Tacones en el lodo

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Summary

Sesasy Ferrer lo tiene todo: es influencer de moda y maquillaje, viaja por el mundo, desfila en pasarelas y vive rodeada de luces, tacones y contratos soñados. Su vida parece perfecta… hasta que una llamada inesperada pone un alto en seco a su cuento de hadas. De la Fashion Week en París a un pueblo costero perdido entre agua, pescado y mucho lodo, Sesasy pasará de los reflectores al olor a mar, descubriendo que ni el internet ni los filtros pueden salvarla de la realidad. Entre botas de hule, pescadores testarudos y un gerente demasiado atractivo para su propio bien, su mundo de brillo y likes se pondrá a prueba. ¿Podrá sobrevivir sin spa, sin entregas a domicilio y con los tacones hundidos en el fango? ¿O terminará perdiendo su tan cuidado shiny? A veces, perderlo todo es la única forma de encontrarse. Y a veces… el amor aparece donde menos lo esperas… aunque huela a pescado.

Genre
Romance
Author
MLBARRIOS
Status
Complete
Chapters
30
Rating
n/a
Age Rating
16+
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Capítulo 1

—¡Holaaaa, mis shiny girls! ¿Cómo están mis diosas del maquillaje y la moda? Ya saben que yo, Sesasy Ferrer, siempre las traigo a donde pasa la magia, y adivinen dónde estoy… ¡Síiii, en la ¡Fashion Week de París! —digo sonriente a la cámara, acomodando un mechón de mi cabello perfectamente lacio mientras Lady Pom Pom asoma la cabecita desde mi bolso rosa con brillitos.

El chat explota de corazoncitos, emojis y comentarios: “OMG Sesasy te ves divina”, “Muéstranos tu outfit completo”, “¿Quién es la de al lado?”.

—Tranquilas, que ya les enseño mi outfit, pero antes tengo algo muchísimo más importante que compartirles. Hoy voy a presentarles a una de mis máximas inspiraciones, la mujer que me hizo creer que nosotras, las curvy, tenemos un lugar en la moda de alto nivel. Ella es pionera en traer siluetas reales a las pasarelas de París, y yo soy su fan #1 desde que tengo memoria. Con ustedes… ¡la incomparable Constanza Hernández!

Volteo la cámara y aparece Constanza, elegante con un traje negro entallado, su cabello recogido en un moño pulido y una sonrisa que transmite poder y calidez al mismo tiempo.

—Sesasy, querida, gracias por tus palabras —responde ella con un español dulce y firme, saludando también al en vivo—. Para mí es un honor ver a mujeres como tú aquí, disfrutando de la moda sin miedo y celebrando sus cuerpos tal como son.

El chat se vuelve loco: “Reinaaa Constanzaaa”, “Las curvy también brillamos”, “Necesito esa colección ya”.

—Amigas, les juro que cuando vi la primera pasarela de Constanza casi lloro —confieso mirando a la cámara—. Fue la primera vez que sentí que la moda también hablaba mi idioma, el de las curvas, el de no esconderse detrás de ropa aburrida. Y aquí estoy, con Lady Pom Pom que ya quiere su propio vestido, ¿verdad, bebé?

Lady Pom Pom ladra suavemente y el chat explota de risa con emojis de perritos y moños.

Constanza ríe y agrega:

—La moda está cambiando, Sesasy. Ya no es solo para un grupo selecto. Y mujeres como tú, que inspiran desde las redes sociales, hacen que este mensaje llegue más lejos.

Yo asiento con entusiasmo, mientras en el fondo las luces del desfile iluminan la Torre Eiffel que se asoma tras los ventanales. Todo es perfecto, brillante, casi un sueño… hasta que vibra mi celular con una notificación en la pantalla. Veo el nombre y mi sonrisa se congela apenas un segundo.

Pero recupero la pose, lanzo un beso a la cámara y cierro el en vivo:

—Y recuerden, mis shiny girls… ¡ser curvy es un lujo que solo nosotras sabemos llevar!

Apago la transmisión.

