El Día que te Conocí (Kimi ni Aeta Hi)

All Rights Reserved ©

Summary

Hiroshi Takeda es un genio, o al menos eso dicen sus notas. Vive en un mundo de lógica, fórmulas y una absoluta ausencia de color. Para él, el resto de las personas son solo ruido de fondo en una vida perfectamente estructurada.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1: Un día inusual

El canto de los pájaros se filtraba por la ventana, mezclándose con el crujir de las ramas sacudidas por el viento. Abrí los ojos lentamente y estiré los brazos, sintiendo cómo la luz de la mañana me obligaba a parpadear.

—Parece que es un nuevo día… —murmuré con un bostezo.

Hoy había excursión en la preparatoria. Un evento que para cualquiera sería emocionante, pero que a mí me resultaba simplemente… agotador. Me levanté de la cama sin muchas ganas.

Soy Hiroshi Takeda. Tengo 17 años y vivo en Setagaya, Tokio. Últimamente, mi mente se ha vuelto un laberinto de preguntas sin respuesta: ¿Por qué vivimos? ¿Cuál es nuestro propósito? Mi vida transcurre en un tono gris constante, una rutina de notas perfectas y silencios prolongados. Dicen que soy el más inteligente de la clase, pero la inteligencia no ayuda mucho a encontrarle el sabor a la existencia.

—¡Hiroshi! El desayuno está en el horno. Ya me voy, ¡no te olvides de comer! ¡Adiós, cariño! —la voz de mi madre resonó desde la entrada antes del golpe seco de la puerta.

—Está bien, mamá. No te preocupes.

Fui al baño y me eché agua fría en la cara, tratando de despertar mis sentidos. Lunes. Museo de Tokio. Seguramente sería un día común y corriente, otra página en blanco en mi diario de días iguales.

En la cocina, encontré el desayuno junto a una pequeña nota:

“Espero que te guste, hijo. Cuídate mucho. Con cariño, mamá”.

Sonreí de lado. Ella siempre se esfuerza demasiado. Desde que papá murió en aquel accidente hace once años, ella ha sido mi único pilar. Ver su caligrafía apresurada siempre me recordaba que, aunque mi mundo fuera gris, ella intentaba ponerle un poco de color.

Salí disparado a las 8:00 a.m. para no llegar tarde. En el camino, una voz familiar rompió mi burbuja.

—¡¿Hiroshi?! ¡Oye, espérame!

Era Ryo Nakamura, mi amigo de la infancia. Chocamos las manos con la complicidad de quienes han compartido travesuras desde que usaban pañales. Él es mi opuesto total: extrovertido, ruidoso y siempre con una sonrisa. Yo soy el que prefiere observar desde la sombra; él es quien salta al centro del escenario.

Llegamos a la prepa justo a tiempo. Tras cambiarnos los zapatos, entramos al salón. Me senté en mi lugar de siempre, cerca de la ventana, donde los cerezos empezaban a dar señales de vida. Estaba por hundir la cabeza entre mis brazos cuando el profesor Takeshi entró al aula.

—¡Buenos días! Antes de irnos al museo, haremos el sorteo para el cambio de asientos.

El salón estalló en quejas y murmullos de emoción. A mí me dio igual. Un asiento es solo madera y metal, no importa dónde esté.

—Hiroshi Takeda, tu turno.

Caminé hacia el escritorio del profesor y saqué un papel: Número 7. Me mudé a mi nuevo sitio, me crucé de brazos sobre la mesa y me preparé para ignorar el mundo un rato más.

Entonces, sucedió.

Alguien se sentó a mi lado. Fue como si una corriente eléctrica recorriera el aire. Percibí una piel blanca, casi de porcelana, y un aroma sutil a flores que me obligó a levantar la vista. El viento de la ventana agitó su cabello, y por un segundo, el gris de mi mundo se rompió. Los colores se volvieron más intensos, más reales. No sabía qué estaba pasando, pero sentí que ella era… diferente.

—Bien, ya terminamos. ¡Todos al bus para la excursión! —anunció el profesor.

Durante el trayecto, no podía dejar de mirarla. Estaba sentada unos asientos más adelante, riendo con sus amigas. Mi corazón, que siempre latía con una calma aburrida, empezó a martillear contra mis costillas. Cada vez que ella hacía el amago de voltear, yo giraba la cara hacia la ventana como un tonto, sintiendo que me faltaba el aire.

Llegamos al museo y caminamos entre fósiles y reliquias antiguas. Ryo y sus amigos bromeaban, pero yo solo quería que el día terminara… hasta que nos cruzamos en la sección de arte.

Ella parecía perdida. Se acercó a nuestro grupo y sus ojos, brillantes y curiosos, se clavaron directamente en los míos.

—¡Disculpen! ¿Saben por dónde queda el baño? —su voz era dulce, como una melodía que no quería dejar de escuchar.

—Ah… ¿el baño? —respondí, intentando que no se me notaran los nervios—. Sí, vas por aquí, doblas a la izquierda y ahí está.

—Gracias —me dedicó una mirada intensa—. Oye, ¿cuál es tu nombre?

—Soy… Takeda Hiroshi.

—¿Hiroshi Takeda? ¡Muchas gracias por ayudarnos, Hiroshi-kun!

Me regaló una sonrisa que casi hace que mi corazón se detenga por completo. Se dio la vuelta para irse y, en un impulso de valor que no sabía que tenía, grité:

—¡Oye, espera!

Ella se detuvo y ladeó la cabeza, confundida pero con un brillo especial en los ojos.

—¿Si? ¿Pasa algo?

—Esto… yo… ¡me gustaría saber tu nombre! —dije, sintiendo el calor subir por mi cuello.

Ella soltó una pequeña risa, una de esas que te desarman.

—¡Mi nombre es Kaori Yamada! ¡No lo olvides!

Kaori. El nombre se quedó grabado en mi mente mientras la veía alejarse.

Al final del día, de regreso en la escuela, fui al salón a recoger mis cosas. El aula estaba en penumbra, bañada por el naranja intenso del atardecer. Y allí estaba ella, sola, mirando por la ventana. Pero el aura mágica de la mañana había desaparecido. Sus hombros temblaban.

Me acerqué con cautela. Al notar mi presencia, Kaori volteó y mi alma se encogió: tenía los ojos llorosos.

—Oye… ¿estás bien? —pregunté, mi voz apenas un susurro.

Se secó las lágrimas rápidamente con el antebrazo y forzó una de esas sonrisas que duelen ver.

—No, no te preocupes… estoy bien.

No le creí. Pero no éramos lo suficientemente cercanos para que me contara su dolor. Nos despedimos con un hilo de voz y ella salió del salón.

Llegué a casa, cené en silencio y me desplomé en la cama. Mi mente era un caos. Kaori había llegado para cambiar el rumbo de mi vida en un solo día, pero verla llorar me hacía sentir un vacío insoportable.

—Juro que voy a ayudarte en lo que pueda, Kaori-san —susurré al techo de mi habitación, cerrando el puño con determinación.

El gris se había ido, pero ahora, el nuevo color de mi mundo dolía un poco.