𝑪𝒂𝒑𝒊́𝒕𝒖𝒍𝒐 1 ── ❝ 𝑬𝒏𝒕𝒓𝒆 𝑰𝒏𝒔𝒖𝒍𝒕
Desde el primer año, Fred Weasley decidió que Victoria Snape era insufrible.
Y Victoria decidió exactamente lo mismo sobre él.
Pero si Fred la encontraba insoportable, George Weasley directamente no podía soportarla.
No hubo una gran razón. No un evento dramático. No una pelea legendaria digna de Hogwarts.
Solo fue… instantáneo.
Tal vez porque Victoria caminaba por los pasillos con esa expresión fría y perfectamente calculada, como si el castillo entero le perteneciera y el resto de los estudiantes fueran simples molestias que debía tolerar.
Nunca sonreía si no había una razón útil para hacerlo, nunca bajaba la mirada primero y jamás permitía que nadie creyera que podía afectarla.
Tal vez porque Fred sonreía como si cada regla estuviera escrita específicamente para que él la rompiera.
Y George odiaba profundamente a cualquiera que hiciera mirar demasiado a su hermano.
O tal vez porque ella era hija de Severus Snape, el profesor favorito de exactamente nadie en Gryffindor, y mejor amiga de Draco Malfoy, lo cual empeoraba absolutamente todo.
Fred no confiaba en ella.
George tampoco.
Pero George era peor.
Porque Fred la provocaba.
George la vigilaba.
Porque George conocía demasiado bien a su hermano, y desde hacía tiempo había notado algo que no le gustaba nada:
Fred jamás ignoraba a Victoria Snape.
Y eso era peligroso.
—Weasley —dijo Victoria una mañana, cruzándose de brazos frente a ellos en el pasillo de Pociones—. Si sigues bloqueando mi camino, voy a asumir que, además de pobre, estás obsesionado conmigo.
Fred, apoyado contra la pared, ladeó la cabeza con una sonrisa irritantemente tranquila.
—Créeme, Snape, si estuviera obsesionado contigo, ya lo sabrías.
George soltó una risa seca.
—Y sería una tragedia nacional.
Victoria alzó una ceja con esa expresión de desprecio elegante que dominaba a la perfección.
—No sé cuál de los dos es más ridículo. Aunque supongo que competir por mediocridad debe ser agotador.
—No tanto como fingir que tienes personalidad —respondió George, cortante.
Fred giró apenas la cabeza hacia él.
Victoria sonrió, venenosa.
—Qué tierno. El gemelo menos interesante aprendió a hablar.
George dio un paso al frente.
—Y la hija de Snape aprendió a actuar como si no estuviera desesperada por atención.
El pasillo se quedó en silencio.
Fred observó a ambos.
Porque con Victoria, George nunca jugaba.
Nunca bromeaba.
Era real.
Y Victoria lo sabía.
Ella sostuvo la mirada de George sin pestañear.
—No confundas dignidad con arrogancia, Weasley. Sé que en tu familia no distinguen mucho esas cosas.
George sonrió.
Pero no había humor ahí.
—Y tú no confundas a Fred conmigo, Snape. Él todavía cree que debajo de toda esa frialdad hay algo que vale la pena conocer.
Victoria sintió el golpe.
Pequeño.
Preciso.
Molesto.
Pero no lo mostró.
Nunca.
—Qué alivio saber que al menos uno de ustedes piensa.
Fred intervino antes de que George dijera algo peor.
—¿Sabes qué creo? —murmuró, acercándose a Victoria—. Creo que te encanta discutir con nosotros.
Victoria alzó la barbilla.
—¿Sabes qué creo yo? Que tu mayor talento es sobreestimar tu importancia.
Fred sonrió.
—Y tu mayor talento es actuar como si fueras mejor que todos.
Victoria sostuvo su mirada sin pestañear.
—Porque normalmente lo soy.
George soltó una risa seca.
—Definitivamente te odio.
Ella giró el rostro apenas.
—El sentimiento es mutuo.
Fred se apartó por fin, dejándola pasar.
—Ten cuidado, princesa Slytherin. No todos en Hogwarts están impresionados por tu apellido.
Victoria se detuvo apenas un segundo.
Giró el rostro lo justo para mirarlo por encima del hombro.
Pero esta vez miró a George.