—¡Caty! ¡Amor! —lo llamo, sacudiendo un poco la cabeza mientras Lady Pom Pom se acomoda en mi bolso.

Caty aparece en segundos, con su bolso de marca colgando del brazo y un polvito compacto en la mano, como si hubiera salido de un comercial de maquillaje. Se mueve con la rapidez de alguien que sabe que su vida depende de mantener mi shiny intacto.

—¡Ay, mamacita de Dior! —exclama con dramatismo mientras me abanica con la paleta— Si te ve el mundo con un brillo fuera de lugar, me crucifican a mí, ¿eh?

Me río, aunque en realidad la incomodidad me mata. Me toco la cabeza disimuladamente.

—Esta peluca me trae con una comezón… ¡te lo juro, Caty, siento que me van a salir pulgas en el cuero cabelludo!

Él pone los ojos en blanco, exagerando.

—Exagerada, ¿pulgas en París? Cariño, lo único que se pega aquí son diseñadores italianos… y créeme, a ti te vendrían de maravilla o por lo menos un CEO de los que andan aquí para que te de…

—¡Caty! —le doy un manotazo suave en el brazo, mientras él me da golpecitos con la brocha en la frente para “bajarme el brillo” de la T-zone— Te juro que, si me rasco, me arruino el maquillaje y Constanza me va a pensar una salvaje.

Él suspira, como si cargara con la paciencia del universo.

—Sesasy, mi amor curvy, tú no eres salvaje… eres un milagro de Balenciaga. Pero deja de mover esa cabeza o me vas a dejar el maquillaje como Picasso abstracto.

Lady Pom Pom ladra desde el bolso, como si estuviera de acuerdo con Caty.

—¿Ya ves? —dice él, inclinándose hacia la perrita—. La niña también opina que tu única obligación en esta vida es brillar, no rascarte.

Me suelto riendo y casi tropiezo con el tacón, pero Caty me agarra del brazo como todo un caballero dramático.

—¡Cuidado! —dice con una carcajada—. Que si te caes pierdes el glamour, mira que te he enseñado como hacerlo, pero no aprendes.

Alzo una ceja.

—Ni me lo recuerdes, Caty… La última vez que me pasó perdí toda compostura de una dama.

Él me mira fijamente, hace un gesto exagerado de cruzarse de brazos y pone cara de diva.

—Pero sobreviviste a la cima de los Alpes, reina.

—Solo era la falda del Popocatépetl y ni siquiera subí, me torcí el pie antes de empezar.

—¡Oh es verdad!

Nuevamente suena mi celular, vibra dentro del bolso donde Lady Pom Pom duerme como reina.

—¡Ay, otra vez! —me quejo, pensando que seguro es una marca queriendo que suba stories inmediatos con el lipstick shiny del momento.

Saco el teléfono y sonrío al ver el nombre en la pantalla.

—¡Mami! —contesto con entusiasmo—. ¿Viste el en vivo? Estaba divina, ¿verdad? Caty casi me arranca la piel con tanto retoque, pero París nunca había tenido tanta curv…

Su voz me corta de golpe.

—Sasy… —así me dice desde niña, con esa ternura que nadie más consigue—. El abuelo murió.

Me quedo callada. El ruido del backstage, los flashes, incluso los ladridos suaves de Lady Pom Pom, desaparecen.

Un recuerdo me golpea con fuerza: yo de niña, corriendo por un patio lleno de bugambilias, mientras el abuelo me levantaba en brazos riendo.

—“Eres bonita, Sesasy, aunque todos digan lo contrario. Nunca lo olvides”.

Trago saliva con dificultad.

—¿Qué…? —apenas logro susurrar, con el corazón dándome un vuelco.

Caty, que sigue a mi lado abanicándome con la paleta, me observa con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa, amor? Te pusiste más pálida que un diseñador sin café —murmura, preocupado.

Pero yo sigo sin reaccionar. Todo mi mundo de pasarelas, luces y brillos se tambalea de pronto, como si me hubieran bajado del escenario sin previo aviso.

—Caty… —susurro, todavía con el celular en la mano, como si quemara—. El abuelo murió.

