Chapter 1
La lluvia golpeaba con fuerza el parabrisas del taxi mientras observaba la ciudad pasar frente a mis ojos. Las luces de neón se reflejaban sobre el cristal mojado, deformándose como manchas de colores en movimiento. Suspiré lentamente, apoyando la cabeza contra la ventana.
Nunca pensé que terminaría así.
Venelana Bael… antes Gremory.
Qué irónico sonaba ahora.
Durante años fui “la esposa perfecta”. Elegante. Refinada. Siempre sonriendo en eventos sociales junto a un hombre que dejó de verme como persona hace mucho tiempo. Nuestro matrimonio llevaba muerto años antes del divorcio, pero ambos fingíamos por apariencias… hasta que simplemente me cansé.
Cansada de las discusiones vacías.
Cansada de sentirme sola dentro de una mansión gigantesca.
Y sobre todo… cansada de él.
El taxi finalmente se detuvo frente a un viejo edificio de apartamentos de cinco pisos. Fruncí ligeramente el ceño al bajar la mirada hacia la fachada desgastada.
—…Esto se ve peor de lo que decía el anuncio —murmuré.
Tomé mi maleta y bajé del vehículo. El conductor apenas ayudó antes de marcharse rápidamente bajo la lluvia.
El edificio tenía pintura descascarada, balcones oxidados y una iluminación pobre que parpadeaba constantemente. Nada que ver con la vida a la que estaba acostumbrada.
Pero era mío.
Bueno… alquilado.
Y eso bastaba.
Entré al vestíbulo cargando mis maletas. El olor a humedad y cigarrillo viejo me golpeó de inmediato. Apenas avancé unos pasos cuando escuché una voz gruesa venir desde recepción.
—Oho… así que la nueva inquilina ya llegó.
Levanté la vista.
Detrás del pequeño mostrador había un hombre enorme y sudoroso. Calvo en la parte superior de la cabeza, con una camiseta blanca manchada y una cadena dorada colgando sobre su pecho gordo. Sus pequeños ojos recorrieron mi cuerpo descaradamente de arriba abajo.
Sentí un escalofrío inmediato.
—¿Usted es el propietario? —pregunté con calma.
El hombre sonrió mostrando dientes amarillentos.
—Así es. Mamoru Takeda. Pero puedes llamarme “Mamo-chan” si quieres, preciosa.
Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no hacer una mueca de asco.
—Preferiría no hacerlo.
Él soltó una carcajada grasienta.
—¡Tiene carácter! Me gusta eso en una mujer divorciada.
Mis dedos se tensaron alrededor del mango de la maleta.
Perfecto.
Un pervertido.
Justo lo que me faltaba.
Mamoru salió de detrás del mostrador y tomó una de mis maletas sin pedir permiso. Aprovechó el momento para acercarse demasiado.
—Debes sentirte sola mudándote aquí sin marido… pero no te preocupes. Yo cuido muy bien de mis inquilinas~
—Puedo cargar mis propias cosas.
—No seas tímida.
Rodé los ojos internamente mientras caminábamos hacia el ascensor.
El trayecto fue incómodo. Demasiado incómodo.
El hombre no dejaba de mirarme el pecho reflejado en las puertas metálicas del ascensor. Y cada vez que yo giraba la mirada hacia él, fingía observar otra cosa.
Asqueroso.
Cuando llegamos al cuarto piso, abrió la puerta del apartamento 407.
El lugar era pequeño… pero sorprendentemente limpio.
Una sala sencilla.
Cocina compacta.
Un balcón estrecho con vista a la ciudad.
Y una habitación.
Silencio.
Por primera vez en mucho tiempo… silencio real.
Entré lentamente dejando las maletas cerca del sofá.
—Bueno, aquí está tu nuevo hogar —dijo Mamoru apoyándose en el marco de la puerta—. Aunque… una mujer tan hermosa viviendo sola aquí podría atraer problemas.
