Capítulo 1
Esto se está convirtiendo en una costumbre amarga, en una rutina de luto que se repite con demasiada frecuencia... por desgracia.
Siento que nos han maldecido; a nosotros, a nuestras familias o quizás a la ciudad entera.
No lo sé con certeza, pero algo está pasando, una vibración extraña que casi se puede sentir vibrando en el aire, como el zumbido de un insecto antes de la tormenta. El día ha amanecido plomizo, nublado, con el peso de una atmósfera que parece a punto de estallar en lluvia. El cielo se prepara para derramar las lágrimas por nuestra reina fallecida; lágrimas necesarias, pues me temo que nadie más las echará por ella fuera de estos muros. No fue malvada, a pesar de los rumores; por lo que sé, se estaba esforzando al límite de sus fuerzas en sacarnos de esta pobreza que nos está devorando las entrañas poco a poco.
Pero nada ha servido. El destino ha sido mezquino con ella; era demasiado joven cuando el peso de la corona le hundió los hombros y, definitivamente, demasiado joven para marcharse hacia el descanso eterno.
Un silencio solemne, casi asfixiante, cae sobre la multitud cuando el féretro de madera oscura pasa por delante de nosotros, a hombros de sus soldados más leales. Sus armaduras relucen con un brillo apagado bajo el cielo gris, recordándonos que las defensas de Krastelia siempre han sido excelentes, inexpugnables. Ningún peligro físico, ningún ejército de carne y hueso, ha logrado jamás traspasar los muros de piedra que nos protegen del exterior.
Lo malo es que existen enemigos sutiles, sombras que traspasan murallas y acero sin necesidad de derramar una gota de sangre. Y contra esos, contra los que no puedes ver ni tocar... no puedes hacer nada. Solo esperar el golpe.
Sigo con la mirada el recorrido lento del féretro, intentando ignorar el nudo en mi garganta. Sin embargo, al llegar a la altura de la vieja iglesia de piedra, una figura estática llama poderosamente mi atención. Está allí, de pie encima de la muralla, recortada contra el horizonte ceniciento. No puedo distinguir sus rasgos desde esta distancia; no sé si es hombre o mujer. Parece llevar un vestido largo que ondea con el viento o bien, podría ser una capa pesada que la envuelve por completo. Se mantiene tan inmóvil que casi parece parte de la arquitectura, observando el funeral con una intensidad que me eriza el vello de la nuca.
Una mano en mi hombro, firme y repentina, me sobresalta de tal manera que casi doy un salto en mi sitio. El corazón me da un vuelco contra las costillas antes de que me dé cuenta de quién es.
Es mi abuela. Sus ojos, siempre cargados de una sabiduría que a veces me asusta, me miran con una calma que contrasta con el caos que siento en mi interior.
Miro de nuevo a la parte del muro donde estaba aquella presencia, forzando la vista contra el gris del cielo, pero ya ha desaparecido. No queda ni el más mínimo rastro de tela ondeando, ni una sombra que delate que alguien estuvo allí hace apenas unos segundos.
Acaso, ¿me lo he imaginado? ¿Ha sido un juego de luces y sombras provocado por la bruma de este día tan amargo?
—Tranquilo, mi niño. Solo ha venido a despedirse de su hermana —murmura ella con una naturalidad pasmosa. Las palabras de mi abuela me dejan totalmente boquiabierto, helándome la sangre más que el viento que sopla desde las montañas.
—¿A quién te refieres, abuela? —alcanzo a preguntar en un susurro, temiendo que alguien más nos escuche.
—A la chica que estaba allí arriba —contesta sin dudar, señalando con su dedo nudo el punto exacto del muro donde estaba la figura, el mismo lugar que yo creía haber inventado en mi mente—. Solo vino a despedirse de su hermana mayor. Nada más.