—Y tú ten cuidado. La amargura envejece peor que la pobreza.
Y se fue.
Con la espalda recta.
Con la cabeza en alto.
Sin mirar atrás.
George la siguió con la mirada hasta que desapareció.
—No me gusta.
Fred suspiró.
—Eso ya quedó claro.
—No, Fred. No me gusta cómo te mira.
Fred frunció el ceño.
—Ella me odia.
George lo miró directamente.
—Exactamente por eso me preocupa.
Fred soltó una risa seca, cruzándose de brazos.
—Estás dramatizando.
—No. Tú estás ignorándolo.
—George, es Victoria Snape. Me insulta cada vez que respira.
—Sí, y tú siempre vuelves por más.
Fred abrió la boca para responder, pero no dijo nada.
Porque odiaba admitirlo.
George suspiró.
—Solo no hagas algo estúpido.
Fred sonrió, arrogante.
—Soy un Weasley. Eso elimina muchísimas opciones.
George negó con la cabeza.
—No hablo de bromas. Hablo de ella.
Fred bajó un poco la sonrisa.
Porque ahí estaba el problema.
Victoria no era un juego.
Y quizá eso era exactamente lo que más le gustaba.
Esa misma noche, la sala común de Slytherin estaba extrañamente tranquila.
Victoria estaba sentada frente al fuego, con las piernas cruzadas elegantemente y un libro abierto sobre el regazo que no estaba leyendo.
Su mente seguía atorada en el pasillo.
En George.
En esa mirada.
En esa maldita frase.
“Él todavía cree que debajo de toda esa frialdad hay algo que vale la pena conocer”.
Molesto.
Ridículo.
Demasiado preciso.
—Estás pensando demasiado —dijo Draco Malfoy mientras se dejaba caer en el sillón de enfrente.
Victoria ni siquiera levantó la vista.
—Y tú estás respirando demasiado fuerte.
—Encantador, como siempre.
Draco tomó una manzana de la mesa cercana y le dio una mordida.
—Fue George, ¿no?
Draco conocía ala pelinegra como la palma de su mano
Ahora sí.
Victoria levantó la mirada lentamente.
—¿Perdón?
—Esa expresión. No es tu cara de “quiero asesinar a Fred”. Es tu cara de “George dijo algo insoportablemente inteligente y ahora quiero incendiar el castillo”.
Ella cerró el libro de golpe.
—Odio que me conozcas.
—Es mi mayor talento.
Victoria soltó un suspiro irritado.
—George Weasley es insoportable.
—Sí.
—Pretencioso.
—También.
—Demasiado observador.
Draco sonrió.
—Ah. Ahí está el problema.
Ella entrecerró los ojos.
—No hay problema.
—Claro. Porque normalmente mencionas los ojos de tus enemigos de forma tan casual.
Silencio.
Victoria lo miró con pura amenaza.
Draco levantó ambas manos.
—No dije nada.
—Más te vale.
Draco apoyó un brazo en el sillón.
—Fred es fácil. Hace ruido, provoca, coquetea sin vergüenza. Puedes pelear con él y ganar.
Victoria no respondió.
Porque sabía exactamente hacia dónde iba.
—Pero George… —continuó Draco—. George no juega. Y eso te pone nerviosa.
Ella se puso de pie.
—No me pone nerviosa.
—Te acaba de poner de pie.
—Me voy porque ya me aburriste.
Draco sonrió con esa arrogancia insoportable que solo él podía permitirse.
—Claro. Solo intenta no enamorarte de ningún Weasley. Sería humillante para tu reputación.
Victoria tomó un cojín y se lo lanzó directo a la cara.
—Muérete, Draco.
—Con cariño también te quiero.
El sábado llegó con el ruido habitual de Hogwarts cuando había partido de Quidditch.
Slytherin contra Ravenclaw.
Pero como siempre, medio Gryffindor aparecía igual.
Especialmente los Weasley.
Victoria lo notó desde el instante en que entró al campo.
Fred estaba ahí, apoyado sobre su escoba, hablando con algunos compañeros.
George también.
Y ambos la miraron.
Perfecto.
Exactamente lo que necesitaba.
Caminó hacia los vestidores sin darles el gusto de reaccionar.
Pero, por supuesto, Fred la siguió.
—Snape.
Ella siguió caminando.
