Capítulo 1
Varka, el Gran Maestre de los Caballeros de Favonius y Caballero de Boreas, siempre fue una figura de espíritu indomable, reflejo vivo de la libertad que caracteriza a Mondstadt. Su vida era guiada por el viento, por el deseo de explorar y proteger, y su valentía lo convirtió en un caballero honorable, profundamente amado por cada persona habitante de Mondstadt.
Aunque su destino fue trazado por las Brujas del Aquelarre, Varka se negó a aceptar un futuro impuesto; con firmeza y determinación, juró desafiarlo, cambiando el curso de su propia historia.
En las inhóspitas tierras de Nod Krai, Varka enfrentó uno de los mayores desafíos de su vida. Junto a la Caballera Honoraria Lumine y sus leales amigos, luchó para salvar a Columbina de un oscuro destino. Aquella batalla fue especialmente ardua, con Dottore como antagonista, quien había logrado apoderarse de los remanentes de las Tres Lunas, provocando un desastre que amenazaba con sumir el mundo en el caos. Sin embargo, la determinación y el coraje de Varka y sus aliados prevalecieron; juntos, lograron vencer a Dottore y restaurar la esperanza en Teyvant.
Tras ese episodio, Varka emprendió una expedición personal, enfrentándose a los ecos de su propio pasado y a la sombra persistente del anterior Caballero de Boreas. En este viaje, tuvo que liberar el alma del Lobo Boreas, permitiendo que descansara en las Líneas Ley y finalmente encontrara paz. La esencia de Varka estuvo a punto de desaparecer para siempre, pero gracias al apoyo de las personas de Mondstadt, la ayuda incansable de Lumine, la bendición de Venti, el Arconte Anémo, y los buenos deseos enviados a través de cartas y plegarias, Varka logró salvarse, rompiendo el destino que las Brujas del Aquelarre le habían predicho. Ahora era libre de ese destino.
El regreso de Varka a Mondstadt fue motivo de celebración. Sus hazañas se convirtieron en leyenda, inspirando a nuevas generaciones de caballeros y habitantes a seguir el ejemplo de valor y libertad. Así, la historia de Varka se entrelazó con el viento, las montañas y los corazones de Mondstadt, dejando una huella imborrable en el destino de la ciudad y en las memorias de quienes la habitan.
El regreso de Varka y de los Caballeros se llenó de júbilo; sabían que solo estarían en Mondstadt por un corto tiempo, pues aún quedaba mucho por resolver en Nod Krai. Las calles se adornaron con banderines y flores, y los habitantes recibieron a sus héroes con gratitud y admiración. Para Varka, sin embargo, la celebración era apenas el preludio de nuevas responsabilidades. Bajo la atenta mirada de Jean, la Caballera Maestre Interina, Varka tuvo que pasar horas encerrado en su oficina, revisando documentos, presupuestos y otras tareas administrativas que normalmente recaían sobre Jean, pero que ahora, tras su regreso, debía asumir como era debido. A veces lograba escaparse a la taberna, aunque no siempre podía hacerlo, ya que Jean lo atrapaba rápidamente y le recordaba con firmeza sus obligaciones como Gran Maestre.
Estar de nuevo en Mondstadt era reconfortante; el viento traía consigo recuerdos de antiguas expediciones, del murmullo de las montañas y del eco de carcajadas junto a sus compañeros. Había echado de menos su tierra, la taberna donde disfrutaba de su apreciado Vino de Diente de León y las charlas con todos, con Kaeya, Rosaria, la pequeña Barbara, Lisa, Diluc. Allí, entre bromas y anécdotas, Varka podía relajarse y sentir el calor de la comunidad que tanto había protegido. Sin embargo, pese a estar rodeado de personas que lo apreciaban, Varka sentía una soledad desconocida al llegar a su villa, una sensación que nunca antes le había afectado pero que ahora pesaba en su corazón. El silencio de su hogar contrastaba con el bullicio de Mondstadt, y en las noches largas, el Gran Maestre reflexionaba sobre las decisiones tomadas y los caminos recorridos.
