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Pastel de fresa-[Chestappen]

Summary

Max un estudiante de clase alta de Historia del Arte choca su carro por lo que debe recurrir a la mecánica mas cercana, donde se encuentra Checo, un mecánico con malas mañas.

Genre
Lgbtq
Author
Conejo
Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

1

Max Emilian Verstappen, o "Maxie" como todos lo llamaban, nunca

había tenido que preocuparse demasiado por nada en su vida.

Estudiante de Historia del Arte en una universidad de lujo, sus días

se dividían entre clases teóricas, visitas a museos y cafés con leche

de avena que pedía exactamente a su gusto. Siempre impecable,con su ropa planchada y combinada, uñas pintadas, labios con gloss

cherry y una faldita plisada que parecía hecha a medida.

Su cabello rubio estaba siempre perfectamente peinado, y su bolso

de diseñador colgaba delicadamente de su hombro mientras

caminaba con esa gracia casi teatral.

Maxie no era de los que se ensuciaban las manos; su mundo era de

colores suaves, brillos y perfumes delicados. Cada detalle de su vida

estaba planeado: desde su agenda de clases hasta la elección del

café que tomaría esa tarde. Todo era pulcro, perfecto... hasta que la

realidad decidió darle un pequeño golpe de caos.

Ese caos llegó en forma de su flamante carro nuevo de

concesionaria, apenas estrenado hacía una semana, con olor a cuero

nuevo y plástico reluciente.

Mientras Maxie manejaba con cuidado -faldita moviéndose con cada

pequeño giro, labios brillantes sonriendo nerviosamente ante

cualquier semáforo- un despiste, un giro demasiado rápido.

Un pequeño despiste, un giro torpe, y crash.

El metal nuevo se abolló con un ruido que hizo que el corazón de

Max diera un vuelco. La abolladura era enorme, y él se quedó

paralizado un segundo, temblando, mientras golpeaba suavemente

el volante.-No... no puede ser... -susurró, la voz apenas audible, casi como un

llanto contenido.

La abolladura en el costado del carro era enorme, y Maxie sintió que

se le caía el mundo encima. Respiró hondo, intentando calmarse,

pero sabía que no había tiempo que perder si quería evitar un

regaño de su papá.

Sacó el celular y buscó desesperadamente un taller mecánico

cercano: Taller Hermanos Pérez.

Y así, con el corazón latiendo a mil, Maxie arrancó de nuevo,

conduciendo hacia el taller, su faldita moviéndose con cada frenazo y

su bolso chocando suavemente contra su cadera, sin saber que ese

simple accidente estaba a punto de ponerlo frente a algo más que

solo un arreglo.

El Taller Hermanos Pérez olía a aceite quemado, metal caliente y un

toque de neumático viejo, y en ese lugar estaba Checo Pérez, dueño

absoluto de su territorio.

Mecánico de tiempo completo, su vida giraba alrededor del taller, los

partidos del América que no se perdía, y unas cuantas cheves

heladas para acompañar la tarde.

Con una sonrisa que más de una mujer había sucumbido a lo largo

de los años, Checo era conocido por ser mujeriego y ojo alegre,

siempre capaz de lanzar un piropo o un comentario subido de tono

sin pestañear.

Maxie se acercó al Taller Hermanos Pérez con pasos cortos y un

poco temblorosos, ajustándose la faldita plisada y agarrando su

bolso con fuerza. Respiró hondo y, reuniendo todo el valor que pudo,

dijo en voz baja:

-H-hola... -su timidez se mezclaba con determinación, y sus ojos se

movían nerviosos hacia el interior del taller.Desde debajo de un carro levantado en el elevador, se escuchó un

leve gruñido de esfuerzo. Maxie tragó saliva y parpadeó varias

veces, hasta que la figura de Checo comenzó a aparecer: saliendo

del coche, empujando con fuerza, y poco a poco quedando de pie

frente a él.

Checo estaba cubierto de grasa, con la camiseta sin mangas blanca

completamente sucia, los pectorales firmes marcados por el

esfuerzo, y la cadena de oro colgando en su cuello brillando

ligeramente.

Maxie no pudo evitar quedarse congelado unos segundos, el rubor

subiéndole a las mejillas y un calor extraño en el bajo vientre que,

por supuesto, jamás admitiría. Incluso un pequeño temblor recorrió

sus piernas...

-Eh... hola -dijo Checo, limpiándose las manos en un trapo, con una

sonrisa cordial pero traviesa-. ¿Vienes por servicio?

Maxie asintió, tratando de controlar la voz temblorosa y fijando la

mirada en cualquier parte menos en los brazos fuertes y las piernas

bien formadas del mecánico.

-Sí... mi... mi carro... -dijo con timidez, bajando un poco la cabeza,

intentando mantener su compostura de fresco estudiante de Historia

del Arte.

Checo levantó una ceja, divertido, y aunque estaba siendo cordial

porque Max era su cliente, no podía dejar de notar las piernas

blanquitas, delicadas y perfectas que asomaban bajo la faldita de

Maxie. Una chispa traviesa se encendió en su mirada, pero mantuvo

la voz amable:

-Tranquilo, fresita... yo me encargo de tu carrito. Solo dame los

datos y ponte cómodo mientras le echo un vistazo.Maxie, por supuesto, se sentó con las piernas cruzadas de manera

casi teatral, intentando aparentar confianza mientras su corazón latía

rápido y sus pensamientos daban vueltas entre "qué guapo es" y

"¡puaj, este naco!"

Checo caminó junto a Maxie hasta el pequeño auto nuevo, silbando

entre dientes al ver la marca reluciente del concesionario. Dio una

vuelta lenta, manos en la cintura, y luego soltó una risita.

-¿Y este golpezote te lo diste tú solito? -preguntó, mirando el

costado hundido del vehículo.

Maxie se cruzó de brazos, ofendido.

-Fue un accidente. No suelo manejar... mucho.

-Se nota -contestó Checo, con una sonrisa que no sabía si era burla

o coqueteo. Se agachó para mirar más de cerca la abolladura y pasó

la mano sobre la pintura dañada.

-Va a necesitar desabolladura, pintura nueva y un pulido completo.

Maxie asintió, ansioso.

-Sí, sí, lo que sea necesario. ¿Cuánto costará?

Checo se incorporó, limpiándose las manos con su trapo.

-Unos mil setecientos pesos, más o menos.

Los ojos de Maxie se abrieron de par en par.

-¿¡Mil setecientos!?

-Ajá. Barato, considerando lo nuevecito que está -respondió Checo

con tranquilidad, y luego lo miró de reojo, con una media sonrisa-.

Pero si te parece mucho... siempre podemos negociar.

Maxie frunció el ceño, sin saber si lo decía en serio o si lo estaba

provocando otra vez.

-Negociar cómo exactamente.Checo se encogió de hombros, guardando el trapo en el bolsillo

trasero del pantalón.

-Pues no sé, tú dime. Yo soy flexible -dijo con una sonrisa pícara que

lo hacía parecer el hombre más confiado del planeta.

Maxie suspiró, exasperado.

-Sólo quiero que lo arregles rápido.

-Como digas, fresita -contestó Checo, conteniendo una risa mientras

anotaba los datos del auto en una libreta.

Por primera vez, Maxie lo miró directamente a los ojos, y por un

segundo, ambos se quedaron en silencio. El taller seguía oliendo a

grasa y metal, pero el aire entre los dos se volvió un poco más

eléctrico, como si ambos intentaran averiguar qué clase de desastre

acababa de empezar ahí.

Maxie firmó los papeles del servicio, todavía medio ofendido por el

comentario de "fresita". Guardó su pluma con gesto elegante y dio

un paso atrás, alisando su faldita y revisando su bolso.

-Entonces... ¿cuándo estará listo? -preguntó con su tono más

diplomático.

-En un par de días, si no hay sorpresas -respondió Checo, revisando

el formulario-. Vas a tener que dejarlo.

Maxie suspiró.

-Perfecto... -miró alrededor, algo incómodo-. Supongo que tomaré el

camión.

Checo levantó la vista de la hoja, sorprendido.

-¿El camión? ¿Tú? -sonrió de medio lado-. No manches, fresita, te

vas a perder en la primera esquina.-Sé perfectamente tomar un transporte público -replicó Maxie,

aunque no sonaba nada convincente.

Checo se rio bajito y tiró las llaves sobre el mostrador.

-Órale, sube. Te doy un raite, no pasa nada.

Maxie dudó, mirando de reojo el viejo coche de Checo estacionado

afuera, cubierto de polvo y con el asiento del copiloto lleno de

herramientas.

-No quiero molestarte...

-No es molestia -dijo Checo, encogiéndose de hombros-. Además,

sería un crimen dejar que te subas a un camión con esa faldita. Vas

a terminar toda despeinada.

Maxie lo miró con esa mezcla de molestia y sorpresa que ya se

estaba volviendo costumbre.

-Eres increíblemente vulgar.

-Y aun así vas a aceptar el raite -respondió Checo, divertido.

Maxie se quedó un segundo pensándolo, luego suspiró resignado.

-Sólo hasta la esquina de la universidad.

-Hecho -dijo Checo con una sonrisa amplia, abriendo la puerta del

coche para él como si fuera lo más natural del mundo.

Mientras Maxie se acomodaba con cuidado en el asiento, Checo

rodeó el auto y subió del otro lado, encendiendo el motor con un

rugido.

El contraste entre los dos era casi cómico: el mecánico cubierto de

grasa y el chico con aroma a perfume caro y brillo en los labios,

compartiendo por primera vez el mismo aire.El viejo coche de Checo avanzaba por la avenida con un rugido

ronco. El aire olía a gasolina y a jabón barato, y la radio sonaba con

un corrido suave, de esos que Max jamás habría escuchado por

voluntad propia.

Maxie miraba por la ventana, con las piernas cruzadas y las manos

sobre su bolso, tratando de ignorar cada vibración del asiento.

