La singularidad

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Summary

Tres entornos le tocó al anterior huésped, o al menos el los llamaba así. No pudo encontrar a quien buscaba y decidió quedarse aquí.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Pinos

Ya era tarde. Azul caminaba por la sombra de las casas, esquivando el sol. Pateaba pequeñas piedras que se desprendían de los adoquines, haciéndolas rodar por el camino. Cuando alguna se desviaba, simplemente pateaba otra y seguía haciéndola girar. A algunas les sostenía la mirada mientras rodaban, otras solo las pateaba.


Antes de doblar una esquina, le dio un golpe más fuerte a una piedra un poco más grande. Esta dio saltitos hasta la carretera, rebotando con un sonido hueco.


Mientras seguía avanzando, sacó su celular. Lo miró con los párpados pesados. Deslizó la mirada sobre las aplicaciones y luego lo apagó. Lo guardó en el bolsillo y soltó un suspiro. Aunque sus pies se movían, su cabeza iba en otra parte. Pensaba en cómo disculparse, aunque también se preguntaba por qué debería hacerlo. Ella no había sido la culpable. No tendría porque hacerlo. A eso se le sumaban la escuela, un examen a pocos días y tareas sin terminar con fechas próximas.


Su mente empezó a organizar todo en listas mentales, desde lo más difícil según ella, hasta lo más fácil. “Al final dejo las tareas”, pensó incluso con cansancio pese a hablar en su mente.


Un tenue reflejo naranja cruzó por el rabillo de su ojo. Azul se detuvo y, al levantar su mirada notó que a su alrededor había un bosque otoñal interminable. Se dio la vuelta de golpe, haciendo crujir hojas secas bajo sus pies.


El camino de piedra había desaparecido. También las casas. No había más bosque y hojas de diferentes tonos que, solo repetian naranjas, amarillos y marrones.


Con las manos temblorosas y sin despegar los ojos de un árbol a menos de un metro de ella, sacó su celular y trató de llamar a su madre. No había señal. Mientras escuchaba los pitidos vacíos del intento, notó un olor intenso. A pino, pero no a bosque, era ese olor sintético de los aromatizantes de autos, fuerte y compactado en un solo lugar.


Miraba el suelo, distinguir los tonos ocres y cobrizos la tranquilizaba de lo que estuviera pasando.


“¿Me desmayé?” Se preguntó a sí misma en voz baja, como si una parte de ella fuera más consciente. “Es ridículo, no pude tomar un camino equivocado”


—¿Y si estoy durmiendo? —Su voz chocaba entre los diferentes troncos que la rodeaban.


Dejó de caminar, acomodó unas hojas en una pequeña montaña junto a un árbol caído, se quitó la mochila y la dejó a unos pasos de ella. El negro de está contrastaba con el lugar. Reposó su espalda tallandose los ojos hasta ver destellos de colores, pero podía sentir cómo la textura del tronco se formaba, su rugosidad y cómo una rama corta pero gruesa le picaba la espalda. Hizo su cuerpo hacia delante y tomó un puño de hojas, el cual apretó lo más que pudo. Estas le picaban los dedos; mientras más las aplastaba, más podía sentirlos contra la palma.


Quitó las hojas y vio tierra. Estaba algo húmeda y desprendía un olor diferente al de pinos, como el de pasto recién cortado. Extendió su palma y sacudió los restos en su pantalón. Luego tocó la tierra sintió la humedad y su textura.


Aún con la tierra en la palma, se dispuso a ver qué cosas había en su mochila: cuadernos, una bolsa de galletas a medio comer, un cargador y unos audífonos de cable. Conectó los audífonos al celular y probó la radio, una estación tras otra. Ciento quince punto uno, estática. Ciento dieciocho punto tres, lo mismo.


Al volver a la cincuenta punto uno aventó los audífonos. Tomó el celular y lo guardó.


Siguió caminando durante un rato. Cuando calificar tonalidades dejó de ser un distractor, pasó a ver las copas de los árboles, cuidando de no tropezar. Algunos eran más grandes, otros, chicos, casi de su misma altura.


