Donde Caen los Reyes

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Summary

Halvar, un joven soldado, cruza sin saberlo los límites del territorio enemigo. Lo que para él fue un simple error, para el reino contrario es una provocación imperdonable: una declaración de guerra. Así comienza un conflicto brutal entre dos reinos tan distintos como irreconciliables. Capturado por quienes ahora lo consideran un enemigo, Halvar se ve atrapado en un destino que jamás imaginó. Lo que al principio parece el final de su camino, pronto se convierte en el inicio de algo mucho más grande… algo que cambiará su vida para siempre.

Genre
Fantasy
Author
Grez-MTC
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El mercado de Valdoria respiraba con una calma que, años atrás, habría parecido un sueño febril. Los puestos de madera crujían bajo el peso de las telas y el grano, mientras los vendedores pregonaban sus mercancías sin el temor de ser interrumpidos por el acero.

Entre la multitud, algunos soldados patrullaban con paso relajado; ya no eran las guardias pesadas de la guerra, sino meros vigías de una paz recién estrenada.

Altheris sentía el calor de la mano de Naerys entrelazada con la suya. A lo lejos, las risas de los niños rebotaban contra la estatua de Valtherion, el antiguo rey, cuya efigie de bronce observaba impasible a los campesinos que labraban la tierra en los márgenes del pueblo.

—Cuando nos casemos y estemos bajo la paz de mi padre —comenzó Altheris, rompiendo el silencio con una voz cargada de una serenidad inusual—, me encantaría ver corretear por aquí al nuevo príncipe de Valdoria.

Naerys se detuvo un instante, y una sonrisa radiante iluminó su rostro.

—Yo también ansío formar esa familia contigo —respondió ella, y el brillo en sus ojos delataba una emoción genuina—. Sin duda será un gran príncipe; tendrá como ejemplo al actual rey y a la leyenda de su abuelo, el mismísimo Valtherion.

La burbuja de intimidad se rompió cuando un joven guerrero, de paso firme pero impaciente, se abrió paso hacia ellos. Era Halvar.

—Rey, le informo que saldré unos momentos de Valdoria —anunció el muchacho con una breve inclinación.

Altheris soltó suavemente la mano de Naerys para encarar al joven. Notó la energía contenida en sus hombros, esa urgencia que solo tienen los que aún no han visto suficiente campo de batalla.

—¿Cuál es el motivo, Halvar?

—Solo quiero conocer los exteriores —replicó el guerrero con rapidez—. Necesito adaptarme, saber qué hay más allá de estas murallas.

Altheris asintió. Entendía esa curiosidad; el mundo exterior era el mejor maestro, aunque también el más cruel. Le dio una palmada firme en el hombro, un gesto que mezclaba autoridad y afecto.

—De acuerdo. Pero no te alejes demasiado. Si quieres, Kaelen puede acompañarte; conoce bien las rutas.

Halvar negó con la cabeza de inmediato, mostrando una chispa de orgullo.

—No, prefiero hacerlo por mi cuenta. Los grandes aprenden a andar solos.

Ante tal determinación, Altheris no insistió. Dio media vuelta y regresó al lado de Naerys, quien observaba a los niños jugar, quizá proyectando en ellos las palabras que acababan de compartir.

Ambos se quedaron en silencio viendo cómo Halvar se alejaba. El sol arrancaba destellos de la espada que colgaba de su cintura, un arma que aún parecía quedarle algo grande para su estatura.

—Solo es un muchacho con fuego en la sangre —comentó Altheris en voz baja—. Le enseñé a sostener el acero, pero aún debe aprender que la verdadera fuerza está en saber cuándo no desenvainarlo.

Naerys soltó una pequeña risa y apretó su brazo.

—Eres un gran hombre, Altheris. Siempre pensando en el peso de la espada antes que en el filo.

Siguieron caminando mientras el polvo del camino se levantaba levemente bajo sus pies.

