CORAZONES DIVIDIDOS

All Rights Reserved ©

Summary

¿Puedes amar a alguien que no siempre te reconoce? Regina Vázquez lo tenía todo: poder, dinero y a la mujer que amaba. Oriana era su hogar, su calma, su fe en medio del caos. Juntas construyeron una vida que parecía perfecta hasta que una noche lo cambió todo. Una pérdida irreparable. Una culpa imposible de borrar. Y un amor que comenzó a romperse desde adentro. Atrapada entre dos versiones de la misma mujer, Regina tendrá que enfrentarse a una verdad que duele más que la pérdida: la persona que ama sigue ahí, pero no siempre vuelve. Y mientras intenta reconstruir lo que queda de su matrimonio, descubrirá que algunas heridas no solo rompen el corazón, también dividen el alma.

Status
Complete
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

¿Puedes amar a alguien que no siempre te reconoce? Sí, puedes hacerlo. Pero hay otra pregunta que nadie se atreve a decir en voz alta: ¿puedes amar a sus dos versiones? No. Definitivamente no.

Hace más de tres meses que no sentía esta presión en el pecho. No desde el día en que Oriana decidió irse y por primera vez, entendí lo que era la libertad.

Una libertad sucia, vacía, pero mía.

Porque amar a una sola versión de ella ya era difícil; intentar amar a ambas me estaba destruyendo.

Y ahora estaba aquí otra vez, frente a mí.

La versión que alguna vez me obligué a amar. La que no era mía. La que me miraba como si nunca me hubiera tocado, como si nunca me hubiera susurrado un “te amo” con la voz rota a las tres de la mañana.

Aun así, sus ojos seguían siendo los mismos. Y eso era lo peor. Porque me miraban sin reconocerme y aun así, lograban hacerme sentir débil, como si mi cuerpo no entendiera lo que mi mente ya había aceptado: que esa mujer no era la mujer que yo amaba.

Y sin embargo, todo en ella seguía siendo una condena. Su piel, su forma de respirar, la manera en que sus dedos temblaban apenas un segundo antes de hablar, cada detalle me arrastraba de nuevo, como si no hubiera aprendido nada.

Mi condena.

Hay recuerdos que no llegan con suavidad. No avisan, no piden permiso. Simplemente te atraviesan. Y verla ahí, después de tres meses, fue suficiente para romper la frágil paz que había construido.

Maldita sea…

Siempre eran sus ojos.

Los mismos que una vez me hicieron sentir en casa.

Los mismos que ahora no sabían quién era yo.

Tragué saliva, sintiendo cómo algo dentro de mí cedía.

Porque por un segundo, solo por un maldito segundo quise volver atrás. A cuando Oriana aún decía mi nombre como si fuera lo único que importaba.

A cuando no había versiones.

A cuando éramos solo nosotras.

Y todo empezó ahí.

En ese entonces, todo era distinto, todo funcionaba.

Mi vida era exactamente lo que siempre había querido.

Dirigir Virex Holdings no era solo un logro, era mi imperio. Había convertido una empresa que empezó como una idea en una de las firmas tecnológicas más influyentes del país. Inversiones, inteligencia de datos, expansión internacional, todo bajo mi control, a mis treinta y dos años, ya había superado el patrimonio de mis padres, algo que durante años fue una meta silenciosa, casi obsesiva.

Tenía poder, dinero, respeto.

Pero nada absolutamente nada se comparaba con lo que sentía al llegar a casa.

Esa noche no fue diferente.

Empujé la puerta, soltando el aire lentamente después de un día interminable de reuniones, llamadas y decisiones que movían millones.

Oriana estaba en la cocina.

Llevaba una camiseta mía, una de esas que le quedaban grandes y que, de alguna forma, la hacían ver más mía. El cabello recogido de forma descuidada, algunos mechones cayendo sobre su rostro mientras se concentraba en lo que hacía.

El olor a comida caliente llenaba el aire.

Sonreí sin darme cuenta.

—Sabes que no tienes que hacer esto —dije, apoyándome en el marco de la puerta.

Ella giró ligeramente el rostro, y cuando sus ojos se encontraron con los míos, ahí estaba. Esa mirada, esa que en ese entonces sí me pertenecía.

—Lo sé —respondió con suavidad—Pero me gusta hacerlo para ti.

Caminé hacia ella sin pensar demasiado. Mis manos encontraron su cintura con naturalidad, atrayéndola hacia mí. Oriana soltó una pequeña risa antes de girarse por completo.

—Llegas tarde, CEO importante —murmuró, apoyando las manos en mi pecho.

—Estoy construyendo un imperio —respondí cerca de sus labios—Dame crédito.

—Mmm… —susurró— Lo haría, si no llegaras a distraerme así.

No le di tiempo a terminar.

La besé.

Mis manos subieron por su espalda, las suyas se aferraron a mi camisa, acercándome más, como si el espacio entre nosotras fuera un error.