Aunque tenía casi cincuenta años, aparentaba menos edad gracias a la bendición del Lobo de Boreas y del Arconte Anémo; su vitalidad era prodigiosa, y su rostro conservaba el brillo de la juventud. Tal vez por eso nunca se había preocupado por no tener pareja. Su labor como Gran Maestre y Caballero lo llevaba a expediciones largas y peligrosas, recorriendo diversos lugares de Teyvant sin saber si regresaría vivo, y había visto la tristeza en los ojos de las familias de caballeros caídos, algo que nunca quiso provocar en nadie. Por eso jamás intentó casarse o formar una familia, aunque tuvo amantes a lo largo de los años, porque también era persona y tenía sus propias necesidades. En sus viajes, Varka conoció a muchas personas de diferentes culturas y costumbres, compartiendo momentos de cercanía que le enseñaron el valor de la amistad y la empatía, aunque nunca se atrevió a compartir plenamente su vida con alguien.
La soledad se convirtió en una compañera silenciosa, pero Varka aprendió a apreciarla; en ella encontraba el espacio para meditar sobre el futuro y recordar a los compañeros perdidos, honrando sus memorias y sus sacrificios. A veces, contemplaba el horizonte desde el balcón de su villa, dejando que el viento le susurrara historias y promesas de libertad. La ciudad, viva y vibrante, seguía adelante gracias a su legado, y Varka, aunque solo, sabía que su espíritu permanecería en Mondstadt tanto como el viento entre las montañas.
Sin sueño esa noche, Varka decidió dejar atrás la quietud de su villa y salir a caminar bajo el manto estrellado. Sus pasos, guiados por la intuición y el anhelo de compañía, lo llevaron al Reino de los Lobos, ese vasto paraje donde los árboles susurran leyendas antiguas y el aire parece vibrar con un poder ancestral. Los lobos, en cuanto lo vieron, se acercaron a él con alegría, rodeándolo y restregándose contra sus botas y manos, mostrando su afecto sincero. Varka, reconfortado por la calidez de esos fieles amigos, se sentó en una de las laderas, dejando que la brisa fresca acariciara su rostro mientras contemplaba la luna resplandeciente, tan llena y luminosa que parecía un faro en la noche eterna.
El silencio se llenó de matices: el crujir de las hojas, el susurro del viento, y los murmullos de los lobos, que a veces se tumbaban a su lado, atentos. De repente, un suave viento giró a su alrededor, trayendo consigo una melodía que solo el corazón de Mondstadt podría reconocer. Varka sonrió, y su sonrisa se ensanchó al escuchar la melodiosa voz del bardo, que parecía nacer del propio aire. - ¿Qué haces tan lejos, amigo mío? - preguntó Venti, sentándose junto a él sobre la hierba suave. -Es raro verte tan perdido en tus pensamientos; fue extraño que el viento me susurrara tu pena-.
Varka bajó la mirada, sintiendo el peso de sus emociones y el alivio de poder compartirlas con alguien de espíritu libre. El bardo, atento y lleno de empatía, aguardó en silencio, permitiendo que la noche se impregnara de confidencias y recuerdos. El Gran Maestre se tomó su tiempo antes de hablar, observando cómo los lobos seguían vigilantes y la luna continuaba su viaje por el firmamento. El viento, juguetón, acariciaba sus cabellos y entrelazaba las palabras no dichas entre los dos. Era una noche en la que el espíritu de Mondstadt, la soledad y la amistad se unían bajo la luna, y Varka por fin sintió que no debía cargar su destino en silencio.
-Me siento solo, hay mucha gente a mi lado, gente que sé que me aprecia, Venti, pero me siento solo y mi pecho duele- dijo Varka, su voz apenas un murmullo que se deslizaba entre las corrientes de aire nocturno. Sus palabras, cargadas de sinceridad y peso, parecían derramarse sobre la hierba como gotas de rocío. El bardo, sensible al dolor ajeno, lo observó con ojos comprensivos, acercándose aún más y posando suavemente una mano sobre su hombro, como si en ese gesto pudiera aliviar la carga invisible que lo atormentaba.
