Chapter 1
El Peso de la responsabilidad
Cap1.
La vida es fácil, al menos es lo que mi madre me dice o me decía. Solo puedo pensar en una sola cosa: ¿Qué habría pasado si esa bala no la hubiera alcanzado?
3 de febrero 2012, Shinjuku, Tokio, Japón.
La estación del metro está con poca gente a estas horas de la noche; la mayoría vuelve del trabajo. Liam Kuroi 23 años. , estudiante de la universidad, mira el teléfono con mirada serena mientras escucha música. De vez en cuando mira el paisaje, las luces de la ciudad pasando rápidamente.
El tren se detiene. Liam camina por los pasillos; un leve sonido logró llamar su atención:
Ding-Ding.
Mira el celular: 2 notificaciones (Mamá).
—¿Ya vienes a casa?
Sonriendo a la pantalla, sus dedos teclean: —Sí, justo voy para allá.
Sigue caminando. Al llegar a casa, el aroma a comida se extiende en el aire. Con voz tranquila entra buscando a su madre hasta la cocina.
—Madre, ya estoy aquí.
Su madre sale con una sonrisa alentadora acariciando su cabeza.
—Oye... ya no soy un niño.
—Oh... perdón, se me olvidaba que ya eres todo un adulto. Lávate esas manos y vamos a cenar.
Él camina hacia el lavabo del baño.
—Bien, yo también muero de hambre.
La comida casera adorna la mesa. La madre de Liam, con una sonrisa, mira a su hijo.
—¿Qué tal la escuela? Pareces cansado.
Él levanta la mirada mientras sostiene el tenedor entre sus dedos.
—Bah... todo normal, como siempre.
De un bocado a la comida, una sonrisa se asoma en sus labios.
—Aunque... de hecho, hoy Kinako no causó problemas.
-quizá lo invite a cenar mañana
Su madre sonríe dando un sorbo al vaso de agua que sostiene en sus manos.
—Suena bien, tendré que salir antes del trabajo —dice ella.
La velada pasa. Su madre se queda lavando los platos sucios de la cocina. Liam, en su habitación revisando sus tareas, enciende la televisión con el celular a un lado de sus libros, hasta que un golpe en la puerta lo interrumpe.
—Hijo, ¿necesitas algo? Iré a hacer el pago de la luz, lo olvidé por completo.
Liam se levanta de la cama y abre la puerta asomándose.
—No, no necesito nada. ¿Te puedo acompañar?
Se coloca la sudadera preparándose para salir. Su madre niega con la cabeza mientras saca las llaves del auto de su bolso.
—Yo voy, no tardaré nada.
Dándole un guiño, se da la vuelta caminando por el pasillo. Liam la mira alejarse.
—Ve con cuidado —alcanza a decir él.
Dándose la vuelta, él vuelve a la cama colocándose los audífonos y con la mirada fija en el techo. Pasan treinta minutos; el cansancio del día lo consumió. De pronto, su celular a un lado de la almohada empieza a sonar. Abre los ojos mirando la pantalla: "Número Desconocido". Frunció el ceño y deslizó el dedo respondiendo a la llamada.
—¿Hola? ¿Quién es?
—Línea: ¿Usted es Liam Kuroy?
—Sí, soy yo.
—Línea: Su madre tuvo un accidente. No puedo dar más información, venga lo más pronto posible al hospital (Ohkubo).
Dejando todo a un lado, sale de su casa a paso veloz bajando las escaleras del departamento.
—Por favor, que no sea nada malo —suplica.
Sus pasos son veloces. Camina por la calle en busca de un taxi, mirando alrededor con el rostro tenso y preocupado.
—¿Por qué no hay ningún maldito taxi aquí?
Suspira pesadamente mientras corre entre la gente que queda a su lado.
Liam camina por las calles oscuras. Se detiene un momento, mirando el semáforo que marca la luz roja. Con un suspiro pesado, maldice entre dientes:
—Mierda... no tengo tiempo para estar esperando aquí.
Sin previo aviso, mira a ambos lados y se lanza a atravesar la carretera. En ese preciso momento, un auto negro que viaja a alta velocidad derrapa frenando en seco. La gente que observa la escena grita horrorizada:
—¡Accidente!
—¡Cuidado, abajo!
—¡Van a atropellarlo!
Liam levanta la vista de golpe. Sus manos tiemblan sobre el cofre del auto, que se ha detenido a milímetros de él. Con el corazón a mil, su mirada se posa furiosa sobre el chofer.
—¡Maldita sea! ¿Acaso no puedes ver que casi me matas? ¡Imbécil! ¡Fíjate por dónde conduces y aprende a manejar!
