La Naranja (Cuento corto)

All Rights Reserved ©

Summary

Una naranja. Un museo. Una mujer que no volvió. A veces lo que te dejan no es un regalo. Es una pregunta que no querías hacerte.

Genre
Other/Drama
Author
Ivan
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

La Naranja


Era mi momento preferido del día: los pasos retumbando en el amplio salón con leves murmullos a lo lejos. Vitrinas inmensas protegiendo al pasado del presente. Seguía el terciopelo de las catenarias con los dedos, dejando que marcaran mi rumbo, mientras mi mirada se mantenía fija en los tesoros del mundo.

Ese olor a tiempo detenido.

Las tenues luces y sus paredes color mármol ayudan a relajar la vista, luego de observar fijamente los detalles de los cuadros que ya conozco de memoria. Es mi tiempo a solas, donde las personas son solo sombras que percibo con el rabillo del ojo; así como me gustan: ausentes de personalidad.

Absorto en las pinceladas de coma de esa inmensa pintura, nueva adquisición del museo, siento una voz demasiado cerca para mi preferencia. «Tenme esto», me dijo.

Mi burbuja se empezó a rajar; los murmullos se transformaron en palabras y las sombras en rostros.

La ilusión estaba rota.

Al girarme, una mujer estaba parada frente a mí, elegante y seria; en una mano sujetaba un libro, del cual no desprendía su mirada,  y en la otra, que apuntaba hacia mí, una naranja.

La situación me tomó por sorpresa y, sin entenderla, tomé la naranja.

Agarró el libro con sus dos manos y, sin levantar la mirada, se alejó con el golpe seco de sus tacones.

Intenté volver a mi mundo, esperando que en algún momento volviera por su pertenencia, pero cada pincelada se volvía circular; cada color del cuadro se transformaba en anaranjado. El terciopelo que me guiaba se volvió granulado y resbaladizo. No podía enfocarme.

Mi momento de paz estaba ya tan lejos como mi comprensión de lo sucedido.

Decidí esperarla sentado en los bancos de roble del pasillo central. Ahí podía ver a cada persona que entraba o salía. Éramos solo la naranja y yo, uno al lado del otro. Un dolor detrás de los ojos fue el resultado de concentrarme en cada mujer que pasaba; por miedo a no reconocerla, miraba cada detalle.

El reloj marcaba el horario de cierre y el guardia me lo confirmó con una invitación hacia la puerta principal. No podía dejarla ahí sobre el banco; me la dejaron a mí, confiaron en mí para guardarla. Tal vez la mujer tuvo problemas y no pudo regresar hoy.

La tomé y decidí volver al otro día. Me costó dormir esa noche. Necesitaba devolverla y sacarme ese peso de encima.

Esa tarde fui directamente a esperarla afuera, sobre las escaleras antes de la gran puerta. Desde ahí tenía más visión de la gente que entraba y salía, y de la que se acercaba; quería el panorama completo. Extrañaba mi soledad, las pinturas y los murmullos. Al querer recordarlos, volvía a mí la naranja, como un rayo de una tormenta que nunca llegaba.

Las manos me sudaban y los sonidos me aturdían cada vez más. Las imágenes se nublaban a su alrededor.

La tomé y la sostuve sobre mi mano abierta.

Fijamente.

La naranja no cambiaba, pero algo en ella insistía.

Como si ya la hubiera visto.

Como si siempre hubiera estado ahí.

La giré apenas.

Nada cambió.

Era la misma.

Exactamente la misma.

Y lo noté. Fue como un golpe en la nuca.

La naranja no era mía.

No me correspondía.

Nunca lo hizo.

La dejé sobre la escalera; que la tome quien corresponda. Miré la calle, su movimiento, su relación con sus pasajeros y con los árboles que la acompañaban. Me sacudí las manos con los costados del pantalón y entré a mi lugar preferido.