Capítulo 1
El rugido grave y elegante del motor de un Aston Martin DB11 negro mate cortaba la tranquilidad de la mañana de sábado. Dentro de la cabina, envuelta en el olor a cuero caro y colonia de diseñador, el ambiente era cualquier cosa menos sereno. Era eléctrico, ruidoso y rebosante de una química innegable.
Al volante iba Satoru Gojo. A sus veintitantos años, el heredero de una de las familias más ricas e influyentes del país no pasaba desapercibido en ningún lugar. Su altura era imponente, rozando el metro noventa, con unas extremidades largas que hacían que el espacioso interior del deportivo pareciera casi hecho a medida para él. Llevaba puesto un conjunto informal que costaba más que el alquiler de un año de una persona promedio: unos pantalones de chándal negros de caída perfecta y una camiseta blanca de algodón egipcio que se ajustaba a sus hombros anchos y su torso magro.
Pero lo que realmente detenía el tráfico no era su ropa, ni siquiera su coche. Era su rostro. Satoru poseía una belleza casi insultante. Su mandíbula estaba esculpida con una precisión letal, sus pómulos altos y aristocráticos enmarcaban una nariz recta y perfecta. Su cabello, de un blanco puro como la nieve recién caída, caía en mechones rebeldes sobre su frente. Y luego estaban sus ojos. Ocultos parcialmente por unas pequeñas gafas de sol redondas de montura negra que descansaban en el puente de su nariz, se asomaban dos orbes de un azul tan profundo, vibrante y cristalino que parecía contener la inmensidad del cielo mismo. Eran ojos que te escaneaban, te desarmaban y te dejaban sin aliento en fracciones de segundo.
Sin embargo, a la mujer sentada en el asiento del copiloto, esos ojos no la intimidaban en lo más mínimo. De hecho, estaba ocupada ignorándolos mientras revisaba su teléfono, con una sonrisa radiante y traviesa dibujada en sus labios perfectos.
Ella era un espectáculo por derecho propio. Llevaba el cabello rubio cenizo recogido en un moño alto y algo desordenado, dándole un aire casual pero increíblemente atractivo. Llevaba puesto un ajustado top deportivo negro con cuello halter que abrazaba su torso, resaltando su figura de reloj de arena, pero era la mitad inferior de su cuerpo la que siempre acaparaba las miradas (y la total devoción de Satoru).
Vestía unos shorts deportivos de color verde oliva, tan cortos y ajustados que parecían una segunda piel. Estos shorts hacían un trabajo fenomenal al acentuar sus atributos más notorios: unas piernas gruesas, poderosas y gloriosamente tonificadas, muslos carnosos que hablaban de horas de sentadillas y peso muerto, y unas nalgas grandes, redondas y firmes que desafiaban la gravedad. Completando su atuendo, llevaba unos calcetines blancos tobilleros y unas zapatillas deportivas grises y blancas. En una mano sostenía su teléfono y en la otra un termo de agua de color rosa pastel.
—Sigo pensando que es un crimen —declaró Satoru de repente, rompiendo el breve silencio que había caído entre ellos mientras esperaban en un semáforo en rojo. No apartó la vista de la carretera, pero una sonrisa arrogante se curvó en sus labios.
Ella levantó la vista de la pantalla, sus ojos brillando con diversión.
—¿Qué es un crimen ahora, Satoru? ¿Que no hayan puesto tu rostro en los billetes de cien dólares todavía?
Satoru soltó una carcajada genuina, una risa rica y profunda que vibró en el pecho de ella. Giró la cabeza para mirarla, bajando ligeramente sus gafas de sol para clavar esos penetrantes ojos azules en ella.
—Eso es una tragedia nacional, preciosa, pero no es de lo que hablaba —dijo, estirando su larga mano derecha para descansar sobre la consola central, rozando el muslo de ella—. Hablaba de que es un crimen que encierres toda esta... —hizo un gesto vago con la mano, señalándola de arriba a abajo— majestuosidad en un gimnasio lleno de idiotas sudorosos durante dos horas en nuestro día libre.
Ella rodó los ojos, pero la sonrisa en su rostro solo se ensanchó. Su sonrisa era deslumbrante, iluminaba por completo el interior del auto y hacía que a Satoru se le saltara un latido cada vez que iba dirigida a él.
