EL VIAJE QUE TODAVÍA ERA INOCENTE
El 3 de abril emprendí viaje, con la moto cargada de intenciones simples: llegar a Bariloche, respirar montaña, dejar que el asfalto me enseñara una versión mía sin oficina, sin reloj, sin explicaciones. No llevaba prisa filosófica; llevaba kilómetros. La Ruta 40 se abría como promesa: rectas que aburrían y curvas que despertaban, pueblos con nombres que olían a mate y a nafta, lagos que parecían haber sido puestos ahí para que uno crea que el mundo es más ordenado de lo que es.
Fui acumulando paisaje. Cascadas que helaban la cara, senderos donde el cuerpo sudaba y la cabeza quedaba quieta, conversaciones sueltas en la ruta mientras el viento nos robaba parte de las palabras. En algún descanso, entre un sorbo de agua y el ruido lejano de un río, surgió una charla sobre historias que no son nuestras y sin embargo nos persiguen: la posibilidad de que hijos de nazis vivan entre nosotros, criados en una normalidad fabricada, con una doble vida montada por sus padres para que el pasado no los alcance. Lo dijimos casi como teoría de café, como juego de paranoia elegante. No sabíamos que yo llevaba encima un eco de eso: una infancia armada para esconder otro pasado, otra sangre, otro miedo.
Durante esos días, el mundo todavía se dejaba amar con facilidad. Había mañanas limpias, bidones de combustible, migas de pan sobre una mesa de hostería, botas mojadas junto a una salamandra. El viaje tenía esa clase de calma que uno solo reconoce como paraíso cuando ya la perdió.
Yo creía que conocía mi historia. Creía que mi vida tenía un solo dueño: yo.