía el cereal.

Justo entonces, mi teléfono vibró. Era Javier.

—¿Ya estás listo para el gran torneo de fuerza? —tronó su voz al otro lado—. Más vale que estés ahí en veinte minutos, tarado. El gimnasio está a reventar; tenemos que ganar ese “Circuito de Sansón” que creó el coach River.

—Obvio que estoy listo, genio. Me visto en cinco segundos y ya —le aseguré con confianza—. ¿Te imaginas que ganemos? Le presumiré mi trofeo a Hanna; se pondrá bien feliz por nosotros.

Tras colgar, me vestí a toda prisa. Antes de salir, le envié un mensaje de buenos días a mi novia, Hanna Badger. Mientras bajaba las escaleras del viejo condominio, llegó su respuesta:

“¿Podemos vernos esta noche? Es importante”. —Hanna.

Me quedé intrigado, pero decidí no darle demasiadas vueltas al asunto.

“Sí, amor, claro. Iré a la competencia, deséame suerte”.

Esperaba algo más, pero solo recibí un frío pulgar arriba como reacción.

—Bueh, de seguro tuvo un mal día ayer —intenté convencerme.

Sin demora, subí al auto de Javier, que ya me esperaba fuera del edificio.

—Buen día, bro. ¿Unas empanadas o qué? —le pregunté ansioso.

Él, en respuesta, me lanzó una barra de proteína y un Gatorade.

—Aquí tienes tu “empanada”, jaja. No te metas grasa antes de una competencia —sentenció Javi.

Mientras él conducía hacia el gimnasio, me limité a mirar por la ventana, observando a la gente sumergida en sus rutinas.

—Oye, tú y Hanna llevan cinco años de novios, ¿no? —soltó mi amigo de la nada mientras nos deteníamos en un semáforo—. Tal vez podrías buscar un alquiler mejor y mudarse... ya sabes, casarse y todo eso.

Justo en ese momento vi a un conocido en la calle y bajé la ventana para interrumpir el momento incómodo.

—¡Oye, Aaron! ¿Cuándo vas a venir a una fiesta nuestra? ¡Ya van ocho veces que te invitamos, deja de huir de tus amigos! Jajaja... —Volví la vista al interior—. Oh, ¿decías algo?

Javier me miraba con una seriedad que cortaba el aire.

—Sabes perfectamente lo que dije —soltó con firmeza.

—Mira, de milagro me sobra dinero tras el alquiler —le expliqué, tratando de justificarme—. Compro comida, pago el mes del gimnasio, salgo con Hanna... ¿Tengo cara de poder pagar una casa o un apartamento propio? Mantener una esposa y todo eso... Soy un vigilante nocturno, Javi. No gano lo suficiente.

Mi mejor amigo asintió ligeramente, pero conocía esa cara; era su expresión de “tengo una solución para tus excusas”.

—Sí, vale, pero tienes buen historial crediticio —insistió—. Podrías pedir un préstamo y llevar tu relación al otro nivel. Estarás endeudado, pero saldrás adelante y yo te ayudaré. Mi proyecto del restaurante de pizzas y cómics va por buen camino. Hasta tengo el nombre:“Comics & Pepperoni”. Tú podrías ser mi socio; en cuanto me vaya bien con la primera, tú administrarás la otra sucursal.

—Oye, no tengo ganas de deberle la vida al banco —repliqué—. Y amo tu idea, en serio, pero no sé cómo no has pensado que ligar pizza y cómics es peligroso. Te van a arruinar las hojas con esos dedos grasosos. Aunque el nombre es brutal, eso sí.

—No lo harán. Las recubriré con un papel protector especial que compré en Amazon —me explicó entusiasmado mientras cruzábamos el puente de Brooklyn.

—Aish, no voy a quedarme en vela recubriendo miles de páginas, jajaja... —le guiñé un ojo—. Bueno, tal vez si hay mucha Pepsi y pizza de por medio, sí.

Le subí el volumen a la radio para cambiar de tema.

