EL final feliz de Raúl

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Summary

En un pueblo que debería ser perfecto como un cuento de hadas, Max comienza a sentir emociones que no deberían existir: lágrimas que no entiende, odio que crece. Porque este ya no es solo un cuento… alguien lo está rompiendo desde dentro. Dos hermanos. Un héroe sonriente y un resentimiento silencioso. ¿Hasta dónde llega el "final feliz"?

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

El sol se filtraba entre las copas de los árboles, tiñendo de dorado las hojas que el viento arrancaba sin piedad. Los pajaritos cantaban con alegría, ajenos al mundo que, poco a poco, empezaba a torcerse.

Raúl abrió los ojos con pesadez, como si los párpados le pesaran toneladas. De un manotazo torpe silenció el reloj antes de que arruinara por completo el sueño más épico de la semana. Se dio vuelta en la cama, rogando por cinco minutos más, pero ya era tarde. Por cuarta vez esa semana, le había ganado a la alarma.

Se sentó en el borde de la cama, soltó un bostezo largo y se estiró con gusto, sintiendo cómo crujían sus huesos. Se levantó y avanzó por su cuarto, pero se detuvo en seco al ver la cama revuelta. Suspiró, regresó y trató de alisar la cobija con las manos. Quedó peor que antes.

—Perfecto... —murmuró con una media sonrisa torcida, intentando convencerse a sí mismo.

Se acercó al armario y abrió la puerta sin pensarlo. Una avalancha de ropa sucia se le vino encima. Dio un salto hacia atrás, con los ojos muy abiertos.

—¡Casi me aplasta! —exclamó, y no pudo evitar soltar una risa corta y nerviosa.

Se rascó la nuca, mirando el desastre con resignación. Revolvió entre camisas, pantalones y calcetines hasta encontrar una azul bastante arrugada. La olió un segundo, hizo una mueca de asco y se la puso igual. En la manga todavía tenía pegado un chicle seco y gris que parecía gritar “¡lávame!“.

—Bueno, nadie mira las mangas, ¿verdad? —dijo sonriendo mientras salía de su habitación.

Cerró la puerta con cuidado y avanzó por el pasillo. Las fotos de la familia colgaban torcidas en la pared. Se detuvo frente a la más grande, donde su padre sonreía con el uniforme de héroe, rodeado de él y Max cuando eran niños. Sus dedos rozaron el vidrio polvoriento.

—Cómo te extraño, papá... —susurró, limpiando el polvo con la manga.

Siguió hasta la habitación de Max y golpeó tres veces.

Silencio.

Solo se oía una respiración pesada y pasos inquietos del otro lado.

—Max... —llamó bajito.

Nada.

Se dio la vuelta y casi tropieza con una lata de refresco tirada en el suelo. Frunció el ceño y le dio un puntapié suave.

—Otra vez, Max... No cuesta nada mantener tu lado limpio —masculló.

Bajó las escaleras atraído por el olor cálido del pan recién horneado. Preparó café, cortó una gruesa rebanada de pan y se sentó a la mesa. Mientras masticaba, miró por la ventana cómo el viento arrastraba las hojas secas por el patio.

«Nos estamos quedando sin comida otra vez... Tendré que ir solo al pueblo», pensó con un suspiro.

Terminó el café, se puso la chaqueta, agarró las llaves y salió.

El viento fresco le golpeó la cara, obligándolo a parpadear.

—Al menos no tendré calor —dijo con una sonrisa.

Caminó por el sendero polvoriento, disfrutando del crujido de las hojas bajo sus botas. Al ver el cartel “Pueblo de la Rosa – 3 minutos”, soltó una risa.

—¿Tres minutos? Yo llego en uno.

Echó a correr. El viento le revolvía el pelo. viendo como los árboles desaparecen y las granjas llenan la zona con maíz y ... más maíz Cuando llegó al pueblo, un aldeano lo detuvo.

—Hey, Raúl. ¿Ya sabés la noticia? La princesa viene hoy.

Los ojos de Raúl brillaron de emoción.

El aldeano sonrió con picardía.

—De seguro la impresionás.

—¿Impresionar? También está mi hermano Max —respondió Raúl.