La noche los envolvía en su manto, y el silencio se volvió cómplice; en ese instante, el espacio entre ambos se llenó de una calidez inesperada, permitiendo que el Gran Maestre se reconociera vulnerable, sin temor al juicio ni a la vergüenza. Venti dejó que el viento acariciara el rostro de Varka, trayendo consigo aromas de flores y recuerdos de canciones antiguas, y lo animó con una mirada serena y palabras suaves: -El viento nunca está solo, y quienes lo amamos tampoco lo estamos, aunque a veces el corazón se sienta vacío. Tu dolor es real, pero también es el reflejo de la fuerza que te ha sostenido durante tantas batallas-
Varka cerró los ojos por un momento, permitiendo que la presencia del bardo y la noche repararan las grietas de su espíritu. Los lobos, atentos, se acercaron aún más, uno de ellos apoyando la cabeza sobre su rodilla, como si entendieran el sufrimiento de su líder. La luna brillaba intensamente, y el viento parecía susurrar promesas de compañía y esperanza. El Gran Maestre, rodeado de amigos sinceros y de la naturaleza misma, comprendió que la soledad podía ser compartida y que no debía cargarla en silencio.
Así, bajo el manto estrellado y el resguardo del Reino de los Lobos, Varka se permitió llorar, y el viento, como cómplice, llevó sus lágrimas hasta el corazón de Mondstadt, recordándole que la verdadera fortaleza reside en aceptar la vulnerabilidad y en abrirse a quienes están dispuestos a escuchar.
Venti hizo aparecer su lira y comenzó a tocar una melodía suave, cuyos acordes danzaban con el viento y se entrelazaban en los cabellos rubios de Varka. El bardo sonrió con esa gracia ligera que lo caracteriza y habló con ternura:
-Mi querido amigo, tus responsabilidades como Gran Maestre y Caballero de Boreas no deberían limitarte a estar solo. Sé que ese temor te acompaña, pero en todo Mondstadt, creo sinceramente que quien más merece tener a alguien a su lado eres tú-.
El sonido de la lira se desvaneció en el aire, y Venti se puso de pie, su figura bailando entre las sombras proyectadas por la luna. Su sonrisa se tornó más traviesa, mientras el viento recogía sus susurros, secretos que sólo él podía entender. Con un gesto despreocupado, levantó la lira y la hizo desaparecer entre sus manos, dejando que el aire vibrara con la promesa de algo inesperado.
-Bueno, no deberías preocuparte demasiado; más bien, prepárate para el torbellino y el vendaval que te golpearán-
Varka lo observó, desconcertado por aquellas palabras, sin comprender el verdadero significado de la advertencia. Sin embargo, no preguntó nada más al ver la expresión radiante y alegre del Arconte, cuya presencia llenaba la noche de esperanza y misterio. El viento susurraba a través de las hojas, llevando consigo una promesa de nuevos comienzos y posibilidades, y Venti, con una última sonrisa, dejó que la brisa lo envolviera, guiándolo hacia la siguiente canción, hacia el siguiente secreto del corazón de Mondstadt.
Por la mañana, cuando la luz apenas comenzaba a pintar de oro los tejados de Mondstadt, Varka ya se encontraba en el patio de entrenamiento, rodeado del fresco aroma del rocío. Observaba a Razor y Noelle, dos jóvenes cuyas aspiraciones y entrega eran tan evidentes como el brillo en sus ojos. Con movimientos firmes y palabras justas, el Gran Maestre guiaba el vaivén de los mandobles en el aire, corrigiendo posturas, alentando el esfuerzo. Noelle, siempre dedicada, buscaba esa perfección que sentía necesaria para ser digna Caballera de Favonius; cada golpe era un paso más hacia su sueño. Razor, por su parte, mostraba progresos notables: el niño lobo, que antes prefería el silencio de los bosques, ahora se expresaba con mayor claridad, en parte gracias a la paciencia y compañía de Lumine, y hallaba en el entrenamiento el ritmo natural que había conocido en la manada.
