MAMÁ
Esta mañana pretendía ser normal. Nos levantamos a la misma hora de siempre y pasamos a desayunar a las seis. Salí a jugar con Rodrigo a la pelota; es domingo, así que hoy no habría actividades escolares. Solo con eso, ya era uno de mis mejores días, pero algo más se añadió.
En la comida de la una de la tarde, entre el humo del mole de olla y el aroma a tortilla quemada, María e Inés, nuestras cuidadoras, entraron haciendo un escándalo. Nos buscaban a Rodrigo y a mí.
—¡Chicos! ¡Chicos! Apresúrense, ¡rápido! —Inés siempre me incomodó con lo agudo de su voz.
Cuando nos encontraron en el comedor, ambas nos tomaron de la mano. Fue algo brusco, como si ya quisieran deshacerse de nosotros; al menos eso me pareció.
—¿Por qué vamos tan rápido? Ni siquiera toqué mi plato —Rodrigo le lloraba a María, que lo llevaba a paso veloz, aunque de forma más suave que Inés, quien tironeaba de mi brazo.
—Chicos, ya han venido por ustedes —nos dijo María. Ella estaba más calmada, pero no nos dirigía la mirada mientras jalaba a mi amigo delante de mí.
—¿Venir por nosotros? —pregunté—. ¿Alguien vino por nosotros?
Un sentimiento extraño me invadió el pecho. Siempre soñé con algún día irme de aquí, tener una mamá y un papá, mis propios juguetes, una cama para mí solo y comida hecha por una madre... Pero hoy, el día en que finalmente me voy, se sentía distinto. Ni siquiera me despedí de nadie. Fátima y Alondra... adiós, amores míos. Hubiera sido bueno siquiera haberlas saludado alguna vez por los pasillos; ahora alguien más suspirará cuando las vea y no seré yo. Aunque tener a Rodrigo me da algo de paz, pese a que, claro... no es lo mismo. Creo que nunca me planteé esto realmente y ahora siento que... no quiero irme.
En la recepción, la señora Azucena, la directora de nuestra casa, estaba con una pareja muy bella y joven. El hombre tenía una presencia que, por alguna razón, transmitía serenidad a través de sus ojos. Era como ver el atardecer después de un día quitando hierba del jardín. Su mujer no era menos; llevaba encima lo que parecía ser un vestido... algo así. Tenía tantos colores que solo Dios sabría pronunciar; donde yo solo veía amarillo y algo de rojo, que son los únicos que me sé. Su rostro era delgado y bonito. ¿Así sería mi mamá?
—Señor y señora Villalobos, estos son los dos niños de los que les hablé —dijo la señora Azucena mientras nos tomaba de las manos con sus fríos y duros dedos.
—¡Pero qué chulos son! —decía el hombre con un acento que en mi vida había escuchado. Parecía que quería escupirme con cada "s" que pronunciaba.
—¿Son hermanos? —La mujer revisaba a Rodrigo y a mi con sus grandes y grises ojos.
—Así es, señorita —mintió Azucena.
La verdad es que Rodrigo y yo nos parecíamos mucho, pero no teníamos nada que ver. Mis padres, dicen, murieron en un accidente; a Rodrigo simplemente lo abandonaron. Es mi mejor amigo.
—Pues estáis de suerte, porque he venido a llevármelos a ambos.
El hombre se agachó y me lo dijo a la cara con una sonrisa que me traía tranquilidad. Olvida el horrible acento: este hombre ahora es mi papá.
—Ya están algo mayorcitos, así que díganme, deben tener ya un nombre, ¿no es así?
Azucena respondía por nosotros, pero les aclaró que, si querían cambiárnoslos, podrían hacerlo sin ningún costo.
—¿Cómo se llaman? —preguntó mi nueva mamá.
—Ro... Ro... Rodrigo... —Él siempre fue muy nervioso para hablar con la gente, por eso yo soy su único amigo.
—Aaah, lindo nombre —dijo la mujer volteando a ver a su marido
—Hermoso, diría yo —replicó el hombre—. Así que eres mi tocayito, Rodri... —Otra vez esa grata sonrisa.
—¿Y tú, nene?
—Yo... yo... me... me...
Azucena me dio un golpe. Maldita. Aunque, en el fondo, debo darle las gracias, porque en ese momento y en muchos más yo no era mejor que Rodrigo para hablar. Por eso él es mi único amigo.
—No estés nervioso, amor —me dijo ella tomándome del hombro, lo que provocó que yo hablara todavía menos.
—Su nombre es Fernando. Ambos tienen diez años —añadió Azucena. Gracias... Directora
—Bueno, chicos, yo soy Amanda Lara y él es mi esposo, Rodrigo Villalobos. Habla medio chistoso, ¿no les parece?
A mí sí me lo parecía, pero me agradaba ese hombre.
—Si ustedes quieren; a su debido tiempo, claro esta, pueden llamarnos papá y...
—Mamá —interrumpió Rodrigo.