-¿Y entonces qué estudias, cosita? -preguntó Checo, rompiendo el

silencio con su tono despreocupado.

Max giró la cabeza apenas, molesto.

-Max.

-¿Mande?

-Me llamo Max -repitió, marcando cada sílaba.

Checo sonrió, divertido.

-Está bien, Max. Pero respóndeme, ¿qué estudias, fresita?

Maxie suspiró.

-Historia del Arte.

-¿Historia del qué? -preguntó Checo, genuinamente confundido.

-Del Arte -repitió Max, con un dejo de fastidio-. Pintura, escultura,

museos... cosas que probablemente no te interesan.

Checo soltó una carcajada, y el sonido llenó el auto.

-Tienes razón, güerito, no le sé mucho a eso. Pero mira, si un día

pintan algo de motores, me invitas al museo, ¿va?

Maxie apretó los labios, disimulando una sonrisa que no quería dejar

salir.

-Difícilmente -murmuró, mirando de nuevo por la ventana.Checo lo observó un momento, con esa mezcla de curiosidad y

encanto que le provocaba el rubio de voz suave y modales

elegantes.

-Eres de los que creen que todos los mecánicos somos unos brutos,

¿verdad? -preguntó al rato, sin molestia, sólo con un tono pícaro.

-No... -dijo Max, aunque no sonó del todo convincente.

-Ajá. -Checo sonrió y cambió de carril-. Ya verás, Max. No todos los

nacos mordemos.

Maxie lo miró de reojo, y por un instante, el silencio volvió, pero no

era incómodo. Afuera, el sol comenzaba a caer, y el reflejo

anaranjado entraba por la ventana, tiñendo el gloss cherry de Maxie

con un brillo suave.

Checo, sin poder evitarlo, bajó un poco la voz.

-¿Sabes? No pensé que los fresitas olieran tan bien.

-¡Checo! -exclamó Max, indignado, aunque el leve sonrojo lo

traicionó.

-¿Qué? Si es un cumplido. -Checo sonrió de lado-. Ya llegamos, por

cierto.

Max suspiró de alivio cuando vio la puerta de su facultad.

-Gracias por el... raite.

-Cuando quieras, Max. -Checo recalcó el nombre con una sonrisa

sincera.

Maxie bajó del coche, caminando con la cabeza alta y la faldita

moviéndose al compás de sus pasos. Checo lo miró alejarse, riendo

bajito.

-Ay, güerito... ya verás.Checo entró al taller con una sonrisa de medio lado, todavía con el

olor del perfume caro de Max impregnado en la camiseta. Se pasó el

trapo por el cuello, como queriendo borrarse el recuerdo de esos

ojitos azules que lo habían mirado con desdén en el asiento del

copiloto.

Toño estaba apoyado en el mostrador, masticando un chicle y

mirando a su hermano con una ceja levantada.

-No tienes remedio, cabrón -dijo Toño, escupiendo el chicle a un

lado-. Lo que tenga dos piernas y se mueva te calienta, ¿verdad?

Checo soltó una risita baja, dejando caer el trapo sobre el banco de

herramientas y apoyándose contra una pared, con una calma que

era puro desafío.

-¿Y qué, güey? ¿Viste a ese fresita? -dijo, con una sonrisa pícara que

se volvía más sucia por segundos-. No mames, parece que lo

sacaron de un pinche desfile de princesas. Todo rosita, oliendo a

flores caras, con esa faldita que de milagro no enseña todo. ¡Y esas

piernitas! Puta madre, Toño, me dieron ganas de ensuciarlo nomás

pa' ver si sigue oliendo tan rico.

Toño se carcajeó, golpeando el mostrador con la palma de la mano.

-¡No mames, Checo! ¿Ya te quieres echar al fresita? ¡Es vato,

cabrón!

Checo se encogió de hombros, con una sonrisa que era puro

descaro.

-¿Y qué chingados? Vato o no, ese culito debe estar tan apretadito y

rosita que seguro se siente como meterla en un pinche pastel de

fresa. No mames, con esas piernas blanquitas y ese gloss, apuesto

que hasta gime como reina. ¡Me lo imagino todo sonrojado,

pidiéndome que no lo ensucie, pero bien que le gustaría!Toño estalló en risas, casi atragantándose con el chicle, mientras

golpeaba el mostrador de nuevo.

-¡Eres un pinche enfermo, Checo! -dijo entre risas-. Ya te veo,

arreglándole el carrito y de paso queriendo descomponerle otra

cosa.

Checo rió fuerte, echando la cabeza hacia atrás, sin un ápice de

vergüenza.

-Órale, no me tientes, que ese güerito me miró como si yo fuera un

pinche perro callejero, pero esos ojitos no engañan. Apuesto que en

el fondo ya se está imaginando cómo le doy un buen servicio. ¡Y no

nomás al carro, cabrón!

Toño negó con la cabeza, todavía riendo.

-Pinche Checo, estás perdido. Pero ándale, arréglale el carrito al niño

bonito antes de que venga su papá a darte un putazo.

Checo sonrió, mirando hacia la puerta del taller, como si esperara ver

a Max regresar con su faldita plisada y su bolso caro. La verdad,

desde que el rubio se había bajado de su camioneta, con esa mezcla

de altanería y timidez, Checo no podía sacárselo de la cabeza. Esas

piernas pálidas, ese perfume dulzón, la forma en que se cruzaba de

brazos como si el mundo no fuera digno de él.

Y sí, Toño tenía razón: Checo no tenía remedio. Pero si todos los

clientes fueran como Maxie, con esa vibra de fresita intocable, Checo

estaría más que feliz de seguir metiéndose en problemas.

Maxie salió de la facultad de Historia del Arte con su característica

gracia teatral, ajustándose el bolso de diseñador que colgaba de su

hombro. La faldita plisada, perfectamente planchada, se movía con

cada paso, y el gloss cherry en sus labios brillaba bajo el sol de la

tarde, que pintaba el cielo de Ciudad de México con tonos

anaranjados. Sus uñas, pintadas de un rosa suave, tamborileabannerviosamente sobre la correa del bolso mientras revisaba su celular,

esperando encontrar una notificación sobre el transporte que lo

llevaría a casa. No estaba de humor para lidiar con un camión

abarrotado, no con su cabello rubio perfectamente peinado y su

atuendo impecable.

El celular vibró en su mano, y frunció el ceño al ver un mensaje de

un número desconocido. Lo abrió, y el texto era directo, con ese

tono desenfadado que ya le sonaba familiar:

"Oye, fresita, ya salí del taller. Paso por ti pa' que no te subas al

camión y termines perdiendo el bolso ese caro. ¿Dónde estás? "

Checo, el estúpido y naco mecánico.

Maxie se quedó parado en la acera, con las mejillas ligeramente

sonrojadas.

¿Cómo había conseguido Checo su número?

Probablemente de los papeles del taller, pensó, mordiéndose el labio.

La idea de volver a subirse a esa camioneta vieja, con su olor a

gasolina y asientos llenos de herramientas, le hacía arrugar la nariz,

pero, por otro lado, la alternativa era el transporte público, y la sola

imagen de apretujarse entre desconocidos con su faldita y su

perfume caro le dio un escalofrío.

Dudó un momento, mirando la pantalla, y luego respondió, con los

dedos temblando un poco:

"Estoy en la entrada principal de la facultad donde me dejarte esta

mañana. Pero no te sientas obligado."

La respuesta llegó en segundos:

"Ya voy, fresita. Ni te muevas, que no quiero que te despeines."Todo en Max gritaba perfección, pero bajo esa fachada

cuidadosamente construida, su corazón latía con un torbellino de

emociones que amenazaba con desbordarse.

Maxie había aprendido desde pequeño a construir un mundo donde

todo estuviera bajo control: su ropa, su cabello, su agenda, incluso

la forma en que cruzaba las piernas al sentarse.

Era su armadura contra un mundo que siempre parecía exigir más

de él. Su padre, un hombre estricto y distante, había moldeado esa

necesidad de perfección, castigando cada error con un silencio que

cortaba más que cualquier grito.

Pero detrás de esa fachada, Maxie llevaba años buscando algo más:

validación, sentirse deseado, sentirse lindo. Había encontrado ese

anhelo en los brazos de hombres, encuentros furtivos en baños de

clubes, departamentos oscuros o callejones discretos.

Hombres que lo miraban con deseo, que lo tocaban con manos

ansiosas, pero que nunca se quedaban. Lo usaban, tomaban lo que

querían -Sexo rápido, un momento de placer egoísta- y lo dejaban

atrás, con el cuerpo satisfecho pero el corazón más vacío que antes.

Max lo aceptaba, porque en esos momentos, aunque fueran breves,

se sentía visto, hermoso, digno de atención. Pero después, cuando

las luces se apagaban y el silencio volvía, la vergüenza lo consumía,

junto con la certeza de que nunca era suficiente.

El accidente con el carro nuevo había sido un golpe directo a su

fachada de perfección, un recordatorio de que no era infalible, y la

idea de enfrentarse a su padre lo llenaba de un miedo que lo hacía

temblar. Pero más allá del miedo, había una chispa de rebeldía, un

deseo reprimido de romper las reglas que lo ataban.

Checo Pérez, con su camioneta polvorienta, su camiseta manchada

de grasa y su sonrisa descarada, era el caos personificado, alguienque lo miraba de una manera que lo hacía sentir expuesto,

vulnerable, pero también vivo.

Cuando Checo le mandó un mensaje anoche, ofreciéndose a llevarlo

a clases porque su carro seguía en el taller, dudó.

Una parte de él quería mantener la distancia, preservar su mundo

ordenado donde nadie podía tocarlo. Pero la otra parte -la que

recordaba la forma en que Checo lo había mirado ayer, con esa

mezcla de burla y deseo crudo- lo hizo aceptar, aunque su corazón

latía con una mezcla de ansiedad y anhelo.