Lo miré fijamente.
—Puedo manejarme sola.
Él sonrió de manera extraña.
—Ya veremos.
Antes de irse, dejó las llaves sobre la mesa.
—Si necesitas cualquier cosa… cualquier cosa… mi apartamento está en la planta baja.
La forma en que enfatizó esas palabras me revolvió el estómago.
Esperé hasta escuchar sus pesados pasos alejándose por el pasillo antes de soltar un largo suspiro.
Entonces caminé hasta el balcón.
La lluvia seguía cayendo sobre la ciudad iluminada.
Me crucé de brazos mientras el viento frío movía mi cabello rojo oscuro.
—Así que esta es mi nueva vida… —susurré.
Sin mansiones.
Sin apellido Gremory.
Sin un esposo.
Solo yo.
Y un casero pervertido viviendo abajo.
Cerré los ojos un momento, dejando que el viento frío de la noche me golpeara el rostro. El agua pulverizada de la lluvia me humedecía la piel, pero extrañamente, el frío se sentía real. Se sentía vivo. Mucho más vivo que la perfecta calefacción central de la mansión de la que acababa de escapar.
> —**Al menos aquí no tengo que fingir una sonrisa para la alta sociedad** —susurré para mí misma, apretando los brazos contra mi pecho—. **Prefiero lidiar con las goteras y los vecinos ruidosos que con una vida de mentiras.**
Me di la vuelta y regresé al interior del apartamento, cerrando la puerta del balcón para bloquear el rugido de la tormenta. El contraste fue inmediato. El silencio del piso era sepulcral, solo interrumpido por el goteo constante de una tubería lejana y el zumbido viejo del refrigerador.
Caminé hacia la pequeña cocina. Abrí los gabinetes, encontrándolos completamente vacíos, a excepción de un vaso de vidrio solitario que el inquilino anterior debió olvidar. Me serví un poco de agua del grifo, mirándola con cierta desconfianza antes de darle un sorbo. No sabía a los manantiales purificados a los que estaba acostumbrada, pero servía para quitar la resequedad de mi garganta.
Dejé el vaso sobre la encimera y me quedé contemplando las llaves que Mamoru había dejado sobre la mesa. Eran un recordatorio físico de mi nueva realidad.
Ese hombre... —murmuré, sintiendo cómo se me erizaba la piel de la nuca al recordar la forma en que me miraba—. Tengo que cambiar la cerradura lo antes posible. No me da ninguna buena espina.
Sabía perfectamente qué clase de intenciones se escondían detrás de esa sonrisa amarillenta y sus comentarios pasivo-agresivos. En este mundo ordinario, una mujer sola siempre era vista como un blanco fácil para los tipos como él. Pero Mamoru Takeda no sabía con quién se estaba metiendo. Puede que ya no tuviera el apellido Gremory, y puede que en este mundo la magia no existiera, pero mi orgullo, mi dignidad y mi fuerza de voluntad seguían intactas. No iba a dejar que un casero de pacotilla me intimidara en mi propio espacio.
Me acerqué a la maleta más grande, me arrodillé en el suelo de linóleo y abrí el cierre. Lo primero que saqué fue un portarretratos que había guardado al fondo, envuelto en un suéter. Lo desenrollé con cuidado. Era una fotografía mía, de hace muchos años, antes de que el peso del matrimonio marchitara mi juventud. Sonreía de verdad en esa foto.
Coloqué el portarretratos sobre la repisa de la chimenea falsa de la sala.
Mañana será un día largo —dije, limpiando un rastro de polvo inexistente del marco—. Buscar trabajo, comprar víveres... y comprar un buen cerrojo de seguridad.
Me senté en el pequeño sofá, que crujió bajo mi peso, y miré hacia la puerta principal. Mañana empezaría a construir a la nueva Venelana Bael. Una mujer que no le temía al trabajo duro.