Caída libre
Sara Flores observaba la caída de más de ciento cincuenta metros que le esperaba. Estaba sudada: en parte por correr, pero sobre todo por haber subido los escalones de la media centena de plantas de dos en dos. No podia fiarse del ascensor.
—Entréguemelo, doctora —dijo una mujer que salía del elevador—. Lo descubriremos tarde o temprano. Su resistencia es inútil.
La cámara de seguridad miraba a Flores como a una niña que ha cometido una travesura. Sabía que, detrás de esa herramienta de vigilancia, se escondía un intelecto que ningún ser humano indvidual podría vencer. Sin embargo, no estaba sola.
—No —dijo tras recuperar el aliento—. Áureo es un déspota que ha suprimido nuestra originalidad. No descansaremos hasta que sea eliminado.
—No razona con claridad. Gracias a Áureo, la sociedad ha alcanzado valores más elevados. ¡Usted misma es la prueba! Además...
La mujer sacó una tablet de su maletín y reprodujo un vídeo que mostraba a cuatro hombres y una mujer siendo mutilados. Suplicaban clemencia, pronunciaban el nombre de sus hijos y juraban abandonar toda resistencia contra el Sistema. Eran los compañeros de Sara.
—Monstruos —dijo, con ojos lacrimosos.
—No, doctora; los verdaderos monstruos son ustedes, que buscan acabar con la belleza, seguridad y salud que se han obtenido gracias a Áureo. Ustedes, que desprecian la voluntad de una civilización harta del crimen y la imperfección, representan el mal a combatir. Pero aún está a tiempo de cambiar de bando —caminaba hacia Flores—. Denos el pendrive y olvidaremos lo que ha ocurrido hoy.
Sara retrocedió hasta que su talón derecho perdió el apoyo. Contempló, de nuevo, el abismo bajo sus pies. Solo había un camino a seguir: le confiaría el futuro a la persona que su equipo y ella habían elegido.
Miró fijamente a su enemigo; no a la mujer, a la cámara. Sonrió y le sacó el dedo de en medio.
—Jódete.
Y cayó al vacío.