Prólogo
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El príncipe y el demonio
Prólogo: Ese demonio no tiene cuernos.
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Todos los demonios tienen cuernos,
alas de miedo, zarpas peligrosas.
Gracias a ellos los podemos distinguir…
…
¿Pero qué se supone que hagamos
cuando el demonio que busco
no viene del infierno… sino de aquí?
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Luego de la Segunda Guerra Mundial, el mundo sufrió cambios drásticos. La aplastante victoria de un gran dictator en Europa dio como consecuencia cincuenta y cinco años de reformación mundial, hasta que fue asesinado antes de exterminar al resto de razas humanas. Fue en el año 2000, pleno siglo XXI, cuando ocurrió la Tercera Guerra Mundial. Su origen fue el surgimiento de un líder político tan capaz como violento: el psicópata Bruno Rosell, quien extendió un conflicto que, en sus primeros cinco años, superó por mucho los destrozos de la primera y segunda guerra juntas.
Por suerte para mí y para mi mejor amigo, nacimos justo cuando esa guerra terminó, en el año 2020. Y nos conocimos en el 2025, en un mundo que —aunque para nosotros era normal— ningún humano de hace unas décadas habría podido imaginar.
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Nuestra amistad empezó de forma particular. Éramos tan diferentes, pero a la vez tan similares como el agua y la sangre. Aún lo recuerdo… Fue hace veinte años. Mi viejo calendario —mi posesión más valiosa— marcaba un 6 de enero de 2025.
—¡Oye, tú! —me gritó una pequeña figura que venía haciendo tronar sus nudillos—. Vaya, vaya… me encontré a ricitos de carbón —espetó en un tono violento. Ante su actitud, miré hacia abajo y suspiré.
—¿Acaso quieres mis rizos para ser ricitos de oro, rubia envidiosa? —hablé un poco nervioso, pero no por intimidación; mis problemas para hablar siempre me complicaban. Mi miedo era hablar con él, no a él—. A lo mejor te quedaría bien… seguro que tu sangre no es ni muy caliente ni muy fría, ¿verdad? -Continué la provocación
Ni siquiera respondió. Se arrojó hacia mí con un puñetazo directo al rostro. Logré esquivarlo y le propiné un gancho en el estómago. Sin piedad. En las calles de Santo Londres hay menos piedad que en mis entrenamientos de boxeo, y estaba dispuesto a darle la crueldad de ambos sitios.
—Agh… —bufó, soltando una bocanada de aire y un poco de sangre mientras retrocedía. Sin perder un segundo, se puso en posición de lucha—. Solo planeaba quitarte la comida, pero creo que nadie cuenta a los niños del Barrio de la Nieve… así que no importa si uno desaparece, ¿¡verdad?!
Comenzó un rudo combate. A pesar de su corta edad, me golpeaba incluso más fuerte con un trozo de metal que mantenia oculto, ni el panadero cuando me atrapaba hurgando su tienda. Pero mis golpes eran aún más fuertes. Tanto así que al final quedó tirado en el suelo.
Fue un evento de suerte, pero aquella pelea sin sentido terminó salvándonos. Un señor que pasaba junto a un mozo vio a dos muchachos tirados en el suelo, ensangrentados. Y… ¿quién lo diría?
En Santo Londres aún quedaba alguien amable. Nos llevó al hospital y pagó todo.
Esa noche no tenía nada que roer. Ese rubio de ojos verdes que venía dispuesto a robarme terminó salvándome.
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Era medianoche cuando desperté por segunda vez, estuve conciente desde que llegamos al hospital, hasta que comenzaron a inyectarnos. Había una de esas cajas que brillan y son muy caras; marcaba que era 22 de febrero. Se sentía raro estar limpio y con ropa, en lugar de harapos. Incluso tenía esas vendas con algo gélido que supuestamente hacían que las heridas se sanaran y no se infectaran. Mi piel se veía más brillante, ya no quedaban arañazos, y no sentía hambre. Seguramente me habían alimentado. ¿Qué era aquello? ¿Navidad? ¿Mi cumpleaños? O quizas un sueño.
—Oye… —rompí el silencio de la noche. Mis ojos azules cruzaron sus ojos verdes—. ¿Cómo… te llamas? Gracias a ti hoy estamos aquí… Hoy habia dicho el mozo que nos tratarían unos días más y luego seríamos enviados a un orfanato en Isla Márquez, me dijo que estariamos bien desde el dia 20 pero nos quedariamos 5 dias más.. crei que se referia al mes de enero.
—¿¡Isla Márquez!? —respondió sorprendido—. ¿Es ese lugar donde no hay nieve? Woah… —parecía agradecido, sorprendido y un poco apenado—. Mi nombre… soy Thomas… ¿y tú?
Correspondí con una sonrisa, extendiendo mi mano cerrada en forma de puño.
—Nicolás…
Poco a poco, y con dificultad, estiró su brazo hasta chocar su puño con el mío. A partir de ahí, todo cambiaría…
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LUGAR DESCONOCIDO — FECHA DESCONOCIDA
Me arrastraba entre los escombros, manchado aún de sangre, con el arma cargada en la mano. Y ahí estaba él, de pie, bajo la luz de la luna que entraba por el techo roto de la torre.
Un paisaje desolador, una montaña de escombros donde quiera que miraras, el domo circular con un gran agujero que dejaba apreciar la luna gigante en todo su esplendor. El olor a pólvora, sangre y a muerte inundaba el sitio y los únicos ruidos que habían eran los de mis pisadas.
Sin pensarlo dos veces, apunté directo a su cabeza.
—Llegó tu hora… demonio.
Su sonrisa demente y retorcida se mostraba con orgullo. Giró con elegancia sobre su talón, y a cada paso resonaba el eco mientras él también me apuntaba con su cañón, bajando por las escaleras.
—¿Eso crees… príncipe?
—No lo creo… lo haré —apreté el gatillo, al borde de jalarlo por completo. No bastaba con una muerte directa. La tortura mental y física era algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a omitir.
Él se acercó hasta poner su frente contra mi cañón, y el suyo contra la mía.
—Tú también te has vuelto otro monstruo. Se supone que eres un príncipe… ¿no es hipócrita que me taches de malvado cuando has hecho cosas iguales o peores?
—Si mato a un asesino, el número no baja ni sube… pero si yo soy el último asesino que queda…
—Entonces demuéstralo.
—Eres como Thomas… ¿o quizá Thomas sea como tú? Siquiera tienes un nombre de verdad… ya ni siquiera se como llamarte, monstruo
—Con eso me basta, principe, pero a muchos, a muchos no... Thomas, Vladimir, Makoto, y todos ellos —señaló algunos cadáveres; nombró a varios muertos y apuntó a extremidades que aún llevaban ropa, pues seguramente el resto del cuerpo se había inmolado en la explosión.
El gatillo de una de las dos pistolas fue jalado.
O quizás… el de ambas.
BAM.
El sórdido sonido rompió la conversación y dejó lugar al silencio de muerte.
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