Cuando el mareo le hizo efecto, bajó la cabeza. Al principio, creyó que era por la sangre subiendo, pero cuando el mareo pasó, pudo ver a lo lejos un cartel gigante verde con unas letras blancas, estaba en otro idioma, pero pudo llegar a adivinar: “pueblo” y “de”. Azul fue corriendo hacia este. De cerca, el letrero se veía viejo y tenía signos de oxidación, habían unas letras más chicas, Azul parpadeo un par de veces antes de leerlo o de tratar de hacerlo. No distinguió más que un número: “1915”


Más adelante del cartel se veían casas. Unas tenían techos en pirámide, con paredes de madera, o ladrillo pintado de colores suaves y no muy distintivos, nada de rosa o amarillo, al menos por fuera. Otras eran más grandes, con techos lisos y colores más oscuros, pero más variados que los grises y blancos


Caminó entre las dos casas que le daban la espalda al cartel, al salir vio una plaza con una fuente enorme en el centro, rodeada de niños lanzando monedas, parejas sentadas con el agua detrás y gente fumando. Azul, dispuesta a acercarse a una de las parejas, salió del callejón, pero un fuerte olor a tabaco la frenó.


—Cielo, tu pelo —dijo una chica, llevaba un vestido negro de hombros descubiertos, una falda con un estampado de cuadros blancos, en su mano derecha un cigarro casi terminado—. Es precioso ¿Es así de nacimiento?


Azul se quedó un momento callada, la chica tenía una sonrisa de oreja a oreja y un pequeño ladeo de su cabeza.


—Si, mi madre lo tiene así —respondió casi sin dudarlo, susurrando y haciendo pausas como una mentira mal planificada.


La chica miró a su alrededor como buscando algo, Azul la miró, pensó que buscaba a su madre. Por un momento ella también dio un vistazo.


—Mi —se pauso—. mi madre no está aquí.


—¿Dónde está?


—Fue a comprar algo —dijo sin razonarlo.


—¿Son de aquí? —dijo la chica mientras paseaba su mirada por la ropa de Azul.


—No, mi madre me dijo que teníamos que venir aquí.


La chica entrecerró los ojos, acercó un poco su oído y dio una que otra calada. Al darlas giraba su cabeza. El humo era llevado por el viento, parecía hacerlo a propósito.


—Creo que entiendo, puede ser difícil adaptarse a otro entorno.




No pensaba las cosas ¿cómo hacerlo?.


—Nosotros venimos de allá —Señalo donde estaba el bosque otoñal, para ver sólo un mar de pinos verdes, un verde vivo. Trato de disimular el asombro haciendo que tenía algo en el ojo.


—¿Del norte?


—Sí —quiso agregar algo más, pero se cortó.


—Varios lo hacen, o vienen de otros estados o del norte, puede que encuentres otros de los tuyos, hay incluso grupos donde se reúnen para adaptarse mejor.


Azul levantó una ceja.


—¿Dónde puedo encontrar esos grupos?


—La verdad te mentiría, no hay como un mapa que diga donde están, pero si eres de las que no viene con guías, puedes acércate a un grupo de estos y preguntarles si van a estas reuniones o si tienen tratos con ellos.


Dio otra calada terminando con el cigarro. Lo arrugó con sus manos y se lo guardó en el bolsillo. Solo en ese momento Azul llegó a percibir el olor, uno a frambuesas, o frutos rojos, acompañado de ese toque de algo quemándose


—Le diré a mi madre sobre esos grupos.


—Bien, y por el idioma no te preocupes, casi todos hablan fluido, y los que nos perfectamente se les entiende con señas —soltó una pequeña risa—. A propósito Isis.


—Azul.


—¿Tú madre te dijo si aquí tenían familiares? Disculpa la pregunta es que es raro ver turistas y extranjeros por aquí, es más común en la ciudad.


—Puede ser, la verdad no sé, fue algo apresurado el como vinimos.