A lo lejos, el rugido de un motor viejo rompió la calma. Maxie lo

reconoció al instante: la camioneta de Checo, cubierta de polvo y

orgullo. El vehículo se detuvo frente a él con un chirrido leve, y la

ventana bajó dejando ver la sonrisa descarada del mexicano, esa

que parecía sobrevivir a todo.

Max rodó los ojos, aunque una sonrisa diminuta se le escapó antes

de poder disimularla.

-Súbete, fresita -dijo Checo, apoyando el brazo en el volante. La

camiseta blanca sin mangas tenía manchas de grasa, y una cadena

dorada brillaba en su pecho bronceado-. No quiero que te ensucies

esas piernitas en un camión.

Maxie suspiró, teatral, pero abrió la puerta con cuidado. Apartó un

destornillador del asiento y se acomodó con un movimiento medido,

ajustándose la falda antes de cruzar las piernas con precisión casi

coreográfica.

-No tenías que venir -murmuró, sin mirarlo, observando en cambio

por la ventana.

Checo soltó una risa baja, arrancando el motor con naturalidad.

-Nah, no es molestia. Además, ¿cómo iba a dejar que mi cliente

favorito se suba a un camión de carga? Ese look no combina con el

polvo.Maxie le lanzó una mirada de reojo, con las mejillas apenas

coloreadas.

-Eres grosero.

-Y tú sigues subiéndote a mi camioneta -replicó Checo, con una

sonrisa que tenía más de travesura que de disculpa.

La radio murmuraba un corrido suave, y el aire dentro del vehículo

se llenó de una mezcla curiosa: gasolina, jabón barato... y el

perfume caro de Max.

El contraste entre los dos era casi un espectáculo en sí mismo: él,

impecable, con su gloss intacto y el cabello perfectamente peinado;

Checo, con las manos marcadas por el trabajo y esa actitud

despreocupada que parecía no conocer la vergüenza.

Durante unos segundos, el silencio se hizo denso. No incómodo, sino

expectante.

Checo fue el primero en romperlo, con la voz baja y una sonrisa

apenas insinuada.

-Oye, Maxie... ¿siempre te vistes así? -preguntó, sin disimular que lo

observaba de reojo-. Porque hay que admitir que sabes cómo llamar

la atención.

Maxie frunció los labios, pero el rubor le subió un poco más.

-No me visto para llamar la atención -respondió, intentando sonar

firme-. Tengo buen gusto, nada más.

-¿De buen gusto? No mames, fresita, esa faldita está gritando

"mírame". ¿Por qué no te la subes un poquito más, eh? Pa' que

veamos qué tan de buen gusto es todo eso.

Maxie abrió los ojos de par en par, girando la cabeza para mirar a

Checo, completamente escandalizado.-¡Checo! - exclamó, con la voz aguda, mientras sus mejillas se

volvían de un rojo intenso-. ¡Eres un... un grosero!

Checo rió, con esa risa ronca que llenaba el espacio, y se rascó la

nuca con una mano, sin dejar de conducir.

-Órale, no te enojes, güerito. Es un cumplido. Esas piernas son puro

espectáculo, y esa faldita... pinche tentación, Max. Nomás digo, si te

la subes tantito, igual y me das un infarto aquí mismo y ya no te

molesto.

Max cruzó los brazos, intentando mantener su compostura, pero el

calor en sus mejillas y el nerviosismo en su estómago lo

traicionaban. No quería admitirlo, pero la forma en que Checo

hablaba, con ese tono crudo y sin filtro, tenía algo... magnético.

-No voy a hacer eso -murmuró, aunque su voz ya no sonaba tan

firme, y sus dedos juguetearon con el borde de la faldita, como si

estuviera considerando algo que ni él mismo entendía.

Checo levantó una ceja, notando el cambio en su tono. Se inclinó un

poco hacia él, con la camioneta detenida en un semáforo, y bajó la

voz aún más, con un tono que era puro descaro.

-Ándale, fresita, no seas malo -dijo, con una sonrisa pícara que

dejaba claro que sabía exactamente lo que estaba haciendo-. Súbete

esa faldita tantito, nomás pa' ver esas piernitas blanquitas.

Maxie soltó un jadeo, con las mejillas ardiendo y los ojos muy

abiertos, pero esta vez no respondió con un comentario cortante.

En cambio, se mordió el labio, con el gloss brillando bajo la luz del

atardecer, y sus manos dudaron un momento antes de moverse

lentamente hacia el borde de la faldita.

Con un movimiento tímido, casi como si no pudiera creer lo que

estaba haciendo, levantó la tela un par de centímetros, dejando queel dobladillo subiera justo por encima de la mitad de sus muslos.

Checo silbó entre dientes, con los ojos fijos en las piernas pálidas y

suaves de Maxie, que ahora quedaban más expuestas.

El semáforo cambió a verde, pero Checo no arrancó de inmediato,

demasiado ocupado mirando.

-No mames, güerito -dijo, con voz ronca y una sonrisa que era puro

fuego-. Mira nomás esas piernas. ¿Sabes qué? Apuesto que lo que

hay mas arriba está aún mas rico.

Maxie soltó una risa nerviosa, con el corazón latiendo a mil, y

aunque una parte de él quería volver a bajar la faldita y fingir que

nada había pasado, otra parte -la que estaba empezando a ganar- lo

hizo mantener la tela levantada, dejando que Checo mirara.

Sus mejillas estaban rojas, pero sus ojos brillaban con una mezcla de

timidez y algo nuevo, algo más atrevido.

-No sé por qué te sigo el juego -murmuró, con una voz suave pero

con un dejo coqueto que sorprendió hasta a él mismo.

-Porque en el fondo, fresita, te gusta el desmadre -dijo, con un

guiño-. Y yo soy puro desmadre, ya vas a ver.

El resto del trayecto pasó en un silencio cargado, con Maxie todavía

con la faldita ligeramente levantada, sus piernas cruzadas de forma

menos rígida, y Checo tamborileando los dedos en el volante, con

una sonrisa que no se borraba.

Cuando llegaron a la esquina donde Maxie había pedido que lo

dejaran, el rubio dudó antes de bajar, mirando a Checo con una

mezcla de desafío y curiosidad.

-Gracias... por el raite -dijo, con voz baja, mientras abría la puerta.-Cuando quieras, fresita -respondió Checo, inclinándose un poco

hacia él-. Pero la próxima, súbete esa faldita más alto, ¿eh? Pa' que

veamos qué tan rosita es todo.

Maxie puso los ojos en blanco, pero la sonrisa que se le escapó

mientras bajaba de la camioneta lo delató.

Caminó hacia la acera con su gracia habitual, la faldita moviéndose

al compás de sus pasos, pero esta vez con un aire menos rígido,

como si algo en él hubiera cambiado. Checo lo miró alejarse, riendo

bajito, con la imagen de esas piernas blanquitas grabada en la

cabeza.

A la mañana siguiente, Max se estaba preparando para ir a la

universidad.

Tenía su uniforme impecable, la camisa perfectamente planchada, el

cabello recién lavado con su shampoo caro y ese aroma suavecito a

vainilla que siempre lo acompañaba. Revisó su celular mientras se

ponía los mocasines nuevos, y ahí estaba: un mensaje de Checo:

"Si quieres, paso por ti y te dejo en la uni"

Rodó los ojos y tecleó una respuesta breve:

"No es necesario. Gracias."

El mensaje quedó ahí, leído, sin más.

Max dejó el teléfono a un lado, agarró su bolso y salió decidido a

tomar el autobús.

Mala idea.

Muy mala idea.

Primero, el camión tardó casi veinte minutos en pasar. Cuando por

fin llegó, estaba lleno hasta el techo. Apenas alcanzó a agarrarse del

tubo, apretado entre un señor que olía a cigarro y una señora con

bolsas del mercado.

Cada bache lo hacía rebotar, y cada frenazo lo dejaba medio encimade alguien. Intentó mantener la compostura, la espalda recta, la

cara tranquila... pero por dentro solo quería desaparecer.

Cuando finalmente bajó, su camisa tenía una arruga imposible, su

bolso tenía una mancha de algo sospechoso, y su humor estaba por

el suelo.

Pensó en Checo. En lo fácil que habría sido aceptar el raite.

Y lo odió por un momento.

Por ser tan insistente.

Por ser tan... encantador.

El día había sido un infierno.

Max caminaba por la vereda con el sol pegándole directo en la cara,

el cabello ya sin forma, la camisa pegada al cuerpo por el calor.

Sentía que cada paso era un castigo divino por haber decidido "vivir

la experiencia del transporte público".

Cuando por fin salió de clases soltó un suspiro largo, casi un gemido

de agotamiento.

Sacó el teléfono de su bolsillo.

Max lo miró, pensó, dudó... y antes de poder frenarse, escribió:

"¿Sigues en el taller? Podrías... pasar por mí, si no te molesta."

Apenas pasaron unos segundos antes de que apareciera la

respuesta:

"Pensé que nunca lo ibas a pedir, fresita. Llego en cinco."

Max lo leyó y se cubrió el rostro con una mano, maldiciéndose a sí

mismo por haberle dado gusto.

Pero en el fondo, no pudo evitar que se le escapara una sonrisa

pequeñita.Checo, por su parte, ya se había limpiado un poco las manos, se

echó agua en el cuello y se subió a su camioneta, el corazón

acelerado.

No todos los días un güerito así te pedía raite.

Checo estacionó su camioneta frente a la facultad de Max y tocó el

claxon dos veces.

Max bajó unos minutos después, con el cabello recogido, una

camisita blanca fresca y su faldita beige que se movía con el viento.

Caminó con paso rápido, sin mirarlo, como si aún estuviera dudando

de su decisión.

Checo sonrió apenas lo vio venir.

-Mira nomás, si no es mi fresita -dijo apoyado sobre el volante,

bajando las gafas de sol solo para mirarlo mejor-. ¿Lista para su

paseo de lujo?