El sol apenas despuntaba cuando el sonido de pasos decididos interrumpió la práctica. Era Eula, la Capitana de los Caballeros de Favonius, cuya presencia imponía respeto. Se detuvo frente a Varka y, tras un saludo formal, informó con voz grave: -Gran Maestre, hemos recibido reportes inquietantes. Algunas personas aseguran haber visto un fantasma merodeando cerca del Valle Dadaupa. He enviado varios exploradores, pero ninguno ha encontrado rastro alguno. Sin embargo, la gente no deja de acudir preocupada-. Mientras hablaba, la brisa agitaba su capa azul, sumando dramatismo al anuncio.
Varka escuchó con atención, sus ojos iluminados por una chispa de diversión apenas contenida. Era consciente de que estas misiones, a menudo, le permitían escapar por un momento de los interminables documentos y las constantes demandas administrativas de Jean. Así que, con una sonrisa cómplice y un guiño, respondió: -Iré yo mismo a investigar, Eula. No te preocupes-. Noelle lo miró con admiración y Razor le deseó suerte con su voz tímida pero firme. Varka se despidió de ambos, depositando una mano cariñosa sobre sus hombros, y recogió su mandoble, sintiendo el peso familiar de la hoja en sus manos.
Pronto, emprendió el camino hacia el Valle Dadaupa, dejando atrás el bullicio de la ciudad y adentrándose en la calma del bosque, donde el canto de los pájaros y el crujir de las hojas bajo sus botas acompañaban sus pensamientos. Mientras avanzaba, Varka reflexionaba sobre las leyendas y temores que danzan al borde de la realidad en Mondstadt, preguntándose si detrás de aquella historia de fantasmas se escondía algún misterio digno de un verdadero Caballero de Favonius. Sin embargo, más allá de la misión, sentía en el pecho la reconfortante certeza de que, a pesar de la soledad y el peso de sus responsabilidades, jamás caminaba realmente solo.
Le llevó un par de horas llegar al Valle Dadaupa, pues el sendero serpenteaba entre árboles centenarios y claros donde la luz se filtraba apenas en destellos dorados, acompañando el paso de Varka. Durante su trayecto, se detuvo a conversar con las pocas personas que deambulaban por la zona; cada una contaba, con voz baja y mirada inquieta, historias similares: en las noches, el aire se llenaba de cantos tan hermosos que parecían venir de otro mundo, y la silueta de una mujer de belleza etérea se dejaba ver entre las sombras de los árboles. Sin embargo, tan pronto como alguien intentaba acercarse, la figura desaparecía sin dejar rastro, como si se fundiera con la brisa o la niebla.
Intrigado por la insistencia y el misterio en los relatos, Varka decidió quedarse en el Valle hasta el anochecer. Preparó un pequeño campamento bajo las ramas de un roble, dispuesto a esperar el momento en que los rumores cobraran vida. El bosque, al caer la tarde, se volvió aún más silencioso, cada sonido amplificado por la expectativa. Mientras el sol se despedía, tiñendo de púrpura el horizonte, Varka observaba atento cualquier movimiento entre los árboles, convencido de que descubriría la verdad tras aquellas canciones y apariciones. El aire parecía susurrar promesas de revelaciones, y el Gran Maestre, armado de valor y paciencia, se dejó envolver por la magia de la noche, dispuesto a enfrentar lo desconocido.