Por primera vez en mucho tiempo, mi Caty extravagante se queda sin palabras. Abre la boca, la cierra, me mira como si buscara un chiste escondido en mi frase, pero no hay ninguno.

—Ay, mi cielo… —me toma la mano con cuidado, bajando el tono de voz—. Lo siento tanto.

Parpadeo rápido, porque sé que, si dejo salir una lágrima ahora, voy a arruinar el delineado y ya suficiente tengo con que la vida se me esté arruinando en segundos. Inspiro hondo, me obligo a sonreír, porque los reflectores siguen encendidos y en este mundo nadie se detiene, aunque tu corazón sí.

—Necesito terminar este evento —murmuro con firmeza, enderezando la espalda—. No puedo dejar que me vean débil.

—¿Estás segura? —pregunta Caty, arqueando una ceja como si pudiera leerme el alma.

—Más segura que nunca —respondo, aunque mi voz tiemble un poquito—. Y en cuanto acabe, quiero que busques los boletos de avión. Tenemos que ir a México.

Lady Pom Pom, como si entendiera el drama, se asoma del bolso y me lame la mano.

—México…al rancho del abuelo —repite Caty, con un suspiro melodramático—. Amor, si no hay WiFi allá donde vamos, me vas a deber terapia de por vida.

A pesar de todo, suelto una risa breve, rota, pero risa al fin.

—Ya te compraré una antena satelital, Caty. Pero prepárate.

La música del desfile retumba, las modelos van y vienen con paso firme, y yo mantengo el celular en alto para que mis seguidores no se pierdan ni un detalle. Lady Pom Pom asoma la cabeza del bolso y sus orejitas tiemblan con el beat de la música.

—Mis shiny lovers, miren esto —digo con voz alegre, aunque siento un nudo en la garganta—. ¡Constanza Hernández está rompiéndola en París Fashion Week! Moda curvy, real, con siluetas que no necesitan filtros. ¿No está divina?

Los comentarios vuelan en la pantalla: “¡OMG Sasy, te ves radiante!”, “Quiero ese vestido en XL”, “Lady Pom Pom es la estrella”.

Yo sonrío, hago un paneo al escenario y vuelvo la cámara hacia mí. Caty, detrás, me hace señales con los labios: “¡arriba la sonrisa!”.

—Yo sé, yo sé, están esperando que me suba también, pero no, hoy le toca brillar a mi querida Constanza —agrego con un guiño exagerado—. Yo solo soy la invitada especial… y su reportera shiny favorita.

El público en los comentarios explota de emojis de corazones y estrellitas.

Respiro hondo, contengo las lágrimas que me empujan detrás de los ojos y cierro el en vivo:

—Gracias por acompañarme, mis amores. París siempre será shiny conmigo, y yo con ustedes. Nos vemos pronto… muy pronto.

Pulso finalizar transmisión. La pantalla se apaga y, con ella, todo mi brillo. Caty me observa en silencio, y yo acaricio a Lady Pom Pom como si necesitara aferrarme a algo.

Llegamos al Aeropuerto de México. El calor me recibe como una bofetada de vapor mezclado con olor a tacos y café. Lady Pom Pom saca la cabeza de su transportadora como si también estuviera indignada por el cambio de clima.

—¿Pediste el Uber? —le digo a Caty, mirando la banda de maletas como si fuera un desfile low cost. Mis maletas tardan años en salir, seguro están atrapadas ¡otra vez!

Obvi, mi ciela —dice de forma dramática, mientras se abanica con un folleto turístico que alguien le encajó en la mano.

—Perfecto. Pasaremos al departamento, prepararemos las maletas rápido y nos iremos al rancho hoy mismo. —Mi voz suena firme, aunque por dentro todavía siento el vacío de la noticia.

Caty me abre los ojos como platos.

—¿Cómo que hoy mismo? ¡Pero es muy lejos! Y si sale algún animal en la carretera y nos quiere atacar…

Yo levanto una ceja, ajusto mis gafas de sol y respondo sin pestañear:

—No seas coyón. Lo único que podría salir es un toro, un coyote o un tlacuache.

