Trato de una semana
El sol de la tarde se filtraba tímidamente entre los rascacielos de Tokio, creando un mar de reflejos dorados sobre el asfalto y el cristal. Sin embargo, ninguno de aquellos edificios podía compararse, ni en altura, ni en opulencia, ni en poder, con la gigantesca estructura que se alzaba en el centro financiero de la ciudad. No era simplemente un edificio; era un monumento.
El Edificio Dangel.
Con sus cien pisos de vidrio y acero, dominaba el horizonte como un rey observando su reino. Esta construcción no era solo la sede central; era el corazón palpitante de la corporación más poderosa del planeta. Los Dangel no solo eran ricos; controlaban aproximadamente el noventa por ciento de la tecnología y la ciencia mundial. Desde los satélites que orbitaban la Tierra hasta los microchips que llevabas en el bolsillo, casi todo tenía el sello invisible de su nombre. Eran dueños del mundo, y todos lo sabían.
En el piso más alto, en un despacho que parecía suspendido en las nubes, la atmósfera era pesada, cargada de una tensión silenciosa pero palpable.
—¿Entiendes lo que esto significa, Román? —La voz de Alec Dangel resonó en la enorme sala, grave y autoritaria, pero sin perder un matiz de orgullo paternal.
El hombre estaba sentado detrás de un escritorio de madera oscura, un hombre maduro que aún conservaba una presencia imponente. Frente a él, de pie y con las manos en los bolsillos de sus pantalones ajustados de cuero, estaba su hijo.
Román Dangel.
Y si el edificio era imponente, él no se quedaba atrás. Medía fácilmente más de un metro noventa, una figura atlética y musculosa que llenaba el espacio. Su cabello era una obra de arte en sí mismo: largo, llegándole hasta los hombros, de un negro azabache intenso, pero salpicado estratégicamente con mechones de un rojo fuego y un amarillo brillante que parecían llamas vivas. Sus ojos... esos eran lo que más intimidaba. Eran de un dorado brillante, como monedas de oro antiguo, pero sus pupilas eran de un rojo intenso, dándole una mirada penetrante, casi sobrenatural.
Su piel estaba adornada con tatuajes intrincados que se veían asomando por su cuello y sus brazos, y varios piercings decoraban sus orejas y cejas. No parecía el típico heredero de corporativo con traje impecable; parecía una estrella de rock, un líder de pandilla, alguien peligroso y magnético. Exudaba un aura de "sex appeal" y rudeza que hacía que hasta los hombres más duros tragaran saliva.
—Claro que lo entiendo, viejo —respondió Román, su voz era grave, con un tono sarcástico y arrastrado—. En dos semanas cumplo veinte años y me convierto oficialmente en el títere que mueve los hilos de este mundo. ¿Es eso?
Alec suspiró, frotándose el puente de la nariz. Conocía el carácter de su hijo. Era explosivo, directo, a veces agresivo y demasiado bromista para su propio bien, pero tenía una inteligencia estratégica brillante y un corazón leal para quienes lograban cruzar su coraza. Era el sucesor perfecto, aunque difícil de manejar.
—No es un títere, es el líder —corrigió Alec con firmeza—. Todo está listo. Las acciones, los contratos, el control total. Pero... hay una cláusula en el testamento y en los estatutos que tu abuelo puso, y que yo mantuve. Una condición final.
Román frunció el ceño, arqueando una ceja perforada. —¿Qué clase de condición? ¿Tengo que escalar el Monte Fuji descalzo o matar a alguien? Suéltalo.
—Nada de eso —el padre sonrió con astucia—. Para ostentar el título de Presidente Ejecutivo y dueño absoluto de Dangel Corp, debes tener una pareja estable. Una esposa, o al menos, una prometida formal. La empresa necesita estabilidad, Román. Los accionistas quieren ver a un hombre de familia, un hombre asentado. No quieren a un chico fiestero y solitario al mando.
El silencio cayó sobre la oficina como un peso muerto.
Román se quedó petrificado. ¿Pareja? ¿En serio? Estaba demasiado ocupado dirigiendo sucursales, estudiando leyes, economía y peleando en su tiempo libre como para tener novia. Su vida era el trabajo y el caos. No tenía tiempo para flores ni cenas románticas.
—¿Estás loco? —estalló Román, dando un paso al frente, su temperamento saliendo a flote—. ¡¿Me vas a negar lo que es mío por no tener a una chica pegada al brazo?! ¡Eso es ridículo!
—Es la regla, hijo. Y no es negociable —Alec cruzó los brazos, inamovible—. O presentas a tu pareja en la gala de cumpleaños, o el poder queda en mis manos por otros cinco años más, y tú sigues siendo solo el "hijo del jefe".