Durante los minutos eternos en que le rinden tributo a la difunta en la puerta de la iglesia, entre cánticos fúnebres y el olor a incienso que se mezcla con la humedad de la lluvia inminente, no puedo apartar mi mirada del muro. Me quedo fijo en la piedra desnuda, ignorando el paso de los soldados y el llanto de los cortesanos. Mi mente va a mil por hora, intentando procesar la idea de esa desconocida... o no tan desconocida, si es que mi abuela tiene razón en su deducción. Si esa sombra era la hermana de la reina, ¿por qué estaba allí, oculta como una criminal, en lugar de ocupar su lugar en el cortejo fúnebre?
El misterio pesa más que el luto, y el silencio de las piedras parece guardar un secreto que mi familia, por alguna razón, ya conoce.
Cuando por fin el protocolo termina y nos permiten marcharnos a nuestra rutina, me llevo a mi hermana Noah conmigo a mi reunión semanal con mis amigos.
Normalmente, entre semana trabajamos o estudiamos —yo en la fragua, aprendiendo los secretos del acero—, pero hoy es día de luto oficial. El silencio en las calles es obligatorio; no está permitido trabajar ni golpear el yunque.
Los únicos que están trabajando hoy son los que sirven tras los altos muros del castillo, y mi madre es una de ellos. Gracias a su labor en las cocinas reales, nuestra familia está sobreviviendo a esta crisis económica que azota a Krastelia como una plaga invisible.
Empezamos a tener algunos problemillas con la antigua Reina, Dinah; pequeñas grietas en la abundancia que ella siempre lograba resolver con una mano firme y una sonrisa que tranquilizaba al pueblo. Pero desde que Lily subió al trono, las cosas fueron a peor... mucho, mucho peor. Fue como si la suerte le hubiera dado la espalda a la corona.
Al principio, Krastelia era el orgullo de la región: contábamos con maravillosas granjas, grandes cultivos que parecían de oro bajo el sol y mucho trabajo para todos. Pero como siempre ha dicho mi padre: "Sin trabajo, un hombre se muere por dentro antes que por fuera". Después, coincidiendo con la enfermedad y posterior muerte de la Reina Dinah, llegaron las sequías persistentes; las enfermedades desconocidas se llevaban a los animales en una sola noche y las granjas tuvieron que cerrar, una tras otra. Nadie entendía, y seguimos sin entender, cómo una ciudad tan próspera y bendecida está teniendo este final tan horrible y decadente.
Voy divagando en completo silencio, con las manos en los bolsillos, mientras me voy acercando al punto de encuentro con mis colegas. Somos amigos desde siempre, desde que gateábamos por las plazas; nuestras familias están tan entrelazadas que es difícil saber dónde termina una y empieza la otra. Krastelia, podría decirse, es como una gran familia orgánica. La ciudad la han compuesto, desde que fue fundada, las mismas estirpes. Hemos ido creciendo debido a las uniones entre nosotros, generación tras generación. Si lo piensas bien, quizás dentro de unos años me casaré con una prima tercera de mi padre o alguien por el estilo. Casi se me escapa una risa amarga de solo pensarlo, una chispa de humor negro en medio de tanto gris.
Noah camina a mi lado, manteniendo mi ritmo. También en silencio, como si respetara el peso de mis pensamientos. Con su cabello negro azabache recogido en una larga trenza que le golpea la espalda y abrazada a su cuaderno de dibujo, del que nunca, bajo ninguna circunstancia, se separa. Noah no dibuja paisajes ni flores; dibuja cosas que a veces me inquietan. No puedo evitar cierto sentimiento de congoja en el pecho al mirarla de reojo. Solo tiene diez años y está viviendo una vida marcada por la escasez, con un futuro que se siente tan incierto como la niebla del bosque. No sé cómo protegerla de lo que vendrá, no sé cómo mejorar la situación de nuestra despensa cada vez más vacía. No sé qué hacer, y esa impotencia me quema más que el fuego de la forja.