Lady Pom Pom ladra como si también opinara del tema, y Caty da un respingo.

—¡Ay no! —chilla, abrazando la transportadora como si lo protegiera a él y no al revés—. Mira, yo con un tlacuache no me meto, esos tienen mirada de psicópata.

Yo ruedo los ojos y suspiro.

—Caty, sobrevivimos a los paparazzis en París, ¿y te vas a espantar de un tlacuache?

Él levanta el dedo índice, teatral.

—Los paparazzis no tienen colita larga ni dientes filosos, mi ciela.

No puedo evitar soltar una risa nerviosa. Entre el calor, Caty dramatizando y mi corazón hecho un nudo, siento que este viaje va a ser más complicado de lo que imaginaba.

Al llegar al departamento, el ascensor se abre directo a mi santuario fashionista. El aire huele a vainilla con flores blancas gracias a las velas de diseñador que nunca dejo apagar. El recibidor está lleno de espejos con marcos dorados y una alfombra peluda color rosa pastel que combina perfecto con los cojines en forma de labial y tacón que decoran el sillón.

Las paredes, tapizadas con cuadros de moda y fotos mías en campañas internacionales, gritan a todo el que entra: aquí vive una influencer de verdad. En una esquina, mi tocador iluminado brilla como un mini backstage, con más labiales que lo que una perfumería podría almacenar. Y junto a la ventana, mi perchero con vestidos de gala se mezcla con abrigos de lentejuelas y un par de botas brillantes que jamás han tocado la calle.

—Ay, Sesasy… —suspira Caty, mirando a su alrededor—. Esto no es un departamento, es un museo de moda con cama incluida.

—Obvio, mi ciela —respondo orgullosa, quitándome las gafas de sol—. Aquí cada cosa cuenta una historia, y todas son brillantes.

Nos movemos rápido: abrimos maletas, guardamos maquillaje, seleccionamos outfits que puedan sobrevivir al rancho sin perder el glamour (spoiler: casi ninguno). Caty se queja cada vez que agrego algo.

—¡No puedes llevarte cinco secadoras de cabello, Sesasy! ¿Crees que vas a montar un salón de belleza en medio del monte?

—Nunca se sabe, cariño —contesto, lanzándole un guiño—. La moda también puede salvar vidas.

Lady Pom Pom corretea con un moñito nuevo en la cabeza, como si supiera que se aproxima un viaje de película.

Finalmente bajamos al garaje del edificio. Ahí, bajo las luces frías, me esperaba mi convertible rosa chicle, con el volante cubierto de glitter y los asientos de piel blanca perlada. Un sueño sobre ruedas, comprado con mi primer cheque de redes sociales.

—¡Te extrañé! —le digo al coche, acariciando el volante como si fuera un amante perdido, y le planto un beso en la orilla del espejo retrovisor.

Caty me observa con las manos en la cintura.

—Drama queen… pero admito que es precioso. Si este carrito hablara, contaría más secretos que yo.

Subimos: yo al volante, Caty de copiloto con Lady Pom Pom en su regazo, usando unos lentes enormes como si fuera diva de cine.

En cuanto piso el acelerador, el motor ruge y salimos disparados hacia la avenida. Los carros que nos rodean nos tocan el claxon con furia; uno incluso saca la mano por la ventana y grita algo que prefiero no repetir.

—¡Ay, México, mi amor! —exclama Caty a carcajadas—. ¡Ni en París tuve tanta adrenalina!

Yo me aferro al volante, con los labios apretados.

—¡No se burlen de mi shiny convertible! —grito, como si los demás conductores pudieran escucharme.

Caty se sujeta el cinturón, muerto de risa, mientras Lady Pom Pom asoma el hocico por la ventana y ladra con descaro.

—Relájate, Sasy —dice Caty, secándose las lágrimas de la risa—. Mira nada más: yo, tú, Lady Pom Pom y este coche Barbie a toda velocidad… ¡Esto ya parece telenovela de Netflix!

Y entre claxonazos, risas y glitter reflejado en el parabrisas, dejamos atrás la ciudad para emprender el viaje rumbo a un destino que cambiará mi vida.

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