Al pasar frente a la estatua de su padre, Altheris detuvo la mirada en los rasgos de bronce de Valtherion. El sol de la tarde hacía brillar el metal, dándole al antiguo rey una apariencia casi divina.

“¿Lo ves, padre?”, pensó Altheris con una mezcla de melancolía y triunfo. “No hacía falta derramar tanta sangre para ver esto”.

En ese momento, rompiendo la armonía del mercado, el graznido seco de un cuervo resonó desde lo alto, perdiéndose en la inmensidad del cielo claro sobre Valdoria.


El galope del caballo rítmico, aunque errático, era el único sonido que acompañaba a Halvar en la inmensidad.

El corazón le golpeaba el pecho con una fuerza que rivalizaba con los cascos del animal contra el suelo árido. Por fin, tras meses de anhelo y entrenamiento bajo la sombra de Altheris, era libre de marcar su propio rumbo.

Sin embargo, la libertad pesaba. Sus manos, aún inexpertas, temblaban ligeramente al aferrar las riendas cada vez que el animal amagaba con un movimiento brusco. El sol del desierto caía sin piedad sobre su armadura, calentando el metal dorado que tanto orgullo le propiciaba.

—No sé exactamente dónde estamos... este lugar es nuevo —murmuró para sí mismo, buscando consuelo en su propia voz.

Se giró sobre la montura, oteando el horizonte. Valdoria no era más que una mancha borrosa en la distancia. Había cabalgado más de lo que cualquier explorador novato recomendaría, pero el desierto parecía no tener fin.

Justo cuando el desánimo empezaba a calar, unas murallas oscuras y dentadas recortaron el cielo.

Halvar frunció el ceño. Desmontó con torpeza y guió al caballo a pie, sintiendo cómo el viento fresco le azotaba el rostro, cargado ahora con un olor distinto: una mezcla agria de metal oxidado y cuero viejo.

—¿Qué lugar será este? —susurró, acercándose a las puertas de madera que permanecían abiertas de par en par, como una mandíbula esperando a su presa.

Al cruzar el umbral, el ambiente cambió drásticamente. No había risas, ni el aroma a pan recién horneado de su hogar. La gente se movía con una seriedad gélida; incluso los mercaderes vigilaban sus puestos con dagas visibles en la cintura.

Halvar caminó entre la multitud, sintiéndose un faro de luz en un pozo de sombras.

De pronto, el murmullo del mercado se extinguió. Fue como si el viento hubiera dejado de soplar por miedo a lo que vendría. Los hombres de Zerakth, con ojos afilados como las espadas que portaban, detuvieron sus tareas.

Sus miradas se clavaron en el peto brillante de Halvar; el dorado de Valdoria era un insulto flagrante en aquella tierra de hierro y ceniza.

A pocos metros, dos guardias de facciones duras intercambiaron palabras en voz baja.

—Ese no es de aquí —dijo uno, estrechando los ojos—. Su armadura es distinta.

—Tienes razón —respondió el otro, su mano bajando lentamente hacia el pomo de su espada—. Es de Valdoria. ¿Qué demonios hace un cachorro del sur en este nido de lobos?

Sin previo aviso, ambos soldados desenvainaron. El sonido del acero al salir de las fundas cortó el aire con una hostilidad eléctrica. Se acercaron a Halvar, cerrándole el paso.

—Oye tú. ¿Qué demonios haces en nuestras tierras? —ladró el primer soldado.

Halvar se quedó petrificado. Sus pies parecieron echar raíces en el suelo polvoriento mientras se giraba lentamente para encararlos.

—¿Qué...? ¿Qué quieren? —logró articular, la confusión nublando su juicio.

—¿Acaso te mandó tu rey a vigilarnos? ¿A espiarnos como a una rata?

El corazón de Halvar saltó a su garganta. Retrocedió un paso, sintiendo el peso de todas las miradas de la plaza sobre él. Sabía que debía mostrar la seguridad que Altheris le había enseñado, pero el miedo era un nudo ciego en su estómago.

—N... no les tengo miedo —soltó, aunque su voz traicionó su intención con un titubeo evidente.