—Esta "majestuosidad" —replicó ella, imitando su tono pomposo—, no se mantiene a base de aire y tu ego desmedido, Satoru. Alguien tiene que trabajar las piernas en esta relación. Ya que tú te niegas a hacer sentadillas porque dices que "tus proporciones divinas se arruinarían".
—¡Es la pura verdad! —Satoru fingió estar ofendido, llevándose una mano al pecho de manera dramática mientras el semáforo cambiaba a verde y aceleraba suavemente—. Mis piernas son largas, estilizadas y perfectas para patear traseros en reuniones de junta directiva. No necesito muslos gruesos. Para eso te tengo a ti. Eres la fuerza bruta de la pareja; yo soy la belleza delicada.
Ella soltó una carcajada abierta, echando la cabeza hacia atrás.
—¿Tú? ¿Belleza delicada? Por favor. Eres un monstruo de casi dos metros que come más dulces que un niño de cinco años en Halloween y milagrosamente tiene abdominales. La vida es muy injusta.
—Es genética superior, nena. —Él le guiñó un ojo—. Deberías estar agradecida de que te permita caminar a mi lado.
—Ah, ¿sí? —Ella se inclinó hacia él, su rostro a centímetros del de Satoru, desafiante—. Porque la última vez que salimos a cenar, el camarero casi se tropieza tres veces mirando mis piernas mientras ignoraba por completo tus "proporciones divinas".
Satoru chasqueó la lengua, recordando el incidente. Su mandíbula se tensó por un microsegundo, un destello de posesividad cruzando sus ojos zafiro antes de que lo ocultara con otra sonrisa burlona.
—Ese camarero necesitaba gafas, y posiblemente un nuevo empleo si lo hubiera reportado —murmuró, su tono repentinamente un poco más ronco—. Pero no puedo culparlo. Tienes las mejores piernas de la ciudad. Tal vez del país. Es por eso que no me gusta llevarte a ese gimnasio. Tienes a todos esos musculitos de cerebro de maní babeando por ti.
—Satoru Gojo, ¿estás celoso? —preguntó ella, canturreando, visiblemente encantada de haber tocado su punto débil.
—¿Celoso? ¿Yo? —Satoru bufó, girando el volante para entrar al estacionamiento del exclusivo centro de acondicionamiento físico—. El Gran Satoru Gojo no siente celos. Siento... una profunda preocupación cívica por la seguridad vial, ya que provocas accidentes de tráfico cuando caminas en esos shorts verdes. En serio, deberían ser ilegales. Son un peligro público.
—Amas estos shorts y lo sabes —respondió ella con seguridad, golpeando suavemente el hombro de él.
—Los amo cuando estamos en mi apartamento y soy yo quien los está quitando —replicó él sin perder el ritmo, su voz baja y cargada de una promesa que hizo que un agradable escalofrío recorriera la espina dorsal de la mujer.
Ella se sonrojó levemente, pero mantuvo su sonrisa radiante. Satoru siempre lograba desarmarla con esa mezcla letal de humor infantil, arrogancia absoluta y una intensidad romántica abrasadora.
Satoru estacionó el Aston Martin en el espacio VIP más cercano a la entrada, una pequeña ventaja de ser quien era. Apagó el motor y se giró hacia ella, quitándose finalmente las gafas de sol por completo y dejándolas en el salpicadero. Sin el obstáculo de los cristales oscuros, la belleza de sus ojos azules era casi irreal. La miraron con una suavidad que reservaba exclusivamente para ella.
—Bien, mi poderosa amazona. Hemos llegado al templo del sudor —anunció él, suspirando de forma exagerada.
Ella recogió su termo rosa y su teléfono, abriendo la puerta.
—No llores, dramático. Serán solo un par de horas. Prometo hacer una ronda extra de empuje de cadera solo para ti.
—Esa es la motivación que necesito para no morirme de aburrimiento mientras te espero —dijo él, apoyando el brazo en el volante y recostando la cabeza, observándola.
La mujer salió del vehículo. Al pisar el asfalto del estacionamiento, que estaba salpicado de algunos charcos por una llovizna de la madrugada, cerró la puerta de un empujón. Satoru bajó la ventanilla al instante, negándose a perderse un solo segundo del espectáculo.
