Un grito de ayuda.

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Summary

El ruido la está volviendo loca. Martillazos. Gritos. Fierros cayendo. Todos los días. A todas horas. Sin descanso. Dicen que es progreso. Dicen que se acostumbre. Dicen que no es para tanto. Pero ellos no viven en su cabeza. Cuando una noche decide entrar a la construcción para terminar con todo, cree tener el control. Cree que por fin encontrará silencio. Error. Porque hay ruidos que no vienen de afuera. Y cuando los escuchas… ya es demasiado tarde.

Genre
Thriller
Author
Jay
Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

I.

Normalmente es tranquilo vivir una rutina de levantarte, cepillar tus dientes, desayunar... lo normal, lo típico que uno hace en esta sociedad.

Pero ¿Qué haces cuando toda tu rutina se ve interrumpida por el intrínseco y penetrante sonido de una construcción?

De lunes a sábado, desde las ocho de la mañana hasta pasadas las siete de la tarde en un trabajo que llevaba meses funcionando y quizás cuanto tiempo les faltaba para terminar ¿Quién no se vuelve loco?

Esa es mi historia de cada día; no puedo leer, no puedo trabajar en paz ━porque sí, trabajo desde casa━, no puedo ni almorzar. Mi día se basa en el “plam” de los fierros cayendo al suelo, el “boom” de los martillazos que rompen el aire... A veces incluso antes de que ocurran.

Como si mi cabeza los estuviera esperando, como si ya supiera cuándo vendrán.

Dime ¿Tú lo soportarías? Porque todos se creen moralistas cuando no está en su patio trasero. Vivir al lado de una construcción es para valientes o, en realidad, para los que no tenemos otra opción.

“Están trabajando, no tienen culpa”, “es progreso, están construyendo viviendas”, “haz la denuncia” o la gran cereza del pastel “pero ponte audífonos”. Eso inunda mis oídos cada vez que digo algo al respecto y ya estoy harta. He actuado como buena ciudadana toda mi vida; pago mis impuestos, aporto a la sociedad con mi trabajo, no hago daño a nadie ━o eso creía━.

Ya mi cerebro no da para más y yo creo que si tú, que estás conmigo en este viaje, estuvieras en la misma posición, harías lo que estoy a punto de hacer: Acabar con esto de raíz.

Todo esto colapsó hoy cuando, de un susto con el sonido ensordecedor de una viga cayendo, tiré mi café sobre mi computadora mientras trabajaba.

━Todos los días lo mismo, malditos sean.

El peso de la moral caía cada vez que hacía un comentario así. El sentimiento egoísta de quejarse contra gente que solo hacía su trabajo era agobiante; pero los odiaba, no los soportaba más.

Ahora tenía que arreglar mi computadora, tenía que prepararme otro café y tenía que bajar mis propios nervios a punta de respiraciones porque “es lo correcto”.

YA. ESTOY. HARTA. DE. HACER. LO. CORRECTO.

Solo podía limpiar mi escritorio con toallitas y dejar secar mi computador al aire lleno de polvo por culpa de esos malditos. Mi cerebro ya estaba llegando al límite y las respiraciones calmadas no estaban sirviendo. Tenía que tomar acción por mi cuenta.

━Me cagan de todas las formas posibles...

Miré el reloj varias veces para confirmar la hora, mi ojo estaba tiritando mientras escuchaba los últimos gritos de la jornada laboral del terreno antes de que detuvieran todas las máquinas.

━Son casi las ocho de la noche, malditos ━me quejé con rabia━.

Una parte de mi pensaba en la sobreexplotación que sufrían y que no tenían culpa, pero otra parte de mí solo podía pensar en terminar con todos ellos de raíz; el problema se iría y yo, al fin, podría descansar.

Estaba con la paciencia colmada así que, con toda la ira que una persona de un metro sesenta podía soportar, me coloqué mi buzo negro con capucha y bajé de mi departamento, esperando poder entrar mientras se iban y esconderme en la oscuridad del sitio.

Mientras caminaba,los imaginé cayendo, uno por uno, como dominó.

Cuando las máquinas se detuvieron, el silencio no fue un alivio. No entendía por qué el silencio era más ensordecedor que el propio ruido.

Los trabajadores comenzaban a salir con sus mochilas en la espalda, sin saber que mañana se iban a encontrar con toda mi ira. Ya no quedaba nadie en la obra.

Ni cascos.

Ni voces.

Ni máquinas.

Solo polvo suspendido en el aire y voces saliendo de la oficina principal, que era un container azul con una puerta rudimentaria.

Y entonces—

plam.

Justo detrás de mí cayó una pila de fierros que estaban apoyadas en una de las paredes de la cerca que dividía el terreno de la acera. Mi sobresalto fue tal que, por un instante, sentí muchos ojos sobre mí.

—Mierda...

Iban a descubrirme con tremendo grito que pegué.

Nada.

Ni un alma salía a ver qué pasaba.

Solo retumbaron los vagos pasos de uno de los últimos trabajadores que quedaba en faena y, por suerte, no me vió entre lo oscuro. Solo pude escucharlo refunfuñar y decir varias veces “Será problema de los de mañana”. Reí para mis adentros, la verdad es que hasta ellos mismos odiaban esto y podía comprenderlo.

Aun así, me abrí paso como pude entre fierros, sacos de cemento y sombras largas que proyectaban los focos del terreno. Los camiones dormían como bestias varadas, y las grúas crujían apenas con el viento, como si se quejaran en voz baja.

La única luz encendida venía de la oficina.

Desde ahí salían risas. Risas sucias. Chistes rancios, machistas, escupidos entre tragos y carcajadas demasiado fuertes para esa hora y para ser lunes.

La puerta —si es que podía llamarse así— era apenas un trozo de madera hinchada, clavada sin ganas y con graffitis con simbología masculina.

—Mira, mañana le digo a mi señora que tiene que consentirme... si no, tengo como a tres más esperando.

Se rieron.

Algo en mi estómago se apretó. No era solo asco.

Era otra cosa.

Más fría.

Más ganas me daban de quemarlo todo mientras más escuchaba. Uno imagina que, si se quedan después de la jornada, al menos hablarían del trabajo del día siguiente... ¿no?

Silencio. Por un segundo, las risas se cortaron. Como si alguien hubiera notado algo.

Me quedé quieta.

Nada.

Las carcajadas volvieron, más fuertes. Forzadas. Merecían que les pasara algo. Y yo iba a ser quien lo hiciera.

Estoy segura de que más de algún vecino —o vecina— me daría las gracias después.

Podría hasta salir en el diario.

Sonreí.

Mi interior se sentía... demasiado bien.

Seguí caminando, esta vez más lento, más consciente del sonido de mis propios pasos sobre la grava. Cada crujido parecía más fuerte de lo que debía.

Llegué al almacén junto al container que era testigo de la reunión de testosterona.

La puerta estaba entreabierta pero no recordaba haberla visto así. Le resté un poco de importancia hasta que escuché un crujido dentro.

Me detuve.

Algo se movió en el rabillo de mi ojo.

Me quedé quieta, quizás algunos de los viejos se quedaron ordenando y ya me habían pillado en mi misión suicida.

—¿Hola?

Hablé, pero sentí el eco devolver mi saludo. En un segundo todo se había vuelto oscuridad y la puerta ya no existía.

—¡AYUDA!

Grité mientras golpeaba las paredes. Alguien debía escucharme, estaba lleno de viejos asquerosos al lado ¿Cómo alguno no iba a reaccionar al escándalo? No podía ver nada y sentí mucho frío de un segundo a otro.

—¡POR FAVOR, AYUDA!