Capítulo 1
En los ojos de la muerte, solo verás la oscuridad- MyEm
4 de noviembre 2040
Sentía el peso del cadáver aplastándome sobre el suelo. De él emanaba un olor fétido una mezcla densa de putrefacción y azufre, que se pegaba a la garganta con cada respiración, su sangre espesa, viscosa comenzaba a deslizarse por mi rostro.
Me retorcí debajo de su cuerpo, luchando por liberarme. Con esfuerzo lo empuje a la derecha. El aire regresó a mis pulmones de golpe.
-¡Mierda!- Mascullé.
La habitación se encontraba iluminada por las escasas linternas que había encontrado horas antes. Miré el cadáver con horror, siempre eran distintos, siempre cambiaban de forma.
Tomé lo que parecían ser sus piernas, delgadas de un color gris enfermizo con venas marcadas bajo su piel arrugada, sus pies de esa criatura terminaban en formas óseas, largas y afiladas. Estar tan cerca de ellas otra vez me hizo estremecer.
Arrastrarlo resultó un verdadero reto, pesaba más de lo que creía, sus huesos crujían con cada paso que daba. Atravesé con él la cocina, dejaba un rastro de sangre negra viscosa. Arrugué la nariz. Tendría que limpiar más tarde si quería quedarme allí. Abrí la puerta pesada de madera de la cabaña, afuera la oscuridad lo devoraba todo, una ráfaga helada golpeó repentinamente mi piel, provocando que comenzara a temblar y así el vaho se formó frente a mi rostro.
En el torso del cadáver parecía tener una especie de plumas grises que cubrían su espalda, mientras que en su pecho desnudo se apreciaban diversas cicatrices, sus brazos eran largos hasta los tobillos, su cuello parecía poder girarse por completo, y en su cabeza, solo se hallaban escasos cabellos, sus ojos eran blancos como la nieve; en el lugar que debía estar la nariz solo existía un hueco, en su boca sobresalían sus dientes afilados como cuchillos, justo en el centro de la frente estaba clavado el cuchillo que utilicé para defenderme.
Miraba con satisfacción lo bien que había podido asesinarlo. Lo tomé de un brazo y lo empujé fuera de la cabaña, rodó por las escaleras que se hallaban justo enfrente, le di una fuerte patada. Escuché el sonido que provocó al caer en la nieve. Miré un segundo más la oscuridad, escuchando atenta de que no se hiciera presente otro ser. Pasaron unos cuantos minutos y regresé adentro.
La cocina solo contaba con un pequeño refrigerador y una estufa, así como una barda para poder sentarse a comer, junto con dos bancos de madera de roble. Justo a la derecha se encontraba una habitación, con una cama de tamaño matrimonial, un viejo armario de café oscuro y una chimenea de piedra rústica. A la izquierda de la cocina se encontraba una puerta que llevaba al almacén, dentro de esta, otra que conducía al sótano, allí fue donde tuve el enfrentamiento con la criatura. Había estado explorando la cabaña, cuando al abrir la puerta del sótano saltó encima mío, las garras estuvieron por clavarse en mi rostro, esquivé al último segundo, cuando estuvo a punto de morderme el brazo saqué el cuchillo que llevaba escondido en la cadera y lo clavé lo más profundo. Un enfrentamiento rápido, pero un error y el cadáver podría haber sido el mío.
Tomé una de las linternas que coloqué en cocina ayudándome a alumbrar frente a mi.
-Veamos que tenemos para comer- Miré primero dentro del refrigerador, encontrando unas tres botellas de agua, una lata de refresco así como lo que parecía pollo viejo y mohoso. Tomé una botella de agua y bebí la mitad. Busqué mi mochila que la había dejado cercana a la puerta, justo debajo de una ventana. Anteriormente guardé una barra energética que hallé en una casa a un par de horas de aquí. Mi estómago rugía, por lo que comí, guardé lo que restaba. Mi cuerpo se sentía exhausto, mi reloj marcaba que eran las cinco de la tarde y aún así no se veía ni un solo rayo de sol.
Afuera escuché el crujir de la madera, me asomé para verificar qué lo provocó. No se hallaba nadie cercano a la ventana. Fruncí el ceño y corrí a apagar las demás linternas y dejé que la oscuridad consumiera el lugar.
Esperé un par de minutos en silencio, a la espera; de mis bolsillos tomé otro cuchillo que tenía guardado.