Desde su asiento, Satoru tenía un asiento de primera fila para su vista favorita en el mundo. Ella comenzó a caminar hacia la entrada del gimnasio, pasando junto a las filas de camionetas grises y plateadas aparcadas. Su caminar era seguro, atlético y con un contoneo natural que era hipnótico.
Cada paso que daba hacía que sus densos y tonificados muslos se movieran con una firmeza envidiable, y los ajustados shorts verde oliva se adaptaban a cada curva de sus voluptuosas caderas y sus nalgas grandes. Era una figura imponente y hermosamente femenina, una obra de arte esculpida en carne y hueso. La camiseta negra sin mangas dejaba a la vista sus brazos ligeramente musculosos y su espalda recta.
Satoru se recargó en el asiento, mordiéndose ligeramente el labio inferior, perdiéndose en la visión. Dios, estaba irremediablemente enamorado de esa mujer. Le encantaba su actitud, cómo le respondía, su sentido del humor y, por supuesto, ese cuerpo pecaminoso que lo volvía loco.
A unos diez metros de distancia, cerca de uno de los grandes charcos de agua, ella se detuvo. Llevaba el termo rosa colgando de los dedos en una mano y el teléfono en la otra. Se giró hacia atrás, sobre su hombro, para mirarlo.
Esa sonrisa. Esa maldita y hermosa sonrisa amplia que le iluminaba todo el rostro, cerrando ligeramente sus ojos en medias lunas adorables.
—¡Pórtate bien, Satoru! ¡No asustes a nadie mientras me esperas! —le gritó amablemente, agitando ligeramente su teléfono a modo de despedida antes de darse la vuelta de nuevo para continuar su camino.
—¡Yo siempre me porto bien! —le gritó él en respuesta, aunque todos sabían que era una gran mentira.
Ella caminó unos cinco pasos más. El aire fresco de la mañana jugueteaba con algunos mechones sueltos de su moño. Satoru ya estaba buscando su propio teléfono para distraerse, calculando cuántos minutos faltaban para volver a verla.
Pero de repente, ella se detuvo en seco.
Un pensamiento cruzó su mente. Miró hacia la entrada de cristal del gimnasio y luego volvió la vista hacia el coche deportivo.
Un momento, pensó ella. Esa fue una despedida patética.
Acababa de bajarse del coche de su increíblemente guapo, exasperante y maravilloso novio con apenas un "pórtate bien" y un movimiento de mano desde lejos. Después de todo el coqueteo en el camino, se sentía... incompleto. Se sintió fría de repente, y no era por el clima. Era por la ausencia del calor de Satoru.
Con una nueva sonrisa formándose en sus labios, esta vez más traviesa, mordiéndose suavemente el labio inferior, giró sobre sus talones. Sus zapatillas grises y blancas chapotearon ligeramente cerca del borde del charco mientras desandaba el camino.
Satoru, que tenía una especie de radar interno sintonizado permanentemente a la frecuencia de ella, levantó la vista del teléfono de inmediato. Sus cejas blancas se alzaron con curiosidad al ver que su hermosa novia regresaba hacia el coche.
Observó cómo la cadencia de su caminar había cambiado. Ya no era el paso atlético hacia el gimnasio; era un caminar deliberado, con un ligero balanceo de caderas que hizo que a Satoru se le secara la garganta. La forma en que sus gruesos muslos se rozaban ligeramente y cómo los shorts verdes delineaban la plenitud de sus caderas mientras se acercaba de frente a él... era tortura y paraíso al mismo tiempo.
Ella llegó hasta la ventanilla bajada del lado del conductor, deteniéndose justo enfrente de él. Se apoyó con una mano en el marco de la puerta del coche, inclinando el torso hacia adentro. La cercanía permitió que Satoru captara el aroma de su perfume: vainilla fresca mezclada con algo floral y limpio.
—¿Olvidaste algo, preciosa? —preguntó Satoru, su voz bajando un tono, sonriendo con esa típica suficiencia atractiva—. ¿Tus auriculares? ¿Tu toalla? ¿Acaso ya te rendiste y decides que prefieres quedarte aquí conmigo?
Ella apoyó el termo rosa en el techo del auto y se inclinó aún más, invadiendo por completo el espacio personal de Satoru. Él no se apartó ni un milímetro; de hecho, inclinó su largo cuello hacia ella, su rostro de rasgos perfectos a escasos centímetros del de ella. Sus intensos ojos azules la miraban con una mezcla de anticipación y adoración.
