La llamada del Caos

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Summary

Durante dieciséis años, sus padres no intentaron protegerla del mundo, sino ocultar la luz gélida de sus manos. Cuando un mensajero toca su puerta diciendo que el prisma del despertar la ha escogido, el silencio de su humilde vida en Grenval se rompe para siempre. Enviada al prestigioso Instituto Arcano de Thalassia, Alina debe aprender a dominar el poder que late en su pecho mientras navega un nido de intrigas junto a Celeste, una heredera tan poderosa como enigmática. En un mundo de linajes antiguos, Alina descubrirá que su identidad no es un don, sino una fuerza que amenaza con consumirlo todo.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Presagio Mudo

En el borde del bosque encantado del humilde pueblo de Grenval, donde los rumores de magia se entremezclaban con las supersticiones de los aldeanos, nacía Alina.

Fue una llegada sin celebraciones ni presagios. En la casa de piedra, su madre Liria la acunaba mientras su padre, un hombre de hombros anchos y pocas palabras, observaba desde la puerta.

No había alegría plena en sus ojos, sino una vigilancia tensa, como quien espera que una tormenta rompa la calma en cualquier momento.

—Es una niña fuerte —dijo Liria, sonriendo con una fragilidad que dolía.

—Solo necesitamos que sea una niña común, Liria —respondió él, mirando el cielo nublado—. Que viva una vida tranquila.

Pero el destino no sabía de anonimatos.

A los siete años, el aire fresco de la mañana rodeaba a Alina mientras corría entre flores silvestres.

Al intentar atrapar una mariposa, ocurrió lo insólito: el insecto se detuvo en el aire, vibrando, y una luz blanca y gélida comenzó a emanar de las palmas de la niña.

Otras mariposas acudieron, formando un círculo perfecto, una corona de luz que no calentaba, sino que parecía absorber el color del entorno.

—¡Mira, papá! ¡Mira lo que puedo hacer! —gritó Alina con el júbilo propio de la infancia.

Su padre, que estaba hachando leña cerca, dejó caer la herramienta. El metal golpeó la tierra con un sonido sordo que cortó la magia.

No corrió a abrazarla. Se quedó estático, con el rostro pálido y la mirada fija en las manos de su hija como si estuviera viendo una herida abierta.

—Bájalo —susurró él, con una voz cargada de un pavor que Alina no pudo comprender—. Alina, baja las manos ahora mismo.

Liria salió de la casa y, al ver la escena, ahogó un grito, llevándose las manos a la boca. No hubo felicitaciones por el “prestigio” de su don.

Aquella tarde, el silencio en la casa fue absoluto. Su padre no volvió a mirarla a los ojos en todo el día, y esa noche, Alina lo escuchó murmurar en la oscuridad:

“Es igual que él, Liria. Tiene el mismo brillo... y el mismo final la espera si no la escondemos”.

Esa misma noche, Alina tuvo el primer encuentro con su propia esencia.

El sueño no comenzó con imágenes, sino con una pérdida total de los sentidos. Su habitación desapareció, devorada por una negrura que no era oscuridad, sino ausencia.

Alina se encontró suspendida en un vacío absoluto. No había suelo que pisar ni aire que respirar, y sin embargo, no sentía asfixia, sino una expansión aterradora.

De la nada, emergió el eco. No era una voz, eran mil voces vibrando al unísono desde el centro de su propio pecho.

“Alina, niña del vacío, has llegado aquí por un motivo. El vacío no es solo lo que no está, es lo que aún no ha sido. Es la esencia de lo que está por venir.”

Alina no comprendió las palabras, pero algo en ellas le tocó profundamente. Su corazón latió un poco más rápido, como si la voz reconociera algo en ella que ella misma aún no conocía.

“Tu magia, aunque aún no la entiendas, nace de este vacío. De este lugar que es tanto un fin como un principio. Pero para comprender tu destino, deberás conectar con el vacío, cuando el tiempo lo exija. El futuro no puede revelarse en la luz, sino en la sombra.”

La voz hizo una pausa, y Alina, aunque intrigada, no sabía qué significaban esas palabras. ¿Qué vacío? ¿Por qué ella? No podía procesarlo, no tenía las palabras para comprenderlo.

Era solo una niña. Y sin embargo, en el fondo de su ser, algo en esas palabras se resonó, como un eco distante de algo que ella aún no podía recordar.

“Olvidarás todo esto cuando despiertes, niña. El vacío se desvanecerá, y el destino se alejará de ti... pero solo por un tiempo. Cuando el momento llegue, lo sabrás. El vacío regresará, y tú serás quien debe decidir qué hacer con él.”

Alina despertó de golpe, con las sábanas empapadas y un frío glacial en los huesos. El sol se filtraba por la ventana, pero ella ya no se sentía parte de ese mundo cálido y sólido.

Se sentía como una intrusa en su propio cuerpo.

Pasaron los años. El miedo de sus padres se convirtió en una rutina de ocultamiento. Cada vela que se encendía sola era apagada de inmediato por la mirada severa de su padre; cada planta que florecía bajo sus pies era arrancada.

