Prologo
La lluvia caía entre los pinos oscuros del bosque de Blackwood, golpeando las hojas con un sonido constante, casi hipnótico. En el centro de un pequeño claro, un hombre estaba arrodillado.
Sus manos estaban atadas a la espalda. La camisa, empapada de sangre y barro. Pero su postura seguía siendo recta, orgullosa.
A su alrededor, varios hombres formaban un círculo. No eran hombres normales.
El aire que los rodeaba estaba cargado de tensión, de algo salvaje que latía bajo su piel.
La manada Silvermoon.
Frente al prisionero estaba Magnus: alto, imponente, con la mirada dura de quien está acostumbrado a mandar.
—Theron —dijo con voz grave—. Tu linaje termina esta noche.
El hombre arrodillado levantó la cabeza lentamente. Sus ojos no mostraban miedo. Solo cansancio... y una calma inquietante.
—¿Eso crees? —respondió.
Un gruñido bajo recorrió el círculo de lobos. Magnus dio un paso adelante.
—Tu especie ha sido un error desde el principio. Los Dominantes no deberían existir.
Theron dejó escapar una pequeña risa.
—Lo curioso —dijo con voz tranquila— es que siempre dicen eso... los que tienen miedo.
Uno de los lobos del círculo dio un paso hacia adelante con un gruñido amenazador, pero Magnus levantó una mano y lo detuvo.
—Tus palabras ya no importan.
Entonces Theron miró más allá de Magnus, hacia el borde del claro. Allí, medio oculto entre los árboles, había un niño. Tendría unos diez años. Cabello oscuro. Ojos intensos.
Kael.
El hijo del alfa.
Theron lo observó durante varios segundos. Algo en su mirada hizo que el niño se quedara completamente quieto. Después, el Dominante sonrió ligeramente.
—Tú... —murmuró.
Magnus frunció el ceño. —No lo mires.
Pero Theron siguió mirando al niño.
—Cuando mi hija despierte —dijo con voz baja, pero clara—... ni siquiera tú podrás detenerla.
El silencio cayó sobre el claro. El viento movió las ramas de los pinos. Magnus dio un paso adelante, furioso.
—Tu hija murió hace años.
La sonrisa de Theron se hizo apenas más profunda. —Eso es lo que tú crees.
Magnus no respondió. Solo hizo un gesto con la cabeza. Dos lobos se acercaron.
La lluvia seguía cayendo cuando todo terminó.
Pero, antes de que la oscuridad lo envolviera, Theron susurró algo más. Una promesa que nadie allí entendió.
—Lyra... recuerda quién eres.
El bosque guardó el eco de esas palabras. Y en algún lugar, muy lejos de Ashwood... una niña dormía sin saber que su destino acababa de empezar