Saludo con un gesto cansado a mis amigos y Noah se separa de nosotros con esa pasividad suya tan característica para ir a su lugar favorito en la entrada del bosque, justo donde las raíces de los robles antiguos parecen querer tragarse el sendero. Está lo suficientemente lejos para que no nos escuche hablar de temas que no son para oídos infantiles, pero lo suficientemente cerca para que yo pueda vigilar el brillo de su trenza negra entre la maleza y no perderla de vista.
Dante e Izan me devuelven el saludo; sus caras son tan sombrías y están tan marcadas por las ojeras como estoy seguro de que es la mía. Por la expresión aburrida y exasperada de Dante, noto que Izan ya le ha dado la tabarra con algún tema recurrente antes de que yo pusiera un pie en la plaza.
—Lo que faltaba para redondear la situación. Que la reina haya muerto justo ahora —dice Izan, con el tono afilado y una amargura que le raspa la voz, nada más alejarse mi hermana
—. Krastelia se va a ir a la mierda definitivamente y nosotros nos hundiremos con ella. Esta ciudad va a ser nuestra tumba, ya lo veréis. Buscad vuestro sitio favorito entre los escombros y echaos a morir ya mismo.
Está bastante enfadado, casi fuera de sí. Es una visión extraña porque, de los tres, Izan siempre ha sido el que mejor humor tiene, el que siempre saca una broma incluso cuando el hambre aprieta.
—Amigo, calla ya de una vez. Lleva así toda la mañana, soltando bilis por la boca —suspira Dante, pasándose una mano por el pelo—. Hasta un guardia real le ha llamado la atención hace un rato cuando pasábamos por la fuente. Está imposible.
—¿Qué estoy imposible? —pregunta Izan, atónito, llevándose una mano al pecho como si lo hubieran ofendido de muerte—. Solo soy el único que dice las verdades. Seguro que Adriel piensa igual que yo, que esto no tiene salida —me señala con el dedo, y ambos me miran fijamente esperando mi respuesta. Sigo sin entender cómo dos personas tan opuestas han podido llegar a ser amigos tan íntimos. ¿Tendrá razón mi hermana al decir que yo soy el único nexo de unión, el pegamento que evita que estos dos se maten?
—Aún no es seguro nada. Creo... —enfatizo, alzando la voz antes de que Izan me interrumpa con otro de sus ataques de pánico
— que deberíamos esperar a ver qué pasa con el consejo. Tal vez... alguien se compadece de nosotros desde fuera y nos ayuda.
—¿Quién nos va a ayudar, Adriel? ¿La Bruja Oscura? —contesta Izan con un sarcasmo tan pesado que casi se puede tocar.
—La Bruja Oscura no existe. Es solo un cuento viejo que circula en las tabernas para asustar a los niños y que no se alejen del muro —dice Dante con voz plana, casi aburrido de haber tenido esta discusión mil veces.
—¡De eso nada! Se dice en las cocinas del castillo que la Bruja Oscura es, en realidad, la hermana desaparecida de la reina Lily, la que se llevaron las sombras.
—Que no, Izan. No seas tan cabezota. Es solo una fábula para que los niños se porten mal y coman su sopa —Dante bosteza, pero por la tensión en sus hombros, me juego la mano a que estos dos han tenido más de una conversación acalorada sobre dicha bruja antes de que yo llegara.
—Ya... ¿y justo aparece esa historia cuando la princesa desaparece sin dejar rastro de su dormitorio? ¿Esa es tu explicación?
—Solo es una coincidencia temporal, hombre. No te dejes llevar por rumores de lavanderas.
—¡¿Ahora resulta que son solo rumores?! —Izan empieza a gesticular con fuerza, atrayendo miradas de desaprobación.
