Capítulo 1 "Viernes"
Viernes, 6:45 de la tarde. El humo del cigarrillo y el olor a clínica todavía me persiguen, como si se hubieran pegado a mi piel. Afuera de la facultad todo parece más difícil: convivir, pensar, respirar. Estoy agotado, y ni siquiera sé por qué sigo. Mi uniforme azul representa lo que elegí ser... ¿de qué me quejo? Sería hipócrita de mi parte.
Pero mientras aplasto la colilla contra el suelo, siento que algo dentro de mí pide otra cosa. Una fuga. Una noche distinta. Una razón para olvidar que mañana volveré a diseccionar cadáveres y memorizar diagnósticos.
El pasillo de la facultad todavía olía a desinfectante y café barato. Eliot caminaba con el uniforme azul arrugado, los ojos pesados, cuando escuchó una voz detrás de él.
-¡Eliot! -era Martín, compañero de prácticas, siempre con esa sonrisa que parecía burlarse de todo. Se acercó con un cigarrillo apagado entre los dedos-. ¿Qué haces esta noche?
Eliot encogió los hombros.
-Lo de siempre... estudiar, dormir, sobrevivir.
Martín soltó una carcajada.
-Hermano, te vas a pudrir si sigues así. Escucha: hay una fiesta esta noche, no de esas aburridas. Música electrónica, luces, gente que sabe cómo olvidar el mundo por unas horas. Te vendría bien.
Eliot lo miró con cansancio, pero algo en sus palabras le pinchó por dentro.
-¿Dónde?
Martín se inclinó, como si compartiera un secreto prohibido.
-En un lugar que llaman El cuarto rojo. No preguntes demasiado, solo ven. Te prometo que después de esto, nada te va a parecer igual.
Eliot sintió un escalofrío. El nombre se le quedó grabado, como una advertencia y una promesa al mismo tiempo
Eliot se miró al espejo del baño de la residencia. El uniforme azul descansaba sobre la silla, como un recordatorio de la vida que estaba dejando atrás por unas horas. Se puso unos jeans oscuros, ajustados, y una franela negra que absorbía la luz tenue del cuarto. Alrededor de su cuello, la cadena de plata brilló con un destello frío, como un símbolo de la otra versión de sí mismo que estaba a punto de despertar.
Encendió un cigarrillo, aspiró profundo y dejó que el humo se mezclara con la ansiedad que le recorría el cuerpo. Afuera, la ciudad vibraba con un pulso distinto: bocinas, risas, motores, todo parecía empujarlo hacia esa fiesta.
Cuando salió, sintió que cada paso lo alejaba de la facultad y lo acercaba a un mundo donde las reglas no existían. El taxi lo llevó por calles iluminadas con neones rojos y violetas, hasta que finalmente se detuvo frente a un edificio sin letrero, apenas marcado por una puerta metálica y un murmullo de música electrónica que se filtraba desde dentro.
Eliot sonrió con ironía.
-Bienvenido al cuarto rojo -murmuró para sí mismo, antes de empujar la puerta y dejar que la noche lo devorara.
El lugar olía a pastillas. Las luces estroboscópicas cortaban la penumbra como cuchillas, reflejándose en cuerpos sudorosos que se movían sin control. Chicas por doquier, alcohol derramado en vasos de plástico, humo mezclado con drogas. Eliot caminaba entre ellos con la mirada vacía, como si todo le resultara ajeno y al mismo tiempo inevitable. El sudor en su frente y el calor del ambiente parecían de otro mundo.
-Ey, no te duermas -le dijo Martín, empujándole un sobre pequeño en la mano-. Toma esto, te hará volar, amigo. Anda, diviértete antes de volver a diseccionar cadáveres o aguantar los sermones del doctor Greg.
Eliot miró el sobre, lo giró entre sus dedos. El ruido de la música se volvió más fuerte, como si el cuarto entero respirara con él. Por un instante pensó en la facultad, en el uniforme azul, en el olor a clínica que todavía lo perseguía. Luego levantó la vista: el cuarto rojo lo estaba reclamando.