La presión era insoportable. Román apretó los puños, sus nudillos se pusieron blancos. Cinco años más esperando... No podía. Necesitaba tomar las riendas ahora, cambiar cosas que su padre se negaba a ver. La desesperación y la orgullosa terquedad se mezclaron en su mente. Miró a su padre, vio la seriedad en su rostro y, en un impulso repentino, una mentira salió de sus labios antes de que pudiera detenerla.
—¡Tengo novia! —soltó de golpe.
Alec parpadeó, sorprendido. —¿Ah sí?
—Claro que sí —Román enderezó la espalda, poniendo su mejor cara de seguridad, aunque por dentro estaba sudando frío—. Es... es una chica increíble. Inteligente, preciosa, perfecta. Simplemente no la he traído porque... bueno, quería mantenerla alejada de este mundo de locos por un tiempo. Pero existe.
El padre lo observó con desconfianza, pero luego soltó una carcajada baja. —Bien. Me alegra oír eso. Entonces no habrá problema. Quiero conocerla. Tráela a cenar a la residencia oficial dentro de una semana. Si es real y es digna de mi hijo, el trato está hecho.
—Una semana... —murmuró Román, sintiendo cómo el suelo se abría bajo sus pies.
—Exacto. Una semana, hijo. Ve por tu princesa.
Mientras tanto, a varios kilómetros de distancia, en un barrio mucho más modesto y bullicioso, la realidad era completamente distinta.
El "Café Estrella" era un local pequeño, acogedor y lleno de plantas. El olor a café recién hecho y pasteles dulces llenaba el aire, pero para quien trabajaba allí, ese olor ya no era agradable, era sinónimo de cansancio.
—¡Una orden más! ¡Y rápido que se enfría! —gritó el chef desde la cocina.
—¡Ya va! —respondió una voz suave y dulce, aunque cargada de agotamiento.
Aliza Wonderland salió de la cocina con una bandeja en las manos. Era imposible no mirarla. Era como una muñeca sacada de un mundo de fantasía.
Medía apenas 1.56 de estatura, lo que la hacía ver diminuta comparada con los demás. Llevaba un uniforme de mesera que le quedaba un poco holgado, pero fuera del trabajo, siempre usaba suéteres enormes que le cubrían hasta las manos, dándole una apariencia de peluche, tierna y abrazable.
Su cabello era su mayor distintivo: largo, llegándole hasta la cintura, y dividido perfectamente a la mitad. El lado izquierdo era de un celeste pastel, suave como el cielo de la mañana, y el lado derecho era de un rosa pastel, dulce como algodón de azúcar. Sus ojos eran aún más especiales; eran heterocromáticos. El derecho era de un morado profundo y misterioso, mientras que el izquierdo era de un azul claro como el mar... aunque ese ojo izquierdo casi siempre permanecía oculto tras un fleco de cabello celeste, como si ella misma quisiera esconderse un poco.
—Gracias... —murmuró Aliza con una sonrisa tímida al dejar el café en la mesa, bajando la mirada rápidamente.
Era el epítome de la dulzura. Amable, gentil, tierna hasta decir basta. Todo en ella gritaba "adorable". Pero esa ternura tenía un precio: era increíblemente ingenua, un poco torpe (ya se había caído tres veces ese día solo con las escobas) y extremadamente introvertida. Le costaba hablar con la gente, le costaba mirar a los ojos.
Se apoyó un momento en la barra, soltando un suspiro largo y pesado. Mental y físicamente, estaba hecha pedazos. Estudiaba en la universidad con lo justo, trabajaba turnos dobles y apenas le alcanzaba para pagar el alquiler de su pequeño apartamento y comer.
—Otra vez igual, Aliza-chan —le dijo su compañera, una chica mayor—. Te ves muerta de cansancio.
—Es que... es mucho —admitió ella jugando con el borde de su delantal—. Quisiera que fuera más fácil. Quisiera... —se calló, sonrojándose un poco—. Quisiera encontrar a un hombre rico, ¿sabes? Uno muy rico que me quiera y me consienta. Que me diga "ya no trabajes más, yo me encargo". Solo quiero paz... y poder dormir ocho horas seguidas.
Su compañera se rió. —Sueña alto, niña. Los príncipes azules no entran por esa puerta, y menos los millonarios. Aquí solo entran oficinistas cansados y estudiantes sin dinero.
Aliza bajó la mirada, sonriendo con tristeza. Lo sabía. Era solo una fantasía tonta de una chica pobre que quería dejar de sufrir. Se giró para ir a limpiar unas mesas, bostezando disimuladamente.
—Necesito un milagro... —pensó ella.
Y justo en ese momento, como si el universo hubiera escuchado su deseo (o su desgracia), las puertas automáticas del café se abrieron de golpe.