Mi corazón comenzaba a acelerarse, y sentía como la adrenalina recorría mi cuerpo. Otro crujir se presentó, y después el abrir de la puerta. Trataba de controlar mi respiración, de guiarme por el tacto, buscando la pared más cercana y agudicé el oído. Un par de pasos entraron a la cabaña.
- ¿Viki?- Dijo una voz familiar, al escuchar esto suspiré.
Encendí una de las linternas. Y justo enfrente de mí se encontraba Wilhelm; alto y con una complexión atlética, su cabello castaño claro estaba cubierto por copos de nieve, sus ojos color miel parecían brillar.
-Que susto me has dado…- Sonrió mostrando un pequeño hoyuelo del lado izquierdo. Llevaba una parka de color azul marino y una mochila de alpinista gris, así como unas botas negras y unos jeans del mismo color. Se aproximó a mí, sus ojos mostraban angustia, me tomó por los hombros apretando ligeramente.
-Es bueno volver a verte- El calor de su piel me provocó una sonrisa. Su voz llevaba cierta nostalgia. Nos habíamos separado por culpa de una criatura que nos acorraló, de esto hace un par de semanas atrás.
-La verdad ni tanto- Los dos sonreímos y lo abracé con fuerza. Olía a canela. Se apartó luego de unos minutos y dejó su mochila junto a la mía. Miró el charco de sangre que recorría del almacén hasta la entrada.
-Veo que tuviste visitas antes- Lo miré sonriendo.
-No tenía con qué entretenerme- Wilhelm negó con la cabeza- Buscaré algo con qué limpiar- Él asintió y comenzó a explorar la cabaña. Detrás de la puerta del almacén había un trapeador con una cubeta, así como cloro y desinfectante. Tomé las cosas y me dirigí al grifo de la cocina, con la suerte de que este si funcionaba, llené la cubeta, vertí el cloro y comencé a limpiar rápido pues la sangre de esas criaturas era corrosiva si se dejaba el suficiente tiempo. Al terminar Wilhelm se dispuso a revisar el sótano.
-¿Vienes?- Asentí y bajamos juntos. La madera crujía con cada escalón que descendíamos, olía a humedad y parecía que no se usaba desde hace en un buen tiempo, sin embargo nos encontramos con la sorpresa que habían estanterías repletas de latas de comida, agua, y cosas necesarias en caso de emergencia, así como un generador de luz.
-Y encontramos oro en el lugar menos esperado- Wilhelm asintió.
-Por fuera no das ni un peso por la cabaña- Tomamos una lata de carne de res y duraznos en almíbar.
-Hoy se come como dioses- Saqué del refrigerador la lata de refresco y compartimos. Hace bastante tiempo no probamos más que barras energéticas o carne seca, por lo que saboreamos hasta el último bocado.
Wilhelm comenzaba a sacar un mapa de su mochila cuando comenzamos a escuchar gritos que provenían de afuera. Tomamos las linternas y las apagamos quedándonos cerca de la puerta. Los gritos volvían a propagarse, se escuchaban ligeramente más cercanos.
-¿Saldremos a ayudar?- Susurró Wilhelm.
-Escucha bien, no parecen de humano- Al quedar en silencio los gritos se fueron aproximando, eran agudos parecían estar cargados de angustia. Pero algo era diferente en ellos, un tono que hacía parecer que no provenía de la voz humana.
-¡Son unos hijos de puta!- Le dije a Wilhelm.
-¿Por qué lo dices?- A pesar de que no veía su rostro podía sentir su mirada.
-Es una trampa- Al decir esto los gritos se escuchaban justo afuera de la cabaña, acompañada de sollozos.
-Ayu…da- Dijo una voz aguda y entrecortada de una niña. Wilhelm se levantó, encendió la linterna y se asomó por la ventana, yo traté de detenerlo pero sin hacerme caso corrió y salió de la habitación sujetando un hacha que sacó del sótano.
-Es un imbécil- Dije enojada y tomando el cuchillo con fuerza, me asomé con cuidado. Ahí había una criatura con cuerpo de araña, un cuello largo y una cabeza de humano con ojos rojos y una boca cosida, una de sus patas sujetaba el cuerpo de una niña ya sin vida, sus ojos habían sido arrancados, tenía el cabello recogido en dos coletas y llevaba puesto un vestido azul claro con una mallas blancas de conejitos, así como botitas cafés.
-Ayu…da- Se volvía a escuchar y en ese momento nos dimos cuenta que la voz provenía de la niña.