“...el cometa Clark viaja a unos cuarenta mil kilómetros por hora. Rozará la Tierra tal como hizo en 2016. Si les parecía mucho esperar al cometa Halley cada 75 años, pues no sufran más: el Clark pasará cada diez años, cada 10 de noviembre...”

—Carajo, llevan días con lo del cometa y hoy que es el día solo hablan de eso. Ya me tiene cansado —comenté apagando la radio.

—No seas amargado, bro —me reprendió Javi—. Además, ¿no te parece increíble que seas el vigilante de uno de sus fragmentos? Trabajábamos en McDonald’s cuando cayó y ahora mírate: diez años después cuidas esa pieza en el Rose Center.

Sonreí con un leve fastidio, poniendo los ojos en blanco mientras revisaba Instagram.

—Bueno, el único no... está el vigilante diurno, Mike. Por cierto, me debe cincuenta dólares, el divorciado ese del carajo —solté con frustración.

—Jajaja, no seas tan duro. Tiene como sesenta años. No permitas que tú llegues a ese punto, debes expandir tus horizontes —concluyó mi amigo.

Al entrar al gimnasio, el ambiente estaba cargado. Todo el mundo hablaba del cometa mientras se preparaban para el circuito.

—Oh, por favor, pongan algo de Usher o música motivadora. Que empiecen los juegos, suelten a los leones —bromeé mientras saludaba a los conocidos.

—¿Qué tal algo de K-pop, eh? —sugirió Stephanie, apoyada por sus amigas fans del género.

—Sabes qué... a estas alturas, con tanto “Clark, Clark, Clark”, me provoca hasta el K-pop. ¡Ganemos esto! —exclamé con ánimos.

Al rato, salimos del gimnasio con el pequeño trofeo en mano, riendo a carcajadas.

—Te lo dije, ganamos por paliza —festejé—. ¿Viste al coach? Casi se desmaya cuando vio que le sacamos doce segundos de ventaja a su equipo favorito.

—Sí, fue lo mejor. ¿Te llevo a casa o qué harás? —preguntó Javi.

Le saqué brillo al trofeo y me tomé una selfie para enviársela a Hanna. “Le encantará“, pensé.

—Oh, déjame en la jaula de bateo. Quiero soltar esta adrenalina sobrante.

Al llegar, noté que Hanna me había dejado en visto. Al bajarme del auto, intenté dejarle el trofeo a Javi, pero él me lo devolvió desde su asiento.

—Quédatelo, ¿sí? Ya tengo mi foto con él. A tu repisa le vendría bien un adorno de primer lugar.

—Gracias, amigo. Tal vez me case contigo, jaja —reí tirándole el envoltorio de mi barra de proteína.

—Nah, en serio... —su tono cambió a uno más serio—. Te entiendo hasta cierto punto pero, ¿te has preguntado qué quiere Hanna? Piénsalo, ¿vale? —Se despidió con la mirada y arrancó.

—¡Salúdame a Stacy, viejo! —le grité mientras él sacaba la mano por la ventana.

Me quedé pensativo revisando el chat. El “visto” seguía ahí, doliendo más que el entrenamiento.

—De seguro no está de humor —murmuré. Vi a un grupo de clientes habituales en la jaula y les grité para distraerme—: ¡A que bateo más que ustedes, bola de vagos!

—¿Ah, sí? Pues ven y enséñanos, tarado —respondieron con ganas.

Pasé un par de horas bateando hasta que volví a mi anexo a las 2:00 PM. Me bañé y me puse a jugar Xbox.

—¡Mira cómo te atropello veinte veces, MancoMaster69! —reía con los audífonos puestos, ignorando los berrinches del niño al otro lado del micrófono.

El cansancio me venció. Me quedé dormido en el sofá con restos de Doritos en el pecho y el trofeo brillando en mi repisa improvisada. Eran las 4:00 PM del 10 de noviembre y de fondo, las noticias seguían hablando de lo mismo.

6:00 PM

Desperté sediento. Me eché agua en la cara y me puse el uniforme de vigilante. Me abrigué con una chaqueta para el frío, cerré con llave y bajé las escaleras. En el pasillo, los vecinos no hablaban de otra cosa que no fuera el cometa.

