Capítulo 1
El planeta Tierra.
Hogar de más de ocho mil millones de habitantes.
Un mundo rebosante de vida en todas sus formas y variedades: ciudades que nunca duermen, risas cotidianas, rutinas repetidas hasta el cansancio. Un planeta que, en apariencia, avanzaba como cualquier otro día más.
Un día normal.
Entre la multitud, un chico albino caminaba con paso tranquilo, cubierto por una chaqueta blanca que contrastaba con el ruido y el movimiento de la ciudad. Sus pensamientos, sin embargo, estaban muy lejos de lo cotidiano.
“Después de quinientos años...” pensó, con una seriedad impropia de alguien tan joven.“...la fecha ha llegado nuevamente.”
Un instante después, la realidad lo alcanzó de golpe.
—Eso cuesta 7.800 yenes —dijo una cajera de cabello castaño, pasando los productos por el lector.
—¡¿Tan caro?! —exclamó el albino, con una mezcla de sorpresa y auténtica desesperación.
Casi al borde de las lágrimas, sacó su único billete y lo entregó resignado, como si estuviera despidiéndose de algo valioso. La cajera lo observó marcharse con una ceja ligeramente levantada, convencida de que acababa de atender a un tipo bastante raro. Sin darle más vueltas, llamó al siguiente cliente.
El chico albino caminó de regreso hacia su departamento, las bolsas colgando de su mano, mientras una nueva pregunta se abría paso en su mente.
“Me pregunto... qué pasará a partir de ahora.”
En otros puntos de la ciudad, la vida seguía su curso sin alteraciones.Personas trabajando, comiendo, descansando. Preocupadas solo por llegar a fin de mes, por cumplir horarios, por sobrevivir al día siguiente. Nadie sospechaba nada. Nadie tenía motivos para hacerlo.
En una cancha cercana, un grupo de jóvenes jugaba fútbol entre risas y gritos.
—¡Sun! ¡Manda el pase!
El llamado Sun, un chico de cabello negro y lacio, con ojos grises, controló el balón con rapidez. Frente a él, otro jugador se desmarcaba: cabello negro, ojos rojos, mirada decidida. Sun le pasó el balón sin dudarlo.
El chico recibió, avanzó unos pasos y, con un potente disparo, marcó el gol.
—¡Gol!
Sun corrió hacia su amigo, sonriendo con entusiasmo.
—Eres genial, Red —dijo con sinceridad—. Este año sí seremos los campeones del torneo nacional.
Ambos eran Red y Sun, amigos y compañeros del club de fútbol de la universidad. El entrenador, observándolos desde la banda, los felicitó por la práctica y el buen desempeño.
Más tarde, ya en los vestidores, mientras el vapor llenaba el ambiente de las duchas, Sun sonreía con un dejo de preocupación.
—Espero que Lylia esté mejor...
Red arqueó una ceja.
—¿Esa chica? Siempre está enferma —comentó—. Nunca deja de pasarle algo.
—Lo sé —respondió Sun—. Pero según su hermano mayor, ha mejorado bastante... así que iré a visitarla.
Red sonrió con picardía.
—Recuerda, amigo... la protección evita la bendición.
—¡¡Red!! ¡¡No digas esas cosas!! —exclamó Sun, completamente sonrojado.
Red soltó una carcajada.
—No tiene nada de malo —dijo entre risas.
Sun negó con la cabeza, intentando cambiar de tema.
—¿Y tú? —preguntó entonces—. ¿Estás mejor... después de tu ruptura?
Red guardó silencio un segundo... y luego asintió.
Después de la universidad, Sun —el chico que casi siempre sonreía— caminaba por las calles del barrio rumbo a la casa de Lylia. El cielo comenzaba a teñirse de tonos cálidos mientras la ciudad seguía con su rutina, ajena a cualquier presagio.
Al llegar, tocó el timbre.
La puerta se abrió y apareció una mujer de piel muy pálida, ojos verdes y cabello de tonalidad púrpura. Su expresión era serena, pero firme.
—Hola, Zyra —saludó Sun con educación—. ¿Lylia puede recibir visitas hoy?
Zyra lo observó un segundo antes de responder.
—Aprovecha de pasar, chico —dijo—. Lusamine no está hoy... llega más tarde, igual que el joven Gladio.
Sun asintió, aliviado. Sabía bien que Lusamine, la madre de Lylia, era estricta con las visitas. También sabía que él no era precisamente de su agrado.Gladio, en cambio, era su amigo... aunque demasiado celoso cuando se trataba de su hermana menor.
Sun entró en la casa y se dirigió directamente a la habitación de Lylia. Tocó la puerta con suavidad.
—Adelante... —se escuchó desde el interior.
Al entrar, vio a la chica rubia, de ojos verde claro, recostada sobre su cama. A un lado, una bandeja con restos de comida recién terminada.
—¡Sunny! —exclamó ella al verlo, iluminándose su rostro.
Sun se acercó, pero antes de saludarla tomó la bandeja con cuidado.
—Espera —dijo—. Déjame llevar esto.
Salió de la habitación y dejó la bandeja en la cocina, donde Zyra asentó en silencio. Luego regresó junto a Lylia.
—Siempre tan considerado... —dijo ella con una sonrisa ladeada—. No estoy inválida, que te quede claro. Puedo caminar.
Sun asintió, sentándose cerca.
—Lo sé... pero sigues enferma —respondió con sinceridad—. No quiero que te pase nada malo por hacer algo mientras deberías estar reposando.
Lylia lo miró unos segundos, y luego sonrió con dulzura.
