Senza Onore

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Summary

En las calles oscuras de Nápoles, la familia no es solo sangre... es poder, violencia y silencio. Elio crece admirando un mundo que no entiende del todo, donde su tío Zio ejecuta sin dudar y las siglas M.C. empiezan a aparecer como una sentencia. Pero en esta ciudad, la lealtad tiene precio, y la inocencia no dura mucho. Cuando la guerra vuelva a encenderse, nadie saldrá limpio.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Elio

La lluvia caía fina y persistente sobre los callejones de Scampia, como si Nápoles intentara lavar sus propios pecados. El olor a humedad, basura y miedo se mezclaba en el aire.

Las pisadas retumbaban pesadas contra los charcos.

—Zio... Zio, por favor... ¡Soy yo! ¡No hagas esto, te lo suplico!

La voz del hombre se quebraba con cada palabra. Intentaba arrastrarse, pero sus manos resbalaban en el pavimento mojado.

Zio no contestó. Nunca hablaba durante un trabajo.

Avanzó con esa elegancia fría que lo caracterizaba y, sin cambiar el gesto, le soltó una patada brutal en plena boca. El crujido de huesos y dientes resonó en el callejón. El hombre cayó hacia atrás como un saco de carne, escupiendo sangre y trozos de dientes.

Zio lo miró desde arriba solo un segundo. Sin rabia. Sin satisfacción. Solo el vacío profesional de quien ha hecho esto demasiadas veces.

Agarró el cuerpo por las axilas y lo arrastró hasta el Alfa Romeo negro que esperaba con las puertas abiertas. Lo arrojó en el asiento trasero. El fuerte olor a gasolina ya inundaba todo el callejón; Zio había pasado casi media hora preparando el reguero perfecto.

Retrocedió unos metros. La sangre que cubría sus nudillos goteaba sobre el suelo húmedo.

Plic. Plic. Plic.

Solo entonces, como siempre hacía después de cada asesinato, sacó un cigarrillo. Esta vez era uno caro, de importación, de esos que costaban más de treinta euros la cajetilla. Cuanto más difícil o delicado era el trabajo, más caro era el cigarro con el que se premiaba. Este había sido complicado. Por eso merecía uno bueno.

Lo encendió con un cerillo barato, aspiró profundamente y tiró la llama al reguero de gasolina sin mirar atrás.

El fuego corrió como un demonio por el callejón.

A cuatrocientos metros de distancia, dentro de otro coche estacionado en la penumbra, Elio esperaba con el corazón latiéndole con fuerza. Tenía solo diez años y las piernas le temblaban de pura emoción.

«Zio siempre tarda cuando trabaja», pensó, mordiéndose el labio. «Pero siempre vuelve. Siempre vuelve como un lobo.»

Para Elio, su tío Zio era un héroe. Y su padre, Ezio, el hermano mayor de Zio, era casi un dios. Le habían dicho que ya era hora de que empezara a ver cómo funcionaba de verdad el “trabajo familiar”. Y para él, eso sonaba a poder, respeto y lealtad. Soñaba con el día en que también llevara traje negro y la gente bajara la mirada al verlo pasar.

De pronto, distinguió la silueta a lo lejos.

Zio caminaba encorvado pero elegante, dejando tras de sí una estela de humo del cigarrillo caro. Elio sonrió con todo el rostro.

Cuando Zio abrió la puerta del conductor, el olor metálico de la sangre entró con fuerza al coche.

Estaba empapado de rojo. Se quitó la chaqueta con movimientos bruscos y la tiró al asiento trasero, casi encima del niño.

—Maldita sea... —murmuró con rabia contenida—. ¿En qué coño estaba pensando Ezio trayéndote tan pronto?

Elio lo observaba con los ojos muy abiertos.

—T-tío... ¿qué hiciste?

Zio giró la llave y el motor rugió suavemente.

—Nada que te incumba todavía —respondió sin mirarlo.

El coche comenzó a moverse. Apenas habían avanzado unos metros cuando la explosión retumbó a sus espaldas como un cañonazo. El retrovisor se llenó de fuego naranja y negro.

Elio se giró por completo, pegando la cara al vidrio, fascinado.

—¡Wow! —susurró—. Parece... parece fuegos artificiales.

Zio apretó el volante con más fuerza y no dijo nada.

Dos horas más tarde, la lluvia arreciaba cuando el Teniente Dario y el Oficial Joseph llegaron al lugar. El coche calcinado todavía humeaba. El olor a carne quemada y plástico derretido era nauseabundo.

Dario se detuvo frente a la escena y, como siempre que necesitaba pensar, sacó un cigarrillo barato. Lo colocó entre el pulgar y el dedo medio —su forma peculiar de fumar— y lo encendió. Dio una calada larga mientras sus ojeras profundas se acentuaban bajo la luz intermitente de las sirenas.

Joseph se quedó a un lado, incómodo como siempre.

Dario caminó lentamente alrededor del vehículo quemado. Sacó su vieja libreta negra del bolsillo interior del abrigo y empezó a anotar detalles: hora de llegada, posición del vehículo, olor predominante, estado de la lluvia. Todo. Siempre lo anotaba todo.

Al llegar al capó, se detuvo en seco.

Escritas con sangre que la lluvia aún no había logrado borrar por completo, destacaban claramente las siglas:

M.C

Dario se quedó mirándolas en silencio. Dio otra calada profunda a su cigarrillo, sosteniéndolo de esa forma tan suya, y exhaló el humo lentamente hacia las letras.

—Qué considerados... —murmuró con sarcasmo—. Hasta dejaron firma y todo.

Joseph tragó saliva.

—¿Son ellos otra vez, teniente?

Dario no respondió de inmediato. Siguió fumando mientras pensaba, anotando más detalles en su libreta: “Firma M.C. trazada con firmeza”, “cigarro caro entre la ceniza”, “reguero de gasolina profesional”. Cada observación quedaba registrada con su letra pequeña y precisa.

—Estas siglas las conozco muy bien —dijo finalmente, casi para sí mismo—. Hace ocho años quemaron vivo a un juez y dejaron exactamente la misma marca. Nunca pudimos probar nada.

Cerró la libreta de golpe, pero no guardó el cigarrillo. Siguió fumando mientras su mente trabajaba a toda velocidad.

—Esta vez se están volviendo más descarados... o están desesperados. No sé qué me preocupa más.

Dio una última calada larga, tiró la colilla al suelo y la aplastó con el zapato. Miró una vez más las siglas ensangrentadas.

—Empieza a mover las piezas que llevamos años quietas, Joseph —dijo con voz baja y peligrosa—. Porque esta firma significa que la guerra está volviendo.

Mientras el teniente se alejaba bajo la lluvia, las llamas residuales del coche seguían crepitando débilmente.

En algún lugar de Nápoles, un niño de diez años seguía creyendo que su familia era invencible.

Y sin que él lo supiera, las siglas M.C. acababan de marcar el comienzo de algo mucho más grande... y mucho más sangriento.