CAPITULO 1 ECOS DEL PASADO
El suelo de tierra batida estaba frío, un contraste bendito contra la espalda de aquel hombre, que aún ardía por el calor de la fragua. Se había desplomado allí mismo, justo al cruzar el umbral de su pequeña choza, demasiado agotado incluso para quitarse el delantal de cuero manchado de hollín.
Sus brazos, delgados pero cruzados por músculos tensos como cuerdas de violín, descansaban inertes a sus costados. A través de la puerta abierta, el cielo de la aldea de herreros se teñía de un violeta pesado, ocultando el humo que siempre flotaba sobre los tejados. Pero en este mundo, el cielo nunca estaba del todo despejado; las copas de los árboles colosales del bosque extenso se alzaban como garras hacia las estrellas, recordándole a cualquiera que la seguridad de una aldea era un milagro frágil rodeado de magia, monstruos y magos oscuros.
— ¿Por qué? —susurró apenas, con la voz quebrada por el cansancio.
Fijó la mirada en la penumbra, y como cada noche desde que llegó a la aldea, los pensamientos sobre el día en que lo expulsaron regresaron para morderlo. No era el dolor del destierro lo que lo carcomía, sino la duda. Se preguntaba si realmente había cometido un error imperdonable o si, simplemente, lo habían echado por una injusticia que su mente aún no lograba procesar.
En su antiguo grupo, él era quien mantenía todo en pie, aunque nadie se lo agradeciera. Mientras los demás buscaban gloria frente a las bestias, él se encargaba de lo tedioso: destilar las pociones para que no murieran, lavar los platos, afilar cada espada y asegurar que los arcos no se rompieran en el momento crítico. Había sido el burro de carga, el que llevaba las mercancías pesadas por senderos infestados de peligros solo para ser desechado cuando ya no les fue útil.
Ahora, en la aldea de herreros, su vida no era por placer, sino por inercia. Trabajaba hasta el colapso para que los días pasaran rápido, intentando que el peso del martillo sepultara el dolor de la traición.
El frío de la noche comenzó a filtrarse en sus huesos, obligándolo a incorporarse con lentitud. Se sacudió el barro de las manos, preparándose para entrar en su choza —un lugar que olía a hierro y soledad— cuando un crujido proveniente del linde del bosque lo detuvo en seco.
Entre los troncos gigantes, una silueta se desprendió de las sombras. Era una figura alta, envuelta en una capa de viaje desgastada, con una capucha que ocultaba su rostro. Al principio pensó que era un espejismo del agotamiento, pero la figura avanzó con una seguridad que le resultó dolorosamente familiar.
— Tenemos que hablar —dijo la figura.
Esa voz hizo que el mundo se detuviera. El corazón del herrero saltó un latido, quedándose suspendido en un vacío de hielo, para luego estallar en un galope frenético contra sus costillas.
— Tenemos que hablar —repitió la sombra, dando un paso más hacia la luz de las brasas.