—Mmm, no te agobió más, sí necesitas algo suelo estar por la plaza entregando cosas o en una biblioteca a unas calles de aquí, o también puedes acercarte a cualquiera, no muerden, o no los ví hacerlo.


El intento de broma logró despertar en ella una sensación distinta. Durante toda la conversación, no dejó de mover las manos, cambiar de postura, acomodarse la ropa. Algo así como un respirar menos agitado.


La chica se marchó. A lo lejos, pareció encender otro cigarrillo. Azul, quieta, mirándola. De haber podido casi escuchar el latir de su corazón, pasó a mover las manos de un lado a otro.


Aquí tienes el texto con el léxico mejorado, la puntuación más lírica y un tono más literario, conservando el sentido original:


La gente en la fuente seguía allí. No quiso acercarse. Permaneció quieta, y una parte más consciente de ella se preguntó: «¿Por miedo?»


Miró de un lado a otro, fijó la atención en unos niños, observó cómo sus padres conversaban a lo lejos, alejados de ellos. Giró la mirada hacia otra zona de la plaza: igual. Padres con escasa vigilancia sobre sus hijos.


Algo más. Necesitaba más pruebas. Bajó los ojos al suelo. Ni una sola envoltura: en toda la plaza, lo único que yacía en el piso eran hojas de pino.


No pudo verlas mucho tiempo. Caminó unos pasos, los justos para atisbar entre las calles: en ninguna había indigentes.


Aspiró hondo, un respiro profundo pero contenido, y decidió por qué calle irse. Algunas se veían más angostas; otras, menos concurridas.


Por supuesto. Aquí tienes el texto con una mejora léxica, una puntuación más lírica y un tono literario, manteniendo la idea original:


Caminó por una de ellas con paso lento, la mirada errante, dejando que su aire de turista se adivinara. No había mucha gente, ni poca. A un costado, la carretera soportaba los carros justos: vehículos antiguos, de gran tamaño y delanteras toscas, pero vestidos con colores diversos, rojos, morados, naranjas, azules.


Azul se fijó en uno. Uno rojo. Más largo que los otros, sin capó, aguardando el verde del semáforo. En eso, alguien le rozó el hombro. Ahogó un grito lo mejor que pudo. Era un hombre de unos treinta y pocos, dijo algo que Azul no logró distinguir. Parecía preguntar, pues remató con ese gesto de inclinar la cabeza y alzar una ceja. Azul apenas levantó la mano y señaló por dónde había venido. El hombre casi esbozó una leve reverencia, se marchó, y dos chicas siguieron su paso.


El carro se había ido. Azul pudo, entonces, centrarse en los carteles de las tiendas. Todos estaban, como mínimo, en cuatro idiomas: inglés, español, italiano y uno asiático que no logró identificar; algunos, además, incluían árabe, que reemplazaba al italiano o al asiático.


La gente. Isis y el señor. Los que más cerca pudo observar no tenían nada peculiar. Pero la gente de las calles, sí. Estos vestían abundante cuero: chamarras, cinturones o chaquetas. También mezclilla. Todos los que vio tenían color. Fuera poco o en exceso: rojos, azules, verdes, amarillos y violetas. Todos con intensidad o en tonos pastel.


Aquí tienes el texto con una mejora léxica, una puntuación más lírica y un tono literario, conservando el sentido original:


También notó que varios fumaban, tanto así, que el olor a manzanilla quemada opacaba el hedor del humo de los carros.


Mientras miraba los vehículos y las vestimentas, se topó con un pensamiento. ¿Qué haría cuando cayera el sol? No podría dormir en una banca, por muy seguro que aquel lugar fuera. Pensó en regresar al bosque. Pero las preguntas eran muchas: si no podía volver al pueblo, si la noche la sorprendía allí. Tampoco sabía si habría animales salvajes. La mejor opción era esta: seguir buscando, hasta que una idea mejor se cruzara en su camino.


