Capítulo 1: El afinador de sombras
La primera vez que Elena escuchó aquel piano, creyó que el mundo se había detenido. No era una hipérbole ni un arrebato poético de esos que ella misma, en sus años mozos, garabateaba en márgenes de libros prestados. Era una certeza física, algo que le apretó los huesos de la nuca y le hundió el pecho como si una mano invisible la hubiera alcanzado desde dentro del instrumento.
El piano era un Pleyel de 1927, de cola, con el barniz craquelado como la piel de un anciano que ha sobrevivido a todas sus guerras. Estaba en la sala principal de la casa que compartía con Federico, en la zona norte de la ciudad, entre paredes forradas de seda color ciruela y lámparas que nunca encendían. Nadie lo tocaba. Nadie lo había tocado en veinte años, desde la muerte de la primera esposa de Federico.
—Necesito que alguien lo afine —dijo Elena aquella mañana de marzo en que el cielo amaneció color ceniza—. No soporto verlo allí, mudo.
Federico levantó la vista del periódico sin prisa. Sus ojos, de un verde quirúrgico, la midieron con esa frialdad que a Elena le parecía, a ratos, la única verdad de su matrimonio.
—¿Para qué? No hay nadie que toque.
—Lo tocaré yo.
Mintió. Nunca había aprendido. Pero la mentira le brotó con una naturalidad que la asustó, como si no fuera ella quien hablara sino otra, una versión más antigua y más valiente que residía en algún pliegue olvidado de su conciencia.
Federico sonrió. Aquella sonrisa era un mecanismo de precisión: no contenía calidez pero tampoco rechazo. Era la sonrisa que ponía antes de una cirugía, cuando el paciente ya está anestesiado y solo queda el corte.
—Como quieras —dijo, y volvió al periódico.
Elena llamó a tres afinadores esa misma tarde. Los dos primeros le parecieron profesionales correctos, hombres de manos limpias y discursos técnicos sobre la humedad y las cuerdas desafinadas. El tercero fue Damián.
No apareció con uniforme ni con caja de herramientas reluciente. Llegó con un abrigo negro raído, sin paraguas bajo la llovizna, y el pelo tan oscuro que parecía absorber la luz del zaguán. Lo primero que Elena notó fueron sus manos: largas, huesudas, con las uñas cuidadas como las de un cirujano, pero con un temblor mínimo, incesante, igual al de un bourbon viejo antes de quebrarse.
—Usted es la señora —dijo. No fue una pregunta.
—Elena.
—Elena —repitió él, y en la forma en que sus labios rozaron la sílaba final hubo algo que no pertenecía a ningún manual de protocolo.
Era la primera regla de la atracción prohibida: aquello que se nombra con demasiada dulzura deja de ser un nombre y se convierte en un conjuro.
Damián se acercó al piano sin pedir permiso. Corrió la banqueta, dejó sus dedos sobre las teclas y no tocó. Permaneció así durante varios segundos que a Elena le parecieron minutos, los ojos cerrados, el pecho avanzando en una respiración lenta y profunda.
—Hace mucho que nadie lo toca —dijo—. Pero él recuerda.
—¿El piano recuerda?
Damián abrió los ojos. Eran de un color que Elena no supo definir entonces y jamás lograría definir después: no marrón, no ámbar, sino algo que contenía todos los tonos del crepúsculo cuando el sol ya ha muerto pero el horizonte se niega a oscurecerse del todo.
—Todos los pianos recuerdan —respondió—. Pero este ha aprendido a guardar silencio. Eso es peor.
Saca del bolsillo interior del abrigo un diapasón de acero. Lo golpea suavemente contra la rodilla y lo acerca a su oído. El sonido es un «la» perfecto, pero en la resonancia del piano algo responde: no una nota, sino un zumbido de ultratumba, una vibración que Elena sintió en los dientes.
—¿Escucha? —preguntó Damián.
—Nada.
—Entonces está peor de lo que creía.
Elena no supo por qué no lo despidió en ese instante. Federico habría encontrado cinco razones lógicas: la falta de profesionalismo, la vestimenta inapropiada, aquella manera de mirar que no era exactamente impertinente sino más bien ajena, como si él estuviera en otra habitación del tiempo. Pero Elena llevaba tres años de matrimonio sin sobresaltos, tres años de cenas puntuales y viajes planeados con la precisión de un quirófano, y en su interior había crecido una grieta seca que necesitaba humedad.
—Comience mañana —dijo—. Diez de la mañana.
Damián asintió, guardó el diapasón y se fue sin despedirse. La puerta principal se cerró con un golpe hueco. Elena se quedó mirando el piano y por un instante, apenas un parpadeo, juró que una de las teclas se había hundido sola.
Esa noche, Federico quiso hacer el amor. Fue una de esas veces mecánicas y precisas que a él le gustaban y a ella le recordaban un ejercicio de rehabilitación: sabía lo que iba a venir, cuándo, cómo, y hasta qué sonido debía fingir para abreviar el trámite. Cuando terminó, Federico se giró hacia la pared y en menos de un minuto su respiración se volvió rítmica. Elena permaneció despierta, con los ojos fijos en el techo.