El aire se volvió denso, caliente.

—Regina… —susurró contra mis labios.

La empujé suavemente contra la encimera, perdiéndome en su respiración, en su forma de responder, en cómo su cuerpo encajaba con el mío como si siempre hubiera sido así.

—Deberíamos parar… —murmuró, aunque no se apartó

—¿Por qué? —pregunté, rozando su mandíbula.

Ella soltó una pequeña risa, entrecortada.

—Porque si no esta noche tu cena voy a ser yo.

Me detuve apenas lo suficiente para mirarla y luego sonreí.

—No veo el problema.

Oriana negó con la cabeza, riendo ahora con más claridad, empujándome ligeramente.

Terminamos cenando entre risas, conversaciones cruzadas y miradas que hablaban más de lo que cualquier palabra podría decir. Era fácil con ella, siempre lo había sido.

—¿Cómo estuvo el trabajo hoy? —preguntó, apoyando el mentón en su mano mientras me observaba.

—Firmamos la expansión en Europa —respondí— Tres nuevas sedes antes de fin de año.

Sus ojos brillaron.

—Sabía que lo lograrías.

—Siempre lo sabes.

—Porque te conozco.

Sonreí pero algo en su expresión cambió apenas un segundo.

Dudó.

—Regina… —empezó, jugando con el borde del plato— ¿Me acompañarás este domingo a la iglesia?

Suspiré por dentro antes de responder. No quería arruinar el momento pero tampoco podía mentirle.

La miré.

—Nena… ¿por qué te gusta ir a ese lugar? —dije con calma, aunque la incomodidad se colaba en mi voz —Donde la gente nos mira, donde nos juzgan sin siquiera conocernos.

Oriana frunció ligeramente el ceño, pero no con enojo, con esa paciencia suya que a veces me desarmaba.

—No lo hacen, Regina. Solo necesitan ser más abiertos. Ya te lo he dicho. Para alabar a Dios no necesitas un género. Todos deberíamos tener a Dios en el corazón.

—Y lo tengo —respondí, apoyando los codos en la mesa— Pero no necesito sentarme en un lugar donde nos hacen sentir como si estuviéramos mal por amarnos.

—Pero escucharás su palabra…

Solté una pequeña risa sin humor.

—Cariño, llevamos un año yendo y aun así, todos nos juzgan con la mirada. Incluso el pastor.

El silencio cayó entre nosotras.

—Estás siendo una persona hostil, Regina —dijo finalmente.

Negué con la cabeza.

—No. Solo soy sincera.

Oriana suspiró, bajando la mirada. Se giró ligeramente, como si necesitara un momento lejos de mí.

Y eso, eso sí me dolió.

Me levanté despacio y caminé hacia ella. La abracé por detrás, rodeando su cintura, apoyando mi barbilla en su hombro.

—Hey… —murmuré—Está bien...

Ella no respondió de inmediato.

—Te acompañaré este domingo.

Sentí cómo su cuerpo se relajaba apenas.

—¿De verdad?

—Sí.

Giró el rostro lo suficiente para mirarme, y esa sonrisa, esa maldita sonrisa, hizo que todo valiera la pena.

—Gracias.

Besé su mejilla suavemente.

—Por ti haría cosas peores.

Rió en voz baja, y por un momento todo volvió a estar bien.

Esa noche, ya en la habitación, el mundo dejó de existir otra vez. No había juicios, ni iglesias, ni dudas.

Solo nosotras.

Oriana se acercó primero, como siempre hacía cuando creía que yo no lo notaba. Sus dedos buscaron los míos entre las sábanas, entrelazándolos con suavidad.

—Te amo —susurró.

La miré en la penumbra, estudiando cada detalle como si no quisiera olvidar nada.

—Lo sé —respondí, acercándome a ella— Yo también te amo.

Y en ese momento lo creía eterno.

*

No aparté la mirada. Oriana estaba ahí, de pie frente a mí, como si tres meses no significaran nada, como si no hubiera sido suficiente para volverme loca reconstruyéndome desde cero.

Mi oficina, que normalmente imponía silencio y control, de pronto se sentía demasiado pequeña.

—¿Qué haces aquí? —pregunté al fin.

No suavicé el tono, no lo intenté siquiera.

Ella no respondió de inmediato. Se permitió observar el lugar con calma, caminando despacio como si cada rincón le perteneciera. Sus dedos rozaron la superficie del escritorio con una familiaridad que me irritó más de lo que debería.

—Bonito —murmuró— Aunque ya lo conocía.

Apreté la mandíbula.

—Te hice una pregunta.

Oriana se giró entonces, despacio, con esa seguridad que siempre había sabido usar en mi contra. Sus ojos se clavaron en los míos sin rastro de culpa, sin rastro de duda.

—Y yo decidí no responderla enseguida —replicó con calma— No todo gira en torno a ti, Regina.