—Cuídate mucho esta noche, Charlie. La gente está muy ansiosa hoy —me advirtió la señora Miller desde su puerta mientras regaba sus flores.

—Lo haré, gracias señora Miller. Espero que disfrute la vista del Clark —respondí con una sonrisa forzada.

Revisé el teléfono de nuevo. La foto que envié a las 10:00 AM seguía ahí, ignorada.

—Creo que ya es hora de empezar a preocuparme —susurré para mí mismo.

—Hola, Charlie. ¿Preocuparte de qué? —preguntó Sofía, una vecina de dieciocho años que llegaba de su turno en Papa John’s, sacudiéndose un poco de nieve de los hombros.

—Ahmm... se supone que mi novia y yo estamos bien, pero le envié una foto de mi trofeo a las diez de la mañana y me dejó en visto —le confesé a Sofía, rascándome la nuca—. Temprano me dijo que quería verme para hablar. ¿Crees que estoy en problemas?

—Definitivamente algo no está bien —sentenció ella con una mueca de lástima—. Suerte, Charlie.

Me dio una palmada solidaria en el hombro y se retiró hacia el ascensor.

—Carajo, si ya me lo suponía... —mascullé con fastidio.

Salí del edificio para caminar hacia el museo, sintiendo el aire gélido de Nueva York golpearme la cara. Justo en ese momento, el teléfono vibró. Era ella.

“Estoy a una cuadra de tu trabajo, en la cafetería de Sasha”. —Hanna.

—Okey, veamos qué sucede —susurré con determinación. El reloj marcaba las 6:40 PM.

Al entrar al local, la vi de inmediato. Estaba sentada en una mesa al fondo, con la mirada perdida en los adornos de la pared. Estaba demasiado seria. Noté que no había pedido nada; ni siquiera su chocolate caliente favorito.

—Rayos, ni siquiera tiene hambre —pensé con un nudo en el estómago. Me acerqué y rodeé sus hombros con un abrazo, pero ella se quedó rígida, sin corresponder el gesto.

—¿Hanna? Oye, ¿qué sucede? Has estado rara todo el día —le cuestioné, sentándome frente a ella.

Hanna levantó la vista. Tenía los ojos empañados y la respiración agitada, como si estuviera conteniendo una tormenta interna.

—Charlie... ya no te amo —soltó. Una lágrima solitaria recorrió su mejilla izquierda.

Me quedé en shock. El ruido de la cafetería desapareció; el mundo se detuvo.

—¿Q-qué? Pero estábamos bien... quiero decir... ¿No lo estábamos? —balbuceé, sintiendo que el oxígeno me faltaba—. Hicimos el amor hace una semana, fuimos al cine, cenamos... reímos juntos. No entiendo, Hanna. ¿Por qué me haces esto?

Me tapé la boca con una mano, apretando los ojos con fuerza para intentar respirar, mientras las lágrimas empezaban a traicionarme. Hanna solo asintió con la cabeza, manteniendo esa calma dolorosa.

—Solo me estaba despidiendo —explicó ella con voz quebrada—. Yo... yo hice mi duelo durante nuestra relación. Hace tiempo que me siento así y ya estoy lista para irme. Te lo dije una vez, Charlie: las mujeres terminamos con ustedes mucho antes de decírselo. Es algo de mujeres.

Se levantó, tomó su cartera y caminó hacia la salida. La seguí hasta la acera, donde la nieve empezaba a caer suavemente sobre nosotros.

—Pero me lo explicaste como una curiosidad, ¡no para que me lo hicieras a mí! —le recriminé, soltando un aliento frío entre los labios—. ¿Cómo puedes ser tan fría? No entiendo... ¿qué hice mal?

—Todo, Charlie. Todo —respondió ella, dándose la vuelta—. No avanzas, no progresas, no muestras interés en ser algo más que esto.