La primera noche, Varka se limitó a observar en completo silencio, fascinado por el espectáculo insólito que se desplegaba ante sus ojos. El Valle Dadaupa se transformó en un escenario de ensueño: las luciérnagas surgieron en oleadas, iluminando la oscuridad con sus destellos dorados, y mariposas iridiscentes, creaturas de alas translúcidas y matices cambiantes, como fragmentos de arcoíris, danzaban entre la penumbra, creando un aura mágica sobre la hierba. Cada movimiento parecía guiado por el mismo susurro del viento, como si la naturaleza celebrara un misterio antiguo. A medida que los minutos avanzaban, miles de flores desconocidas brotaron repentinamente, tapizando el Valle con colores que Varka jamás había contemplado: rojos profundos, violetas eléctricos, azulados que recordaban el cielo nocturno, y dorados que competían con la luz de las luciérnagas. El aire se impregnó de aromas dulces y frescos, tan intensos que casi tenían textura. Todo el entorno parecía latir con una energía invisible, como si el propio Valle respirara junto a él. Finalmente, entre el murmullo de la brisa y el vaivén de las sombras, la silueta de una hermosa mujer emergió. Su figura era difusa, envuelta por una luz plateada, y su canto resonaba suave y etéreo, llenando el ambiente con una melodía que evocaba tanto nostalgia como esperanza. Caminaba con gracia, casi levitando entre los árboles; Varka intentó seguirla con la mirada y acercarse, pero sus rasgos se mantenían ocultos, y cada intento de alcanzarla era frustrado por la distancia o la propia magia del lugar. La mujer jamás cayó en las trampas que él había dispuesto alrededor del campamento: era como si percibiera su presencia, esquivando cada obstáculo con una naturalidad misteriosa y elegante. Al amanecer, todo aquel despliegue mágico desapareció sin dejar rastro. Las luciérnagas se extinguieron, las mariposas volaron hacia el horizonte, y las flores se esfumaron como vapor, dejando el Valle tan común y silencioso como siempre. Varka, aún sorprendido y cautivado por lo vivido, comprendió que aquella aparición era más que un simple rumor: era un enigma que merecía ser descubierto. Con renovada determinación, se preparó para esperar la llegada de la siguiente noche, convencido de que esta vez lograría atrapar a la misteriosa cantante y desvelar los secretos que el Valle Dadaupa guardaba celosamente.
Durante la segunda noche, el Valle Dadaupa volvió a sumirse en una atmósfera de ensueño, bañada por esa magia etérea que parecía surgir solo bajo el manto nocturno. Varka, decidido a desvelar el misterio, aguardó entre las sombras, con la respiración contenida y cada sentido alerta. El aire vibraba con el canto de la misteriosa mujer, una melodía tan dulce y envolvente que parecía trenzarse con la brisa y el murmullo de las hojas. El Gran Maestre se movió con sigilo, aprovechando la penumbra y el vaivén de la luz lunar sobre las flores que decoraban el claro.
La mujer avanzaba con gracia, su figura envuelta en un resplandor plateado, y Varka, impulsado tanto por curiosidad como por la inquietud de sus propias dudas, se abalanzó decidido a atraparla. Por fin, sus manos lograron rodear algo suave, desconocido, que le desconcertó profundamente. Durante unos segundos, sintió la extrañeza de aquel contacto, apretando con delicadeza para descubrir su naturaleza, pero no tuvo tiempo de analizarlo: la reacción de la mujer fue instantánea. Una bofetada, rápida y contundente, impactó en su rostro, lanzándolo sin piedad hasta quedar de cabeza cerca del tronco de un árbol, rodeado de hojas y tierra.
Aturdido, Varka parpadeó varias veces, tratando de entender lo que acababa de ocurrir. Su visión se fue aclarando lentamente, y entonces encontró a la mujer en el suelo, cubriéndose el pecho con ambas manos, el rostro encendido de vergüenza y enojo, los ojos brillando como luciérnagas en la penumbra. Por un instante, el silencio se apoderó del Valle; ni los insectos ni el viento se atrevieron a interrumpir ese momento de tensión. Varka, aún sin comprender del todo, murmuró con voz temblorosa: -¡Oh! Entonces eso blando eran...-
La brisa, cómplice, pareció reírse entre las hojas del roble, y las mariposas iridiscentes volvieron a bailar alrededor de ambos, como si la naturaleza celebrara el inesperado giro de los acontecimientos. La mujer, todavía ruborizada, mantuvo la distancia, lanzando una mirada entre la advertencia y la timidez. Varka, apenado y sorprendido, se incorporó despacio, sin acercarse más, y bajó la mirada, comprendiendo que el misterio del Valle Dadaupa era mucho más humano y delicado de lo que imaginaba. El canto se apagó por unos momentos, pero la magia permaneció: las flores resplandecían bajo la luna, y el Gran Maestre supo que había cruzado un umbral, que el secreto guardado entre los árboles era, en parte, el respeto por el mundo de lo invisible y la sensibilidad de quienes lo habitan.
Varka sonrió y soltó una sonora carcajada, el eco de su risa retumbando entre los árboles, en un intento por disipar el bochornoso momento que acababa de vivir. Sin embargo, la reacción de la mujer fue aún más severa: lo miró con una ira creciente, los ojos amatistas chispeando bajo la luz plateada de la luna.