—Weasley.
—Qué cálida bienvenida.
—Estoy reservando mi amabilidad para gente que la merezca. Como las arañas. O Filch.
Fred soltó una risa.
—Qué alivio. Pensé que ya no me querías.
Victoria se detuvo de golpe.
Fred casi chocó con ella.
Ella giró lentamente.
Demasiado cerca.
—Escúchame bien, Weasley. Si hoy pierdo por tu culpa, voy a usar tu escoba para golpearte.
Fred bajó la mirada apenas hacia sus labios antes de volver a sus ojos.
—Entonces supongo que tendré que asegurarme de que ganes.
Silencio.
Peligroso.
Antes de que Victoria pudiera responder, otra voz apareció detrás.
—Fred.
George.
Frío.
Directo.
Fred dio un paso atrás.
Victoria no apartó la mirada de George.
—¿Algún problema? —preguntó ella.
George cruzó los brazos.
—Sí. Mi hermano perdiendo el tiempo antes de un partido.
Fred rodó los ojos.
—Relájate.
—No.
George dio un paso más cerca.
Ahora estaba demasiado cerca también.
Demasiado.
—Y tú —dijo, mirando a Victoria—, intenta no romperle nada hoy. Mamá se pondría triste.
Victoria inclinó apenas la cabeza.
—No prometo nada. Aunque, si tuviera que elegir, probablemente empezaría contigo.
George sonrió.
Esa sonrisa lenta.
Peligrosa.
La que ella odiaba.
—Eso sonó casi como una invitación.
Fred miró entre ambos.
Y por primera vez, no parecía divertido.
Parecía celoso.
El partido contra Ravenclaw terminó con una victoria limpia para Slytherin.
Victoria había jugado impecable.
Fría.
Precisa.
Imposible de tocar.
Y aun así, no podía dejar de pensar en George.
No en Fred.
En George.
En esa forma de mirarla como si pudiera leer todo lo que ella se esforzaba por ocultar.
En esa sonrisa lenta, peligrosa, que nunca era realmente una broma.
En la manera en que siempre parecía saber exactamente qué decir para irritarla.
Lo odiaba.
Y quizá precisamente por eso no podía dejar de pensarlo.
Eso era inaceptable.
—Estás distraída —dijo Draco Malfoy dos días después, durante Pociones.
Victoria ni siquiera levantó la vista de su caldero.
—Y tú sigues vivo. Ambos estamos sufriendo.
Draco sonrió apenas.
—Es George.
Ella agitó la poción con más fuerza de la necesaria.
—No sé de qué hablas.
—Claro. Por eso llevas diez minutos mirando hacia la mesa de Gryffindor como si quisieras asesinarlo.
—Quiero asesinarlo.
—Sí, pero de una forma emocionalmente preocupante.
Victoria le lanzó una mirada helada.
Draco, encantado consigo mismo, continuó.
—Fred te irrita. George te interesa.
Silencio.
Peligroso.
—Ten mucho cuidado con esa frase, Malfoy.
—¿Ves? Ni siquiera lo negaste.
Ella apretó la mandíbula.
Porque no podía negarlo.
Fred era fácil de entender.
Era ruido, bromas, fuego.
George era otra cosa.
Era silencio.
Era tensión.
Era la sensación insoportable de estar siendo observada incluso cuando él no estaba cerca.
Y Victoria odiaba no entender algo.
Especialmente cuando ese algo tenía apellido Weasley.
Victoria Snape odiaba perder.
Lo odiaba casi tanto como odiaba sentirse fuera de control.
Y últimamente, George Weasley se estaba convirtiendo en ambas cosas.
Era irritante.
Patético.
Absolutamente inaceptable.
Porque Victoria no era ese tipo de chica.
No era la que se distraía en clase porque alguien la había mirado demasiado tiempo.
No era la que pensaba en una sonrisa ajena en mitad de la noche.
Y definitivamente no era la clase de idiota que podía sentirse atraída por un Weasley.
Mucho menos por George.
Fred era fácil de entender.
Fred era ruido.
Era caos.
Era fuego.
Fred entraba a una habitación y todo el mundo lo sabía.
George no.
George era peor.
George era silencio.
Era esa calma peligrosa que hacía parecer que siempre sabía algo que los demás no.