Ahí estaba, esa versión, la que sabía exactamente dónde golpear.

Solté una risa breve, seca.

—Curioso porque hace tres meses sí lo hacía.

Hubo un parpadeo. Mínimo, casi imperceptible. Como si algo dentro de ella hubiera intentado reaccionar y no hubiera llegado a ninguna parte.

Pero enseguida desapareció.

—Vine porque este lugar es tan mío como tuyo —dijo finalmente— ¿O eso también lo olvidaste?

Di un paso hacia ella, lo suficiente para acortar la distancia sin invadirla por completo.

—No —respondí— Yo no olvido.

Oriana ladeó apenas la cabeza, observándome con más atención ahora. Su mirada cambió, volviéndose más lenta, más calculada, más peligrosa.

—Se nota —murmuró—Sigues igual.

—¿Igual cómo?

Sonrió apenas.

—Tensa, defensiva. Como si siempre estuvieras esperando el golpe.

—Tal vez porque siempre viene de ti.

Eso la hizo sonreír un poco más.

Y entonces se acercó.

Un paso.

Luego otro.

Demasiado cerca.

El aire cambió entre nosotras, cargándose de algo que reconocí al instante y que odié que siguiera ahí.

—¿Sabes qué es lo más interesante? —dijo en voz baja— Que no pareces feliz.

Sostuve su mirada, firme.

—Y tú pareces muy cómoda para alguien que desapareció sin decir nada.

—¿Desaparecí? —repitió, como si la palabra le resultara extraña.

No respondí, no hacía falta.

Pero algo en su expresión cambió por un segundo. Sus cejas se fruncieron apenas, su mirada vaciló, como si estuviera buscando un recuerdo que no encontraba.

—Yo… —empezó, pero se detuvo.

Parpadeó.

Y fue como si alguien hubiera apagado algo dentro de ella.

Se recompuso de inmediato, volviendo a esa calma fría que ya empezaba a reconocer demasiado bien.

—Si desaparecí —continuó, acercándose un poco más—, claramente no fue lo suficiente.

Su mano rozó la mía, apenas un contacto, pero intencional.

Demasiado intencional.

—Porque aquí estás —añadió, con una media sonrisa—Mirándome como si todavía te importara.

Mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera detenerlo, pero no me moví, no iba a darle eso.

No otra vez.

—No confundas costumbre con interés —respondí, firme.

Eso la hizo observarme con más detenimiento, como si intentara descifrar algo.

—Mientes bien —dijo en voz baja—Pero no tanto.

Sus dedos volvieron a rozar mi muñeca, esta vez más lento.

Y esta vez sí la aparté.

—No hagas eso.

Mi tono cambió.

Oriana se detuvo, pero no retrocedió.

—¿Por qué? —preguntó— Antes no te molestaba.

Antes.

Esa palabra cayó entre nosotras como algo pesado.

—Antes no eras así —respondí.

El silencio que siguió fue distinto.

No incómodo.

Peligroso.

Oriana me sostuvo la mirada durante más tiempo del necesario. Esta vez sin sonrisa, sin juego.

—¿Así cómo? —preguntó finalmente.

No respondí de inmediato. Porque decirlo en voz alta lo volvía demasiado real.

—Como si no supieras quién soy.

Su respiración cambió. Sus ojos se movieron por mi rostro, deteniéndose en detalles, como si intentara reconocer algo que no lograba encajar.

—Yo… —susurró.

Un paso atrás.

Confusión real.

—Eso no tiene sentido...

—Lo tiene —dije con calma—Solo que tú no puedes verlo.

Negó con la cabeza, ahora sí, incómoda de verdad.

—No… Yo te conozco…

Pero no sonó segura.

Ni siquiera un poco.

Su mirada volvió a recorrerme, más lenta, más insistente. Como si supiera que algo faltaba, pero no tuviera forma de alcanzarlo.

—Debería… —añadió en voz baja.

Cerré los ojos apenas un segundo.

Ahí estaba la verdad no dicha, pero imposible de ignorar.

Me aparté un paso.

—No importa —murmuré—Ya pasará.

—¿Qué va a pasar? —preguntó, casi molesta.

La miré por última vez. Y esta vez no busqué a mi esposa, porque entendí algo que llevaba demasiado tiempo negando.

No era que Oriana hubiera cambiado.

No era que hubiera dejado de amarme.

Era peor.

Mucho peor.

—Esto —respondí—Este momento en el que no sabes quién soy, como si nunca hubieras estado conmigo.

Oriana no dijo nada, porque no podía, porque en el fondo, ella lo sentía.

Aunque no lo entendiera.

Y yo…

Yo llevaba meses entendiéndolo.

Viviéndolo.

Rompiéndome con eso.

Porque la mujer que amaba, no había desaparecido.

Seguía ahí.

Solo que a veces, no era ella quien estaba frente a mí.