MAREA DE ESTELARIA

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Summary

El mar guarda más que secretos. Guarda reinos enteros. Caelan Tideborn pasó veinte años creyendo que era nadie: un huérfano rescatado del mar, condenado a servir en los establos de la familia Venthis. Lo único que posee es un collar de metal extraño que nunca se quita, y un amor imposible por Elira, la hija de sus amos. Elira Venthis vive en una jaula dorada, prometida a un hombre que no conoce, prisionera de un mundo que valora su linaje más que su voluntad. Pero en secreto comparte algo prohibido con el sirviente de ojos color mar: un sentimiento que desafía cada regla de su mundo. Todo cambia cuando el Capitán Draven Ashmark llega buscando la legendaria Isla de Aetherholm, un lugar que no aparece en ningún mapa y que guarda tecnología antigua más valiosa que el oro. Para encontrarla, necesita al único heredero sobreviviente de su realeza perdida. Necesita a Caelan. Atrapados en un barco que navega hacia lo imposible, Caelan y Elira descubrirán verdades devastadoras: que el collar es una llave viviente, que la fortuna de la familia Venthis fue pagada con la traición a los padres de Caelan, y que Aetherholm no es solo una isla, sino un ser consciente que juzga a quienes se atreven a cruzar su Velo. Entre tormentas sobrenaturales, laberintos que cambian de forma y una guerra entre la codicia y el honor, Caelan deberá enfrentar la decisión más difícil de su vida: reclamar un trono que lo encadenaría para siempre, o elegir el amor y condenar a su pueblo al olvido. Porque algunos destinos no se eligen. Se despiertan. Y el mar ya está llamando a su heredero de vuelta a casa.

Status
Complete
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

CAPÍTULO1 : El Hombre del Balcón

El Hombre del Balcón

El sol de mediodía convertía el balcón de piedra en una plancha de tortura. Caelan Tideborn apretó los dientes mientras sus dedos desnudos rozaban el hierro recalentado del barrote número doce, el que llevaba tres semanas aflojándose por la sal del mar.

Un dedo de distancia más y la señorita Venthis podría asomarse demasiado, perder el equilibrio, caer tres pisos hasta las rocas donde las olas lamían la base de la mansión.

No podía permitirlo.

Hundió el cincel en la argamasa podrida, ignorando cómo el sudor le ardía en losojos. Desde abajo, en el patio interior, llegaban las voces de los mozos preparando las caballerizas para “el huésped importante” que llegaría antes del anochecer. Nadie le había dicho quién era. Nadie le decía nada que importara.

—Deberías usar guantes.

La voz lo atravesó como un arpón.

Caelan no se giró de inmediato. Primero respiró hondo, tragando el nudo que siempre se le formaba en la garganta cuando ella aparecía sin aviso. Luego, despacio, miró por encima del hombro.

Elira Venthis estaba de pie en el umbral de la puerta de cristal emplomado, un libro cerrado contra su pecho. El vestido era de un verde oscuro que le recordaba a los bosques de algas en las pozas profundas, con mangas largas a pesar del calor y un cuello alto que le cubría hasta la barbilla. Siempre cubierta. Siempre perfectamente compuesta.

Excepto por los pies descalzos.

—Los guantes se resbalan con el sudor, señorita Venthis —respondió él, manteniendo la voz plana—. Prefiero las cicatrices a la caída.

Ella avanzó dos pasos hacia el balcón, pero se detuvo donde la sombra del alero aún la protegía del sol. Sus ojos —de un gris tormentoso que cambiaba con la luz— recorrieron las manos de Caelan, deteniéndose en los callos, en las quemaduras recientes, en la cicatriz vieja que le cruzaba la palma izquierda.

—¿Te duele? —preguntó en voz baja.

Todo me duele cuando estás cerca.

—Es parte del trabajo —dijo en cambio.

Un silencio incómodo se instaló entre ellos, lleno solo por el graznido de las gaviotas y el golpeteo rítmico del cincel contra la piedra. Caelan volvió a concentrarse en el barrote, aunque cada fibra de su cuerpo estaba consciente de que ella seguía ahí, observándolo.

—Mi padre dice que el prometido llegará hoy —murmuró Elira de pronto.

El cincel resbaló. Caelan tuvo que apretar el mango con fuerza para no dejarlo caer tres pisos abajo.

—Felicidades, entonces —logró decir, aunque la palabra le supo a ceniza.

—No es... —Elira se interrumpió, mordiéndose el labio inferior—. No lo he pedido.

—Las hijas de buena familia no piden. Obedecen.

Fue más cortante de lo que pretendía. Vio cómo ella retrocedía medio paso, el libro apretándose más contra su pecho como un escudo.

—Tú no sabes nada de lo que es ser yo —dijo Elira, y había un filo en su voz que pocas veces aparecía.

Caelan dejó las herramientas a un lado y finalmente se giró del todo para mirarla. Se puso de pie sobre el andamio de madera que había construido esa mañana, quedando casi a su altura a pesar de la diferencia del balcón.

—Tiene razón, señorita. No sé nada de vestidos caros ni habitaciones con vistas al mar. No sé nada de pretendientes que llegan en barcos con velas de seda.

Dio un paso hacia ella en el estrecho espacio del andamio. El tablón crujió bajo su peso.

—Pero sé lo que es despertar sin saber de dónde vienes. Sé lo que es llevar un nombre que alguien más te puso porque el tuyo verdadero se hundió con un barco. Sé lo que es mirar el horizonte cada maldita noche preguntándote si en algún lugar hay alguien que recuerde que exististe.

