La Isla

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La historia de un hombre volviendo a casa

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Complete
Chapters
1
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n/a
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13+

One-shot

Estaba en la casa de unos amigos; lo habían invitado a “pasar el rato”, como le decían ellos. Siempre era igual. Llegaba emocionado, temprano, muy temprano. 

No podía evitarlo, lo intentaba con fuerza; si la reunión era a las 9, salía a esa hora para llegar 10 o 15 minutos tarde, pero aun así era el primero en llegar.

Es que nadie tiene concepto del tiempo, es que nadie tiene esa pequeña voz detrás de su cabeza, molesta, constante, que los obliga a mirar el reloj cada 30 segundos para calcular con exactitud cómo llegar a tiempo.

O solo era él...

La reunión empezó; los demás fueron llegando poco a poco. Traían bebidas, juegos de mesa, papas de bolsa. Todo lo que esperarías que haya en una reunión de amigos un viernes por la noche.

Estaba emocionado, saludaba, comía, bebía. Los juegos de mesa empezaban, perdía, siempre perdía. No era muy bueno en ellos o en ningún juego, para ser honesto.

Si era uno de los equipos, nadie quería ser su pareja; lo reprimían por gritar, lo llamaban molesto. Pero gritaba porque no se sentía escuchado.

Alrededor de las 4 am era cuando su batería se apagaba; todos estaban en pleno festejo. La energía que él tenía al empezar y que había perdido con las horas, ahora la demostraban los demás.

Ahora ellos gritaban, tomaban, reían, charlaban y él permanecía en silencio. Ya no podía gritar, tenía sueño, no podía beber. Se conocía que, si bebía más, pasaría una muy mala noche.

Dejó de comer, dejó de jugar, se sentó en un rincón a mirar su celular, con una simple botella de agua, observando a los otros.

Quería irse, quería llegar a su cuarto, acostarse y dormir. Todas las expectativas que tenía murieron; no se divirtió esa noche. Así era todas las noches.

Consideró por un momento pedirse un taxi, pero lo descartó, o estaba tan lejos de su hogar. Tal vez unos quince o veinte minutos caminando.

Era curioso, tenía esta imagen en la cabeza, cuando estaba lejos de su hogar por la noche, sentía que esa casa era una isla. Flotando en un océano y él era un náufrago, esperando a ser rescatado.

Los autos eran embarcaciones que lo llevarían lejos de allí. Esa fiesta era un lugar aislado; había comida y agua, pero faltaba algo: paz, tranquilidad o tal vez alegría.

Se despidió de todos; nadie le pidió que se quedara, nadie le ofreció otra copa. Una sola persona le dijo: “Espera un par de horas y compartiremos un taxi”, pero no quería esperar, quería marcharse.

Tomó su chaqueta, revisó su celular para ver la temperatura. 14 grados, caminando debería andar bien. Tomó un último trago de agua y se fue.

Después de los primeros pasos, dio media vuelta para ver la isla; las luces, la música, podía oírlas. Camino rápido; siempre caminaba rápido, nunca estaba apurado, pero siempre caminaba así.

La noche lo tranquilizaba, el silencio era reconfortante; a lo lejos, muy lejos, se oían autos pasar. Al cruzar una esquina, vio un autobús a la distancia. Era otro barco, recorriendo las calles.

Cruzo el parque; de noche era un lugar totalmente diferente. El rocío daba un efecto hermoso sobre el césped.

Sus pasos hacían eco en las calles, escuchaba su respiración. Inhala exhala, inhala exhala.

En el final de la calle del parque, en la banca de madera donde siempre había un vendedor de palomitas, junto a los arbustos. Una joven de largos cabellos descansaba.

Tenía vestido blanco, era largo, no podía ver sus pies. Tenía miedo de avanzar, pero su casa estaba a solo dos calles cruzando el parque.

Siguió caminando; ¿qué más podía hacer?

“¿A dónde vas?”, le preguntó ella.

“¿A casa... por?”

“Es lindo ahí, ¿allí eres feliz?”

Pausó por unos segundos; la pregunta lo tenía pensando.

“No, pero es seguro, ahí no tengo miedo, ahí nadie me lastimará, ni me juzgará “

Se levantó; su piel era clara como la porcelana y sus ojos grises; casi podía ver a través de ella.

Extendió la mano para que la tome.

“Vamos”

El sujeto y ambos caminaron juntos.

A la distancia, sus cuerpos se volvían pequeños puntos en el horizonte hasta que desaparecieron.

Una luz azul inundo las calles, una sirena despertaba a los vecinos. El autobús parado en la esquina poco antes del parque.

Y a lo lejos, a unos pocos minutos, la fiesta seguía. Nada había cambiado: tomaban, reían, jugaban.