—¡Te hablé de mis dificultades! —exclamé desesperado—. No pude pagarme una universidad, no tuve becas, tuve que trabajar para ayudar en casa... ¿Crees que no quiero avanzar? Todo es difícil, solo trabajo y no consigo una oportunidad.

Hanna soltó mi mano y me señaló el pecho con el índice.

—No te esfuerzas lo suficiente. Muchas veces quisimos ayudarte y no quisiste salir de tu zona de confort. No quieres superarte porque te aterra perder energía en el proceso, sin entender que valdría la pena. Yo esperé por ti, creí en ti... pero ya tengo veintiséis años, Charlie.

—¡Y yo tengo treinta! —le recordé con firmeza—. Estoy en mi mejor momento. ¿Desde cuándo treinta y veintiséis es ser viejo?

—No es vejez, Charlie Allen. Es estancamiento. Estás en un hueco y no buscas salir por más cuerdas que te lancemos. Pronto seré médico general, luego mi especialización... para los treinta y uno seré una doctora con todas las de la ley. ¿Y tú? Tú decidiste ser el vigilante de un museo.

Sus palabras me atravesaron como cristales. Suspiré, tratando de tragarme el orgullo herido.

—No es algo permanente —argumenté con amargura—. Tal vez haga cursos, o un diplomado... las veces que intenté la universidad no pude, Hanna. A los treinta me da flojera empezar una rutina que debí hacer a los dieciocho. Pero hay gente exitosa sin títulos, lo sabes.

—Sí, los hay, Charlie —admitió ella mientras se alejaba de mí—. Pero tampoco te veo con ganas de ser uno de ellos. Ya estoy cansada... siento que no me representas. Eres increíble, tienes buenos valores, pero no avanzas. Eres como un Ferrari sin ruedas.

—¿Ferrari sin ruedas? —repetí con una risa amarga—. Por favor, eso lo dijo Javi jugando.

—Sí, pero nada se aleja más de tu realidad. Tienes tanto para dar y prefieres quedarte así. No puedo más. Espero que seas feliz y hagas algo con tu vida. Y por favor... rebájate la barba y el cabello. Estás descuidado.

Hanna me dio la espalda. Sentí el impulso de correr, de atraparla y rogarle, pero me quedé clavado en el cemento. Ella se detuvo un segundo, como si esperara que yo la detuviera, pero no me moví.

—Hanna Badger... yo te amo tanto. No me dejes, eres mi mundo —le supliqué desde la distancia.

—Y yo te amaba a ti, Charlie. En serio lo hice. Pero merezco más.

Cuando mis piernas por fin reaccionaron para ir tras ella, mi mirada se desvió inconscientemente hacia la entrada del museo, a pocos metros.

—Yo... tengo que ir a trabajar. Me pueden despedir —balbuceé, la cobardía disfrazada de responsabilidad.

Hanna se limpió la nariz con la mano y dio unos pasos hacia atrás para detener un taxi.

—Lo sé. Clark te espera. Adiós, Charlie. Cuídate mucho.

Subió al auto y se perdió en el tráfico. Me quedé solo, tragando saliva y tratando de recomponerme para entrar al museo. El viejo Mike ya me esperaba en la puerta con el juego de llaves.

—Ya son las siete, muchacho. Siete en punto —mencionó dándome un apretón de manos—. Pensé que no llegarías.

—Lo siento, Mike. Estoy teniendo un día de mierda —admití, tomando la linterna y la radio.

Mike, con la sabiduría que dan los años, me dio una palmada en la espalda.

—Te ves como si Hanna te hubiera dejado —soltó mientras se dirigía a su auto.

—Justo eso acaba de pasar. Me siento débil, ¿sabes? Si entraran maleantes ahora mismo, me darían una paliza.

—Vamos, Charlie. Mides más de un metro ochenta y tres y pesas casi noventa kilos. Eres un tanque. Si pasa algo, agarra las armas del área de vikingos, jaja. Te pareces a ellos, solo que con menos pelo.

Mike se fue y yo me encerré en la soledad del museo. Me dirigí a la sala de monitoreo.

—Espero que haya café —murmuré sin ánimos.

Encendí el televisor del escritorio mientras preparaba la cafetera.

