El Cafe Cosmos
Ahí estabas tú. Sentada en un rincón de este extraño café, a años de mi era.
Era imposible conocerte, pero ahí estabas, a pasos de mí. Una joven hermosa, de unos veintitantos años, envuelta en un aura de misterio. Nunca te había visto, pero sentía esa extraña sensación de conocerte, de algún lugar que no lograba ubicar. Esa sensación me hacía vacilar entre dar el paso o no, pero ya estaba allí, logrando lo que consideraba imposible: viajar en el tiempo de una forma que aún no podía explicar.
Me acerqué a tu mesa mientras la decoración interna me asombraba por su avance técnico. Vi mesas que levitaban y cristales que, al sentir nuestras emociones, fluctuaban de color. Tú estabas entretenida leyendo el menú, mientras el cristal junto a ti cambiaba de un tono plateado a un azul índigo profundo. Sentí una intriga que me aceleraba el pulso y lo único que se me ocurrió decirte fue:
—¡Hola!
Alzaste la mirada y me sonreíste con una naturalidad que me desarmó.
—¡Hola, Viajero! ¡Te estaba esperando! —respondiste.
Me invitaste a tomar asiento y, de inmediato, la silla se adecuó a mi estatura. Sentí un ligero vértigo; no estaba acostumbrado a semejante tecnología.
—¿Cómo te llamas? —pregunté, tratando de recuperar la compostura. —Selene —dijiste con una voz armoniosa. —¿Dónde estamos? —En el Café Cosmos —respondiste con calma.
Trataba de procesar todo. El olor a café me recordaba a mi infancia, un ancla de realidad en medio de la música electrónica etérea que parecía brotar de las paredes. Para probar si esto era un sueño, te pedí una bebida. Me ofreciste un “Néctar de Eventos”. Al primer trago, sentí una efervescencia agradable que calmó mis nervios y aclaró mi mente. Bebí todo el vaso, asombrado por cómo el ambiente interactuaba conmigo.
—¿En qué año estamos, Selene? —pregunté finalmente.
—Para los estándares de tu antigua cronología, estamos en el año 3247 —respondiste.
Más de un milenio. El impacto me dejó en silencio. Como una última prueba, pedí ver el menú. Al tocar la lámina traslúcida, una cascada de luces bailó sobre su superficie hasta que un mensaje apareció: “Idioma detectado. Letra muerta: Español antiguo”.
Podía leerlo, era real. Pero entonces, la maravilla se transformó en angustia.
Empecé a sentir que estaba siendo aspirado, aunque permanecía en el mismo lugar. La mesa, antes azul, estalló en un rojo de advertencia visceral. Un zumbido agudo empezó a taladrar mis oídos y el ambiente se oscureció de repente. El pánico me invadió al sentir que perdía el conocimiento.
Justo antes de caer en el abismo, sentí tu mano firme apretando la mía.
—Aquí estaré, Viajero —susurraste.
Y entonces, todo se volvió negro.