Chapter 1
Prólogo: El Océano de la Agonía
Marte no siempre fue un desierto. Hace cuatro mil millones de años, el gran océano de Vastitas Borealis golpeaba con furia las costas de Tharsis. Pero el núcleo del planeta se había enfriado, el escudo magnético se desvanecía y el sol, antes un aliado, ahora arrancaba la atmósfera a jirones.
En el centro de mando de la última ciudadela,Edusostenía el maletín criogénico. Dentro, protegidas por campos de estasis, descansaban diez mil cápsulas de ADN. Era todo lo que quedaba de su estirpe: músicos, científicos, agricultores y niños, reducidos a secuencias genéticas esperando un nuevo mundo.
—Tienes que llegar a la plataforma de Eridania, al sur —dijo una voz grave a sus espaldas.
Edu se giró. EraEduardo, su antiguo instructor de vuelo y ahora líder de los “Puristas del Polvo”, una facción de sicarios que creía que la humanidad debía morir con su planeta. Eduardo no llevaba uniforme, sino una armadura de placas de carbono desgastada por la arena.
—No voy a dejar que contamines el tercer planeta con nuestro fracaso, Edu —sentenció Eduardo, apoyando su mano en el mango de una daga de vibración—. El ADN humano es una enfermedad que Ares ya no puede sostener. Si intentas cruzar el Ecuador, yo mismo te daré caza.
Edu no respondió. Sabía que las palabras eran inútiles contra el fanatismo. Aprovechó una explosión de vapor geotérmico que sacudió la base para lanzarse por el conducto de ventilación, comenzando su huida hacia el infierno.
Capítulo 1: El Despertar del Gigante
Ciclo 1 de la Travesía. Región de Tharsis Montes.
Edu avanzaba por la falda del Monte Olimpo. El volcán más grande del sistema solar no estaba dormido; estaba en medio de un estertor agónico. Ríos de lava de kilómetros de ancho cortaban el paisaje, convirtiendo el cielo en una masa espesa de ceniza tóxica y relámpagos rojos.
El calor era insoportable, pero a pocos metros de los flujos magmáticos, la temperatura caía a niveles de congelamiento extremo debido a la atmósfera enrarecida. Edu sentía cómo su traje térmico luchaba por equilibrar ambos mundos: fuego a la derecha, hielo a la izquierda.
De pronto, un pulso electromagnético apagó su visor.
—¡Quieto ahí, Rastreador! —gritó una voz desde un risco de basalto.
Un hombre saltó frente a él, apuntándole con un rifle de riel. EraMarco. Tenía el rostro cubierto por un respirador antiguo y sus ropas estaban manchadas de aceite y azufre.
—Marco, baja eso —dijo Edu, recuperando la visión de su casco—. Eduardo y sus sicarios vienen detrás de mí. Si nos quedamos aquí, la lava nos alcanzará o ellos nos cortarán el cuello.
Marco bajó el arma lentamente, mirando con codicia el maletín que Edu llevaba encadenado a su brazo.
—Dicen que ese maletín vale más que todo el oro de las minas de Valles Marineris. Dicen que contiene la eternidad.
—Contiene esperanza, Marco. Ayúdame a llegar a los túneles de hielo bajo el ecuador y te daré mi vehículo de huida cuando lleguemos a Eridania.
—Los túneles están colapsando, Edu —respondió Marco con una sonrisa amarga—. El frío está fracturando la roca volcánica. Es una trampa mortal de cristales de hielo y gas metano. Pero... conozco los atajos.
Un rugido sónico cruzó el cielo. Tres naves de caza de los sicarios de Eduardo aparecieron entre las nubes de ceniza, proyectando luces de búsqueda sobre la obsidiana del suelo.
—Decídete rápido, Marco —susurró Edu, sintiendo el peso del ADN en su brazo—. ¿Quieres morir en este desierto rojo o quieres ayudarme a que nuestra especie tenga un mañana en ese planeta azul que brilla en el cielo?
Marco miró hacia arriba, donde la Tierra se veía como un pequeño punto de esperanza en el firmamento marciano, y luego miró las naves de Eduardo que se acercaban.
—Espero que esos humanos del futuro valgan la pena —gruñó Marco—. ¡Sígueme! ¡Por aquí, antes de que el volcán escupa de nuevo!
Los dos hombres se lanzaron hacia una grieta en la tierra, mientras el primer disparo de plasma de los sicarios derretía la roca justo donde habían estado parados. La carrera por la supervivencia de la humanidad acababa de empezar en un mundo que se negaba a dejarlos ir.