Max soltó un suspiro cansado y abrió la puerta del copiloto.

-No soy tu nada -respondió sin mirarlo, ajustándose el cinturón-. Y

solo te pedí raite porque no pienso volver a subirme a un camión.

-No te culpo, güerito. Con ese trajecito de muñeca, seguro ni el

chofer te dejaba pasar tranquilo -se burló Checo, echándole una

mirada de reojo.

Max giró la cara, intentando ignorarlo.

-Solo maneja, por favor.

Checo arrancó despacio, todavía con una sonrisa.

-Oye, hablando de eso... ayer no pagaste el raite...digo hoy podrías

mostrarme un poquito más ¿No?

-¡Eres tan vulgar! -saltó Max, dándole un empujón en el brazo, más

ofendido de lo que realmente estaba.

Checo soltó una carcajada ronca.

-Nomás digo es justo ¿No?Max se cruzó de brazos, mirando hacia la ventana con las mejillas

encendidas.

-Eres insoportable.

-Y tú bien divertido cuando te enojas -contestó Checo, bajando un

poco el volumen de la radio-. No te hagas, te encanta...ándale

poquito, no estés de apretado fresita.

Las palabras de Checo eran un incendio, quemando cada capa de su

fachada. Quería gritarle, decirle otra vez que era un vulgar, un naco

asqueroso y bajarse del carro pero... el calor en su cuerpo y la forma

en que su corazón latía lo traicionaban.

Por primera vez, sentía que alguien lo quería por más que un

momento rápido, aunque fuera a través de esa crudeza que lo

descolocaba.

Sus manos dudaron, todavía aferrando el bolso, pero luego, con un

movimiento lento y tembloroso, como si estuviera rompiendo una

barrera invisible, deslizó los dedos hacia el borde de la faldita.

-Solo... un poco -susurró, con voz apenas audible, mientras

levantaba la tela con una lentitud que era casi una provocación,

dejando que el dobladillo subiera por sus muslos pálidos y suaves.

La faldita se alzó hasta revelar unas panties de encaje rosa, finas y

translúcidas, que se ajustaban perfectamente a su piel, marcando

una erección pequeña pero firme que palpitaba bajo la tela,

claramente visible.

El bulto era delicado pero evidente, y Maxie sintió una oleada de

vergüenza y excitación al exponerse así, como si estuviera

entregándose a algo que siempre había temido pero deseado.

Checo miró detenidamente aquella belleza ante sus ojos, cada

detalle delicado, podía sentir su boca haciéndose agua, nunca creyóqué ver una verga lo hiciera sentir así pero todo en Max le

despertaba cosas inimaginables.

-No mames, Maxie -gruñó, con voz ronca y una sonrisa que era puro

deseo-. Mira nomás qué pinche delicia.

Checo rió, arrancando la camioneta cuando el semáforo cambió,

pero en lugar de seguir hacia el edificio de Max, giró en una calle

lateral, conduciendo hacia un callejón tranquilo, apartado de las

miradas, donde los edificios bloqueaban la vista.

Estacionó la camioneta con un movimiento rápido, apagó el motor y

se giró hacia Maxie, con una mirada que era puro deseo.

Max tragó saliva, todavía con la faldita levantada, las panties rosas

expuestas y su erección palpitando bajo la tela.

Checo se acercó más, apoyando una mano callosa en el muslo

pálido, sintiendo la suavidad de su piel bajo los dedos ásperos.

El contraste entre ellos era eléctrico: la delicadeza de Max, con su

encaje y fiel suave, contra la rudeza de Checo, con su camiseta

manchada y su actitud desvergonzada.

-Qué precioso estás, Max -murmuró Checo, con un tono que era

mitad burla, mitad adoración-. ¿Me dejas ver más de cerca?

Maxie soltó un gemido suave, con las mejillas rojas y los ojos

entrecerrados, pero no se cubrió. En cambio, se recostó un poco

más en el asiento, con las piernas abiertas, dejando que Checo

tomara el control.

Checo deslizó la mano por el muslo de Maxie, subiendo hasta rozar

el borde de las panties, y con un movimiento lento pero decidido,

bajó la tela lo suficiente para liberar la erección, pequeña, firme y

rosada, que palpitaba bajo su toque.

La piel era suave, cálida, y el leve temblor del rubio hacía que todo

fuera más intenso.

-No mames, fresita -gruñó Checo, con los ojos brillando de deseo-.

Mira esta cosita tan rica. Esa verguita es puro dulce... pinche

tentación. Voy a hacerte sentir como nunca, güerito.

Checo se inclinó, besando su muslo interno, dejando un rastro de

besos cálidos y húmedos que subían lentamente, rozando la piel

sensible cerca de la ingle.

El aroma del perfume caro de Max se mezclaba con el calor de su

cuerpo, y Checo lo saboreó, lamiendo la base de la erección con una

lentitud provocadora que hizo que Maxie jadeara, con el cuerpo

arqueándose en el asiento.

Los gemidos del menor, suaves pero desesperados, llenaban la

cabina de la camioneta, mezclándose con el sonido de la respiración

pesada de Checo y el leve crujir del asiento.

La mente de Max volvió a los recuerdos de otros encuentros lo

atormentaban: manos frías que lo tocaban sin cuidado, palabras

vacías que prometían más pero nunca cumplían, orgasmos ajenos

que lo dejaban solo con un vacío más grande.

Pero con Checo, algo era diferente. Aunque su crudeza lo

avergonzaba, también lo hacía sentir deseado de una manera que

nadie más había logrado.

Estaba buscando con toda intención hacerlo disfrutar, dándote el

primer oral de su vida en aquella camioneta apestosa.

-Checo... -susurró Maxie, con la voz rota, mientras sus manos

aferraban el bolso, con los dedos temblando-. Esto es... demasiado...

-Shh, fresita -respondió Checo, con voz ronca, mientras su lengua

recorría la longitud, lamiendo desde la base hasta la punta conmovimientos firmes y precisos-. Déjame hacerte mío, güerito. Vas a

ver lo rico que es.

La mano de Checo se deslizó hacia atrás, rozando el culito de Maxie

bajo las panties, apretando la carne suave y rosada con una fuerza

que hacía que Maxie jadeara más fuerte.

Su pulgar encontró la entrada, presionando con una intensidad

firme, masajeando en círculos lentos pero insistentes, aplicando una

presión que era casi abrumadora, rozando y estimulando la piel

sensible con movimientos precisos que enviaban descargas de placer

a través del cuerpo de Maxie.

El pulgar se movía con un ritmo deliberado, presionando más fuerte

en cada círculo, sin entrar pero provocándolo con una intensidad que

hacía que Maxie soltara un grito roto, con las piernas temblando

incontrolablemente y el cuerpo arqueándose contra el asiento.

Checo lamió la entrada con una intensidad feroz, su lengua

explorando la piel sensible con movimientos largos y deliberados,

humedeciéndola con cada pasada. El calor de su boca y la presión

de su lengua hacían que Maxie soltara un grito roto, sus caderas

moviéndose instintivamente hacia Checo, buscando más. Checo

gruñó, encantado, y profundizó el contacto, lamiendo y chupando la

entrada con una dedicación que era pura adoración, alternando

entre lamidas amplias y succiones suaves que hacían que Maxie

temblara sin control, con el cuerpo arqueado y la respiración

agitada.

-Pinche culo delicioso que tienes-gruñó Checo, con la voz ronca,

antes de volver a las pelotitas rositas, chupándolas con una

intensidad que hacía que Max gritara más fuerte, mientras su otra

mano acariciaba la erección pequeña, lamiéndola desde la base

hasta la punta con movimientos precisos y rápidos.

La lengua de Checo recorría la verga con una mezcla de suavidad y

firmeza, saboreando cada centímetro, mientras sus labios secerraban alrededor de la punta, succionando con una presión que

enviaba descargas de placer a través del cuerpo del rubio.

La sensación de la boca de Checo, la forma en que lamía sus

pelotitas, comía su culo y chupaba su verga, apagaba esas voces.

Por primera vez, alguien lo tocaba para darle placer, no para usarlo,

y eso lo hacía sentir más vivo que nunca. No era solo el sexo; era la

forma en que Checo lo hacía sentir deseado, como si valiera la pena,

no como un objeto para un momento rápido.

-Checo... no puedo... -jadeó Maxie, con la voz rota, mientras su

cuerpo se tensaba, al borde del clímax.

-Ándale, fresita, déjate ir -murmuró Checo, con la boca volviendo a

las pelotitas rositas, chupándolas con una intensidad implacable,

antes de lamer la entrada de nuevo, su lengua presionando con más

fuerza, explorando con una dedicación que era puro fuego. Su mano

libre acariciaba la verga pequeña, sincronizando cada movimiento

con una precisión que volvía loco a Maxie.

Max no aguantó más, soltando un grito agudo mientras se venía,

con su erección palpitando en la mano de Checo, que no se apartó,

lamiendo las pelotitas y la entrada con una última caricia suave

mientras temblaba, con el cuerpo convulsionando y la respiración

agitada.

El gloss cherry estaba corrido, la faldita arrugada, y las panties

colgaban de un muslo, pero Maxie nunca se había sentido tan vivo.

La liberación física venía acompañada de una emocional: por un

momento, no era el chico perfecto que nunca cometía errores. Era

solo el mismo, vulnerable, deseado, y eso era suficiente.

Maxie, todavía jadeando, se cubrió la cara con las manos, con una

risa nerviosa que era mitad vergüenza, mitad satisfacción. En suinterior, sentía una mezcla de euforia y miedo. Había cruzado una

línea, pero por primera vez, no se sentía usado.

Finalmente sin hablar mucho, se acomodaron la ropa y Checo

encendió la camioneta rumbo ahora sí, al departamento de Max.