A paso veloz y sin voltear a mirar atrás, termina de atravesar la calle. El hospital ya está frente a sus ojos.
Mientras tanto, en el vehículo, el chofer se queda mirándolo fijamente. Observa la espalda de Liam perderse tras las puertas del hospital. Con una mirada cansada y una mueca de molestia, el conductor gruñe para sí mismo:
—Maldito mocoso... ¿pero qué se cree?
Detrás del chofer, una silueta oscura envuelta en las sombras sostiene un cigarrillo encendido. Una voz de mando, fría y cortante, rompe el silencio del auto:
—Para la próxima vez... no quiero que frenes. Simplemente pásale por encima; que nadie me estorbe. Tengo prisa. ¿Escuchaste, Yori?
El chofer mira por el retrovisor a su jefe con nerviosismo.
—Sí, señor... discúlpeme. No volverá a pasar.
El auto negro retoma su camino, alejándose con indiferencia, mientras Liam entra corriendo a la recepción del hospital. Su respiración es agitada.
—¡¿Está la señora Kuroi aquí?! Es mi madre... Necesito verla, tuvo un accidente, la acaban de ingresar.
La recepcionista lo mira con una expresión preocupada pero amable.
—Claro, sígueme. Te llevaré a donde está.
Caminan por los pasillos blancos y fríos. La mente de Liam es un caos, solo puede repetir una cosa: "¿Qué le habrá pasado? Espero que esté bien... Por favor, mamá, aguanta". Al final del pasillo, una enfermera se acerca junto al doctor. El médico sale a recibirlo; su mirada es pesada, cargada de una seriedad que hiela la sangre de Liam.
—Doctor, por favor, dígame... ¿cómo está mi madre?
El médico lo observa de pies a cabeza, mirando a la enfermera de reojo antes de soltar un suspiro profundo.
—No te voy a mentir. El daño fue grave. Tu madre salía del cajero cuando ocurrió un tiroteo; una bala perdida la alcanzó.
El doctor le explica con delicadeza pero firmeza que la herida fue en la columna. Las noticias son devastadoras: ha quedado gravemente herida y es muy posible que quede paralítica.
—Necesitamos realizar la operación lo antes posible —continúa el médico—, pero requerimos que alguien mayor de edad firme la autorización.
Liam mira al médico con urgencia, la desesperación escrita en su rostro.
—Yo... yo soy mayor de edad. ¿Dónde tengo que firmar? Por favor, doctor, haga todo lo posible para salvarla.
Liam camina de vuelta por los pasillos hacia la recepción. Firma los papeles con la mano aún temblorosa. La recepcionista, al verlo así, intenta consolarlo:
—Tranquilo. Todo va a estar bien.
Él solo logra devolverle una sonrisa forzada, de esas que no llegan a los ojos.
—Muchas gracias... solo espero que tenga razón.
Sale de la recepción y camina hacia la sala de espera. Se detiene frente al vidrio que divide el pasillo de la habitación de cuidados; a través del cristal, observa la silueta de su madre postrada en la cama. Las enfermeras revisan sus signos vitales con rapidez, preparándola para la cirugía. Liam apoya la palma de su mano sobre el cristal frío, mirándola fijamente.
—Por favor, resiste... —susurra con voz sorda—. No puedes dejarme solo.
Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, un auto negro de vidrios polarizados se detiene de forma imponente frente a un rascacielos. Yori baja del asiento del chofer y abre la puerta trasera con rapidez. Una silueta baja en silencio y camina con paso firme; Yori lo sigue discretamente hasta entrar a un restaurante de lujo.
El lugar es blanco, minimalista y extremadamente caro, con un ambiente de calma absoluta. A lo lejos, en una mesa privada, dos hombres con trajes distinguidos brindan con copas de vino. Uno de ellos, rubio y un poco mayor, levanta la vista al verlos llegar.
—ya era hora (Mitzuya)
El que está a su lado, de mirada gélida, sonríe de lado con malicia:
De vuelta en el hospital, Liam está sentado en la sala de espera con las manos cruzadas, tratando de contener los nervios. De pronto, su celular suena. Es una llamada de su amigo.
—Oye, ¿en dónde estás? —pregunta su amigo al otro lado de la línea.
—Estoy en el hospital —responde Liam con la voz quebrada—. Mi madre tuvo un accidente. Te envío la dirección... ven, por favor.
Pasan unos minutos y su amigo llega corriendo. Se sienta a su lado, visiblemente preocupado.
—Oye, ¿qué pasó? Por favor, tranquilízate... Te ves fatal.