A lo lejos, escuchó un acento muy familiar. Era una chica que gritaba las características de algo: barato, para decoración, hecho a mano. Pero cambió. Ahora lo decía en otro idioma. No logró identificar cuál. La familiaridad del primer acento la atrajo. Al encontrarla, era una chica subida en un banco de madera, con una figura del mismo material en la mano. La mostraba a los transeúntes; algunos miraban y entraban al local detrás de ella, otros solo le lanzaban un vistazo.


Azul entró. Un olor, no a madera, sino a barniz, le hizo un cosquilleo en la nariz. En el lado izquierdo del local había figuras de distintos tamaños y formas. Del lado derecho, nada. Al fondo, un señor barbado parecía explicarle algo a un cliente. Azul se acercó un poco para ponerse en la fila, pero esto hizo que el señor le dirigiera la mirada. Un par de segundos. Nada más. Y, sin embargo, solo eso bastó para que considerara la idea de irse. El joven que era atendido se marchó. Azul se acercó como quien se asoma al borde de un peñasco. No sabía qué preguntar. Había entrado por pura familiaridad.


—¿Sabe si hay alguna línea de autobuses? —dijo tratando de fingir indiferencia.


El señor la miró con fijeza. No parecía atisbar en ella rastro alguno. No había duda. Ni molestia. Ni felicidad, ni confusión. Azul pensó que sería la barba, cubriéndole parte de los ojos, o acaso que no la había comprendido. Pero antes de que pudiera decirlo en otro idioma, el señor la interrumpió.


—¿Dónde están tus papás? —Su voz era pastosa, pero no mostraba signos de algo negativo.


—Tengo veinte —Era falso tenía diecinueve. En seguida eso le pareció tonto, pues habia insinuado antes que sus padres estaban con ella.


—No hay autobuses desde el pueblo a otros estados o de otros estados al pueblo, solo hay del pueblo a otros poblados y a la ciudad principal.


Se detuvo. Azul no quiso interrumpir al preguntar si había otra forma, pues el señor pareció solo tomar aire.


—Los turistas vienen en coche o en visitas guiadas. ¿Vienes en alguna? —No dejo que respondiera—. No, si fuera así vendrían otros turistas junto contigo.


—¿Hay otra forma de ir a otros estados?


—Renta un coche o pide regreso en un plan de turismo.


—No mucho dinero.


—¿Por qué?


Se había ganado esa pregunta. No estaba pensando con claridad. Ahora cualquier silencio se vería cuanto menos raro. De todos modos se tomó un tiempo para razonar o tratar dé.


—Me lo he gastado.


—¿Todo?


—No —empezaba a tomar forma—. Vine con unos guías, pero en el plan sólo era de ida, no nos avisaron.


El señor se acomodó en su silla. Ahora sí mostraba algo o parecía hacerlo. Enojo.


—Hijos de puta. Suelen hacer eso, o suben el precio de las cosas o pactan tratos con los vendedores que se acercan. Mancillan todo lo que este lugar significa.


No sabía si había dicho tal cual. El enojo era tal. Que lo dijo en otro idioma. Pero Azul logró rescatar esa idea.


—Hay un hotel donde se quedan las personas como ustedes, está a unos metros de aquí. No es muy caro.


—¿De cuanto es el costo?


—Diez dólares.


Era la primera vez que algo que la localizara de forma geográfica se mencionaba. Le dio más seguridad. No estaba tan lejos de algo familiar.


—En mi situación creo que es mucho, tengo unos tres o cuatro.


Alguien entró. Una joven vestida toda de rojo. Azul se hizo a un lado. El señor le hizo un ademán con la mano; parecía decirle algo, que esperara.


Azul empezó entonces a pensar qué podría hacer para conseguir los diez y algo más. Pues no tenía ni tres ni cuatro. Ni siquiera sabía si aceptarían lo que llevaba encima en una caseta de cambio. Abrió su mochila. Desprenderse del celular o de los audífonos sería garantía de un sinfín de preguntas. En otra bolsa halló un set de lápices. Pasó su mano por la frente; la sintió cálida. Al tallarse la cabeza, sus dedos se movieron de forma brusca, y uno de sus aretes se desplazó un poco. Eran dorados, con una piedra roja. No recordaba si había sido un regalo o si ella misma los había comprado. Ese día los traía por casualidad.