Checo estacionó frente al edificio. Max se movió rápido, listo para

bajar del auto, ajustándose la faldita y su bolso, intentando

recuperar algo de compostura.

-Eh... espera -dijo Checo, colocando suavemente su mano en el

brazo de Max para detenerlo.

Max se detuvo, algo sorprendido, y levantó la mirada.

-¿Q-qué pasa? -preguntó, respirando un poco agitado.

-¿A dónde vas tan rápido cosita? -preguntó Checo, con una sonrisa

ladeada y esa voz traviesa que siempre lograba desconcertarlo-. No

te vas a bajar sin despedirte bien, ¿verdad?

Max tragó saliva, un poco nervioso, y asintió lentamente.

-Está bien... -susurró, bajando la cabeza un poco.

Checo le soltó apenas el brazo, lo suficiente para dejarle espacio, y

lo miró fijamente, dejando que la tensión del momento se sintiera en

el aire.

Max cerró los ojos un instante, respiró hondo y se inclinó un poco,

dándole un besito tímido en la mejilla a Checo. Apenas un roce,

discreto y dulce, que hizo que ambos sonrieran sin decir nada más.

-Eso estuvo mejor -dijo Checo, con su habitual tono juguetón-.

Hasta mañana, fresita.

Max bajó del auto con la sensación de que, aunque intentara

aparentar calma, ese pequeño momento había hecho que su

corazón latiera un poco más rápido de lo normal.Max llegó a su casa y dejó caer la mochila en el sofá con un suspiro

pesado.

Se quitó los mocasines y se recostó un momento, cerrando los ojos.

El calor, el cansancio y... todo lo que había pasado con Checo lo

dejaban con un revoltijo de sentimientos imposibles de ordenar.

Se sentía tonto, increíblemente tonto.

¿Cómo podía haberse dejado llevar por un nacote vulgar como

Checo? Ese tipo lleno de grasa, sudor, camisetas rotas y esa sonrisa

descarada que... que lo había hecho perder la compostura por

completo.

-Qué idiota... -susurró Max, cubriéndose el rostro con las manos-. No

puedo... no puedo creer que me haya gustado tanto.

Su mente repasaba todo: la manera en que Checo lo había mirado,

cómo lo había detenido, su cercanía... y hasta cómo lo había hecho

sentir especial a su manera ruda y directa. Max apretó los labios,

tratando de convencerse de que eso no significaba nada, pero el

calor en sus mejillas le decía otra cosa.

Justo cuando estaba intentando recomponerse, el teléfono vibró

sobre la mesa.

Un mensaje de Checo.

"La puntita parecía una fresita con crema cuando te viniste"

Max leyó y se congeló.

-¡No! -exclamó en voz baja, mezclando frustración y sorpresa-. Este

naco...

Y sin poder evitarlo, se derritió un poco por dentro. El mensaje,

aunque vulgar y burlón, lo había hecho sonreír involuntariamente,

con las mejillas más encendidas que antes. Lo odiaba y lo adoraba al

mismo tiempo.-Maldito nacote... -murmuró, tirando el celular sobre el sofá y

cubriéndose la cara-. Qué idiota me siento.

Y así se quedó un rato, atrapado entre la rabia y la fascinación, sin

saber exactamente cómo procesar todo lo que Checo le hacía sentir.

Pasaron los días y Max había logrado mantener su compostura,

aunque todavía se sonrojaba de vez en cuando al recordar ciertos

momentos con Checo. Finalmente, un sábado por la mañana, decidió

tomar las riendas de la situación con toda su dignidad intacta.

Tomó el teléfono y escribió cuidadosamente:

"Necesito que mi carro esté listo para el jueves a las cuatro. Tengo

una exposición de arte ese día."

No había emojis, ni sonrisas, ni nada que pudiera delatar lo nervioso

que estaba. Max respiró hondo y envió el mensaje, cruzando los

dedos para que Checo cumpliera con lo que pedía.

No pasó mucho tiempo antes de que llegara la respuesta:

"Tranquilo, güerito. Tu carro estará listo para el lunes a las cuatro sin

problema . Oye, ¿qué vas a exponer? Suena interesante."

Max leyó el mensaje y, aunque quería mantener su tono serio, no

pudo evitar sentir un pequeño cosquilleo. Respondió rápido,

intentando no parecer demasiado emocionado:

"Son unas pinturas sobre el modernismo europeo. Nada

espectacular, solo quiero que el jurado vea que tengo control sobre

la técnica."

Checo contestó casi de inmediato, con ese toque travieso que

siempre lo dejaba un poco fuera de sí:

"Ajá... suena muy artístico acá"Max apretó los labios, tratando de no sonreír demasiado, pero en el

fondo estaba emocionado. Ese pequeño intercambio lo hacía sentir

extraño: frustrado por lo mucho que Checo lograba alterarlo, pero

también divertido y... de alguna manera, cómodo.

-Maldito tonto... -murmuró, guardando el celular y ajustándose la

faldita-. Pero sí que sabe cómo meterse en mi cabeza.

El domingo transcurrió lento para Max. Entre repasar sus apuntes

para la exposición y tratar de mantener su dignidad intacta, su

teléfono vibraba constantemente con mensajes que él no quería

leer... pero no podía evitar.

Finalmente, llegó uno de Checo:

"Ey, fresita... ¿tienes planes hoy?"

Max tragó saliva. Respiró hondo y, por un momento, intentó

resistirse. Su orgullo decía que debía ignorar el mensaje, pero su

corazón le gritaba otra cosa. Finalmente, escribió:

"No."

Casi de inmediato, Checo contestó:

"Perfecto. Entonces salgamos a comer algo. Te invito."

Max leyó el mensaje, y sus mejillas se encendieron.

-No, no, no Max, NO -pensó para sí mismo, sintiéndose un completo

tonto-. Me estoy emocionando por este nacote estúpido que

probablemente solo piensa en coger.

Respiró hondo, intentando calmarse, pero la emoción era innegable.

Finalmente, tecleó de nuevo:

"Está bien. Acepto."Después de enviarlo, dejó el celular sobre la mesa y se recostó un

momento, abrumado por lo absurdo de sentirse así por Checo.

-Qué idiota... -murmuró, cerrando los ojos-. Este nacote vulgar me

tiene todo tonto.

Aun así, no pudo evitar sonreír un poquito mientras pensaba en la

comida que compartirían.

El sábado por la mañana, el taller estaba tranquilo cuando de pronto

entró una mujer que llamaba la atención al instante: cabello largo,

impecable, y un escote que dejaba poco a la imaginación. Caminó

directo hacia el mostrador y habló con Toño, pidiendo un cambio de

aceite urgente.

Checo estaba al fondo revisando un motor, y cuando levantó la

mirada, todos esperaban que sus ojos se fueran directos hacia la

mujer. Pero nada. Ni un segundo. Ni un destello de interés.

-Cambio de aceite, ¿verdad? -dijo con voz firme, seco y profesional,

sin despegar los ojos del motor-. Lo tenemos listo en una hora.

Toño lo miró incrédulo, sin poder creerlo. Cada movimiento de Checo

era tan tranquilo, tan concentrado, que parecía no haberse dado

cuenta de la belleza que tenía frente a él.

La clienta se retiró, dejando atrás un rastro de perfume caro, y Toño

no pudo evitar soltar un silbido.

-No mames, Checo, ni la volteaste a ver dos veces... ¿qué te pasa?

¿tienes fiebre o qué?-preguntó, boquiabierto.

Checo, mientras limpiaba sus manos en un trapo, encogió los

hombros con su típica sonrisa ladeada.

-¿Y qué quieres que haga, Toño? -dijo con calma-. Tengo ojos, nada

más. Pero los tengo puestos donde deben estar.

Toño parpadeó, confundido.

-¿Qué quieres decir con eso?Checo se inclinó un poco sobre el motor, con esa sonrisa pícara que

siempre traía problemas al corazón de alguien.

-Que mis ojos están... solo para mi fresita.

Toño se rió, sin poder creer lo que acababa de escuchar.

-Seas mamon... ¿Así de clavado estás en ese güerito?

Checo encogió los hombros, volviendo a concentrarse en su trabajo,

mientras Toño lo miraba con una mezcla de incredulidad y diversión.

-Sí, Toño... así de clavado -murmuró Checo, más para sí que para

él-.

Era sábado por la tarde, y Checo había pasado un tiempo más de lo

habitual arreglándose: camiseta limpia, pantalones sin grasa, cabello

arreglado... incluso había pasado por una florería antes de salir. Un

pequeño ramo de lirios, humildes pero hermosos, descansaba sobre

el asiento del copiloto. Al verlos, sonrió: me recuerdan a Max.

Cuando Max apareció frente a su edificio, Checo no dudó. Bajó del

auto con esa energía confiada que decía claramente: Max ya es mío.

Caminó hacia él con paso seguro, deteniéndose justo cuando Max lo

vio.

-Mira nomás... -dijo Checo mientras lo abrazaba por la cadera,

acercándolo un poco y mirándolo con esa sonrisa traviesa-. Te ves

increíble hoy, cosita.

Max sintió cómo un calor intenso le subía a las mejillas. Quiso

responder, pero solo logró abrir un poco los labios, completamente

sorprendido por la confianza y cercanía de Checo.

Checo, sin soltarlo, sacó el ramo de lirios y se lo entregó:

-Para ti -dijo con tono despreocupado, medio naco-. Nada

espectacular, pero pensé que te gustarían.Max tomó el ramo con ambas manos, más tímido que de costumbre,

cortado por la cercanía y el gesto inesperado.

-Gracias... -susurró, con voz baja, mirando de reojo-. Es... muy

lindo.

Checo le dio una palmada suave en la cadera y lo miró directo a los

ojos, esa mezcla de descaro y posesión brillando en ellos:

-Claro que es lindo... como tú.