El hombre bajó la voz:

—Es que... pensé que el único héroe de verdad aquí eras tú. Max a veces estropea las cosas, ¿no?

Raúl sintió una risa nerviosa subirle por la garganta. La tragó con fuerza, convirtiéndola en una tos incómoda.

Justo en ese momento sintió una presencia detrás.

Se giró.

Allí estaba Max, mirándolo en silencio.

—¿Max? ¿Cuánto tiempo llevás ahí... como si fueras sombra?

—No mucho —respondió Max con voz baja—. Te fuiste sin avisar.

El aldeano se alejó incómodo.

Raúl forzó una sonrisa.

—¿Vamos a comprar entonces?

Max solo asintió.

En la panadería, el empleado saludó alegremente a Raúl y le preparó las galletas de siempre. Cuando miró a Max y le preguntó si quería algo, este no respondió. Solo miró a Raúl un segundo y salió de la tienda, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.

Raúl pagó rápido y salió detrás.

—¿Dónde te metiste ahora, Max?

Lo encontró intentando arreglar un viejo reloj de bolsillo frente a unas personas. Sus manos se movían frenéticas.

—Maldición... ¿por qué no funcionás? —gruñó Max, y le dio un golpe seco al reloj.

El aldeano lo tomó conteniendo una risa.

—Si querés reírte, hacelo —dijo Max con amargura—. No me importa.

Se dio media vuelta y se alejó hacia las afueras del pueblo.

—¡Espera! —gritó Raúl, corriendo tras él.

Cuando lo alcanzó, Max estaba apoyado contra un poste, brazos cruzados, mirada fija en el suelo.

—Oye, Max... sé que estás enojado, pero podemos hablar —dijo Raúl sentándose a su lado.

El silencio fue largo y pesado.

Después de un rato, Raúl intentó romperlo:

—Max, tenemos que limpiar esto. ¿Qué tal si la princesa se cae por aquí?

Max se detuvo en seco y dio media vuelta, con el ceño fruncido.

—¿Limpiar las piedras? ¿Estás loco?

—Quiero decir... moverlas —aclaró Raúl, pateando varias piedras a un lado.

Max suspiró profundamente y pateó una piedrita sin ganas. El resto del camino lo hicieron casi en silencio.

Al llegar a casa, Max abrió la puerta con tanta fuerza que pareció querer romperla. Subió las escaleras de dos en dos sin mirar atrás.

—Buenas noches, Max... —dijo Raúl cerrando la puerta con cuidado.

Solo recibió el crujido de los escalones y un portazo al final.

Raúl apagó las luces y subió con pasos pesados.

—¿Por qué la gente es así con él? —murmuró para sí mismo.

Pasó frente al cuadro familiar, tomó el marco y rozó el cristal con nostalgia. Lo dejó en su lugar y se fue a su habitación. Se dejó caer en la cama sin cambiarse, con la esperanza de que mañana fuera un día mejor.

Esa noche, mientras Raúl dormía profundamente, Max no podía cerrar los ojos. Se levantó, saltó por la ventana cayendo con un golpe seco y avanzó iluminado por la luna hasta llegar a una zona tranquila al ver una piedra la limpiaria con su manga y se sentó en la piedra bajo la luz de la luna. Allí, por primera vez, sintió algo húmedo deslizarse por su mejilla.

—¿Qué demonios es esto...? —susurró, tocándose la cara.

Una gota salada cayó en su mano.

—Maldición... ¿por qué estoy sudando por la cara?

Pero las gotas siguieron cayendo. No entendía nada.

Limpiándose los ojos con la muñeca, regresó a casa, saltó de nuevo por la ventana y se revolvió en la cama hasta que el cansancio lo venció.

La mañana siguiente, la luz dorada del sol entró por la ventana, iluminando los árboles con un tono brillante. Max se despertó con una mueca, aún sintiendo ese peso extraño en el pecho. Se levantó apoyándose contra la pared para no perder el equilibrio.

—Max, ¿estás despierto? —llamó Raúl desde el otro lado de la puerta, moviendo la perilla con impaciencia—. Vamos, abre. Hoy llega la princesa.

Max tardó un segundo en responder.

—Ya voy... —murmuró casi sin voz.

Se puso una camisa verde arrugada y se preparó para enfrentar el día.