En el restaurante en una mesa apartada
Noah mira a Mitzuya
—¿Y bien? ¿Por fin planeas comprar esos territorios o aún estás esperando el momento adecuado para hacerlo?
Lui Bocha, también observando a Mitsuya, intervino:
—De hecho, ni siquiera sabíamos nada de ti. Pensamos que, otra vez, estabas trabajando por tu cuenta.
Mitsuya cruzó los brazos, recorriéndolos con una mirada gélida.
—Bueno, a diferencia de otros, a mí no me gusta exhibir mis movimientos —respondió con frialdad.
Noah lo miró con un gesto que mezclaba la molestia con el respeto.
—¿No crees que eres algo egocéntrico? Tenemos muchos problemas y te has ganado enemigos en lugar de aliados. Aun así, insisto: deberías comprar esos territorios de una vez, el terreno es inmenso.
Lui asintió, añadiendo tensión a la mesa:
—Es verdad. Pero los estadounidenses no se van a quedar de brazos cruzados, menos después de que mataste al único hijo del senador. Ellos planean venir y quitarte esas tierras. Últimamente los negocios han salido muy bien para ellos y para nosotros, pero no por eso deberías confiarte... aunque, si prefieres, yo puedo comprarlos por ti.
Mitsuya lo clavó con la mirada y, de la nada, soltó una sonrisa seca.
—Jajaja... Noah, Noah. Qué gracioso eres. A veces se me olvida que eres mi socio y pienso que eres un payaso.
Lui dejó a un lado su copa y lo miró seriamente:
—Sabemos que esto para ti tal vez sea como quitarle un dulce a un niño, pero es difícil, ¿no crees?
Mitsuya dio un sorbo pausado a su copa, saboreando el momento antes de sentenciar:
—Bien. Pensaba tomarme las cosas con calma, pero ya que insisten, veo que no tengo otra manera de solucionarlo más que cumplir sus caprichos. Aunque de todas maneras pensaba hacerlo.
Los miró a ambos con un desprecio evidente, dejando claro que nadie le daba órdenes.
—Hagamos esto: quiero que cada rincón de aquí —incluyendo este restaurante, cada pequeño negocio y cada departamento— pague por nuestra protección. Bueno, más bien, por mi protección.
Se inclinó hacia adelante, con una mirada penetrante que helaba la sangre.
—Siendo así, las cosas cambian ahora mismo. A quien no le guste, puede recibir un balazo en la cabeza; me da igual, será uno menos. Pero que les quede claro: nunca más vuelvan a darme órdenes
El amigo de Liam se sienta a su lado y le extiende un vaso de café humeante.
—Vamos, amigo, toma esto. Si sigues así, solo vas a estresarte más. No solucionarás nada estando en ese estado.
Liam suspira, con los ojos fijos en el suelo, pero luego levanta la mirada al techo como si buscara un recuerdo entre las luces fluorescentes.
—Es que... no sé qué haría sin ella. Cuando mi padre murió, mi madre se sintió derrotada. Yo me sentía forzado a hacerla reír; hasta bailaba con una escoba... era un idiota, pero su sonrisa valía la pena. Ella siempre se esforzó por estar conmigo. No pienso dejarla ahora.
Kinako (su amigo) lo mira y suspira, dándole un golpe afectuoso en el hombro.
—Diablos, viejo... eso lo sé. Pero ella es fuerte. Y pase lo que pase, yo no te voy a abandonar. Claro, a menos que por fin aceptes que soy mejor y mucho más guapo que tú.
Liam sonríe levemente, aliviado por tener a alguien así a su lado. En ese momento, el doctor entra en la habitación de su madre para preparar el traslado. Minutos después, la camilla pasa frente a ellos. Kinako y Liam se levantan de un salto. Liam se acerca a la camilla y mira a su madre; está muy pálida y dormida. Toma su mano fría entre las suyas.
—Tranquila... por favor. Sé que me escuchas. Solo sal de esta y te prometo que nunca más te dejaré sola ni un segundo.
El doctor le pone una mano en el hombro a Liam.
—Haremos todo lo posible. Por favor, trata de relajarte. Todo estará bien.
Entran a la sala de operaciones. Liam y Kinako se quedan sentados en el pasillo, viendo cómo se enciende la luz roja de "En Operación".
En el Restaurante
Mitsuya ya se ha retirado. En la mesa solo quedan Noa y Lui. Noa corta un trozo de carne de ternero con precisión quirúrgica.
—Sabes, no confío tanto en Mitsuya. Me agrada, tiene carácter, pero su ambición es mayor que la nuestra. No podemos confiarnos; un idiota como él nos puede dar una puñalada por la espalda en cualquier momento.