-Lo siento, no fue mi intención tocarla indebidamente- balbuceó Varka, bajando la voz y el rostro, -es solo que estaba investigando algo y bueno... lo siento mucho-. Las palabras parecían flotar en el aire, cargadas de nerviosismo y genuina vergüenza.
Recuperando algo de compostura, Varka se puso de pie con torpeza, sacudiéndose hojas y tierra de la armadura. La mujer lo imitó, pero mantuvo la distancia, aun cubriéndose el pecho con ambas manos, la postura rígida y el rostro encendido, alternando entre enojo y desconcierto. Durante unos segundos ambos evitaron mirarse directamente, sumidos en un silencio incómodo en el que ni el viento ni los insectos se atrevían a intervenir.
Para escapar de la tensión, Varka decidió observar a su misteriosa interlocutora con atención. Pronto notó algo extraño: la mujer miraba a su alrededor con una expresión de profunda sorpresa, como si no reconociera el lugar en el que se hallaba. Sus ojos recorrían el entorno, deteniéndose en cada árbol, flor y destello de luz, como si intentara comprender los secretos del Valle Dadaupa. Era de estatura baja, quizá un metro sesenta, su figura delicada y elegante, definida por proporciones armoniosas que resaltaban la belleza de su cuerpo. La piel, extremadamente blanca, recordaba la porcelana fina, reflejando la luz nocturna con un brillo etéreo que la hacía parecer casi irreal.
Su cabello largo y plateado caía en ondas sobre sus hombros, moviéndose suavemente al compás de la brisa, y enmarcaba un rostro de rasgos extraordinarios: los ojos amatistas, profundos y enigmáticos, transmitían una mezcla de curiosidad, temor y dignidad. Las orejas, largas y puntiagudas, sobresalían entre su cabello y confirmaban lo que Varka sospechaba: aquella mujer no era humana, o al menos no como las personas de Mondstadt. Su presencia carecía del aura común de los habitantes del continente, y parecía envolverla una energía singular, misteriosa, que desafiaba la lógica y las leyendas.
Durante largos instantes, la tensión persistió entre ambos. Las mariposas iridiscentes reanudaron su danza alrededor de la pareja, y las flores bajo la luna brillaban con renovada intensidad, como si la naturaleza quisiera suavizar la incomodidad, invitando a la reconciliación. Varka, consciente de la delicadeza del momento, decidió no acercarse más, manteniendo una distancia respetuosa. Aunque su curiosidad era inmensa.
Así, el Gran Maestre permaneció en silencio, esperando a que la mujer se sintiera suficientemente segura para hablar. El aire, cargado de magia y misterio, parecía suspender el tiempo. En el corazón del Valle, bajo la mirada de los árboles antiguos y el testigo de la luna, Varka pensó que quizá estaba frente a una invitada de otro mundo, un espíritu errante o una criatura ancestral cuya historia aún estaba por descubrirse.
La mujer, finalmente, bajó las manos y se atrevió a hablar, su voz suave y melodiosa resonando en el aire, pero el idioma que empleó resultó tan extraño para Varka que apenas pudo distinguir palabra alguna. Los sonidos parecían danzar con el viento, mezclándose con el murmullo de las hojas, y por un momento el Gran Maestre sintió que estaba ante un enigma viviente, una presencia de otro mundo. Sin embargo, él, decidido a mostrar su buena voluntad, intentó aproximarse despacio, con gestos cuidadosos y el semblante avergonzado, buscando alguna señal de reconciliación.
Ese día, sin embargo, la fortuna parecía estar en contra de Varka. El destino, burlón, le jugó una mala pasada: tropezó torpemente con una roca oculta entre la maleza, y su cuerpo se precipitó hacia adelante, perdiendo por completo el equilibrio. Por pura suerte y reflejo, logró evitar un golpe directo contra el suelo al aferrarse a lo primero que alcanzó a tocar. Al darse cuenta, sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo: sus manos estaban apoyadas otra vez en el pecho de la mujer y su rostro quedó encajado entre sus senos, atrapado en una posición tan comprometida como ridícula. Varka se maldijo por lo bajo, su mente atormentada por el bochorno, y pudo ver claramente el furor desbordado en el rostro de la joven, cuyos ojos amatistas chispeaban con una intensidad asombrosa.