El ambiente se tornó rojo, como si las paredes mismas respiraran. Las pupilas de Eliot se dilataron, reflejando las luces estroboscópicas que golpeaban el aire con violencia. De fondo sonaba Ecstasys, un latido eléctrico que se mezclaba con el sudor y el humo.
Esta mierda era otro nivel.
El suelo vibraba bajo sus pies, los cuerpos se movían como sombras desfiguradas, y cada destello de luz parecía arrancarle un pedazo de cordura. Eliot levantó la cabeza, dejó que la música lo atravesara, y por primera vez en mucho tiempo se sintió lejos de la facultad, lejos de los cadáveres, lejos de los sermones del doctor Greg.
Aquí no había reglas. Solo el rojo, la música, y la promesa de perderse.
En un momento me sentí en el mismísimo cielo todo daba vueltas entonces la vi.
En el fondo del pasillo volteo con una mirada curiosa, era un poco baja pelo corto cara tierna mirada seductora qué me atravesó como un disparo. Stef, no la conocía de nada en un momento la tube en frente y solo la miraba con un deseo incontrolable, ella me soltó esa mirada esa maldita mirada de besame en los labios y ahorcame en el suelo y hazme el amor tan fuerte que olvide donde estamos, la música se volvió más intensa y Stef me domino con un puto beso que me cego por completo sentía su olor, drogas hormonas nicotina estaba en el paraíso con la tome contra la puerta y baje mi mano por su sudado y perfecto vientre hasta encontrarme con ella, el pudor estaba en la cima y la penetre con una lujuria que me estaba matando desde la primera mirada donde cada embestida parecía estar enganchandome cada vez más a ella.
En el clima extremo Stef me surruro que me amaba, yo extasiado de placer me deje llevar ella me puso contra el suelo y fui suyo con todas las ganas no sabía nada del mundo ni tampoco quería volver a el, tal vez en ese momento ella era mi mundo, algo de lo que no me arrepentíria jamás.
De ese momento no recuerdo mucho soy una persona muy directa y suelo ser poco empático pero ese fuego aun ardía en mi las luces pasaban por mi cabeza y destellos de algunos momentos de la fiesta aparecían en mi mente como flashes, la música paró hace minutos gente drogada y otros dormidos Stef me invitó a charlar sobre todo esto, no parecía arrepentirse de ese momento todo lo contrario estaba en llamas, igual que yo.
Eran las 07:24 de la mañana. La música había parado hacía minutos, algunos cuerpos dormían en los sofás, otros seguían perdidos en su propio viaje. Stef se acomodó a su lado, con los ojos brillantes, todavía encendidos por la noche.
-¿Sabes qué pienso, Eliot? -dijo con voz baja, casi un susurro-. Que lo que pasó anoche no fue casualidad. Yo lo sentí... cada segundo, cada mirada, cada maldito beso. Fue como si el mundo entero se redujera a ti y a mí.
Eliot la miró en silencio, todavía con el pulso acelerado.
-Stef... -murmuró, sin saber qué decir.
Ella sonrió, pero no era una sonrisa tranquila; era la sonrisa de alguien que no piensa soltar lo que acaba de encontrar.
-No me importa si estabas drogado, cansado, o perdido. Yo lo recuerdo todo. Tu mirada vacía, tu cuerpo contra el mío, el calor, la música... y cómo me hiciste sentir que no había nada más allá de esa puerta.
Se inclinó hacia él, con los ojos fijos, obsesivos.
-Quiero que sepas algo: no pienso olvidarlo. No pienso olvidarte. Desde ahora, cada vez que cierres los ojos, quiero que me veas. Quiero que recuerdes mi olor, mi voz, mi piel. Porque yo ya estoy marcada, Eliot. Y tú también lo estás.
Eliot tragó saliva, sintiendo que el aire se volvía más pesado. Stef lo tomó de la mano con fuerza, como si lo reclamara.
-No me importa lo que venga después. Lo que pasó anoche fue nuestro. Y lo voy a repetir, una y otra vez, hasta que no quede nada de ti que no sea mío.