Capítulo 1 El choque
La estación de tren estaba más caótica de lo normal.
La lluvia golpeaba los techos metálicos con un ruido constante, pesado, como si el cielo no tuviera intención de calmarse. El aire olía a humedad, a ropa mojada y a café barato de los puestos del andén.
Valentina Ríos caminaba rápido, con el celular en la mano y el cabello medio húmedo pegado a la cara. Había salido tarde, otra vez.
—No llego… no llego —murmuró, apretando el paso entre la gente.
El tren estaba por cerrar puertas.
Y ella lo vio.
A unos metros.
Su única salida.
Corrió.
El piso estaba resbaloso.
Y todo pasó en un segundo.
Chocó contra alguien.
Fuerte.
Su hombro golpeó el de un chico, y el impacto le hizo perder el equilibrio. El celular casi se le cae.
—¡Ey! —soltó una voz masculina, molesta.
Valentina se enderezó de golpe, irritada antes incluso de mirar.
—¿No ves por dónde vas?
Levantó la vista.
Y ahí lo vio a él.
Mateo Salvatierra.
Cabello oscuro ligeramente mojado por la lluvia, mirada fría, mandíbula tensa. La forma en la que la miraba no era amable. Ni siquiera neutral.
Era de alguien que ya decidió que no le gustás.
—Perdón… ¿perdón? —repitió él, incrédulo—. Vos te me tiraste encima.
—¡El tren estaba por irse! —respondió ella, sin pensar demasiado.
—No es excusa para embestir gente.
Se quedaron mirándose.
Un segundo.
Dos.
El ruido del tren llenó el silencio incómodo entre los dos.
Valentina fue la primera en apartar la mirada, todavía molesta.
—Qué exagerado…
—Qué imprudente… —respondió él al instante.
Ella bufó y siguió caminando.
—Ni te preocupes, no te vuelvo a ver en mi vida.
—Eso espero —dijo Mateo, sin siquiera mirarla ya.
El tren cerró puertas segundos después.
Valentina alcanzó a subir justo a tiempo.
Respiró hondo, apoyando la espalda contra una pared del vagón.
—Genial… —susurró—. Empezamos bien el día.
Buscó un asiento libre.
Había pocos.
Y cuando giró la cabeza…
Lo vio otra vez.
Mateo.
Sentado del otro lado del vagón, mirando por la ventana, completamente indiferente a todo.
Valentina lo observó unos segundos sin querer.
—No… —murmuró para sí misma—. No puede ser.
Se sentó lo más lejos posible.
Pero el tren estaba lleno.
Y el destino, incómodo.
El vagón avanzaba entre lluvia y ruido metálico.
Nadie hablaba mucho.
Algunos miraban el celular. Otros dormían.
Valentina intentaba ignorar su presencia, pero cada tanto su mirada se desviaba sola hacia él.
Mateo no parecía incómodo.
Solo… distante.
Como si no le importara estar ahí, ni con quién.
Hasta que el tren frenó de golpe.
—¡Uh! —se escuchó a alguien.
Valentina perdió un poco el equilibrio y se sostuvo del asiento.
El bolso de una señora cayó.
Y en ese pequeño caos, el vagón entero se movió.
Cuando todo volvió a la normalidad, un anuncio sonó por los parlantes:
“Por problemas técnicos, el servicio queda detenido temporalmente.”
Un suspiro colectivo.
—No, no, no… —Valentina cerró los ojos.
Media hora después.
Seguían ahí.
El tren no avanzaba.
La gente empezaba a inquietarse.
Y la lluvia seguía afuera, golpeando con más fuerza.
Valentina miró por la ventana. Nada. Solo gris.
—Perfecto día —dijo en voz baja, con ironía.
Y entonces escuchó una voz.
—Te juro que podés hacer drama por cualquier cosa.
Giró la cabeza.
Mateo la estaba mirando.
Por primera vez directamente.
Valentina frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Te escuché suspirar como si se acabara el mundo.
—No te estaba hablando a vos.
—Igual lo hiciste fuerte.
Ella lo miró fijo.
—¿Y a vos qué te importa?
Mateo se encogió de hombros.
—Nada. Solo es molesto.
Valentina soltó una risa corta, sin humor.
—Sos increíblemente agradable, ¿sabías?
—Me lo han dicho.
Silencio.
Pero esta vez era distinto.
No incómodo… solo tenso.
Pasaron unos minutos.
Valentina sacó su celular. Sin señal.
—Claro —murmuró.
Mateo la observó de reojo.
—No sirve de nada en este lugar.
—Ya me di cuenta.
—Bien.
—¿Siempre sos así? —preguntó ella de repente.
Él la miró.
—¿Así cómo?
—Como si todo te molestara.
Mateo tardó un segundo en responder.
—No todo.
—¿Entonces qué sí?
Silencio otra vez.
Él miró hacia la ventana.
—La gente que no piensa antes de actuar.
Valentina arqueó una ceja.
—Ah… claro.
—No lo digo por vos —agregó él rápido, aunque no muy convincente.
—Ajá.
El tiempo seguía pasando.
Hasta que algo cambió.
Una señora cerca de ellos comenzó a llorar en silencio.
No fuerte.
Solo… quebrada.
Valentina la miró.
Mateo también.
Nadie decía nada.
Pero el ambiente se volvió más pesado.
Valentina dudó.
Y por primera vez, no se mostró dura.
Se levantó.
Mateo la siguió con la mirada.
—¿Qué hacés? —preguntó él.
Ella no respondió.
Solo caminó hacia la señora.
Mateo la observó desde su asiento.
No entendía por qué lo hacía.
No era su problema.
No era nada suyo.
Pero la vio agacharse junto a la mujer, ofrecerle un pañuelo, hablarle bajo, con una voz completamente distinta a la que usaba con él.
Más suave.
Más humana.
Mateo frunció apenas el ceño.
Como si eso no encajara con la imagen que tenía de ella.
Después de unos minutos, Valentina volvió a su asiento.
Se sentó sin mirarlo.
—No eras tan insoportable como pensaba —dijo Mateo de repente.
Ella giró lentamente la cabeza.
—¿Eso es un cumplido?
—No.
—Ah, bueno.
Silencio.
Pero esta vez, distinto otra vez.
Menos defensa.
Más curiosidad.
El tren siguió detenido.
Y afuera, la lluvia no paraba.
Valentina miró por la ventana.
Mateo también.
Y sin saberlo ninguno de los dos…
Ese era solo el primer choque.
El primero de muchos.