Besando a un Jeon #5 saga hermandad Jeon

Summary

Park Jimin es un omega en apuros y Jeon Jungkook el alfa que puede ayudarlo, claro que el precio por ello puede ser alto y bastante seductor: por cada dato que él le otorgue, el omega debe pagarle con un beso. La atracción entre ambos es innegable, pero ¿qué pasará cuando Jimin le revele la verdad que tan celosamente oculta

Genre
Romance
Author
Paulina
Status
Ongoing
Chapters
15
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Prólogo


17 de abril de 1820. Morwellan Park, Somerset.

El desastre lo miró a los ojos.

Otra vez.

Sentado ante su escritorio de la biblioteca de Morwellan Park, Park Jimin  miró la carta que tenía en la mano, viendo apenas la escritura precisa del administrador de la familia. El contenido de la misma quemaba en su cerebro. En su último párrafo se leía: «Me temo, querido, que mis impresiones coinciden con las suyas. No veo evidencia de que hayamos cometido ningún error».

Ningún error. Había sospechado, virtualmente esperado que ese hubiese sido el caso, pero...

Suspirando, Jimin dejó la carta. Le temblaba la mano. El ánimo jovial, que transportaba la brisa que entraba por las altas ventanas, llegó hasta él. Dudó, luego se puso de pie y se acercó a las puertaventanas que permanecían abiertas, dando al sur del parque.

Sobre la ondulada extensión que separaba la terraza del lago artificial, sus hermanastros y hermanas jugaban aparatosamente a atrapar un balón. El sol destelló sobre una cabeza rubia; Charlie, el hermanastro mayor de Jimin, saltó y atrapó el balón en el aire, interceptándoselo a Jeremy, de sólo diez años, pero siempre animoso. A pesar de su incipiente elegancia adulta, Charlie, de diecinueve años, estaba afablemente compenetrado en el juego, consintiendo a sus hermanos menores Jeremy y Augusta, que tenía sólo seis años. También se les habían unido sus otras hermanas: Mary, de dieciocho años, y Alice, de diecisiete.

En ese momento, toda la casa estaba sumida en los preparativos del traslado a Londres para que Mary y Alice fueran presentadas en sociedad. Sin embargo, ambas muchachas se habían lanzado al juego, con sus bucles que enmarcaban inocentemente sus rostros felices, sin permitir que el asunto formal de su presentación en sociedad mitigara en modo alguno la alegría de los placeres sencillos.

Un grito de Charlie acompañó un lanzamiento potente; el balón voló por encima de las tres muchachas y rebotó en dirección a la casa. Golpeó contra las losas del sendero y rebotó aún más alto, saltando por encima de los escalones bajos para aterrizar sobre la terraza. Dos rebotes más y cayó sobre el umbral de la biblioteca, rodando por el suelo de madera bruñida. Jimin puso un pie sobre el balón, deteniéndolo. Lo consideró, luego miró hacia fuera y vio a Mary y Alice que corrían, riendo y gritando, en dirección a la terraza. Jimin se agachó y recogió el balón, y balanceándolo sobre la palma de la mano, se acercó a la terraza.

Mary y Alice derraparon para detenerse, sonrientes, delante de los escalones.

— ¡A mí, Jimin, a mí!

— ¡No! ¡Jimin querido!¡A mí!

Jimin aguardó, como si sopesara sus opciones, mientras la pequeña Augusta,

que había quedado muy atrás, se acercaba jadeando. Se detuvo algunos metros detrás de sus hermanas mayores y levantó su rostro angelical hacia él.

Con una sonrisa, Jimin lanzó el balón por encima de la cabeza de las muchachas mayores, que lo vieron pasar volando, boquiabiertas. Con una risa

cantarina, Augusta se abalanzó, se apoderó del balón, y huyó cuesta abajo.

Al advertir la sonrisa cómplice de Jimin, Mary llamó a Augusta, Alice gritó de entusiasmo y ambas se dispusieron a perseguirla.

Jimin se quedó en la terraza. Se sintió acalorado, sin que eso tuviera nada que ver con los rayos del sol. Le llamó la atención un movimiento debajo de un imponente roble. Serena, su madrastra, y su padre, el conde Park, lo saludaron desde el

banco donde estaban sentados, observando complacidos a sus hijos.

Jimin, sonriendo, les devolvió el saludo. Tras mirar una vez más a sus hermanastros, que ahora se dirigían hacia el lago en salvaje desorden, respiró profundamente, apretó los labios y regresó a la biblioteca.

De camino hacia el escritorio, dejó que su mirada recorriera los tapices que adornaban las paredes, las pinturas en sus marcos dorados, las encuadernaciones en cuero con incrustaciones doradas en los lomos de los libros alineados en las estanterías. La gran biblioteca era uno de los detalles de Morwellan Park, residencia

principal de los condes. Los Park habían ocupado el lugar durante siglos, desde mucho antes que se creara el condado en el siglo XIV. La presente y refinada casa había sido construida por el bisabuelo de Jimin y los jardines diseñados con esmero bajo la exigente mirada de su abuelo.

De vuelta ante el amplio escritorio labrado, que había sido suyo durante once

años, Jimin miró la carta apoyada sobre el cartapacio. La posibilidad de que fuera a

amilanarse frente a la adversidad que la carta auguraba había pasado. Nada —

nadie— iba a robarle la paz a la que había sacrificado los últimos once años de su vida para darle seguridad a su familia.