“Son las 7:10 PM. Se estima que el cometa Clark pase entre la medianoche y la una de la madrugada. Será visible hasta las 4:00 AM, así que disfruten esta larga noche”.

—Sí... una larga noche —repetí para las paredes vacías.

Las horas pasaron lentas, dolorosas. Me dediqué a ver fotos con Hanna en el teléfono mientras lloraba desconsoladamente, llenando mi taza de café una y otra vez. Di vueltas por los pasillos, revisé las cámaras y me aseguré de que todo estuviera en orden, aunque por dentro yo fuera un desastre.

12:00 AM.

Me desperté en el sofá de la oficina con la espalda entumecida. Me estiré, haciendo crujir cada vértebra, y me comí un par de galletas rancias que encontré en el escritorio de Mike. Al ir por mi café, la cafetera estaba tan vacía como mi ánimo.

—Genial, ya ni siquiera puede uno deprimirse con cafeína en este lugar —mascullé—. Tal vez el dispensador tenga suficiente Pepsi para mantenerme en pie.

Salí de la oficina y encendí la linterna. El haz de luz comenzó a barrer los pasillos, iluminando las siluetas de guerreros vikingos, colonos americanos y armas renacentistas que parecían vigilarme desde las sombras.

—Si tan solo esto fuera como en la película... hablar con estas esculturas de cera sería muy terapéutico —susurré para romper el silencio.

Al llegar al dispensador, metí unas monedas y recibí mi lata. Justo cuando le daba el primer trago, una extraña luminiscencia proveniente del área astronómica llamó mi atención.

—Más vale que no hayan dejado el transbordador Apolo 11 encendido —sequeé con fastidio—. Esas luces locas le causan convulsiones a cualquiera.

Caminé hacia el origen del resplandor. La réplica del Apolo estaba apagada, pero dentro de la caja blindada, el fragmento de Clark brillaba con un color zafiro tan intenso que me obligó a entrecerrar los ojos.

—¿Pero qué mierda...? —balbuceé, apagando la linterna. Me acerqué con una mezcla de miedo y fascinación—. ¿Te dio ansiedad porque tu papá está pasando cerca de la Tierra? No es mi culpa que te desprendieras hace diez años.

Saqué el teléfono para grabar. Si esto era un fenómeno científico, tal vez la NASA me daría una buena recompensa. A través del vidrio del techo, vi al verdadero cometa Clark rozando la órbita terrestre, iluminando el cielo nocturno con una fuerza superior a cualquier eclipse que hubiera visto.

—Javi tiene que ver esto —dije a la cámara, apuntando de nuevo al fragmento.

De pronto, el aire se llenó de estática. Un penetrante olor a azufre inundó mis pulmones y sentí un calor insoportable en la cintura. Mi radio y mi teléfono empezaron a chisporrotear.

—¡Ahhh! ¡Mierda, me quemo! —grité, soltando el celular y arrancándome la radio del cinturón.

El calor desapareció tan rápido como llegó, siendo sustituido por un frío glacial. Una densa neblina empezó a emanar del fragmento, acompañada de descargas eléctricas que golpeaban las paredes de cristal.

—Okey, he visto suficientes películas como para saber que algo muy malo va a pasar. Me largo de aquí.

Me agaché, preparándome para correr hacia la alarma de incendios.

—¡Hora de la caballería! —exclamé, impulsándome hacia adelante.

Pero no di ni tres pasos. Una explosión eléctrica retumbó a mis espaldas y una onda de energía verde me golpeó de lleno, lanzándome por los aires. Mi cabeza impactó contra la pared y el mundo se fundió a negro.

...

Un pitido agudo y constante me taladraba los oídos cuando recuperé el sentido.Piiiiiiiiiiiiiiiiii.

—Rayos... esto es el ejemplo perfecto de “escuchar borroso” —bromeé con la voz rota. Me puse de pie apoyándome en la pared, con la vista totalmente distorsionada—. Necesito acostarme...

Recogí mi teléfono chamuscado y regresé a tientas a la oficina. Me desplomé en el sofá y el sueño me arrastró de nuevo.

