Capítulo 1
Silencio antes del disparo
El viento arrastraba arena contra el visor.
Nico Maxwell no parpadeó.
Tumbado sobre el tejado de un edificio medio derruido, con el rifle perfectamente alineado, su respiración era lo único que existía. Inhalar. Exhalar. Pausa.
Una ráfaga de aire le movió ligeramente el cabello oscuro, algo más largo de lo que el reglamento permitía. No le importaba. Hacía tiempo que había dejado de importarle casi todo lo que no fuera el disparo.
El mundo se reducía a eso.
Y al punto exacto donde debía apretar el gatillo.
—Objetivo a la vista —murmuró, apenas un susurro en el comunicador.
La voz al otro lado tardó en responder.
—Confirmado. Espera la señal.
Nico no respondió. No hacía falta.
A lo lejos, el convoy avanzaba lentamente por la carretera polvorienta. Vehículos oscuros, ventanas tintadas. Demasiado movimiento para ser casual.
Demasiado importante para fallar.
Ajustó un milímetro el ángulo.
Sus ojos, claros y fríos, no temblaban. Nunca lo hacían.
Su dedo descansaba sobre el gatillo, firme, sin tensión. Como siempre.
Perfecto.
Todo estaba bajo control.
—Maxwell, mantente listo —dijo otra voz. Esta vez la reconoció.
Alons.
Nico entrecerró ligeramente los ojos.
—Siempre lo estoy.
Hubo un breve silencio. Luego, un leve chasquido de interferencia.
—Cuando esto termine —añadió Alons—, te debo una cerveza.
Nico casi sonrió.
Casi.
—Primero sobrevive —respondió.
Entonces lo vio.
El objetivo bajó del vehículo central.
Alto. Protegido. Rodeado.
Nico ajustó el zoom.
El pulso estable. La mente en blanco.
Todo encajaba.
—Dispara.
La orden llegó clara.
Nico contuvo el aire.
Y apretó el gatillo.
El disparo rompió el silencio.
Seco. Preciso.
Perfecto.
Pero algo no encajó.
El cuerpo no cayó.
En su lugar…
Un segundo movimiento.
Una figura.
Alguien que no debería estar ahí.
El impacto llegó tarde.
El caos, inmediato.
—¡¿Qué ha pasado?! —gritó una voz en el comunicador.
Nico ya estaba reajustando la mira, buscando, calculando.
Pero era tarde.
Explosión.
El convoy estalló en fuego y humo.
Gritos. Disparos. Confusión total.
—¡Emboscada! —alguien gritó— ¡Nos han tendido una puta emboscada!
Nico apretó la mandíbula.
No.
Eso no era parte del plan.
Buscó de nuevo al objetivo entre el caos.
Nada.
Solo fuego.
Solo cuerpos.
Solo…
—Maxwell, retírate. ¡Ya!
Pero Nico no se movió.
Había visto algo.
Esa figura.
Ese segundo antes del disparo.
Había alguien más.
Alguien que él no había previsto.
Alguien que no debía morir.
Y sin embargo…
Cerró los ojos un segundo.
Solo uno.
Cuando los abrió, todo había cambiado.
Y por primera vez en años…
Nico dudó.
El disparo seguía sonando.
Una y otra vez.
Nico abrió los ojos de golpe.
Techo blanco.
Silencio.
Pero no el tipo de silencio que calma.
El otro.
El que pesa.
Se incorporó lentamente en la cama, pasando una mano por su rostro. Tenía ojeras marcadas, profundas, y la expresión tensa incluso en reposo. Como si su cuerpo no supiera relajarse del todo.
Hospital militar.
Otra vez.
El zumbido lejano de máquinas y pasos al otro lado de la puerta confirmaban que seguía allí. A salvo. Lejos.
Y aun así…
Cerró los ojos.
Error.
El fuego volvió.
El convoy.
La figura.
Ese segundo, ese maldito segundo.
—Joder…
Se dejó caer hacia atrás, apoyando el antebrazo sobre los ojos.
No había fallado.
Él no fallaba.
Pero algo había cambiado la trayectoria. O el objetivo. O—
Un golpe suave en la puerta.
Nico no respondió.
Aun así, la puerta se abrió.
—Sabía que estarías despierto.
Nico no se movió, pero su respiración cambió apenas.
—¿Te han enseñado a llamar? —murmuró.
—Y a ignorarlo cuando hace falta.
Los pasos dentro de la habitación fueron tranquilos, seguros.
Nico apartó el brazo de los ojos y giró ligeramente la cabeza.
Alons.
Estaba apoyado junto a la puerta, alto, de hombros anchos, con una presencia difícil de ignorar incluso en silencio. La venda en su ceja contrastaba con su expresión relajada, casi despreocupada, como si nada pudiera realmente romperlo.
Nico lo observó un segundo.
—Te ves peor que yo —añadió Alons, cruzándose de brazos.
—Yo no exploto vehículos —respondió Nico, seco.
Alons soltó una risa breve, sin humor.
—Créeme, no fue por gusto.
Silencio.
Uno distinto.
Más denso.
Alons fue el primero en romperlo.