Max bajó un poco la cabeza, sintiéndose atrapado entre la sorpresa

y la timidez, mientras su corazón latía más rápido. Por más que

intentara aparentar calma, no pudo evitar que una sonrisa se le

escapara.

Checo le abrió la puerta con su típica confianza dijo antes de partir:

-Anda, fresita... que no quiero que te desmayes por el hambre -dijo,

ladeando la cabeza y sonriendo como solo él podía.

Max subió con cuidado, con ayuda de Checo, todavía un poco

nervioso, ajustándose la faldita. Checo lo miró de reojo, esa mezcla

de descaro y posesión brillando en su mirada:

-Oye, güerito... -dijo con tono pícaro mientras se inclinaba un poco-.

Qué lindo se ve ese brillito... ¿tiene sabor o nomás es pa' que te

veas lindo?

Max se sonrojó, apenas logrando murmurar:

-Sí... sí tiene sabor.

Checo se rió bajo y se inclinó aún más cerca, jugueteando con su

tono naco:

-Ah, órale... a ver... ¿me vas a dejar probar o qué?

Max tardó un segundo en entender, y luego sus labios se acercaron.

Fue un besito rápido, dulce y juguetón, y Max sintió que se le

encendía todo el cuerpo, sonrojándose como nunca.-Ah mira tú ... sí que sabe rico -dijo Checo, separándose apenas un

poco y relamiéndose los labios con una sonrisa descarada-. Qué

cosita más rica, mi fresita.

Max solo pudo asentir, sintiéndose tonto y derretido a la vez,

mientras Checo se daba la vuelta para arrancar, como si nada

hubiera pasado, dejándolo con el corazón latiendo a mil.

Checo estacionó frente al local modesto donde iban a comer tortas

ahogadas. Antes de que Max bajara, él abrió la puerta y, cuando

Max apenas tocó el suelo, lo abrazó por la espalda con total

confianza, rodeando su cintura con los brazos.

-Ven acá, cosita -susurró al oído mientras le daba un par de besitos

suaves en el cuello-. Qué lindo te ves hoy.

Max sintió un calor intenso subirle a las mejillas, completamente

sorprendido por la cercanía. Trató de dar un paso hacia la puerta,

pero Checo lo sostuvo un poco más, disfrutando la reacción del

rubio.

-No te me escapes todavía... -murmuró Checo con una sonrisa

juguetona, guiándolo hacia el interior del lugar-. Hoy toca torta

ahogada, nada fancy, pero buenísima.

Max se dejaba llevar, tímido y un poco cortado por la cercanía y los

besitos en el cuello, mientras sentía esa mezcla de nervios, sorpresa

y cosquilleo. Cada gesto de Checo lo hacía sentirse tonto y derretido,

aunque intentaba mantener la compostura.

Al entrar, el aroma de las tortas ahogadas lo hizo olvidar un poco la

vergüenza, y se permitió sonreír mientras Checo seguía jugueteando

con él por la espalda, guiándolo hasta una mesa.

-Listo, mi fresita -dijo Checo, soltándolo apenas para que Max se

sentara-. Hoy tú eliges qué tan picante quieres que te haga la torta,

¿eh?Max asintió, todavía sonrojado, mientras Checo se acomodaba frente

a él con esa confianza posesiva y traviesa que siempre lo dejaba sin

palabras.

Checo se levantó a pedir las tortas, y Max, con su vocecita suave, le

dijo desde la mesa:

-A mí me gusta con muchos cueritos, ¿sí?

Checo volteó con una sonrisa y levantó el pulgar.

-Como digas, fresita, pa' ti la mejor.

Pocos minutos después volvió con las dos tortas humeantes, una

charola en cada mano. En lugar de sentarse frente a Max, se dejó

caer a su lado, tan cerca que sus hombros se rozaron.

-Aquí tienes, cosita -murmuró, dejando el plato frente a él.

Max levantó la vista, sorprendido por lo cerca que estaba, y por ese

tono bajito de Checo, cálido y seguro. Checo lo miró de reojo, con

una sonrisa que era mitad ternura, mitad juego.

-Antes de que empieces a comer -dijo Checo, inclinándose un

poquito hacia él-, me debes algo.

-¿Qué cosa? -preguntó Max, desconcertado.

-Un beso. Porque en cuanto te comas esa torta con cebollita ya no

vas a querer, vas a andar de fresón -bromeó, riéndose bajito.

Max lo miró con las mejillas coloradas, dudando un segundo, y al

final se acercó apenas, con esa timidez que lo hacía ver todavía más

bonito. Le dio un besito rápido, suave, apenas un roce, y luego bajó

la mirada fingiendo concentrarse en la torta.

Checo sonrió, contento, y se quedó mirándolo un momento más, con

esa expresión que decía mucho sin decir nada.-Así sí -murmuró, divertido-. Ahora sí, provecho, mi fresita.

Mientras comían, Checo se recargó en la silla, mirándolo con esa

sonrisa tranquila de quien no tiene prisa.

-Entonces, fresita... -dijo, con la boca apenas curvada en una

sonrisa-, ¿de qué va esa exposición que tienes el lunes?

Max, que acababa de dar un mordisco a su torta, levantó la mirada,

un poco sorprendido por la pregunta.

-¿Mi exposición? -repitió, limpiándose los labios con una servilleta-.

Oh... es sobre arte renacentista y la representación del cuerpo

humano en la pintura. Estoy haciendo un análisis sobre cómo cambia

la percepción de la belleza según la época.

Checo no entendió del todo lo que dijo, pero lo miró con genuina

atención.

-Ajá... o sea que tú ves esas pinturas y te fijas en los detallitos, ¿no?

-preguntó, apoyando el codo en la mesa-. En lo que otros ni miran.

Max asintió con entusiasmo, y poco a poco se le fue olvidando la

timidez. Empezó a hablar con las manos, explicando conceptos,

colores, nombres, estilos... y Checo lo escuchaba en silencio, sin

interrumpirlo, con los ojos fijos en él como si cada palabra lo tuviera

hipnotizado.

De vez en cuando, sonreía, y esa sonrisa era sincera, cálida, llena de

cariño.

Max se dio cuenta de eso y, sin entender bien por qué, sintió que

algo en su pecho se ablandaba. Estaba acostumbrado a que lo

escucharan solo por interés, por quedar bien, o porque querían algo

a cambio. Pero Checo... Checo de verdad lo escuchaba. No fingía.

-¿Y tú sí entiendes algo de eso? -preguntó Max al final, entre una

risita nerviosa.Checo se encogió de hombros.

-Ni idea, la neta. Pero me gusta cómo hablas cuando cuentas de eso

-dijo, mirándolo directo a los ojos-. Se te ilumina la cara.

Max se quedó callado, sorprendido, sintiendo que sus defensas se le

resbalaban de las manos. No sabía si era el tono cálido de Checo, o

la forma en que lo miraba, o simplemente lo bien que se sentía estar

ahí, con él, comiendo tortas y hablando de arte como si el mundo no

pesara tanto.

Por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de

corregirlo, ni de poner distancia. Solo sonrió, bajando la mirada, con

un ligero rubor en las mejillas.

El ruido del local bajaba poco a poco; los dos ya casi habían

terminado sus tortas así que se retiraron, de vuelta al carro,

tomando camino al departamento de Max.

Max miró por la ventana mientras el auto se detenía frente a su

edificio. El motor quedó en silencio.

-Ya llegamos -dijo Checo con voz baja, girándose hacia él.

Max asintió, sus dedos jugueteando con la correa del bolso. No sabía

por qué esperaba algo... distinto. Tal vez un comentario insinuante,

una mano que se alargara de más, la típica sonrisa que anunciaba lo

de siempre. Pero Checo no hizo nada de eso.

-Oye -dijo él, rascándose la nuca-, ¿y si me pasas la dirección de tu

exposición? Pa' ir a verte, digo. Nomás pa' ver qué tanto hablas de

tus cuadros, a ver si sí están tan chidos como dices.

Max levantó la vista, sorprendido. -¿Quieres ir?

-Pos claro -respondió Checo, sonriendo con esa mezcla entre

descaro y ternura que tenía-. Si tú te partes la madre pintando, lo

mínimo es que alguien vaya a verte, ¿no?Max bajó un poco la mirada, y la sonrisa se le escapó antes de poder

contenerla. -Te puedo mandar la dirección mañana, si quieres...

-Va, mándamela -dijo Checo, y estiró una mano para acariciarle el

brazo, apenas, con suavidad-. Pero si te da pena que vaya, no pasa

nada, ¿eh? nomás di.

-No... no me da pena -respondió Max, y sus mejillas se encendieron

apenas-. Me gustaría que fueras.

Checo sonrió más, con ese brillo cálido en los ojos que desarmaba.

Max tragó saliva. Había una tensión en el aire, pero no la de

siempre. No esa urgencia sucia que conocía tan bien, sino una

especie de calma que lo dejaba sin defensas.

Había salido con tantos hombres que a estas alturas ya conocía el

patrón: las risas, el interés falso, el "¿subimos un rato?". Y sin

embargo, Checo seguía ahí, tranquilo, sin una mirada fuera de lugar.

Max bajó la vista, jugueteando con el cinturón del bolso.

-Gracias por... por traerme -dijo bajito.

Checo lo miró un rato, con ese gesto medio torpe pero tierno, y

asintió.

-No tienes que agradecer, chiquito. La neta, me la pasé bien.

Max levantó la vista, sorprendido por lo sincero que sonaba. Checo

se inclinó un poco hacia él, no para besarle con hambre ni apuro,

sino apenas para rozarle los labios, suave, breve, cálido.

-¿Puedo darte unos besitos antes de que te me escapes? -bromeó,

con esa sonrisa traviesa que le hacía cosquillas al alma.

Max rió bajito, y le dio un beso más, lento. Cuando se separaron,

Checo le acarició la mejilla con el pulgar.

-Buenas noches, Max. Duerme bonito, ¿sí?-Buenas noches, Checo... -susurró, todavía atontado.

