Capítulo 1
La fría lluvia golpeaba el tejado de los Brightmore con una insistencia rítmica. Dentro, el contraste era una batalla silenciosa: la chimenea proyectaba una luz anaranjada que intentaba, sin mucho éxito, calentar los rincones más alejados del salón.
Leah estaba sentada cerca del fuego, con la espalda rígida y la mirada clavada en un viejo vestido lila que intentaba remendar. Sus dedos, entumecidos y enrojecidos por el frío que se filtraba por las rendijas, movían la aguja con una precisión nacida de la necesidad. En la cocina, el eco metálico de una olla casi vacía anunció la presencia de Ámbar.
Stacy, mientras tanto, se mantenía junto a la ventana, observando cómo el aguacero castigaba las flores que había plantado apenas el día anterior.
—¿Cuánta harina queda…? —preguntó Stacy, rompiendo el silencio mientras se acercaba a su hermana.
Ámbar señaló un pequeño saco de tela que descansaba sobre una silla, casi desinflado.
—Muy poco. Le dije a papá que comprara esta mañana, pero estaba demasiado ocupado discutiendo con Leo.
Leah no levantó la vista de su costura, aunque el ritmo de su aguja se tensó.
—¿Otra vez? ¿Cuál fue el motivo esta vez?
—Lo de siempre —intervino Stacy con una sonrisa resignada, mientras intentaba ordenar su cabello dorado—. Papá insiste en que Leo debe llevar la contabilidad de la pastelería, pero ya conoces a nuestro hermano. Se escabulló con Cristofer Winston y se fue directo a las carreras de caballos.
En ese momento, un golpe seco en la entrada detuvo la conversación. La puerta principal se abrió de par en par, dejando entrar una ráfaga de aire gélido y lluvia. Leonardo Brightmore apareció en el umbral, empapado hasta los huesos, con el cabello castaño pegado a la frente, y una sonrisa que desbordaba arrogancia.
En su mano derecha, sostenía un pequeño saco de cuero que tintineó con un sonido inconfundible.
—¿Qué pasa? —preguntó Leo con naturalidad, dejando caer el saco sobre la mesa central—. Les gané una apuesta a esos estúpidos nobles. Estaban convencidos de que el 101 era una apuesta segura.
Diane, la más joven, saltó del sofá y corrió hacia la mesa. Antes de que alguien pudiera protestar, ya estaba contando las monedas con ojos brillantes.
—¿Puedo quedármelas? —preguntó, aferrando el botín contra su pecho.
—Claro, si las quieres, son tuyas —respondió Leo con indiferencia mientras se encaminaba a las escaleras—. Necesito una ducha urgente. ¿Está libre el baño?
—Te prepararé el agua ahora mismo —dijo Stacy, envolviéndose en su manta y ofreciéndole esa sonrisa paciente que siempre reservaba para los desastres de su hermano.
—Oye espera, Leo… ¿El señor Mawtles equivocó…? —lo detuvo Leah. Sus ojos se entrecerraron con sospecha—. Entonces, si no ganó el 101, ¿quién fue el ganador?
Leo se detuvo en el primer escalón y se giró, disfrutando del momento.
—El 91. Nadie daba un centavo por él.
—¿El 91? —Leah frunció el ceño, dejando finalmente el vestido lila sobre su regazo—. Pero ese caballo siempre pierde. Leo, pudiste haber perdido nuestro dinero y papá te hubiera regañado. ¿Te parece divertido?
—Mucho —respondió él, soltando una carcajada—. Es divertido despejar una variable igualando las condiciones. Además, no gasté ni una moneda.
—¿Y eso qué se supone que significa? —preguntó Ámbar, cruzándose de brazos con gesto severo.
Leo puso los ojos en blanco, como si explicara algo obvio a un niño.
—El significado es simple. El señor Mawtles alteraba a su caballo con estimulantes; por eso ganaba siempre. Yo solo puse su jugada en su contra y... ¡BANG!
El silencio que siguió fue denso, interrumpido solo por el crepitar de la madera en la chimenea. Las hermanas se miraron entre sí, procesando la implicación de sus palabras. Diane dejó de contar monedas por un segundo, levantando la vista con curiosidad.
—¿Qué quieres decir con “Bing”? —insistió Leah, con una nota de preocupación en la voz, y pronunciando mal la palabra que era desconocida a sus oídos.
Antes de que Leo pudiera responder, Stacy apareció cargando un balde de agua tibia.
—¿Sigues aquí? Te vas a resfriar —le recriminó suavemente.
—No te preocupes, yo me encargo del peso —dijo Leo, arrebatándole el balde con facilidad y retomando su camino hacia la planta alta.
Sus pasos resonaron en los escalones de madera mientras la lluvia arreciaba afuera. Stacy se quedó de pie en el centro de la sala, algo confundida por el ambiente.
—¿Pasó algo mientras no estaba? ¿Por qué tienen esas caras?—preguntó.
Leah soltó un largo suspiro y se recostó contra el respaldo del sofá, agotada.
—Ya da igual, solamente entiendo que nunca terminaré de entender su vocabulario. Aunque haya leído todos los diccionarios de la biblioteca… —murmuró la hermana mayor.
—Puso su jugada en su contra... —repitió Ámbar para sí misma, con un matiz de admiración involuntaria—. Me sorprende que a veces pueda ser tan inteligente.
Leah, al escuchar las palabras de Ámbar, se limitó a rodar los ojos. —Él siempre ha sido inteligente... —respondió en un susurro, aunque su tono no dejaba claro si aquello era una virtud o una maldición.