La chica se retiró. El señor le pidió que se acercara con un gesto de manos.


—¿Me habías dicho tu nombre?


—Azul —dijo en voz baja—. ¿Sabe si hay alguna casa de empeño o algún lugar donde pueda vender mis aretes?


—Yo soy Joseph, si no te importa deshacerte de ellos, un mercader tiene un puesto a unas calles de aquí, pero no abre todos los días —los miro con fijeza—. ¿De qué son?


—De oro, la piedra que tienen en el centro no estoy muy segura.


Entró la chica que gritaba las características. Rubia, de piel blanca y ojos de un café muy claro. Mientras guardaba la figura que mostraba en uno de los bolsos de su overol, miró a Azul. De arriba abajo. Pasó de largo. Se reclinó en la barra, le dijo un par de cosas a Joseph, y este, en un tono que Azul pudo escuchar con más claridad, mencionó que ella era del exterior.


Azul no había dado importancia a eso. Pero entonces se preguntó por qué habría una distinción entre el exterior y los de aquí. No parecía ser un giro del lenguaje. De verdad separaban a la gente como ella de otros; no del país, sino de lo que parecía ser un estado.


La chica al escuchar eso abrió los ojos y ladeo la cabeza un poco y se acercó.


—¿Cómo son las escuelas de donde vienes?


Azul no respondió, se quedó quieta arrugando las cejas, si no fuera porque la chica seguía se hubiera quedado así hasta media noche.


—¿Qué noticias sueles leer?


Azul abrió la boca con intención de decir algo, pero no salía nada. Miró a Joseph. Como si este tuviera la respuesta de algo que era dirigido a ella.


—La chica busca un poco de dinero extra ¿Qué crees que puedas hacer?


—¿De cuanto estamos hablando?


—Unos diez o veinte —añado Joseph


—¿Cómo te llamas?


—Azul.


Alguien entró, fue directo a uno de los estantes. Tomó la figura de un gato y la dejó con delicadeza en la barra de madera.


—Es un lindo nombre. Si me respondes algunas preguntas te podría dar algo.


—¿Cómo te llamas? —Ya era hora de que ella cuestionara.


—Renata ¿Entonces aceptas?


El ventanal de la tienda daba de lleno a la calle. En él se podía ver cómo el cielo comenzaba ya a teñirse con sus tonos más fríos. Lo que entre las casas se alcanzaba a divisar era un naranja muy pálido. Por un momento, le recordó al bosque.


—Sí


Renata sacó una libreta y un bolígrafo, hizo unos rayones y miró como si no hubiera trazado.


—¿Qué sueles desayunar y qué precio tiene?


«¿Alguien curiosa?» pensó. Sabía que ahora tenía que hacer gimnasia mental para evitar más preguntas de las que estaba dispuesta a contestar.


—Un plato de cereal, y creo que un dólar o uno y medio.


—¿Cuántas veces escuchas insultos de niños pequeños?


—No, creo que nunca los he escuchado decir algo.


—Esta es con respecto a lo anterior. ¿Alguien de tu círculo cercano ha tenido hambre? En el sentido de tenerla y no poder hacer nada.


Para Azul no tenía relación directa. Pero no iba a decir nada, no había crecido con la idea de no morder la mano que te da de comer, pero conocía perfectamente su significado.


—No.


—¿Qué música escuchas?


—De todo tipo en general.


—¿No hay ninguna que no soportes?


—Nada hace que me ponga así, al menos que haya escuchado hasta el momento.


—¿Tienes alguna asignatura favorita, en cuanto a la escuela?


—Creo que la química.


—¿Por qué creés?


—Puede que llegue a tener otra


Una risita leve y breve escapó de ella, como si, por un momento, estuviera respondiendo preguntas junto a un amigo en su escuela, y no por dinero, en quién sabe qué año.


