LA ÉTICA DE LA HAMBRUNA
La Ética de la Hambruna
Caracas, 2040. El dinero en Venezuela ya no se cuenta, se pesa; y el honor ya no se defiende, se vende por un pedazo de pan.
El prota se despertó antes de que saliera el sol amarillento. No lo despertó una alarma, sino el sonido de sus propios intestinos retorciéndose, un dolor agudo que se sentía como si un animal pequeño estuviera mordiendo las paredes de su estómago. Se quedó mirando el techo de su habitación en Petare, donde las manchas de humedad dibujaban mapas de continentes olvidados.
Se levantó con cuidado para no marearse. En el 2040, un movimiento brusco con el estómago vacío podía hacerte perder el conocimiento. Fue directo al espejo roto. Sus ojos, hundidos y rodeados de sombras moradas, eran lo único que quedaba de su juventud.
—Hoy es el día —se mintió a sí mismo.
Abrió su armario. Allí, colgado con una dignidad casi insultante frente a la pobreza de la habitación, estaba su uniforme de mayordomo. Era una pieza de alta costura, negra, de un poliéster que no se arrugaba, recuerdo de los cursos que hizo cuando aún había esperanza, cuando las escuelas de etiqueta en Caracas todavía soñaban con servir a embajadores y no a los monstruos que gobernaban ahora.
Pasó la mano por la tela. No tenía trabajo. Había pasado los últimos seis meses enviando currículos digitales a empresas que ya no existían y tocando puertas de restaurantes que ahora eran búnkeres para los militares. Nadie necesitaba un mayordomo de alta clase cuando la gente estaba ocupada matándose por un galón de agua.
Caminó hacia la cocina. El refrigerador era un sarcófago blanco y vacío que solo servía para guardar el silencio. Sobre el mostrador, había un frasco de vidrio con apenas tres cucharadas de arroz lleno de gorgojos.
—Desayuno de campeones —susurró con una sonrisa amarga.
Antes de comer, se acercó a la puerta del fondo. Esa puerta que siempre estaba cerrada, cuyos tres candados brillaban con el aceite que él les ponía para que no rechinaran. Pegó la oreja a la madera. Al principio no escuchó nada, pero luego, un sonido lo hizo retroceder: fue un suspiro largo, demasiado profundo para ser humano, seguido del sonido de algo pesado arrastrándose por el suelo.
El prota apretó los dientes. No podía entrar. No tenía medicina, no tenía gasas limpias, no tenía los 20 millones que le habían dicho en el Hospital La Esperanza que costaría el tratamiento "especial" para lo que fuera que le estaba pasando a su madre ahí dentro.
Salió de la casa vestido de civil, con ropa vieja pero limpia, tratando de pasar desapercibido. Bajó las escaleras del barrio mientras el sol empezaba a calentar la basura acumulada en las esquinas, creando un vaho espeso que revolvía el alma. Vio a un vecino, un hombre que antes era ingeniero, hurgando en una bolsa de desperdicios con la mirada perdida.
—¿Buscando chamba, chamo? —le gritó el hombre, mostrándole un hueso de pollo pelado como si fuera un trofeo—. No hay. Aquí lo único que hay es hambre.
El prota no respondió. Siguió bajando hacia la ciudad. Tenía una cita en una agencia de empleos de mala muerte en el centro. Sabía que las probabilidades eran bajas, pero la desesperación tiene una forma extraña de mantenerte caminando.