Recordó entonces algo que Damián había dicho: «Él recuerda»(el piano). Y se preguntó qué demonios podía recordar un objeto. Recordar era humano. Recordar dolía. Recordar era ese músculo atrofiado que ella misma había dejado de ejercitar desde que aceptó la primera sortija de Federico.
Había sido una decisión inteligente, ese matrimonio. Federico era respetado, rico, estable. No la maltrataba ni la engañaba (al menos, no de manera evidente). Le había dado una casa, una tarjeta de crédito sin límite y la libertad de redecorar cada habitación cada seis meses. ¿Qué más podía pedir una mujer de treinta y ocho años, sin hijos, con un currículum de veinte trabajos abandonados por aburrimiento?
Cariño, pensó. Algo tan estúpido como cariño.
Pero el cariño no pagaba facturas ni justificaba una vida ante las amigas que la miraban con envidia apenas disimulada. Así que Elena cerró los ojos y se obligó a dormir, y en el borde del sueño escuchó un «la» perfecto, sostenido, que parecía venir del primer piso.
No bajó a comprobarlo. En eso consistía su cordura: saber qué puertas no debía abrir.
A la mañana siguiente, Damián llegó puntual. Llevaba el mismo abrigo, pero debajo una camisa blanca raída en los puños y pantalones negros demasiado anchos. Llevaba también una maleta de cuero despellejado y, dentro de ella, un estuche de herramientas que parecían quirúrgicas: llaves de tensión, tiras de fieltro, un diapasón más pequeño y un termómetro de horquilla para medir la humedad interior.
—No toque nada —dijo mientras abría el piano—. Si necesita preguntar algo, espere a que yo termine.
—Ésta es mi casa —respondió Elena con un tono que pretendió ser firme y resultó apenas curioso.
—Por eso mismo. No interrumpa.
Trabajó durante tres horas sin un descanso, arrancando el frontal del piano, exponiendo las cuerdas como vísceras de un animal enorme, ajustando cada martillo con una paciencia de relojero suizo. Elena se quedó en el umbral de la sala, primero de pie, luego sentada en un sillón, luego recostada sobre el marco de la puerta, fascinada por la intimidad de aquel hombre con el instrumento. Cada vez que rozaba una cuerda, el piano emitía un gemido no musical, un quejido desafinado que parecía una palabra en una lengua muerta.
Al mediodía, Damián se detuvo. Cerró la tapa del piano, limpió sus herramientas con un paño de gamuza y guardó todo en la maleta. No había tocado ni una sola nota completa. Sólo fragmentos, aislados, como un cirujano que verifica cada órgano antes de cerrar la incisión.
—¿Ya está? —preguntó Elena.
—No. Necesito volver mañana. El piano tiene una torsión en el bastidor. No se corrige en un día.
—¿Y en cuántos?
Damián la miró. Otra vez ese color imposible en los ojos.
—Eso depende de lo que usted quiera escuchar.
—No entiendo.
—Claro que entiende. Por eso me llamó a mí, y no a los otros.
Elena sintió que el suelo se movía. No era un temblor real, sino una inestabilidad moral: la certeza de que acababan de robarle un secreto que ella misma no sabía que tenía. Dio un paso atrás, pero Damián no avanzó. Permaneció inmóvil, con la maleta en una mano, el abrigo cerrado hasta el cuello, y una expresión que podía ser compasión o podía ser aburrimiento.
—Mañana a las diez —dijo Elena, y su voz sonó más alta de lo necesario.
Damián asintió. Camino al zaguán, pasó junto al espejo del recibidor y, por un segundo, Elena juró que el espejo no devolvía su imagen. Vio el abrigo negro, la maleta, la nuca inclinada. Pero donde debía estar el rostro: vacío. Un borrón. Una sombra sin dueño.
Cerró los ojos. Los abrió. Damián ya había salido.
Caminó hacia el espejo, se miró, y todo estaba en orden: su cara, sus ojos grises, su pelo castaño recogido en un moño bajo. El espejo funcionaba. Claro que funcionaba. Sólo que, al alejarse, vio en el cristal una mancha diminuta, casi imperceptible, justo donde un instante antes había estado la cabeza de Damián.
Acercó el dedo. La mancha era agua. Nada más.
—Necesito un té —dijo en voz alta, para ahuyentar el silencio.
Pero en el primer piso, con las cuerdas aún tibias por el trabajo del afinador, el piano emitió una nota. No era un «la». Era un si bemol grave, tan profundo que Elena lo sintió en el vientre. Una nota que nadie había tocado.
Salió de casa sin mirar atrás. Caminó seis cuadras hasta una confitería de barrio y pidió un té de tilo con una medialuna. Afuera, la ciudad seguía su curso gris. Adentro, Elena sostuvo la taza con ambas manos y pensó, por primera vez en mucho tiempo, que tal vez había conocido a un fantasma.
Y lo peor: no le importaba.