Trató de disculparse, balbuceando palabras entre dientes, pero antes de que pudiera articular una frase coherente, la mujer descargó sobre él un golpe tan potente que era difícil de creer que proviniera de alguien de apariencia tan delicada. La fuerza de su brazo fue tal que Varka salió despedido por los aires, volando encima del claro hasta aterrizar de forma aparatosa, quedando colgado entre las ramas de un árbol cercano. Las hojas y ramitas se enredaron en su armadura y cabello, mientras intentaba recomponerse, aturdido por el inesperado castigo.
Mientras colgaba de las ramas y trataba de entender lo que acababa de suceder, el valle se llenó de una carcajada estridente, tan contagiosa y vivaz que resonó entre los árboles. Era Venti, el bardo travieso, quien se encontraba justo debajo, doblado de risa ante la escena surrealista. Varka, con el rostro rojo y el orgullo herido, no sabía si reír o maldecir su suerte. Venti, incapaz de contenerse, se secaba las lágrimas de tanto reír y, entre carcajadas, gritó:
-¡Gran Maestre, veo que el misterio del Valle Dadaupa es mucho más peligroso de lo que imaginabas! Tal vez deberías aprender a mirar por donde pisas- bromeó, lanzando una mirada cómplice a la mujer, que aún mantenía la distancia, respirando con fuerza y con el rostro encendido.
El aire, cargado de magia y de eco de risas, parecía suspender el tiempo. Las mariposas volvieron a rodear a la pareja, suavizando el ambiente, mientras las flores bajo la luna brillaban con renovada intensidad. El Gran Maestre, avergonzado y fascinado a partes iguales, supo que aquel encuentro sería recordado como una de las más curiosas y embarazosas historias del Valle Dadaupa, y que el secreto guardado entre los árboles era, en parte, aprender a respetar lo desconocido y a reírse de uno mismo cuando el destino decide ser travieso.
Venti, aún doblado de risa, se acercó al árbol donde Varka colgaba, y con la elegancia propia de un Arconte, alzó una mano y susurró al viento. Una corriente suave y cálida se formó, envolviendo a Varka y ayudándolo a descender lentamente, como si el aire mismo tuviera manos invisibles que lo depositaran sano y salvo sobre el césped. El Gran Maestre, todavía aturdido y lleno de hojas, agradeció con un gesto avergonzado, mientras Venti le sonreía con picardía, disfrutando hasta el último instante de aquel espectáculo.
Sin perder el ímpetu de la escena, el bardo se acercó a la misteriosa mujer, manteniendo una distancia respetuosa. Alzando ambas manos, permitió que el viento brillara en un tenue verde que iluminó sus dedos y se arremolinó suavemente alrededor de las manos de la visitante. La luz danzaba como mariposas, tocando la piel de la mujer y envolviéndola con una energía mágica. Ella, impresionada por el poder de Venti, inclinó la cabeza en señal de respeto, aunque al mirar a Varka, sus ojos lanzaron una mirada fulminante que no dejaba duda sobre su disgusto.
La mujer avanzó unos pasos, su voz se alzó y llenó el aire, pronunciando palabras en un idioma que aún parecía ajeno al Valle. Los sonidos, fluidos y misteriosos, se mezclaron con el viento, y Venti, con su habitual serenidad, asintió y le respondió con una sonrisa tranquilizadora. Luego, acercándose con delicadeza, tocó la frente de la mujer. De inmediato, una marca Anemo apareció, resplandeciente, en su piel, como si la brisa nocturna hubiera dejado un signo de bienvenida.
El bardo, con voz melodiosa y llena de esperanza, preguntó: - ¿Qué tal ahora? ¿Puedes entender nuestro lenguaje? -. El silencio se extendió por breves segundos y todo el valle pareció contener la respiración, esperando la respuesta de aquella misteriosa visitante, mientras la luz verde del viento seguía revoloteando a su alrededor como una promesa de nuevos comienzos.