Al observar la carta de Wiggs, Jimin, demasiado práctico como para no reconocer las dificultades y peligros, consideró la enormidad de lo que enfrentaba. Pero no era la primera vez que se quedaba en el borde del abismo y que miraba a la ruina social y financiera fijamente a los ojos.

Cogió la carta, se sentó y la releyó. Había llegado en respuesta a una misiva

urgente enviada por él a Londres tres días antes. Tres días antes, cuando su mundo, por segunda vez en su vida, había sido conmovido hasta los cimientos.

Mientras limpiaba el cuarto de su padre, una criada había descubierto un documento legal metido dentro de un jarrón. Afortunadamente, la muchacha había tenido la picardía de llevarle el papel a la señora Figgs, el ama de llaves y cocinera, quien de inmediato corrió a la biblioteca para ponerlo ante los ojos de Jimin.

Tras comprobar que había asimilado todos los detalles de la respuesta de Wiggs, Jimin dejó la carta a un lado. Desvió la mirada hacia la gaveta izquierda del escritorio, donde había guardado el condenado documento que era el nudo del problema. Un pagaré. No precisaba volver a leerlo, cada pequeño detalle se había grabado en su mente. El pagaré comprometía al conde, su padre, a pagar de manera perenne una suma que excedía el valor total del condado. A cambio, el conde recibiría un generoso porcentaje de los beneficios obtenidos por la Central East Africa Gold Company.

No había, claro, ninguna garantía de que tales beneficios fueran a materializarse alguna vez, y ni él, ni Wiggs, ni ninguno de sus colegas había oído hablar de la Central East Africa Gold Company.

Si quemar el pagaré hubiese servido de algo, con mucho gusto habría hecho una hoguera sobre la alfombra Aubusson, pero se trataba sólo de una copia. Su querido padre, impreciso y desesperadamente poco práctico, sin comprender en absoluto en qué se metía, había comprometido el futuro de su familia con su firma. Wiggs había confirmado que el pagaré era legalmente válido y ejecutable, de modo que si se reclamaba el pago por el monto estipulado, la familia iría a la bancarrota. No sólo perderían las propiedades menores y la Morwellan House de Londres, todas ya hipotecadas, sino también Morwellan Park y cuanto había en ella.

Si deseaba asegurar que los Park permanecieran en Morwellan Park, que Charlie y sus hijos conservaran intacta la casa de sus ancestros para heredarla, que sus hermanastras tuvieran sus rentas y la oportunidad de realizar los casamientos que se merecían, tendría que hallar alguna manera de salir del asunto. Exactamente como ya lo había hecho antes.

Golpeando distraídamente con un lápiz sobre el carapacio, Jimin miró el retrato de su bisabuelo, que estaba frente a él en el extremo de la habitación.

No era ésa la primera vez que su padre había llevado al condado al borde de la ruina; ya antes se había enfrentado a la perspectiva de una pobreza abyecta. Para un omega, criado dentro del círculo de elite de la alta sociedad, la perspectiva había sido —y seguía siendo— terrorífica, más todavía porque le resultaba incomprensible. Apenas tenía algo más que una vaga noción de lo que era la pobreza abyecta; no deseaba para él mismo ni, más importante aún, para sus inocentes hermanos adquirir ningún conocimiento directo de ese estado.

Al menos esta vez era más maduro, sabía más cosas; estaba mejor equipado para vérselas con la amenaza. La primera vez...

Sus pensamientos volaron hacia aquella tarde de hacía once años cuando, mientras se disponía a hacer su presentación en sociedad, el destino lo forzó a detenerse, respirar y cambiar de dirección. A partir de entonces, cargaba con el peso de administrar las finanzas familiares, trabajando incansablemente para reconstruir la fortuna familiar y mantener al mismo tiempo una apariencia de bienestar económico. Fue él quien insistió en que los varones alfas fueran a Eton y luego a Oxford. Fue él quien cuidó mucho el dinero para que Mary y Alice, ambas omegas, pudieran hacer sus presentaciones en la ciudad con fondos suficientes como para que estuvieran a la altura.

La familia esperaba con ansiedad el traslado a Londres que tendría lugar en pocos días. En cuanto a él, se disponía a saborear una victoria sutil sobre el destino, en el momento en que sus hermanastras hicieran sus reverencias ante la alta sociedad.

Por un buen rato, Jimin contempló la habitación, considerando, calculando, desechando. Esta vez la frugalidad no serviría a sus designios: ninguna suma ahorrada podría reunir la cantidad necesaria para cumplir con la obligación estipulada en el pagaré. Se volvió y abrió la gaveta de la izquierda. Recuperó el pagaré y de nuevo lo examinó atentamente, evaluándolo con cuidado. Consideró la posibilidad muy real de que la Central East África Gold Company fuera un fraude.

La compañía le olía a eso: por cierto, ninguna empresa legítima habría aceptado que su padre —a las claras poco versado en cuestiones de negocios— comprometiera tal suma en una operación especulativa, sin una valoración discreta de su capacidad de cumplir con el compromiso. Cuanto más lo consideraba, más se convencía de que ni él ni Wiggs se habían equivocado: la Central East África Gold Company era una estafa.

No estaba para nada dispuesto a entregar mansamente todo aquello por lo que había luchado, todo lo que había asegurado a lo largo de los últimos once años —el futuro de su familia— para hacer más fácil la vida de una banda de pícaros granujas. Tenía que haber una salida; a él le tocaba encontrarla.


Ésta es la historia de Gabriel, espero la disfruten.❤️

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