Y mientras se bajaba del auto, Max sintió una punzada extraña en el

pecho. No era deseo. Era alivio. Era ternura. Era sentir que, por

primera vez, alguien no lo miraba como un cuerpo, sino como una

persona.

Checo lo esperó hasta que entró al edificio y luego arrancó, con esa

sonrisa boba que no podía borrarse.

Era miércoles, y su carro por fin estaba listo, pero la idea de

enfrentarse a Checo hacía que su corazón latiera desbocado, como

un motor a punto de reventar.

Esos besitos que habían compartido...lo que habían hecho en su

camioneta todo apuntaba a que ese era el día.

Checo por su parte al ver a Max, dejó caer una llave inglesa con un

clang metálico, se limpió las manos en un trapo mugroso y caminó

hacia él con una sonrisa pícara que era puro fuego.

Sin mediar palabra, sus manos callosas rodearon la cintura de Maxie,

atrayéndolo con una fuerza que hizo que el rubio soltara un jadeo

suave, el bolso tambaleándose en su hombro.

Antes de que Maxie pudiera protestar, Checo le plantó un besote,

sus labios ásperos aplastándose contra los suyos con una intensidad

voraz.

La lengua de Checo invadió su boca con un hambre que sabía a

gasolina, tabaco y deseo crudo, saboreando el gloss dulce mientras

sus manos apretaban la cintura, sintiendo la suavidad de su piel.

Cuando se separó, Maxie quedó jadeando, con las mejillas

encendidas y una sonrisa tonta curvando sus labios.-Sergio... -murmuró Maxie, con voz temblorosa pero suave,

ajustando su bolso con manos nerviosas, sus uñas rosadas

brillando-. ¿Siempre tienes que ser tan... tan descarado?

Checo soltó una carcajada baja, con un tono bien naco y cochino,

sus ojos oscuros recorriendo la figura de Maxie con un deseo

descarado.

-Órale, fresita, no te hagas el pinche digno -Dijo, dándole una

palmada fuerte en el culo que hizo que Maxie soltara un gritito

agudo-.Vamos a negociar el precio del carro, ¿eh?

Checo abrió la puerta de la oficina, un cuartito desordenado con un

escritorio cubierto de facturas arrugadas, manchas de café y cinta

adhesiva.

Una silla vieja crujía, y la pared estaba llena de herramientas

oxidadas. El aire olía a metal, gasolina y la colonia barata de Checo.

Checo giró la cabeza, con una sonrisa descarada, y gritó antes de

cerrar la puerta.

-¡Toño, lárgate a tu descanso! -ladró, su voz resonando con un tono-

¡No quiero a nadie jodiendo!

Toño, con una risita cómplice, levantó una mano y se alejó, dejando

el taller en silencio.

Cerró la puerta con un empujón, el clic del cerrojo resonando como

un disparo. Con un movimiento rápido, levantó a Maxie por la cintura

como si no pesara nada, sentándolo en el borde del escritorio,

haciendo que los papeles cayeran al suelo.

-Checo, espera... ¡el escritorio está sucio! -protestó Maxie, con voz

temblorosa, mirando las manchas de grasa, su instinto de perfección

luchando contra el deseo.

-Shh, fresita, aquí la única cosa rica y limpia eres tú -respondió

Checo, con un tono cochino, subiendo la faldita blanca con urgencia,

dejando la tela arrugada alrededor de la cintura.

Con una lentitud provocadora, bajó las panties de encaje blancl,

deslizándolas por los muslos pálidos hasta dejarlas colgando de un

tobillo. La erección pequeña pero firme de Maxie, su culito rosado

quedaron expuestos, brillando bajo la luz tenue de una ventana

polvorienta.

Checo gruñó, sus ojos recorriendo cada centímetro de la piel pálida.

-No me caso de esto, fresita -dijo, con la voz ronca-. Mira este culito

apretadito, esas cositas rositas y esa verguita... pinche delicia,

güerito. Te voy a comer hasta que estés gritando mi nombre.

Maxie jadeó, con las mejillas ardiendo.

-Ay...-balbuceó, aferrando el escritorio con tanta fuerza que sus

nudillos se pusieron blancos, las uñas rosadas destacando contra la

madera.

Checo se arrodilló, abriendo las piernas de Maxie con manos firmes,

sus dedos callosos rozando la piel suave. Su lengua encontró las

pelotitas rositas, lamiéndolas con movimientos largos y voraces,

saboreando la piel cálida y salada.

Ya con experiencia de la vez pasada, sabiendo donde atacar.

La intensidad hizo que Maxie soltara un grito agudo, su cuerpo

arqueándose. Los sonidos húmedos -chupeteos fuertes, el roce de la

lengua, y el leve succionar- llenaban la oficina, mezclados con los

gemidos de Max.

-Dios, Checo, por favor, es... es demasiado... -gimió Maxie, sus

manos temblando, los papeles crujiendo bajo sus dedos.Checo gruñó, su lengua alternando entre lamidas amplias y

succiones profundas que hacían que Maxie se retorciera. Luego, bajó

más, su lengua trazando un camino hacia el culito rosado.

Lamió la entrada con una intensidad feroz, presionando con

movimientos profundos y rápidos que humedecían la piel sensible.

Cada lamida era más intensa, alternando entre succiones precisas y

pasadas amplias.

Maxie soltó un grito roto, sus caderas moviéndose hacia la boca de

Checo.

-¡Checo, no... no puedo...! -jadeó, con las mejillas ardiendo, el

placer consumiéndolo.

-Pinche culito rico, fresita -gruñó Checo, con un tono cochino,

levantando la mirada para ver el rostro sonrojado de Maxie-. Sabes a

puro dulce, güerito. Este culito apretadito me está pidiendo más.

-Checo, por favor... -susurró Maxie, con un toque coqueto, sus

caderas moviéndose instintivamente.

Checo se puso de pie, manteniendo las piernas de Maxie abiertas, y

levantó la blusa de chifon, exponiendo los pezones rositas,

pequeños y sensibles. Se inclinó, lamiendo uno con una voracidad

que hizo que Maxie arqueara la espalda.

-¡Checo, eso... eso se siente... Dios, no pares! -jadeó Maxie,

mientras Checo chupaba el pezón, mordisqueándolo suavemente

antes de pasar al otro, saboreando la piel suave.

-No mames, fresita, hasta tus tetitas rositas son una pinche delicia -

dijo Checo, con un tono cochino, desabrochando sus jeans y

liberando su verga, gruesa y palpitante, que hizo que Maxie jadeara,

los ojos abiertos de par en par.Max intentó deslizarse del escritorio para arrodillarse, queriendo

saborear la verga.

-Quiero... quiero probarte, Checo... -murmuró, con voz tímida pero

cargada de anhelo, sus ojos brillando.

-Perate, fresita, esas rodillitas bonitas no se ensucian en este piso

mugroso -dijo, con un tono vulgar, tirando su chamarra de mezclilla

al suelo-. Apóyate ahí, güerito, y trágate mi verga bien sabroso.

Maxie se arrodilló sobre la chamarra, el aroma a gasolina y sudor

llenando sus sentidos.

Tomó a verga con manos temblorosas, sintiendo su grosor.

-Es... es tan grande -susurró, con un toque coqueto, antes de lamer

la punta, saboreando la piel salada.-Checo... no sé si pueda...

Envolvió la verga con su boca, chupando con dedicación, el gloss

cherry dejando marcas brillantes.

-No mames, fresita, qué rico chupas -gruñó Checo, con un tono

cochino, sus manos enredándose en el cabello rubio-. Trágatela

toda, güerito, mira que lindura.

Maxie gemía, sus labios estirándose alrededor del grosor.

-Mmm... Checo... sabe... sabe tan rico... -susurró entre succiones,

sus ojos brillando, mientras Checo gruñía, sus caderas moviéndose

ligeramente.

Checo lo levantó, poniéndolo contra el escritorio, con el culo en el

aire y las piernas abiertas. Escupió en su mano, lubricándose el

vergón, y alineó la punta con la entrada de Max.

-Prepárate, fresita -dijo, con un tono cochino-.Te voy a abrir ese

culito apretadito.Maxie aferró el escritorio.

-Checo... por favor, ve despacio... ¡es demasiado grande! -susurró,

pero sus caderas se movieron hacia atrás, invitándolo.

Checo empujó lentamente, y Maxie soltó un grito agudo, el falo

grueso estirando su entrada. El ano de Maxie estaba tan apretado

que cada centímetro era una lucha, la fricción haciendo que Checo

gruñera.

-Puta madre, güerito -dijo, con voz ronca-. Estás tan pinche

apretado que mi verga está en el cielo. Este culito aprieta como si no

quisiera soltarme.

Maxie gemía, el dolor mezclándose con placer.

-¡Checo, es... es demasiado! Me... me estás rompiendo! -jadeó, pero

su cuerpo se arqueaba hacia Checo.

Checo embistió con un ritmo firme, el ano apretado contrayéndose

alrededor de su pene.

-Mira cómo me aprieta, fresita -gruñó, mordiendo el cuello de

Maxie-. Este culito es puro fuego, me estás exprimiendo la verga.

Checo giró a Maxie, poniéndolo de espaldas en el escritorio, con las

piernas sobre sus hombros. El nuevo ángulo hacía que el vergón

entrara más profundo, estirando aún más el ano apretado.

-¡Checo, Dios, no pares! ¡Se siente... increíble! -gimió Maxie, sus

manos arañando la madera.

-No mames, güerito, estás hecho pa' mi verga -respondió Checo,

embistiendo con fuerza. Luego, lo levantó, sentándolo en su regazo

en la silla, haciéndolo bajar sobre su pene.-¡Checo, me... me estás llenando todo! -susurró Maxie, con un toque

coqueto, sus caderas moviéndose.

-Así, fresita, móntame con ese culito apretado exquisito -gruñó

Checo, lamiendo un pezón rosita.