No entró un oficinista. No entró un estudiante.
Entró él.
La temperatura del local pareció descender varios grados. La presencia de Román Dangel era tan abrumadora que incluso el ruido de las máquinas pareció aminorar. Todos los clientes giraron la cabeza, intimidados y fascinados. Ese hombre alto, con cabello de fuego y mirada dorada y roja, tatuajes y un aire de peligro, parecía fuera de lugar. Parecía un lobo entrando en un jardín de flores.
Román entró como un huracán, pasándose una mano por su largo cabello con frustración. Su mente iba a mil por hora. ¿Una semana? ¿En una semana dónde carajos voy a conseguir a una chica que finja ser mi novia formal? Tengo que buscar a alguien, alguien que... que no importe demasiado, alguien que acepte dinero.
Estaba tan enfurecido y estresado que ni siquiera miraba bien dónde pisaba. Solo quería un café fuerte y pensar.
Aliza, que iba caminando hacia atrás mientras ordenaba unos platos, distraída y cansada, no vio venir la mole de hombre que se acercaba.
—¡Cuidado! —gritó alguien.
Fue demasiado tarde. Aliza chocó de lleno contra el pecho duro como una roca de Román.
—¡Ay! —exclamó ella, perdiendo el equilibrio instantáneamente. Su torpeza habitual salió a flote. Iba a caer al suelo, seguramente a hacerse daño o a romper algo.
Pero Román, con sus reflejos rápidos y atléticos, la atrapó antes de que tocara el suelo. Una mano fuerte la sujetó firmemente por la cintura, jalándola hacia él.
El tiempo se detuvo.
Aliza quedó suspendida en el aire, mirando hacia arriba. Sus ojos morado y azul se encontraron de frente con esos ojos dorados y rojos que la observaban con sorpresa. Estaba tan cerca que podía oler su perfume: caro, amaderado, varonil.
Román también se quedó helado.
Esperaba encontrar a una mujer cualquiera, pero lo que tenía en brazos era... una pequeña criatura de ensueño. Era diminuta, cabía perfectamente contra él. Su cabello bicolor se derramó como una cascada de colores pastel, y esos ojos... ¡Dioses, esos ojos! Eran los ojos más extraños y hermosos que había visto en su vida. Se veía tan frágil, tan tierna, vestida con ropa que le quedaba grande, parecía una muñequita perdida.
—Tsk, mira por dónde caminas, enana —dijo Román, automáticamente poniendo su tono rudo y gruñón, aunque no soltaba su cintura.
Aliza se sonrojó hasta la raíz, incapaz de hablar, paralizada por la cercanía de ese hombre que parecía sacado de una pesadilla y de un sueño erótico al mismo tiempo. Era rudo, tenía tatuajes, se veía peligroso... pero era increíblemente guapo y... ¿olía a dinero? Mucho dinero.
—L-lo siento... mucho... —tartamudeó ella, bajando la mirada, temblando un poco—. Fui muy torpe, señor...
Román la enderezó, pero no se alejó. La observó de arriba abajo. Joven, parece estudiante, trabaja aquí... se ve que no tiene un centavo y está muerta de sueño. Una idea loca, descabellada, comenzó a formarse en la mente retorcida y desesperada del heredero.
Sonrió. Una sonrisa ladina, peligrosa y llena de intención. Se inclinó hacia ella, acercando su rostro al de la pequeña chica, invadiendo su espacio personal por completo.
—Oye tú... la de los ojos de colores —susurró Román, con voz grave y seductora—. Tengo una propuesta para ti. Si aceptas, te pagaré lo suficiente para que no tengas que trabajar ni estudiar nunca más en tu vida.
Aliza lo miró con los ojos muy abiertos, confundida y asustada, pero también... esperanzada. ¿Era este su milagro? ¿O su condena?
—¿Q-qué... qué clase de propuesta? —susurró ella.
—Necesito que seas mi novia. Fingida, claro está. Por solo una semana.
La boca de Aliza se abrió en una "O" perfecta. El hombre más intimidante, sexy y rico que jamás había visto acababa de pedirle que fingiera ser su pareja. Su sueño de tener un novio rico acababa de hacerse realidad... pero de la forma más extraña y aterradora posible.
—¿Yo... su novia? —repitió ella, sin creérselo.
—Sí —Román sonrió, mostrando los dientes, arrogante y seguro—. Y más te vale actuar bien, muñeca, porque de esto depende que me convierta en el hombre más poderoso del mundo. Y tú... tú vas a ser mi secreto mejor guardado.
Y así, entre el choque de dos mundos opuestos: el oro y la miseria, la rudeza y la dulzura, comenzó el trato de una semana que cambiaría sus vidas para siempre