—¿Queréis parar ya de una vez? —les interrumpo, sintiendo cómo me empieza a doler la cabeza y viendo que esa discusión no va a terminar nunca si no intervengo—. No se sabe con certeza lo que le ocurrió a la princesa. Mi madre me contó una vez que la muchacha desapareció de la noche a la mañana, literalmente. Ella misma se encargaba de llevarlas a ambas a su habitación para dormir y cerraba la puerta. Cuando llegó por la mañana para despertarlas, solo estaba Lily, pálida como un fantasma. De la otra no había ni rastro, ni una ventana abierta, ni una sábana fuera de su sitio. Buscaron día y noche por todos lados, levantaron cada piedra de Krastelia, pero jamás se encontró ni una huella.
—Entonces, perfectamente, puede ser la Bruja Oscura que vive en el bosque —insiste Izan con ojos brillantes, como si mi historia confirmara explícitamente su teoría.
Y de repente, la imagen de aquella figura oscura recortada contra el cielo gris y las palabras crípticas de mi abuela me vienen a la mente con la fuerza de un golpe.
"—Tranquilo, mi niño. Solo ha venido a despedirse de su hermana."
¿Acaso mi abuela conocía realmente a aquella figura? ¿Aquella persona en la muralla era la princesa que desapareció hace tantos años? Pero si era ella, ¿por qué aparece justo en este momento de máxima debilidad para la ciudad? ¿Viene a ayudarnos en nuestra miseria o a terminar de destruirnos?
—Eh, Adriel. Tierra llamando a Adriel —Dante me da una palmada en el brazo que me devuelve al presente de golpe.
—¿A dónde te has ido? Llevamos un rato intentando hacerte reaccionar y te has quedado con la mirada perdida en el suelo.
—Oh... lo siento. Es solo una cosa que acabo de recordar. ¿Conocéis la cuesta del Cuerno? ¿La que sube hacia la Iglesia desde el muro norte? —ambos asienten con una atención renovada—. Pues justo encima de la muralla, mientras pasaba el féretro, había una figura vestida totalmente de negro. Lo curioso no es solo que estuviera allí, sino que mi abuela se me ha acercado y me ha dicho, con toda la calma del mundo, que era la hermana de la reina que había venido a despedirse.
—Ja... ¡lo sabía! Lo sabía —dice Izan en un susurro triunfante, golpeando su palma con el puño—. La Bruja Oscura existe, es la princesa y ha vuelto.
Dante lanza un gruñido de frustración al ver que nuestro amigo se va a meter en otro monólogo interminable sobre conspiraciones reales. Sin embargo, el rugido súbito de un relámpago que desgarra el cielo nublado nos hace saltar a los tres, distrayéndonos por un momento de la historia.
—En el hipotético caso de que esa mujer exista... ¿Por qué nunca la hemos visto antes en diez años? ¿Por qué nunca ha usado sus poderes para derribar las murallas de la ciudad si tanto nos odia? —las deducciones frías de Dante siempre nos dejan sin palabras—. Además, si Adriel y su abuela la han visto dentro de las murallas hoy mismo, significa que puede entrar y salir cuando quiera. Alguien habría dado la voz de alarma... los guardias no son ciegos.
—Bobadas —sentencia Izan, restándole importancia con un gesto—. ¿Quién la va a reconocer después de tanto tiempo? ¿Tú, yo... los guardias que apenas la vieron de niña? Esa chica podría pasar por delante de nuestras narices ahora mismo y no sabríamos que es ella si no lleva la corona puesta.
—¿Pudiste verle la cara, Adriel? ¿Algún rasgo? —me pregunta Dante con una mezcla de escepticismo y ansia por saber más.
—No, estaba demasiado lejos y la luz era muy mala. Esta noche, cuando estemos en casa, le preguntaré a mi abuela si sabe algo más. Pero... no sé... desde que la vi allí arriba...
—¿No me digas que te has enamorado de una sombra? —se burla Izan, soltando una risotada ruidosa que provoca que la poca gente que hay en la calle, sumida en su luto, nos mire con desprecio.
—No, idiota, no es eso. Iba a decir que desde que la vi tengo la impresión física de que va a pasar algo inminente. Como un augurio, algo que te recorre la espalda.
—¿Un augurio, como qué exactamente? —pregunta Dante, ahora más curioso que escéptico.