-Sí, ahora puedo comprenderlo- afirmó, con un brillo de alivio en los ojos y la voz aún impregnada de asombro por el inesperado cambio. Miró con cautela a su alrededor, observando los árboles, la suave brisa y la luz que danzaba entre las hojas, y prosiguió: - ¿Podría decirme dónde estoy? Estoy casi segura de que este lugar no es el Bosque de los Olivos y las Zarzas Plateadas. Todo aquí parece diferente, como si estuviera lejos de casa, rodeada de magia que no reconozco-.
Tras una breve pausa, bajó la mirada y, con una sonrisa tímida y gesto de cortesía, añadió: -Lo siento si mi presencia ha causado algún desconcierto. Mi nombre es Athelier, soy una Alto Elfo. Provengo de tierras lejanas, donde los bosques resplandecen bajo la luna y las zarzas plateadas protegen los secretos ancestrales de mi pueblo. No sé cómo he llegado aquí, pero la brisa y la energía de este valle me resultan ajenas y fascinantes a la vez. ¿Podrían ayudarme a entender este lugar? ¿Quizá orientarme para regresar a mi hogar? -
Sus palabras flotaron en el aire, impregnadas de una mezcla de nostalgia y esperanza, mientras la marca Anémo seguía brillando suavemente sobre su frente, como símbolo de que nuevas aventuras y respuestas podrían estar a punto de revelarse en el Valle Dadaupa.
Venti, aún con la sonrisa traviesa en el rostro, se acercó a Varka y le lanzó una mirada alentadora, invitándolo a tomar la palabra. El Gran Maestre, todavía cubierto de hojas y con el rubor persistente en las mejillas, carraspeó para recuperar la compostura. Sus ojos se fijaron en Athelier, y hablando con una mezcla de sinceridad y vergüenza, expresó:
-Lamento profundamente la ridícula y bochornosa forma en que nos hemos conocido; nunca fue mi intención tocarla indebidamente ni causar incomodidad. Permítame presentarme apropiadamente: soy Varka, Gran Maestre de los Caballeros de Favonius y Caballero de Boreas. El bardo que me acompaña es Venti, el Arconte Anémo, protector de los vientos de Mondstadt. Y, sinceramente, jamás he escuchado hablar del bosque del que proviene, pues este es el Valle Dadaupa, situado dentro de la región de Mondstadt, en el continente de Teyvant.
Athelier parpadeó varias veces, sorprendida por la revelación. Sus ojos recorrieron el entorno, deteniéndose en las mariposas que danzaban entre la luz y el viento, en las flores que brillaban bajo el manto lunar. Finalmente, con voz suave y temblorosa, compartió su asombro: -Por eso la magia de este lugar me resulta tan extraña… Creo que he viajado a otro mundo, uno donde las leyes y fuerzas que conozco han cambiado por completo. Mi hogar está muy lejos de aquí, en bosques bañados por la luz plateada y custodiados por zarzas ancestrales. Nunca imaginé que la brisa pudiera llevarme tan lejos a través los confines de la realidad. Es inquietante y fascinante a la vez, y agradezco que me hayan recibido con amabilidad pese a lo insólito de mi llegada-.
El silencio se instaló unos instantes, mientras el brillo de la marca Anémo en la frente de Athelier parecía pulsar en armonía con el viento. Venti y Varka intercambiaron miradas, comprendiendo que el destino les había reunido para ser testigos de algo fuera de lo común. Venti, con su característico tono alegre, dijo: -No te preocupes, Athelier el Valle Dadaupa tiene la costumbre de sorprender a quienes lo visitan. Aquí, magia, historias y risas siempre encuentran la manera de entrelazarse. Tal vez este encuentro sea el inicio de una nueva aventura-. Dijo mirando a Varka y después a ella, sonriendo como si su travesura hubiera sido todo un éxito.
Varka asintió, el orgullo restaurándose poco a poco, y añadió: -Te ayudaremos en todo lo que esté a nuestro alcance. Mondstadt es una tierra de hospitalidad y coraje; quizá podamos encontrar alguna pista que te ayude a regresar a tu hogar-.