7:00 AM

Sentí unas palmadas en la mejilla y una voz demasiado joven despertándome.

—Oye, viejo, ¿estás vivo? Despierta, yujuuu. Debes ser nuevo, aunque no me avisaron de ningún ingreso. Igual no se perdió nada, jaja.

—¿Qué...? —pregunté, parpadeando hasta enfocar a un chico con pinta de hippie y uniforme de vigilante. No tendría más de veinte años.

—¿Y Mike? —logré articular.

—¿Cuál Mike, amigo? Oye, si te pusiste a hacer fiesta con las esculturas de aliens no te culpo, pero ya empezó el turno de día. Ve a casa, no le diré a los jefes que el nuevo se durmió toda la jornada. ¡Paz!

Me quitó las llaves y me acompañó a la salida. Al cruzar la puerta, el sol de la mañana me cegó. Nueva York rugía con un ajetreo extraño. Había autos con diseños aerodinámicos que jamás había visto y pantallas publicitarias con una nitidez asombrosa.

—Okey, algo se hizo viral mientras trabajaba y me lo perdí —comenté, viendo a un tipo con una moda de ropa absurda—. ¿Y ese por qué trae los bolsillos hacia afuera? MuyVolver al Futuro... supongo que no se ve tan mal.

Intenté encender mi teléfono, pero estaba muerto.

—Verdad, la explosión. Tengo que ir a casa, con la PC podré sacar el video. Capaz se subió a la nube antes de que se quemara.

Empecé a trotar hacia mi edificio, notando que la fachada estaba impecable, recién pintada y modernizada.

—No sé qué compañía remodela edificios en menos de veinticuatro horas, pero se lucieron —murmuré incrédulo.

Subí al cuarto piso, pero mi llave no entraba en la cerradura.

—¿Qué? Vamos, es la 4B. Aquí vivo yo.

Forcejeé hasta que la puerta se abrió desde dentro. Me recibieron tres chicos universitarios con cara de desconcierto y un par de chicas dormidas en el sofá.

—Miren, no se asusten, pero voy a llamar a la policía —les advertí con seriedad—. Entraron a mi anexo y esto es ilegal. Ayer me dejó mi novia y no estoy de humor. Más vale que no hayan tocado mi trofeo.

Uno de los chicos soltó una carcajada mientras usaba su inhalador para el asma.

—Oye, viejo, yo quiero de la que tú fumas —se burló el chico de gafas.

Los aparté de un empujón y entré a la sala. Todo era distinto: los muebles, la pintura, el olor.

—Okey, me estoy empezando a enojar —dije con una expresión que debió asustarlos, porque una de las chicas se apresuró a darme un vaso con agua.

—Tome agua, ancianito —me dijo ella.

—Gracias, niña. Pero tengo treinta años, estoy en miprime. ¿Es que no leen? Es biología básica —repliqué antes de beber.

—Jaja, dijo “prime”. Este cree que está enTransformers—se burló un chico moreno con una camiseta de Superman.

—No, creo que se refiere a la palabra de moda por allá en 2024 o 2026 —comentó una chica mientras sacaba pan del tostador.

—Ya, dejen de decir tonterías. Tomen Pepsi, es más sano. ¿Y cómo se enciende esta cosa? —pregunté manoseando un control remoto extrañamente fino.

La pantalla se encendió mostrando un paisaje árido y rojizo con astronautas caminando.

—¿Qué película es? ¿Sacaron una de Marte y no me enteré?

—No se haga el gracioso, señor. Es la misión Artemis 7. Obvio, eso es Marte en vivo.

Me acerqué a la pantalla. El banner inferior decía:“Progreso de Artemis 7: Exploración de terreno marciano. 10 de octubre de 2036”.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—No me jodas... ¿es el año 2036? —pregunté, girándome hacia los universitarios justo antes de que todo se volviera negro y me desplomara frente a ellos.

—En serio, yo quiero de lo que fuma este señor —repitió el chico de los dientes grandes mientras los demás reían.