Alina creció en una jaula de silencio, creyendo que su poder era una vergüenza que debía ser enterrada.

Hasta la mañana de su decimosexto cumpleaños.

Un golpe solemne en la puerta rompió la paz. Un mensajero con las vestiduras de seda azul y plata del Instituto Arcano de Thalassia aguardaba.

En sus manos, un sobre con el sello dorado del fénix.

—Alina de Grenval —dijo el hombre—. El Prisma del Despertar ha hablado. Has sido seleccionada.

Su padre se interpuso en la puerta, bloqueando el paso con su cuerpo robusto. Sus manos temblaban.

—Se equivoca. Mi hija no tiene nada que ofrecerles. Ella se queda aquí.

—Nadie rechaza la llamada de Thalassia, señor —replicó el mensajero con una sonrisa fría y profesional—. Es un honor. Un destino de gloria y prestigio.

—¡No es gloria! —estalló el padre, y por un segundo, Alina vio una grieta de puro pavor en sus ojos. Se detuvo antes de pronunciar la siguiente palabra, apretando los dientes con tanta fuerza que su mandíbula crujió. Estaba mirando el sobre dorado como si fuera un animal venenoso a punto de atacar.

—Déjame verla, papá —dijo Alina, acercándose con una firmeza que no sabía que poseía. Esquivo a su padre y tomó la carta directamente de las manos del mensajero.

El sello de oro del fénix quemaba al tacto.

—¡Alina, suelta eso! —rugió su padre, su voz quebrada por el pánico.

Ella no obedeció. Rompió el sobre y leyó las palabras en voz alta, sintiendo cómo cada letra resonaba en sus huesos:

“Por la presente, se notifica que Alina de Estrelia ha sido seleccionada para asistir al Instituto Arcano de Thalassia, en virtud de su afinidad mágica demostrada.”

—Es una condena —dijo su padre, retrocediendo temeroso—. No vas a ir. No permitiremos que te conviertan en... en eso.

—¿En qué, papá? —le reclamó Alina, dando un paso hacia él—. Durante dieciséis años me has hecho esconder las manos como si estuvieran manchadas de algo sucio. ¿Por qué yo tengo esto y nadie más en este pueblo? ¿Cuál es mi propósito?

—¡Tu propósito era estar a salvo! —intervino su madre con la voz ahogada en llanto.

—¡Eso es lo que ustedes querían para mí, no lo que yo soy! —estalló Alina. Las sombras en las esquinas de la habitación parecieron estirarse hacia ella en respuesta a su agitación—. Siento algo aquí dentro, algo que no se llena con nada de este pueblo. Si este lugar dice que soy especial, tengo derecho a saber por qué. ¡Necesito saber quién soy!

Alina miró hacia la chimenea. Dejó de luchar contra la presión en su pecho y permitió que fluyera. Las llamas de la casa estallaron en un blanco purísimo, tan brillante que el calor se volvió insoportable por un segundo.

—Voy a ir —sentenció Alina esa noche, mientras el fuego blanco iluminaba su rostro.

Su padre no discutió más. Se limitó a sentarse en un rincón oscuro, dándole la espalda.

—Entonces ve —susurró él con una voz rota—. Ve a buscar tus respuestas. Pero ten cuidado con lo que encuentres, Alina.

Se hizo un silencio pesado, solo roto por el rugido del fuego blanco que ella aún no lograba apagar del todo.

—Crees que saber quién eres te hará libre —continuó él, sin girarse—, pero ese conocimiento tiene un precio que no puedes imaginar. Ese poder no se deja conocer sin llevarse algo a cambio. Si cruzas esa puerta para “encontrarte”, lo que sea que regrese de allí ya no será mi hija. Será solo el eco de lo que solías ser.

Alina apretó la carta contra su pecho. El dolor del rechazo de su padre era fuerte, pero la necesidad de entender su propia naturaleza era un grito que ya no podía sofocar.

Dos semanas después, Alina cruzó el umbral de su casa por última vez. Al llegar al carruaje, el mensajero la recorrió con una mirada calculadora, como si estuviera verificando la autenticidad de una joya rara.

—¿Está lista, Señorita? —preguntó el hombre mientras cerraba la puerta del carruaje.

Alina giró la cabeza para mirar su casa por última vez. Su madre permanecía en el pórtico, aferrada al marco de la puerta como si el mundo se estuviera derrumbando bajo sus pies.

A pesar de las lágrimas que surcaban su rostro, le dedicó una sonrisa tenue, un último intento de darle valor. Pero el lugar junto a ella estaba vacío; su padre no había salido a despedirse.

Aquel espacio desierto dolió más que cualquier reproche, clavándose como un pinchazo gélido en su pecho.

—Sí —respondió ella, con la voz quebrada mientras las primeras lágrimas comenzaban a brotar.

Se subió al carruaje y el golpe de la puerta al cerrarse sonó definitivo.

Mientras las ruedas empezaban a girar, Grenval se perdió rápidamente en la niebla del camino, dejando atrás la seguridad de su infancia y una verdad que Alina aún no alcanzaba a comprender: sus padres no habían pasado dieciséis años intentando protegerla del mundo, sino intentando proteger al mundo de ella.