—Siempre me cuidas, Sunny... —dijo—. Ojalá mi madre viera lo mismo que yo.
Sun sonrió, un poco incómodo, y se sentó a su lado. Comenzó a contarle su día en clases, los entrenamientos, las bromas con Red. Por un momento, el mundo parecía simple. Tranquilo.
Por su parte, en otro punto de la ciudad, una cajera terminaba su turno.
—¡¡Blue!! ¡¡Ven acá!! —gritó una voz desde el fondo del local.
La chica castaña se giró, fastidiada.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó.
Su jefe la miraba con evidente enojo.
—¡Otra vez te falta dinero en la caja! —le espetó—. ¡Estás despedida!
Blue no respondió. Se limitó a darse media vuelta y comenzar a quitarse el delantal.
—¡No quiero verte más por acá, ladrona! —le gritó su exjefe.
Blue salió del lugar sin mirar atrás.
“Bueno...” pensó mientras caminaba por la vereda.“...a buscar otro trabajo.”
Una sonrisa ladina se dibujó en su rostro.
“Igual le saqué bastante dinero a este viejo gordo.”
Mientras avanzaba hacia el paradero para tomar el bus, algo cayó al suelo. Su identificación.
—¡Oye!
Blue frunció el ceño.
“Otra vez ese gordo...”
Se dio la vuelta... y se encontró con un chico de ojos rojos, extendiéndole la mano.
—Se te cayó esto —dijo, mostrándole la identificación.
—Ah... gracias —respondió ella, tomándola.
—Soy Red —se presentó él con naturalidad.
Blue lo observó un instante antes de responder:
—Blue... así me llamo.
Al anochecer, Red regresó a su casa.
Como de costumbre, su madre no estaba. El silencio lo recibió apenas cerró la puerta. Sin decir palabra, fue directo a su habitación y encendió el televisor. La luz azul iluminó el cuarto mientras se dejaba caer en la cama.
Las noticias mostraban lo de siempre.Estafas.Asesinatos.Robos.Tráfico de drogas.Acusaciones falsas.
Lo normal en una ciudad caótica.
Red suspiró.
“¿Por qué el mundo es así de caótico?”pensó, sin esperar una respuesta.
Tomó su teléfono casi por inercia. La pantalla se encendió... y un mensaje de un número desconocido apareció frente a él.
¿Te gustaría cumplir tu deseo?
Red frunció el ceño.
“Una estafa...” pensó.
“Mejor ni abro el mensaje. Después me roban mis datos bancarios.”
Bloqueó la pantalla y dejó el celular a un lado.
Más tarde, tras repasar algunas materias, se lanzó sobre la cama y cerró los ojos. El cansancio terminó por vencerlo.
Y entonces... soñó.
Se vio a sí mismo de pie, junto a otras siluetas negras, reunidas en lo que parecía un teatro romano suspendido sobre las nubes. El cielo no tenía sol ni luna. Solo un blanco infinito.
En el centro del lugar, destacaba una figura vestida completamente de blanco.
Red miró a su alrededor.
Las siluetas no tenían rostro.
No eran reconocibles.
Eran presencias.
La persona vestida de blanco alzó la voz.
—Ustedes, los cincuenta soñadores, o Dreamers, están aquí para inaugurar el Number 1 Battle, un torneo que ocurre cada quinientos años con el simple y encantador propósito de cumplirle el deseo a uno solo de ustedes.
Las siluetas negras se miraron entre sí. Nadie entendía qué estaba pasando.
—¿Deseo? —preguntó una de ellas.
El hombre de blanco sonrió.
—Así es, sordo —respondió con naturalidad—. Un deseo.Fama, poder, riquezas...Ver a algún ser querido que ya falleció.Cualquier cosa que su egoísmo les pida.Todo puede cumplirse... si ganan este torneo.
Una de las siluetas soltó una risa breve.
—Suena divertido para ser solo un sueño... —dijo—. ¿Y en qué consistiría este torneo?
La figura de blanco juntó las manos detrás de la espalda.
—Aquel que reúna los 50 Legendary Ring será el ganador.
El silencio cayó de golpe.
—Ahora cállate —añadió con calma—, que tengo que decirles las reglas...o más bien...
Hizo una pausa.
—Los Mandamientos.
Todas las siluetas permanecían en silencio, escuchando los Mandamientos.Nadie hablaba.Nadie se movía.
Entonces, la voz vestida de blanco volvió a resonar, calmada, definitiva.
—Nos veremos de nuevo... —dijo—.Recuerden seguir los Mandamientos.Y buena suerte a todos.
Hizo una breve pausa.
—La necesitarán.
En ese instante, todo se desvaneció.
Las siluetas desaparecieron una a una, como si nunca hubieran estado allí.
Alrededor de la ciudad —y del mundo— cincuenta personas despertaron agitadas en sus camas, sofocadas, con el corazón latiendo con fuerza. El recuerdo del sueño aún pesaba en sus mentes, demasiado nítido... demasiado real.
A su lado, sobre mesas, escritorios o el suelo, reposaba un anillo dorado.
Un objeto desconocido.Antiguo.Imposible de ignorar.
Nadie sabía de dónde había salido...pero todos comprendieron lo mismo.
Aquello no había sido un sueño.
Era un mensaje.Una sentencia.
Sus destinos habían quedado sellados.
Al mismo tiempo, los teléfonos móviles de los cincuenta vibraron.
Un único mensaje apareció en todas las pantallas:
Bienvenidos al Number 1 Battle.
Continuará...