Cambió de posición, doblando a Maxie sobre el escritorio,

embistiendo con fuerza.

Maxie estaba al borde.

-Checo... voy a... ¡no puedo más! -jadeó, temblando.

-Vente, fresita-gruñó Checo, acariciando la verga de Max-Déjame

sentir cómo aprieta ese culito.

Maxie soltó un grito agudo mientras se venía, su verga pequeña

palpitando, su ano apretándose, haciendo que Checo se viniera

dentro de él con un gemido gutural.

El gloss cherry estaba corrido, la faldita arrugada, las panties

colgando de un tobillo, pero Maxie nunca se había sentido tan vivo.

Checo se retiró, limpiándose el sudor con una sonrisa descarada.

-No mames, Maxie, ese culito apretado es puro oro -Dijo, con un

guiño naco-. El carro está saldado, cosita.

-Eres... un naco, Checo -murmuró, con un toque coqueto y una

risita-.

Finalmente ayudó a Max a acomodar su faldita y subió sus panties,

guiando a Max a la puerta.

-Y tú eres una pinche delicia, güerito -respondió Checo, riendo

mientras abría la puerta-. Vamos, que tu carro está listo.Mientras guiaba a Maxie hacia su Mini Cooper celeste impecable,

estacionado frente al taller, Checo se inclinó un poco, dejando unos

besitos rápidos y juguetones en los labios, el cuello y la mejilla de

Maxie. Cada roce, suave y cercano, hizo que el rubiecito soltara una

risita nerviosa, tapándose un poco la cara con las manos.

-Bueno mi fresita -dijo Checo, con ese tono medio naco, medio

divertido, mientras le daba una palmadita ligera en el trasero-. Te

me portas bien... nos vemos luego.

Maxie, con las mejillas ardiendo y el gloss cherry brillando bajo el

sol, titubeó un instante:

-Eh... sí... nos vemos luego -murmuró, bajando la mirada y

ajustando nerviosamente la faldita.

Checo notó de reojo que Toño ya venía de vuelta por el taller, y sin

pensarlo demasiado, le dio un par de besitos más rápidos, esta vez

un poquito más cerca de los labios y la mejilla, con esa energía

traviesa que lo caracterizaba.

-Ahí te me cuidas, mi fresita -dijo, sonriendo mientras se apartaba

rápido, con un guiño juguetón-. Hasta luego.

Maxie respiró hondo, aún rojo de nervios y sorpresa, y mientras

arrancaba, no pudo evitar sonreír, sintiendo que todo en ese

encuentro lo había dejado atontado y feliz.

Checo lo vio partir.

De pronto, el sonido de los pasos pesados de Toño y un carraspeo

burlón rompieron el momento.

-Pinche asqueroso, Checo -dijo Toño, con un tono burlón,

cruzándose de brazos mientras se apoyaba contra un carro-. ¿En

serio? ¿Te lo cogiste? ¿Me corriste para cogerte a un vato? ¿Ahora

qué, eres jotoCheco giró hacia su hermano, con una sonrisa relajada que era puro

desparpajo, como si la acusación de Toño no le moviera un pelo.

-Ora, Toño, ¿y qué si me lo cogí? -respondió Checo, con un tono

bien naco y tranquilo, encogiéndose de hombros como si fuera lo

más normal del mundo-. Mi fresita es una pinche delicia, ¿sabes?

Toño soltó una carcajada, pero dio un paso más cerca, con una

sonrisa burlona que buscaba picar a su hermano.

-No mames, carnal, ¿de verdad? ¿Se la mamaste? -dijo, levantando

una ceja, su voz cargada de provocación-. ¿Qué, ahora te gusta

chupar verga? Pinche joto, quién te viera, Checo, el mujeriego del

taller, de rodillas con ese güerito fifí.

Checo, que hasta ese momento había mantenido su actitud relajada,

entrecerró los ojos, su sonrisa desvaneciéndose por un instante. Dio

un paso hacia Toño, su postura cambiando a una más tensa, como

un perro que empieza a mostrar los dientes.

-Cállate el hocico, cabrón -dijo, con un tono que ahora tenía un filo,

su voz subiendo de volumen y volviéndose más vulgar-. ¿Que si se la

chupé? ¡Claro que sí, y qué importa!

Checo ya estaba molesto a este punto.

-Lo que importa es cómo me hace sentir, pinche pendejo.-Dijo

apuntandolo- Me gusta, me gusta Max. Es lindo, es dulce, y hace

esas cosas con sus pinches cuadros, no sé qué, pero me tiene bien

enculado. ¡Y tú cierra el hocico si no quieres que te lo cierre yo!

Toño levantó las manos, retrocediendo un paso, con una mezcla de

sorpresa y diversión en su expresión.

-No mames, carnal -dijo, sacudiendo la cabeza, su voz ahora más

suave, casi incrédula-. ¿En serio te gusta? Pinche Checo, quién te

viera.Checo en ese momento se dio cuenta de lo que había dicho y

sorprendió a si mismo.

Toño se rió, todavía procesando la confesión de su hermano, y

escupió al suelo, sacudiendo la cabeza.

-Pinche loco -murmuró, pero su tono tenía un dejo de respeto, como

si viera a Checo bajo una nueva luz-. Está bien...nomás no me vayas

a salir con que ahora te vas a poner gloss como tu fresita, cabrón.

Checo soltó una carcajada, golpeando el hombro de Toño con más

fuerza esta vez.

-El gloss se lo dejo a Max -dijo, con un guiño bien naco-. Pero te

digo una cosa: esa fresita es mía.

Maxie arrancó su Mini Cooper, las manos todavía temblorosas sobre

el volante. Mientras miraba por el retrovisor, Checo se alejaba del

taller, despreocupado y confiado, con esa sonrisa imposible que lo

dejaba atónito.

Un suspiro se escapó de sus labios, mezclando frustración y un dejo

de tristeza. Seguro que ya tomó lo que quería de mí... pensó,

bajando la mirada hacia sus manos. Ya no va a venir a mi

exposición, ni le interesa nada más...ya me cogió.

Su corazón latía rápido, y al mismo tiempo se sentía vacío. Esa

chispa que lo había hecho sonreír todo el camino hacia el Mini se

transformó en un nudo en la garganta.

-Idiota... -murmuró para sí, ajustando nervioso el espejo-. Pensé

que... pensaba que tal vez le importaba algo de lo que hago... pero

no. Solo fue eso...

Maxie se dejó caer un poco en el asiento, el sol pegándole en la

cara, y cerró los ojos unos segundos, intentando calmar la mezcla de

calor y rabia contenida. Se sentía tonto por haberse ilusionado, y sinembargo... sin embargo no podía dejar de pensar en Checo, en

cómo lo había mirado, en esos besitos rápidos y juguetones que

todavía lo hacían sonreír a escondidas en todo el placer que le dio.

-Qué estúpido... -susurró, mientras arrancaba rumbo a su casa-. Qué

estúpido eres Max.

Aunque no lo admitiera ni frente a sí mismo, una parte de Maxie ya

estaba atrapada en ese caos que era Checo.

El día de la exposición llegó, y Maxie apenas podía reconocer su

propio reflejo. Tenía ojeras leves, el cabello perfectamente peinado,

el gloss cherry recién aplicado... pero los ojos le pesaban.

No había recibido ni un mensaje, ni una llamada. Nada.

Mientras repasaba sus notas frente a la galería, trataba de

convencerse de que no importaba, de que solo era un tipo que le

había arreglado el coche.

Pero cada vez que miraba la puerta, sentía ese hueco en el pecho

agrandarse un poco más.

En otro punto de la ciudad, Checo se limpiaba las manos llenas de

grasa con un trapo, apurado, los minutos corriendo. Había estado

trabajando horas extra desde hacía días, moviendo cielo y tierra para

dejar listos todos los carros pendientes.

Sabía que si quería estar ahí a tiempo, tenía que apurarse. Y lo

haría. Por su fresita.

De regreso en la galería, Maxie estaba explicando una de sus piezas:

una pintura de tonos suaves, cuerpos entrelazados, difusos, casi

irreales. La voz le temblaba un poco, pero mantenía la compostura.

Hasta que lo vio.

Checo, parado en la entrada, con una camisa limpia (aunque un

poco arrugada), las manos en los bolsillos y esa sonrisa ladeada que

parecía iluminarlo todo.El corazón de Maxie se fue directo a la garganta.

Por un segundo se olvidó de todos los presentes, de las miradas, de

la exposición, de todo.

Solo corrió.

-Checo... -susurró, casi sin voz, antes de lanzarse a sus brazos.

Checo lo sostuvo con firmeza, sorprendido pero sonriente, como si

nada más en el mundo importara.

-Te dije que venía, fresita -murmuró, dándole un leve apretón en la

cintura.

Maxie se separó apenas, con las mejillas rosadas y los ojos

húmedos.

Checo, curioso, giró hacia la pintura más cercana. Se quedó en

silencio unos segundos, observando.

Los colores, las líneas, los cuerpos denudos ... todo tenía una

familiaridad inconfundible.

Levantó una ceja.

-¿Y este? -preguntó con una sonrisa que era mitad picardía, mitad

asombro.

Maxie soltó una risita bajita, se acercó un poco más y lo besó en la

mejilla.

-Lo hice hace unos días -susurró, con una sonrisa tímida pero

satisfecha-. Antes de pensar que ya no vendrías.

Checo la miró de reojo, esa chispa en los ojos que Max ya conocía

bien.

-Pues valió la pena apurarme -dijo, bajito, antes de tomarle la

mano.-Vale la pena todo de ti mi amor.

Y ahí, en medio de la galería, entre pinturas, murmullos y luces

suaves, Maxie se dio cuenta de que Checo sí había ido por él.Como siempre lo hacía.

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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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author

Hola! vas a subir las demás partes de este fic?

4 months

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