Se había acercado demasiado. Podía ver las motitas doradas en los ojos grises de Elira, podía oler el agua de rosas que usaba en el cabello. Podía ver cómo el pulso le latía en el cuello, justo donde el collar alto dejaba un pequeño triángulo de piel expuesta.

—Así que no —continuó, más suave ahora—, no sé lo que es ser usted. Pero apuesto a que usted tampoco sabe lo que es ser yo.

Elira abrió la boca para responder, pero el sonido de pasos apresurados en el pasillo la hizo palidecer. El libro casi se le cae de las manos.

—La señorita Elira, ¿está en sus aposentos? —Era la voz de Maren, la doncella principal.

Elira se giró hacia la puerta, luego hacia Caelan con ojos muy abiertos. Había pánico en ellos. Si la encontraban aquí, sola con él, descalza, hablándole como a un igual...

Caelan no pensó. Saltó del andamio al balcón propiamente dicho —un salto de casi dos metros— y aterrizó con un golpe sordo junto a ella. Antes de que Elira pudiera reaccionar, él se agachó, recogió el cincel que había “olvidado” en el suelo del balcón y se lo mostró.

—Tiene razón, señorita Venthis —dijo en voz alta, formal, justo cuando la puerta se abría—. El barrote está más corroído de lo que pensaba. Reportaré a su padre que necesitará reemplazo completo.

Maren apareció en el umbral: una mujer de mediana edad con un rostro severo y ojos que no perdonaban nada. Su mirada fue de Elira a Caelan y de vuelta a Elira.

—Señorita, su madre la espera en el salón azul. El vestido para la cena de esta noche necesita ajustes.

—Por supuesto —respondió Elira, recomponiendo su postura con una rapidez que a Caelan le dolió observar—. Ya terminaba de supervisar las reparaciones.

Maren asintió secamente, pero sus ojos se detuvieron en los pies descalzos de Elira un segundo de más.

—Sus zapatillas, señorita.

Elira miró hacia abajo como si acabara de recordar que tenía pies. Una mancha de rubor le subió desde el cuello hasta las mejillas.

—Las olvidé junto a la cama.

—Iré por ellas. —Maren se giró con un susurro almidonado de faldas— Espere aquí.

El silencio que dejó fue denso como melaza.

Caelan caminó de vuelta al borde del balcón, poniendo distancia entre ellos. Comenzó a recoger sus herramientas con movimientos precisos, metiéndolas en el morral de lona gastada.

—Caelan... —susurró Elira.

Él no levantó la vista.

—Debería ponerse los zapatos, señorita Venthis. El suelo está caliente.

—No me trates como si...

—¿Como si qué? —La miró entonces, y se aseguró de que su expresión fuera la misma que usaba con todos los demás amos—. ¿Como si fuera la hija de Lord Cormac Venthis y yo un mozo que repara sus barandas? Es lo que somos.

Vio cómo el golpe la alcanzaba. Vio cómo apretaba el libro contra su pecho hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Eres un cobarde —dijo ella, y había lágrimas contenidas en su voz.

—Soy un sobreviviente —corrigió él—. Hay diferencia.

Maren volvió con las zapatillas de seda. Elira se las puso sin decir palabra, sin mirarlo de nuevo. Cuando finalmente salió del cuarto con la doncella pisándole los talones, no cerró la puerta del balcón.

Caelan esperó hasta que los pasos se desvanecieron completamente en el pasillo. Solo entonces se permitió cerrar los ojos y apoyar la frente contra el barrote de hierro recalentado, dejando que el dolor físico distrajera al otro.

Su mano fue al collar que siempre llevaba puesto, oculto bajo la camisa de lino burdo. Los dedos reconocieron las formas familiares: el metal extraño que nunca se empañaba, los símbolos que no sabía leer, el peso reconfortante que era lo único que probaba que había existido antes de esta vida.

El metal estaba tibio. Siempre estaba tibio, sin importar el clima.

Abrió los ojos y miró hacia el mar. Desde esta altura podía ver más allá de los acantilados, donde el agua se volvía de un azul profundo e imposible. A veces, en noches sin luna, juraba que veía luces moverse bajo las olas. Fuegos fatuos, decía Bartolomé, el viejo marinero mudo que trabajaba en las caballerizas. Almas perdidas.

Pero Caelan sabía que no eran almas.

Eran algo peor: recuerdos de un lugar que no podía recordar pero que su cuerpo conocía como conocía el latido de su propio corazón.

—Algún día —susurró al viento salado—. Algún día sabré de dónde vengo.

El viento no respondió.

Pero en el horizonte, tan lejano que podría haber sido imaginación, creyó ver la sombra de una vela negra.

“Caelan Tideborn cree que el sudor y los callos son su única realidad, pero mientras observa la imponente silueta del Galeón Némesis rasgar el horizonte, comprende que su vida en la mansión Venthis ha sido solo una frágil mentira antes de la tormenta. El heredero perdido está a punto de ser cazado, y el precio de su libertad podría ser la ruina de Elira, la única mujer que se atreve a mirar más allá de su rango. Una sombra letal se proyecta sobre el puerto, trayendo consigo secretos enterrados en acero coralino y una cacería humana sedienta de sangre. El pasado reclama su deuda con un beso de metal frío, y en este juego de poder y seducción, el mar no perdona a los que olvidan quiénes son realmente."