Con manos torpes, desenvainó su espada.

El metal tembló en su agarre. Los soldados soltaron una carcajada seca, carente de humor.

—¿Vienes a conquistarnos con ese juguete, cachorro? —se burló el guardia—. Tu rey debe estar muy desesperado si envía niños a morir en su nombre. Ni creas que saldrás de aquí por tu propio pie. Tendrás que darle explicaciones al Rey Dáreion.

Halvar no tuvo tiempo de reaccionar. Antes de que pudiera siquiera intentar un tajo defensivo, los guardias cayeron sobre él.

La multitud observó en un silencio sepulcral cómo el joven guerrero de Valdoria era arrastrado hacia las profundidades de la fortaleza, dejando atrás solo el rastro de su espada olvidada en el polvo.


Los guardias de Zerakth no tuvieron delicadeza. Arrastraron a Halvar por los pasillos de piedra de la fortaleza, donde el aire se volvía más pesado, impregnado de una humedad que calaba hasta los huesos.

El eco de sus botas metálicas contra el suelo frío era el único aviso de su llegada al gran salón. Finalmente, con un empujón violento, lo arrojaron a los pies del trono.

El Rey Dáreion observó la figura desgarbada del joven con una mezcla de confusión y desprecio.

—¿Qué es esto? —preguntó el rey, su voz resonando como un trueno contenido—. ¿Por qué traen a un muchacho ante mi presencia?

—Rey, este joven pertenece a Valdoria, a tierras enemigas —informó el guardia, manteniendo una mano firme sobre el hombro de Halvar—. Lo encontramos rondando por nuestras calles, acechando como un espía.

Halvar se puso de pie rápidamente, tratando de recuperar una dignidad que se le escapaba entre los dedos. Sus manos no dejaban de temblar y el nudo en su garganta amenazaba con asfixiarlo.

—S... solo fue una equivocación —logró decir, aunque su voz sonó pequeña en la inmensidad del salón—. Estaba en una exploración... no conozco mucho estos límites. Fue un error, se lo aseguro.

Dáreion mantuvo el silencio, estudiando cada gesto de pánico en el rostro del joven. Sin embargo, el guardia no estaba dispuesto a dejar pasar la ofensa.

—Es mentira —escupió el soldado—. Este muchacho desenvainó su acero contra nosotros. En nuestras leyes, eso no es un error, es una declaración de guerra.

El rey se inclinó apenas hacia adelante, clavando sus ojos en los de Halvar. La presión en el ambiente aumentó de golpe.

—Que un guerrero de otro bando pise nuestra tierra es, en efecto, un acto de guerra —sentenció Dáreion—. Va en contra de cada principio que sostiene este reino. ¿Te envió tu rey? ¿Acaso Altheris te ordenó probar nuestra vigilancia?

—¡No! —exclamó Halvar, desesperado—. Se lo he dicho, fue un error mío. Discúlpeme, solo déjeme marchar.

Dáreion soltó un suspiro cargado de una frialdad absoluta.

—En Zerakth no conocemos esa palabra. Los errores aquí se pagan con sangre, y las disculpas son el idioma de los que tienen miedo a morir. Si tu rey te enseñó a pedir perdón antes que a luchar, entonces no te envió a explorar... te envió a la muerte.

El rey se recostó en su trono y miró a uno de sus generales con una determinación sombría. La suerte de Halvar estaba echada, pero las consecuencias irían mucho más allá de aquel salón.

—Llamen a Rhaegor —ordenó Dáreion—. Díganle que se prepare para cabalgar hacia Valdoria. Esto no quedará así.

Al mencionar aquel nombre, el ambiente en la sala cambió. Los guardias, que hasta entonces se habían mostrado rudos, se cuadraron con un respeto casi religioso.

El nombre del mejor guerrero de Zerakth era un presagio de tormenta, y Halvar, atrapado en su propia imprudencia, supo en ese instante que acababa de encender la mecha de un incendio que devoraría todo lo que amaba.