El Amanecer de Plata

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Summary

"Él fue forjado para la guerra. Ella es la hermana de su mejor amigo... y su mayor tentación."Jayce Thorne no tiene recuerdos. Como el Alfa letal de la Unidad Fantasma, es el arma secreta de un programa militar que el gobierno niega que exista. Su única regla es el deber absoluto, hasta que su próxima misión lo pone cara a cara con Lía Moretti.Lía es intocable. Es civil, es pura y es la hermana de su compañero de armas. Pero también huele a jazmín y a un poder antiguo que desestabiliza los instintos del lobo de Jayce. A medida que un eclipse total se acerca en el cielo, una marca plateada despierta en la piel de Lía, convirtiéndola en la presa principal de la Corporación Helios y sus soldados biomecánicos.Convertido en fugitivo para salvarla, Jayce deberá guiar a su manada de parias hacia el Santuario de Plata. Atrapado entre la lealtad militar, la traición a su mejor amigo y un instinto salvaje que le grita que Lía le pertenece, Jayce descubrirá que el agujero negro de su pasado oculta un secreto aterrador. Él no es un hombre común que se volvió lobo. En una carrera contrarreloj donde la tecnología busca cazar a los dioses, un guardián sin memoria deberá descubrir quién es realmente antes de que el sol se apague para siempre 🐺 Actualizaciones: Dos capítulos por semana.🎖️ ¡Agrega la historia a tu biblioteca privada para no perderte ningún capítulo!

Genre
Romance
Author
karina
Status
Complete
Chapters
15
Rating
n/a
Age Rating
18+

PRÓLOGO: EL RASTRO DE LAS ESTRELLAS

Diez años antes del Incidente en Coronado.

El frío en las montañas de Montana no era el tipo de frío que se combate con una chaqueta gruesa; era un frío que nacía del suelo, que trepaba por las botas y se instalaba en la médula ósea como un parásito. Para un joven Jayce Thorne, de apenas dieciocho años, ese bosque no era un refugio, sino una celda sin paredes.

Recordaba el olor: pino húmedo, tierra removida y el rastro metálico de su propia sangre. Se había cortado la mano mientras intentaba preparar leña, un error de principiante que ahora parecía el catalizador de su fin. Miró la palma de su mano, pero la herida ya no estaba allí. En su lugar, la piel se estiraba y se contraía con una violencia espasmódica. Sus huesos empezaron a emitir un sonido aterrador, como ramas secas rompiéndose bajo el peso de un camión.

—¡Ayúdame! —había gritado hacia la cabaña de su padre, pero su voz se rompió en un aullido que desgarró sus cuerdas vocales.

Esa fue la primera vez que Jayce Thorne murió. No físicamente, sino la idea de quién era. El chico que quería ser ingeniero, el que jugaba al fútbol los domingos, desapareció bajo el peso de una anatomía antigua y salvaje que reclamaba su lugar. La transformación no fue mística ni hermosa; fue un colapso biológico. Sus músculos se rasgaron para reconstruirse con la densidad del acero, su visión se fragmentó en un espectro de calor y movimiento, y su mente... su mente se ahogó en un océano de instinto depredador.

Cuando despertó a la mañana siguiente, desnudo sobre la nieve ensangrentada y rodeado por los restos de un ciervo que no recordaba haber cazado, Jayce supo que ya no pertenecía al mundo de los hombres. Pero lo que no sabía era que, en las sombras de los pinos, unos ojos humanos lo observaban a través de lentes térmicas. El Programa Fantasma lo había encontrado.


En la actualidad. Instalaciones de la Unidad de Élite “Sombras”, Ubicación Clasificada.

Jayce Thorne se despertó antes de que la alarma de su barracón emitiera el primer pitido. No necesitaba tecnología para saber que eran las 04:00 AM. Su cuerpo era un reloj biológico perfecto, una máquina sintonizada con los ritmos más oscuros de la naturaleza. Se incorporó en el catre, el sudor frío empapándole la espalda. El sueño siempre era el mismo: Montana, la nieve, la sangre y el miedo a perder la humanidad.