Era la forma en que la observaba como si pudiera arrancarle cada pensamiento sin necesidad de hacer una sola pregunta.
Y Victoria odiaba profundamente no poder leerlo de vuelta.
Porque George Weasley no coqueteaba.
George desafiaba.
Y eso la estaba volviendo loca.
Lo peor era que Fred lo había notado.
Por supuesto que lo había notado.
Fred notaba todo cuando se trataba de Victoria.
Notó cómo sus respuestas hacia George eran más lentas.
Cómo sostenía su mirada un segundo más.
Cómo parecía realmente escuchar cuando George hablaba.
Y lo odiaba.
Lo odiaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Porque Victoria Snape podía odiarlo, insultarlo y amenazar con lanzarlo desde la Torre de Astronomía.
Pero mirarlo así…
no.
Eso no era para George.
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—Te ves terrible —dijo George una noche en el dormitorio.
Fred, tirado sobre su cama, le lanzó una almohada sin siquiera mirarlo.
—Gracias. Tú también.
George la apartó con una mano y se apoyó contra una de las camas, observándolo con esa calma irritante que siempre parecía esconder algo.
—No hagas eso.
Fred frunció el ceño.
—¿Hacer qué?
George lo miró directamente.
—Ponerte celoso por Victoria.
Silencio.
Fred se incorporó lentamente.
—No estoy celoso.
George soltó una risa seca.
—Claro. Y Snape es amable.
Fred pasó una mano por su cabello, frustrado.
—No me gusta cómo te mira.
George se quedó quieto.
Fred continuó, ahora más serio.
—Antes te odiaba de frente. Ahora te observa. Y tú también lo notaste.
George apretó la mandíbula.
Porque sí.
Lo había notado.
Y no le gustaba absolutamente nada.
—Eso no significa nada.
—Significa suficiente.
George negó con la cabeza.
—No. Significa problemas.
Fred se puso de pie.
—¿Problemas para quién?
George tardó demasiado en responder.
—Para nosotros.
Porque George conocía a Victoria.
O al menos creía conocerla.
Fría.
Calculadora.
Inteligente.
No era el tipo de chica que hacía algo sin motivo.
Y si ahora empezaba a acercarse…
George no pensaba asumir que era inocente.
Pensaba proteger a Fred.
Aunque eso significara odiarla todavía más.
Aunque eso significara arruinarse a sí mismo en el proceso.
Porque ese era el verdadero problema.
George también había empezado a notarlo.
La forma en que Victoria entraba a una habitación y él la encontraba sin querer.
La manera en que su voz, siempre afilada, se quedaba más tiempo del necesario en su cabeza.
La forma en que discutir con ella empezaba a sentirse peligrosamente parecido a necesitarla cerca.
Y eso era inaceptable.
Totalmente inaceptable.
Por eso decidió buscarla.
Solo para terminar con eso.
Solo para dejar las cosas claras.
Eso se dijo a sí mismo.
Eso intentó creer.
La oportunidad llegó sola.
Biblioteca.
Tarde.
Silencio.
La lluvia golpeaba suavemente las ventanas altas de Hogwarts y casi no había nadie en ese lado de la biblioteca.
Victoria estaba sola, sentada junto a una ventana, con un libro abierto frente a ella y la luz gris de la tarde iluminándole el rostro.
Parecía tranquila.
Demasiado tranquila.
George se quedó mirándola un segundo más de lo necesario.
Luego caminó hasta ella.
No Fred.
George.
Sin sonrisa.
Sin bromas.
Sin escapatoria.
Eso ya era mala señal.
Victoria levantó la vista lentamente.
Y apenas lo vio, alzó una ceja.
—Si vienes a molestarme, tendrás que hacer fila.
George dejó una mano sobre la mesa.
—¿Qué estás haciendo?
Victoria cerró el libro con calma.
—En este momento, soportándote.
—No conmigo. Con Fred.
Silencio.
El aire cambió.
Ella lo miró fijamente.
—Explícate.
George no apartó la mirada.
—Deja de jugar con él.
Victoria se recostó apenas en la silla, elegante, fría.
—Qué adorable. ¿Ahora eres su guardaespaldas emocional?
—No me importa parecer ridículo si significa mantenerlo lejos de ti.
Eso sí la golpeó.
Porque sonó real.
Demasiado real.
Porque George no estaba bromeando.