Un grupo de personas entró. Igual de coloridas que todas. Hablaban entre ellas y casi no prestaban atención a las figuras, pese a tenerlas a su lado. Pero no se confundan: cada vez que alguien se detenía ante el escaparate, ellos se apartaban con elegancia para que pudiera ver bien.


Azul los miraba. Porque Renata no les había apartado la vista desde que llegaron. Joseph, quien hasta entonces, en lo que Azul alcanzó a ver, había estado tallando una figura, se levantó y se acercó a ellos. Renata también se levantó, pero se dirigió hacia una puerta que permanecía oculta tras un pilar. Al salir, sacó dos bancos de madera que cargaba sin esfuerzo. Azul se abalanzó a ayudarle con uno. Renata se sentó en el suyo, y Azul la imitó.


—¿Qué tan grande es tu casa?


—Dos pisos —Dijo acomodándose en el banco.


—¿Sabes otros idiomas?


—Solo dos.


—Bien —Reposó el bolígrafo en una parte de la silla que no ocupaba—. Es todo.


Le pareció extraño que no preguntara cuáles, pero le alegraba que hubiera terminado así: de forma rápida y para nada incómoda o, al menos, dentro de lo poco que aquello podía ser. Renata arrancó una hoja del libro. Le pidió que escribiera su nombre completo, o una abreviatura si así lo prefería. Sacó un fajo de billetes de casi medio dedo de grosor, sujetos con un clip metálico. Se acercó y le entregó cuatro billetes. A Azul le costó un poco saber cuánto era. Veinte dólares.


—Si necesitas más, siempre puedes volver.


Azul se quedó en silencio. Pensó que una pregunta por su parte no estaría fuera de lugar. Pero tendría que pensar bien en cuanto indagar.

—Sueles hacer preguntas —Se corrigió sacudiendo levemente la cabeza—. A los turistas o extranjeros.

—No a todos. Los jóvenes suelen ser más abiertos a responder, los adultos no tanto y se enredan con más cosas o están más sesgados.

—¿Cuáles?

—Religión, política, patria y algunos con decretos divinos o legales que se mezclan.

Azul no entendió a qué se refería con eso de "jóvenes", pues ella no aparentaba tener más de veinte años. Intentó también recordar algo relevante de aquella época, algo que explicara aquellos enredos.

Mientras tanto, Joseph, que atendía a otros clientes mientras la encuesta se realizaba, levantó las cejas. Azul lo notó: solía ocurrir cuando Renata hablaba más fuerte. No sabía qué significaba aquel gesto, pero él dirigía su mirada hacia ella, luego hacia Renata, y después al cliente, como esperando una reacción. Azul agradeció el dinero y partió bajo el manto de la tarde.

Pese a ser de noche, había tanta gente como durante el día. O, al menos, así lo había visto ella. Paseaban, y Azul solo alcanzaba a escuchar murmullos. Recordó las indicaciones: “Al salir, todo recto hasta dar con una calle que confine en tres caminos; sigue el primero, gira a la derecha cuando aparezcan dos callejones, de ahí, derecho hasta llegar a una calle concurrida”. No sabía qué tan concurrida estaría de noche; no podía basarse en aquel pequeño tramo. “En esa calle, el hotel se hará notar con un letrero iluminado de luz cálida, simplemente dirá: Hotel”.

Al llegar, vio a unas chicas conversando en la recepción. Dos personas ocupaban lo que parecía una sala para fumar o comer, y un salón de espera completamente vacío. Preguntó por el precio de la habitación por noche. La recepcionista, de pelo castaño que contrastaba con el chaleco magenta de los trabajadores, se disculpó, al parecer por estar charlando. Le dijo: nueve dólares la noche individual; dieciocho para dos, y menos si la estancia se alargaba.

Un dólar más barato. No pudo pensar mucho en eso, la chica estaba con la mirada atenta y la cabeza hacia delante.

—Dos noches —Se limitó a decir.

La chica se acercó una libreta y un boligrafo negro. Anoto algo de forma apresurada y le entregó el papel a Azul.

—Nombre, apellido, edad y los días que te vas a quedar. Una vez lo hagas me entregas el papel con el dinero y una identificación.