Se puso en pie y caminó hacia el espejo del baño pequeño. El reflejo que le devolvía la mirada era el de un soldado de élite, un hombre de treinta años con cicatrices que contaban historias de guerras que el público nunca conocería. Sin embargo, detrás de las pupilas oscuras, había un destello ámbar que aparecía cuando no había nadie mirando. Era el recordatorio de que él era una propiedad del Estado, un experimento biológico exitoso que el Pentágono utilizaba para misiones donde los humanos comunes fallaban.

—Thorne, el Coronel Vance te espera en la Sala de Briefing —la voz de Jax resonó al otro lado de la puerta, acompañada por tres golpes rítmicos.

Jayce se tensó al oír el apellido. Vance. El nombre que siempre parecía estar vinculado a su destino, mucho antes de que Julian Vance apareciera en escena.

Al entrar en la sala de operaciones, el aire estaba viciado por el olor a café quemado y el zumbido de los servidores informáticos. El Coronel Vance, un hombre cuya cara parecía tallada en granito viejo, señaló un mapa satelital de la Península de Baja California.

—Operación Salitre Negro —dijo Vance con una voz que no admitía réplicas—. Tenemos un informante dentro del Cártel de los Soles que ha logrado extraer datos de inteligencia sobre el tráfico de tecnología biológica. Pero hay un problema: el cártel ha contratado a mercenarios que conocen nuestra firma. Saben que enviamos a “unidades especiales”.

Jayce cruzó los brazos sobre su pecho masivo.—¿Saben lo que somos, señor?

El Coronel Vance guardó un silencio prolongado, sus ojos fijos en los de Jayce.—Saben que son letales, Thorne. Lo que hay en su ADN es un secreto que yo protegeré con mi vida, pero si fallan en esta extracción, el mundo entero sabrá que Estados Unidos está criando monstruos en sus bases navales. No podemos permitirnos un escándalo biológico. Recuperen el disco, extraigan al informante y, si es necesario, borren cualquier rastro de la presencia de la Manada. Sin testigos.

Esa palabra, “monstruos”, siempre le recordaba a Jayce su lugar en la cadena alimenticia. No eran héroes; eran herramientas. Eran el perro de ataque que se mantenía de encadenado hasta que el dueño decidía que era hora de soltarlo.

—La Manada está lista, señor —respondió Jayce, aunque por dentro sentía una punzada de algo que no podía identificar. Una premonición.

—Una cosa más, Thorne —añadió Vance mientras Jayce se daba la vuelta para salir—. Mi hijo, Julian, está en la zona de San Diego supervisando unos negocios familiares. Manténganse alejados del radar civil. No quiero que la Unidad Fantasma se cruce con mi familia bajo ninguna circunstancia. ¿Entendido?

Jayce asintió, sin saber que el destino ya se estaba riendo de las órdenes del Coronel. El hilo invisible que conectaba a los Vance, a los Thorne y a una chica llamada Lía ya estaba tensándose, preparándose para romperse y desatar el caos.

Salió al hangar, donde Jax, Kael y Remi ya estaban preparando el equipo táctico. El olor a neopreno, aceite de armas y adrenalina llenaba el ambiente. Era el olor de su vida. Un olor que conocía y controlaba. Pero mientras se ajustaba el arnés de su paracaídas para el salto nocturno sobre el Pacífico, un pensamiento extraño cruzó su mente.

Había leído en algún lugar que los lobos alfa no eligen a su pareja; es la propia tierra la que decide quién será su ancla. En ese momento, sobrevolando las aguas oscuras de Baja California, Jayce Thorne creía que su única ancla era el deber. No sabía que, a pocos kilómetros de allí, una chica estaba pintando un atardecer y que, con solo un suspiro, ella cambiaría las leyes de la física y de su propio corazón para siempre.

El avión abrió la compuerta trasera. El viento aulló, invitándolo al vacío. Jayce se ajustó la máscara, sus ojos brillaron en un ámbar intenso bajo las gafas de visión nocturna y se lanzó hacia la oscuridad.

—Fantasma Uno saltando —dijo por la radio.

Esa noche, Jayce Thorne no saltó solo hacia una misión; saltó hacia el principio del fin de todo lo que creía saber sobre sí mismo. Porque en el aire, mezclado con el olor a queroseno del motor, creyó percibir, por un segundo infinitesimal, el aroma a jazmín y salitre. Un aroma que no debería estar allí, a tres mil metros de altura, pero que ya lo estaba reclamando desde el futuro.