Nunca bromeaba con ella.
Victoria se puso de pie lentamente.
—Escúchame bien, Weasley. Yo no juego con nadie.
George dio un paso más cerca.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que sí lo hace.
—¿Y tú siempre eres así de insoportable o haces un esfuerzo especial conmigo?
—Solo contigo.
Demasiado cerca.
Demasiado tenso.
Demasiado peligroso.
La biblioteca parecía haberse quedado sin aire.
Victoria sostuvo su mirada.
—No me interesa Fred de esa manera.
George entrecerró los ojos.
—Entonces, ¿qué quieres?
Y ahí estaba.
La pregunta.
La verdadera.
La que llevaba días evitando.
Victoria debería haber tenido una respuesta inmediata.
Una respuesta fría.
Perfecta.
Controlada.
Pero George estaba demasiado cerca.
Y esa mirada suya era peor que cualquier interrogatorio.
Porque no parecía querer una mentira.
Parecía exigir la verdad.
Y la verdad era peor.
Mucho peor.
Porque Fred le gustaba demasiado fácil.
Fred era sencillo.
Ruido.
Caos.
Sonrisas.
Provocación.
Era el tipo de peligro que uno veía venir.
Pero George…
George era otra cosa.
George era silencio.
Era tensión.
Era esa sensación insoportable de estar siendo observada incluso cuando él no estaba cerca.
George era el problema.
George era la intriga.
George era el error.
Y Victoria Snape empezaba a sospechar que los errores podían ser adictivos.
—Eso —dijo ella, en voz baja— es exactamente lo que intento averiguar.
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Después de la biblioteca, Victoria cometió el peor error posible:
empezó a evitar a George.
No de forma obvia.
Victoria Snape jamás hacía nada de forma obvia.
Simplemente cambiaba de pasillo cuando lo veía venir.
Llegaba antes a Pociones.
Salía más tarde de Encantamientos.
Ignoraba con más elegancia de la habitual cualquier oportunidad de cruzarse con él.
Y George, por supuesto, lo notó.
Eso solo empeoró todo.
Porque ahora la miraba más.
Más fijo.
Más consciente.
Como si supiera exactamente lo que estaba haciendo.
Como si estuviera esperando que ella admitiera algo que ni siquiera quería pensar.
Era insoportable.
Así que Victoria hizo lo que cualquier persona emocionalmente inestable pero orgullosa haría:
decidió concentrarse en Fred.
Fred era más fácil.
Fred era ruido.
Fred era distracción.
Fred no hacía preguntas peligrosas.
Fred solo sonreía como si el mundo entero fuera un juego.
Y esa noche, durante una pequeña celebración improvisada en la sala común de Gryffindor después de otra victoria absurda de Quidditch, Victoria terminó exactamente donde no debía estar.
En territorio enemigo.
Draco la había abandonado con una excusa cobarde.
—Si muero aquí, te perseguiré como fantasma —le había dicho ella.
—Si sobrevives, será aún peor —respondió él antes de desaparecer.
Traidor.
Ahora estaba ahí.
Rodeada de Gryffindors ruidosos.
Con música.
Con risas.
Y con Fred Weasley mirándola desde el otro lado de la sala como si aquello fuera lo mejor que le había pasado en semanas.
Perfecto.
Fred se acercó con dos vasos en la mano.
—Nunca pensé ver a una Snape en Gryffindor voluntariamente. ¿Debo preocuparme por el apocalipsis?
Victoria tomó uno de los vasos sin mirarlo.
—Solo vine a confirmar que los rumores eran ciertos.
Fred alzó una ceja.
—¿Qué rumores?
Ella bebió un pequeño sorbo.
—Que aquí huele constantemente a malas decisiones.
Fred soltó una risa.
—Y aun así te quedaste.
—Estoy considerando si incendiar el lugar sería un acto de servicio público.
Fred se inclinó apenas hacia ella.
—O quizá solo querías verme.
Victoria sostuvo su mirada.
—Tu ego debería ser estudiado por la ciencia.
—Y tu negación también.
Demasiado cerca.
Otra vez.
Siempre demasiado cerca.
Fred tenía esa forma de invadir espacio como si fuera natural, como si el aire entre ambos le perteneciera.
Y esa noche, con el ruido alrededor y el calor de la sala común, era aún peor.