—No lo sé explicar... pero creo que no es nada bueno para ninguno de nosotros.
Al final, la discusión sobre el futuro incierto de la ciudad y sobre la identidad de la bruja queda en tablas, como siempre, y nos centramos en temas más triviales para aliviar la tensión: chismes de la forja y quejas sobre el precio del grano. Cuando el sol empieza a caer, tiñendo las nubes de un color violeta oscuro que me recuerda a la capa de la muralla, le digo a Noah que es hora de volver a casa. La niña cierra su cuaderno con un golpe seco, me mira con sus ojos demasiado grandes y asiente en silencio, como si ella también hubiera sentido el cambio en el viento.
Si deprimente ha sido el día, la cena no puede ser diferente. El guiso aguado humea en los platos, dejando un rastro de olor a tubérculos que apenas calma el hambre, pero no me quejo; ni siquiera mi hermana lo hace.
Conocemos muy bien cómo es la situación y el esfuerzo titánico que está haciendo nuestra madre para estirar cada moneda. De ella y de mi trabajo en la fragua, donde el hierro escasea tanto como la comida, depende nuestra familia, ya que mi padre sufrió un accidente en ella hace un año y la lesión apenas le deja moverse sin soltar un gruñido de dolor.
Comemos en completo silencio, solo roto por el sonido de las cucharas rozando la madera desgastada.
De vez en cuando miro de reojo a mi abuela. Parece ajena a todo, con la mirada perdida en la llama de la vela, como si estuviera leyendo historias en la cera derretida. Después de varios intentos fallidos por tragar el nudo de mi garganta, me armo de valor y saco el tema yo mismo.
—Abuela, ¿tú sabes algo sobre la Bruja Oscura? —suelto, y las palabras parecen pesar una tonelada en el aire denso de la cocina.
—Adriel, no es momento ni lugar de hablar de cuentos de miedo —salta mi madre de inmediato, con un tono algo nervioso y las manos apretando el trapo de cocina.
—¿Qué quieres saber exactamente? —responde mi abuela, y con esas simples palabras, se desata el caos silencioso de nuestro hogar.
Mi hermana Noah empieza a preguntar con voz ansiosa de qué bruja estamos hablando, su curiosidad infantil chocando contra el muro de secretos de los adultos. Mi madre y mi abuela se enzarzan en una discusión de susurros afilados sobre algo que, por la fluidez de sus reproches, ya habían hablado muchas veces antes; todas hablando al mismo tiempo mientras yo las observo en silencio, sintiendo que el aire se vuelve más frío a cada segundo.
Y empiezo a discernir algunas cosas que no encajan. ¿Por qué supone un problema tan grave hablar de ella? De por sí, Krastelia es una ciudad fundada por brujas poderosas, un linaje de magia que está en nuestras propias raíces; la Reina Dinah era una de ellas y nadie bajaba la voz al mencionarla.
¿Qué diferencia hay con esta bruja en concreto? ¿Tan terrible y destructiva es que su nombre actúa como un veneno? Si es así, si es el monstruo que dicen los rumores, ¿por qué nunca hemos sufrido un ataque directo por su parte? ¿Por qué la ciudad sigue en pie mientras ella supuestamente acecha en las sombras?
Salgo bruscamente de mis pensamientos cuando me doy cuenta de que mi madre y mi abuela se han callado de golpe y me miran con una atención que me hiela la sangre. Noah ya no está en la mesa; imagino que, en medio de la disputa, la han mandado a la cama sin que yo me diera cuenta. Empiezo a ponerme realmente nervioso. Mi madre es de las que piensa que la información es nuestra mejor arma; nunca deja aparte a mi hermana en ninguna conversación importante, pues considera que ambos debemos estar preparados siempre ante cualquier situación por dura que sea. Si han decidido dejarla fuera esta vez, empiezo a replantearme, con un miedo creciente, si realmente quiero saber la respuesta a mi pregunta.