—Dicen que fue una interferencia. Información incompleta. Que el objetivo cambió de posición en el último segundo.
Nico no respondió.
—Que no fue tu culpa —insistió.
Esta vez, Nico giró la cabeza lo suficiente para mirarlo.
Directo.
Frío.
—¿Y tú te lo crees?
Alons sostuvo la mirada.
Sus ojos, oscuros y firmes, no vacilaron.
Un segundo.
Dos.
Luego suspiró, pasando una mano por su nuca.
—Creo que estás buscando una forma de culparte —dijo finalmente—. Y eso sí me lo creo.
Eso golpeó más de lo esperado.
Nico apartó la mirada.
—Había alguien más.
—¿Qué?
—En la mira —añadió, más bajo—. Alguien que no estaba en el informe.
Alons frunció el ceño.
—Nico…
—No debía estar ahí.
Su voz se tensó apenas. Lo justo.
—Y aun así apreté el gatillo.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue pesado.
Alons dio un paso más cerca de la cama.
—Mírame.
Nico no lo hizo.
—Maxwell.
Nada.
Entonces Alons soltó el aire y, con menos paciencia, apoyó una mano en el colchón, inclinándose ligeramente hacia él.
—No estabas ahí solo. Todos estábamos en esa misión. Si algo salió mal, fue cosa de todos.
—No —cortó Nico.
Seco.
Definitivo.
—Yo disparé.
Alons apretó la mandíbula.
—Sí. Porque eras el mejor para hacerlo.
Eso hizo que Nico soltara una pequeña risa. Vacía.
—Ya no.
Ahí estaba.
La grieta.
Pequeña.
Pero imposible de ignorar.
Alons la vio.
Y por un momento, algo en su expresión cambió. Algo más suave. Más… personal.
—Escúchame —dijo, bajando un poco la voz—. Esto no te define.
Nico lo miró de reojo.
—¿Ah, no?
—No.
Alons dudó apenas un segundo.
Luego añadió:
—Yo te conozco.
Y eso…
Eso sí fue peligroso.
Porque Nico no supo qué responder.
El silencio volvió, pero esta vez no era tenso.
Era… distinto.
Más cercano.
Alons se incorporó de nuevo, rompiendo ese momento antes de que se alargara demasiado.
—Te van a dar baja temporal —dijo, más práctico—. A mí también.
Nico asintió levemente.
Era obvio.
—Perfecto —murmuró—. Más tiempo para pensar en lo que hice mal.
—O para dejar de hacerlo —replicó Alons.
Nico bufó.
Alons lo observó unos segundos más.
Como si estuviera decidiendo algo.
—Ven conmigo.
Nico frunció el ceño.
—¿Qué?
—A mi pueblo.
Eso sí no se lo esperaba.
—Ni de coña.
—Escucha primero —insistió Alons—. No hay ruido. No hay misiones. No hay informes ni superiores respirándote en la nuca. Solo… tranquilidad.
Nico giró la cabeza hacia el techo.
—No suena como algo que me merezca.
—No se trata de merecerlo.
Silencio.
—Se trata de que lo necesitas.
Nico no respondió.
Pero no dijo que no otra vez.
Y Alons lo notó.
Una pequeña victoria.
—Piénsalo —añadió, dando un paso hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Además… —dijo, con un tono más ligero— mi padre cocina mejor que cualquier comedor militar.
Nico cerró los ojos.
—Eso no es difícil.
Alons sonrió.
Esta vez, de verdad.
—Entonces tómalo como una misión nueva.
Nico no contestó.
La puerta se cerró con un clic suave.
Y entonces…
Silencio.
Nico se quedó mirando al techo, sin moverse.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Soltó el aire lentamente y se incorporó, dejando las piernas colgando al borde de la cama. Sus manos descansaron sobre sus rodillas.
Firmes.
Pero no del todo.
Las miró.
Durante años, no habían temblado.
Ni una sola vez.
Hasta ahora.
Un leve temblor recorrió sus dedos.
Casi imperceptible.
Pero suficiente.
—…joder.
Cerró la mano con fuerza, como si pudiera obligarla a obedecer.
No funcionó.
El disparo volvió a su cabeza.
La figura.
Ese segundo.
Ese error.
Apretó los dientes.
Él no dudaba.
Nunca.
Y sin embargo…
Se levantó de golpe, empujando la silla cercana sin querer. El ruido rompió el silencio de la habitación, pero no fue suficiente para sacarlo de su propia cabeza.
Caminó hasta el pequeño espejo junto a la pared.
Se detuvo frente a él.
Durante un momento, solo miró.
Ojeras.
Tensión.
Algo… distinto.
Algo que no estaba antes.
—No eres tú —murmuró.
Pero la voz no sonó convencida.
Sus ojos bajaron lentamente.
A sus manos otra vez.
Ese leve temblor seguía ahí.
Persistente.
Innegable.
Nico soltó una risa baja.
Vacía.
—Perfecto.
Un francotirador que tiembla.
Giró la cabeza, mirando hacia la puerta por la que había salido Alons.
“Ven conmigo.”
Cerró los ojos.
Por primera vez desde la misión…
La idea de desaparecer un tiempo no le pareció una mala opción.