El inicio del fin
Nos conocimos hace 5 años por un accidente que bendigo todos los días. Él chocó conmigo, con toda esa seriedad suya que me enamoró en un segundo, y desde ese momento mi mundo supo a dónde pertenecía. Hablamos hasta que se nos hizo de noche mil veces, hasta que se nos acabaron los miedos, hasta que Spencer, con esa voz bajita y esa mirada que me cuida el alma, me pidió ser su pareja. Ser suyo.
Es todo lo contrario a mí, y eso es lo que más amo de nosotros. Él es serio, responsable, mi ancla cuando yo soy tormenta. Nada juguetón, un refugio cuando se trata de sentir. No llora, no grita, no hace escándalo... él ama en silencio, con hechos. Todo lo contrario a mí, que vivo con el corazón en la mano. Pero Dios, lo amo con una ternura que me desarma. Es tan hermoso que se me olvida respirar cuando sonríe. Sana solo con existir.
Sus amigos son increíbles, de esos que te reciben con el corazón abierto. Me quisieron desde el primer día porque vieron cómo se me ilumina la vida cuando él entra a cualquier lugar. Todos dicen, con la voz suave y segura, que somos la pareja más bonita que han visto, y la verdad es que yo lo siento en cada rincón de mi pecho. Lo siento cuando me despierto y su mano busca la mía sin abrir los ojos.
Siempre he sido completamente suyo, como si mi alma hubiera estado esperando la suya toda la vida. Como si mi piel solo supiera estar en calma cuando él la toca. Y él... él siempre me consiente, aunque su boca sea callada. Me consiente con ese café que deja en mi buró cada mañana, con la forma en que me tapa cuando tengo frío, con ese silencio suyo que me susurra "quédate" y "te amo" sin decir una sola palabra.
Dicen que somos la pareja perfecta. Y tienen razón. Somos como las rosas: hermosas, de las que hueles y te llenan el pecho de vida. Y yo... yo cuidaría cada uno de sus pétalos, todos los días de mi vida, porque con él entendí que el amor es casa. Es paz. Es él.