Porque Victoria no retrocedió.
Fred lo notó.
Claro que lo notó.
Su sonrisa cambió apenas.
Menos broma.
Más peligro.
—¿Sabes qué me parece interesante? —murmuró él.
—Que todavía no te he golpeado, sí.
—No. Que últimamente ya no discutes conmigo igual.
Victoria apretó un poco el vaso.
—Tal vez estoy madurando.
—No. Tal vez estás distraída.
Silencio.
Ella sabía exactamente hacia dónde iba.
Y lo odiaba.
—No sé de qué hablas.
Fred sonrió despacio.
—Claro que sí.
Victoria dejó el vaso sobre una mesa cercana.
—No todo gira alrededor de ustedes, Weasley.
—No. Solo tú.
Eso la hizo mirarlo.
De verdad.
Porque Fred seguía sonriendo, pero había algo distinto.
Algo más serio.
Más honesto.
Y eso era peligrosísimo.
—Fred…
—No —dijo él, más bajo—. Déjame terminar.
El ruido de la sala parecía haberse alejado.
Como si de pronto solo existieran ellos dos.
—No me molesta que me odies, Victoria. Incluso creo que me divierte un poco. Pero sí me molesta cuando finges que no pasa nada.
Ella cruzó los brazos.
Defensa automática.
—No estoy fingiendo nada.
Fred dio un paso más.
Ahora estaba tan cerca que era absurdo.
—Entonces mírame y dime que no pasa nada cuando George entra a una habitación.
Golpe directo.
Preciso.
Cruel.
Victoria sintió la rabia subirle al pecho.
Porque Fred no tenía derecho.
Porque él no podía decir eso.
Porque él estaba viendo demasiado.
—No hables como si supieras algo.
—Lo sé todo.
—No, Fred.
Su voz salió más baja de lo esperado.
Más frágil.
Peor.
—No, no lo sabes.
Fred bajó la mirada un segundo.
Cuando volvió a verla, ya no estaba jugando.
—Sé que cada vez que él te mira, tú olvidas cómo respirar.
Silencio.
Brutal.
Victoria sintió el corazón golpearle demasiado fuerte.
—Y sé —continuó Fred— que odio eso mucho más de lo que debería.
Eso.
Eso era el verdadero problema.
No George.
No ella.
Fred.
Porque Fred estaba ahí.
Frente a ella.
Sincero.
Y Victoria no estaba preparada para eso.
—Fred…
Pero él negó con la cabeza.
Una sonrisa pequeña.
Triste.
Peligrosa.
—Lo peor es que ni siquiera puedo enojarme contigo.
Victoria tragó saliva.
Eso era nuevo.
Eso era peor que cualquier discusión.
—No hagas esto.
—¿Esto qué?
—Ser honesto.
Fred soltó una risa breve.
—Demasiado tarde.
Y entonces ocurrió.
Un segundo.
Un impulso.
Una pésima decisión.
Victoria lo empujó ligeramente contra la pared más cercana, más por frustración que por intención.
Pero Fred no se movió.
Solo la miró.
Respirando más lento.
Esperando.
Desafiando.
Sus manos quedaron a ambos lados de él.
Demasiado cerca.
Demasiado íntimo.
Demasiado peligroso.
—Eres insoportable —susurró ella.
Fred inclinó apenas la cabeza.
—Eso no suena como un insulto ahora mismo.
Victoria apretó la mandíbula.
—Cállate.
—Hazme.
Silencio.
El tipo de silencio que podía incendiar un castillo entero.
Fred bajó la mirada a sus labios.
Luego volvió a sus ojos.
Sin tocarla.
Sin moverse.
Como si le estuviera dejando elegir.
Y quizá eso fue lo peor.
Porque Victoria Snape odiaba perder el control.
Y en ese momento, estaba peligrosamente cerca de hacerlo.
Pero antes de que pudiera pasar algo más—
—Vaya.
La voz llegó como un hechizo maldito.
George.
Ambos giraron.
George estaba de pie al otro lado de la sala, quieto, con esa expresión peligrosamente calmada que siempre significaba problemas.
Mirándolos.
A los dos.
Fred se apartó primero.
Victoria retrocedió.
El aire se volvió hielo.
George sonrió.
Pero no había absolutamente nada amable en eso.
—¿Interrumpo algo?