—Olvidé algo importante, sí —susurró ella, su voz suave y melódica, sus ojos paseándose por los labios pálidos y simétricos de él—. Olvidé despedirme de mi novio como es debido.
Antes de que Satoru pudiera formular una de sus respuestas ingeniosas y sarcásticas, ella levantó su mano libre y acarició con suavidad la suave piel de su mejilla, trazando la línea perfecta de su mandíbula. Luego, cerró la distancia.
Sus labios se encontraron en un beso que no tuvo nada de tímido. Fue fogoso, dulce e inmediato.
Ella presionó su boca contra la de él con firmeza, y Satoru respondió al instante, abriendo ligeramente los labios para recibirla. La mano gigante de él, la misma que minutos antes se burlaba de sus "proporciones delicadas", subió rápidamente para ahuecar la nuca de ella, sus largos dedos enredándose en el cabello suelto en la base de su cuello, acercándola aún más con una fuerza posesiva pero gentil.
El beso se profundizó en segundos. Era un choque de temperaturas; los labios de Satoru estaban cálidos, y ella saboreó el vago dulzor del café y la menta. Ella soltó un pequeño y suave gemido en su boca, un sonido que hizo que Satoru perdiera el control de su habitual compostura. Él inclinó la cabeza, buscando un mejor ángulo, devorando la suavidad de sus labios, transmitiendo toda la pasión reprimida y el amor abrumador que sentía por la dueña de esas espectaculares curvas y esa sonrisa brillante.
Fue un beso que te hace olvidar dónde estás. En el estacionamiento del gimnasio, a plena luz del día, rodeados de coches grises y charcos de agua, durante ese largo y ardiente minuto, solo existían ellos dos. La textura de la camiseta negra de ella bajo el roce del brazo de Satoru, el calor que irradiaba el rostro perfecto del peliblanco, la respiración entrecortada que compartían.
Finalmente, cuando la necesidad de oxígeno se hizo imperativa, ella se apartó lentamente, rompiendo el contacto con un suave sonido húmedo. Mantuvo su rostro cerca del de él, sus frentes casi tocándose.
Satoru Gojo, el hombre que nunca se quedaba sin palabras, el genio intocable, parpadeó un par de veces, visiblemente aturdido. Sus increíbles ojos azules estaban ligeramente dilatados, y sus labios, habitualmente curvados en una sonrisa burlona, estaban húmedos y entreabiertos, enrojecidos por la presión del beso.
Ella soltó una risita suave y victoriosa al ver la expresión en su rostro perfecto. Le había robado el aliento al invencible Satoru.
—Ahora sí —susurró ella, acariciando con el pulgar el labio inferior de él, limpiando un rastro invisible de humedad—. Ya me puedo ir tranquila.
Satoru se aclaró la garganta, intentando recuperar su fachada de chico genial, pero la sonrisa tonta e inmensamente feliz que se formó en su rostro lo delató por completo.
—Si... si esa es tu forma de despedirte cada vez —murmuró él, su voz ronca y profunda—, te llevaré a todas partes. Al gimnasio, al supermercado, al fin del mundo si hace falta.
Ella sonrió radiante, recogiendo su termo del techo del coche. Se irguió, arreglándose el top negro y dándole una última mirada cargada de picardía y afecto.
—Te tomo la palabra, Gojo. No te muevas de aquí, grandulón. Y no te comas todos mis snacks de la guantera.
—No prometo nada de eso —respondió él, apoyando el brazo en la puerta, recuperando su sonrisa arrogante—. Destruye esas piernas por mí, nena.
—Lo haré —dijo ella, guiñándole un ojo.
Se dio la vuelta y retomó su camino hacia el gimnasio. Satoru la vio alejarse una vez más. Observó la impresionante caída de sus caderas, el movimiento fuerte y rítmico de sus gruesos muslos bajo la tela verde, y la confianza absoluta que irradiaba cada poro de su ser.
Satoru suspiró, recostándose en el asiento de cuero, con el sabor dulce de su beso aún bailando en sus labios. Se pasó una mano por el cabello blanco, sonriendo como un completo idiota enamorado hacia el techo de su lujoso auto.
Efectivamente, iba a ser una espera de dos horas muy larga, pero después de esa despedida, Satoru Gojo no podía estar más feliz de esperar.