La otra chica que hasta el momento acomodaba documentos se giró a la recepcionista y empezó a jalarla del brazo de forma juguetona.

—Soy del exterior —dijo entre extrañada y nerviosa.

—Ya lo sé —dijo mientras ignoraba los jaloneos—. Pero necesito algo que verifique los datos.

Escribió con la mano temblorosa, con la esperanza de que los propios jaloneos taparan su nerviosismo. Trazó: “Azul Moneral”, deseando que la diferencia con su credencial resultara mínima. Entregó el papel, los cuatro billetes y, acto seguido, su identificación, posándola sobre la mesa de madera, mientras procuraba dominar un poco más el temblor.

Recogió todo. La chica a su lado había detenido su vaivén. La recepcionista miró la credencial con fijeza, pasando los dedos por la mica. “¿Habría sido un error?”, pensó Azul. No tenía otra cosa oficial que avalara aquello, pero quizá no era buena idea ofrecer algo con cintas reflectantes. Comenzó a hundir las manos en sus bolsillos, con la intención de ver si, milagrosamente, hallaba otra identificación. Pero también para apartar la mirada de la recepcionista, porque la joven de junto ya se había percatado de su gesto, y tal vez de su sudor frío.

—Te queda mejor el pelo recogido —dijo mientras se acomodaba el suyo.

Azul soltó una risita nerviosa y le dijo que era obligatorio para la foto. Haciendo hincapié en cada palabra.

La recepcionista le entregó una llave de la que colgaba, tallado en madera de un tono claro, el número siete; y, casi sin notarse, en un tamaño más pequeño y trazado con plumón negro, el dos.

—¿Habitación siete y piso dos? —solo arrastro las últimas palabras.

La recepcionista asintió. Al subir la otra escalera, una de metal, casi sin óxido, se encontró con un pasillo bien iluminado, paredes de un beige tenue y puertas de madera oscura, casi negra. En el suelo, una alfombra roja de escaso adorno. La perilla de su cuarto, y la de las demás puertas, tenía un acabado espejo. La tocó, y casi por instinto se llevó la mano a la nariz. Aluminio, dijo, entre pregunta y afirmación.

Al entrar, lo primero que halló fue una cama de apariencia sencilla, que ocupaba buena parte de la habitación. A su lado, un ropero blanco; junto a este, un escritorio de madera barnizada. La luz, tenue y cálida, parecía emanar de una bombilla tan antigua que casi se sentía su calor. En la esquina superior de la habitación, una puerta blanca conducía a un baño simple, iluminado por una luz blanca y molesta.

Se sentó en el borde de la cama. Era incómoda: los resortes, casi al descubierto, daban la sensación de texturas, y una zona del colchón hundida más que el resto, formando un pequeño hueco. Pero justo cuando se recostó hacia atrás, apoyando la espalda contra la pared rugosa, y estiró las piernas hasta sentir los pies livianos, algo en su pecho se aflojó. Fue entonces, por primera vez desde que estaba allí, que al exhalar, sus hombros por fin descendieron.

La cama daba hacia la ventana. No solo se veía un manto de un azul casi oscuro, sino también la gente que pasaba, y, en menor medida, los vehículos. Se puso a contar a las personas, sus ropas, los colores, si hacían algo digno de mirarse. ¿Qué le quedaba? Ya lo había intentado todo en el bosque. Repetir lo mismo ahora, pero bajo un techo, no le serviría de nada. Apagó la luz. El pestañeo para acomodar su vista le hizo ver el cuarto un poco más grande.

Era hora de descansar. Y lo sabía. Se dejó caer sobre la cama; el hundimiento dejó de importarle y los resortes quedaron relegados a un segundo plano.Aunque la luz no fuera del todo azul ni del todo negra, alcanzaba para cubrir parte del cuarto. Y aunque ella, con la mano que no cubría su rostro, deslizaba los nudillos una y otra vez sobre la pared rugosa, cada vez con más intensidad, una hora después logró dormir.