Lui mira a Noa mientras deja su cubierto de lado.
—¿No te parece algo ridículo? Ahora es el dueño de la empresa que le dejó su padre, uno de los mayores empresarios del país. La gente lo conoce como a un santo. Si supieran que toda esa riqueza se debe a lo que hacemos nosotros...
Noa suelta una risotada seca.
—Sí, lo sé. Aún así, nosotros somos los mejores organizando eventos. Ya sabes... además, necesitamos buscar "carne fresca" —dice, moviendo los dedos en señal de dinero.
Luis da un sorbo a su copa de champagne.
—Esperaba que dijeras eso. Aunque por lo visto, a Mitsuya ya no le interesa tanto el dinero rápido.
Noa saca su celular con una mirada gélida.
—Eso lo soluciono yo en un momento..
El auto negro se detuvo justo frente a la imponente entrada de una mansión resguardada por guardaespaldas, cámaras de seguridad y cercas electrificadas. En cuanto el enorme portón se abrió, el chofer se apresuró a bajar, pero un sirviente ya estaba abriendo la puerta trasera.
Mitsuya salió del vehículo maldiciendo entre dientes.
—Esos hijos de perra me tienen harto —gruñó, tocándose la frente con frustración—. Al menos ya llegué.
Entró en la residencia y sus pasos resonaron con fuerza en el vestíbulo. Desde la cocina, una voz cantarina lo recibió:
—Hola. Parece que alguien por fin se digna a aparecer. Pensé que seguirías en esa oficina, aburrido como siempre.
Mitsuya ni siquiera se molestó en voltear.
—¿Qué carajos haces aquí?
Shinjuu, el primo de Mitsuya, caminó hacia él y se desplomó en el sofá con prepotencia.
—¿Qué tal te fue con ellos? ¿Me saludaste a Noa?
—Lo último que quiero es verle la cara a ese hijo de perra —respondió Mitsuya tajante—. Quiere darme órdenes, pero se le olvida con quién está hablando. Y tú no me has respondido: ¿qué haces aquí?
Shinjuu sonrió con ironía.
—Vamos, deberías estar agradecido de que al menos yo venga a visitarte. Ni siquiera el perro que tenías aguantó este lugar; míralo, al segundo día se esfumó.
Mitsuya le lanzó una mirada fulminante que gritaba: "Ay, este imbécil...", pero se limitó a decir:
—Ya cállate. En lugar de estar ahí hablando como si te pagaran por ello, mejor pásame un buen licor. Necesito algo fuerte.
—Bien, bien, lo que digas —cedió Shinjuu levantándose hacia la cocina—. No quiero que me mates antes del amanecer.
Mientras tanto, la mañana llegaba al hospital. Liam seguía recargado en el hombro de Kinaco. Este último abrió los ojos con pesadez, tallándoselos con los dedos para intentar enfocar la hora.
—Ya es de día —murmuró Kinaco—. Supongo que, al menos yo, tendría que ir a la escuela para avisar que no podrás ir por asuntos familiares.
Liam se levantó soltando un largo suspiro. Miró hacia la luz del quirófano donde su madre seguía siendo intervenida.
—No... supongo que yo también debo ir. Si mi madre estuviera despierta, seguro me correría de aquí; no le gustaría verme así.
Caminó hacia el mostrador donde se encontraba una enfermera.
—Disculpe, ¿no hay ninguna información sobre la operación?
La mujer lo miró con compasión.
—No, lamentablemente es una cirugía muy grave y va a tardar mucho más. Se supone que terminaría por la tarde, pero tranquilo, Liam. Te conozco desde pequeño, al igual que a tu madre. Deberías ir a la escuela.
Liam forzó una sonrisa.
—Muchas gracias. Cualquier cosa, por favor, llámame.
Ambos se marcharon y, al llegar a casa, Liam se metió directo a la ducha. Kinaco, mientras tanto, revisaba su mochila con frustración.
—¡Diablos! No traje ropa de cambio.
Liam salió del baño y lo miró con una mueca.
—Tan despistado como siempre.
Abrió su armario, sacó un cambio y se lo lanzó. Kinaco se puso la camisa, pero en cuanto se vio al espejo, puso una sonrisa torcida.
—Oye, esta cosa me queda como si fuera una "ombliguera".
—Es que estás muy gordo —bromeó Liam.
Kinaco se quedó mirando al espejo, pellizcándose los costados como si buscara lonjas que no tenía.
—¡No me digas eso! Apenas estoy empezando a aprender a amarme.
Liam sonrió y le lanzó una toalla a la cara.
—Ya cállate y apúrate.