El Carrusel de las Sombras

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Summary

Señores y señoras bienvenidos al Carrusel de las Sombras pidan un deseoy dejan que el juego cumpla sus más oscuras fantasías sin condiciones. ¿No me digas que te sientes inseguro? No es como si fuera tu primera vez en desear algo que no deberías y si el deseo es oscuro es el nacimiento de tu deseo y no de este servidor así que elije tomas la oportunidad ¿o eres el espectador de los acontecimientos? Toma asiento.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El Algoritmo del Hambre

Advertencia de contenido: Este capítulo contiene descripciones gráficas de horror corporal, pérdida de peso extrema y desnutrición. Se recomienda discreción, especialmente para personas sensibles a temas relacionados con trastornos de la conducta alimentaria (TCA).

Valeria vivía para alimentarse de la envidia y del dolor ajeno.

Con una belleza envidiable y las curvas en los lugares correctos, disfrutaba la posición social que su dieta rugosa le brindaba. En los casos cuando la presión de cuidar su cuerpo era demasiada, Valeria se daba el permiso de sacar su estrés con esa chica de complexión menuda que miraba hacia abajo hasta que de un tirón de cabello la hacía obedecer.

Un día una notificación llegó de un número desconocido, era un página de una red social conocida. Para alguien como Valería los mensajes de extraños no eran raros, sino un reconocimiento de su propia presencia. Solo era por curiosidad, quería saber qué era lo que esos pobres diablos le rogaba que vieran. Incluso si era algo indecente, era inevitable para alguien que marcaba la posición como ella.

Abrió la página solo para encontrar una imagen en aquella red social, una imagen que estoy seguro han visto alguna vez.

El diseño era mediocre. Una tipografía en cursiva barata sobre un fondo degradado que intentaba parecer místico, pero solo lograba verse rancio. Siete puertas alineadas en una imagen JPG de baja resolución que circulaba por el muro de miles, acumulando “likes” de personas que, en su aburrimiento, estaban dispuestas a vender el alma por un comentario.

—Escoge una —susurró el brillo de la pantalla en la oscuridad de la habitación.

La regla era simple: comenta el número de tu deseo y la puerta se abrirá para ti. Sin letras pequeñas, sin advertencias. Solo el vacío del ciberespacio esperando a ser llenado por la codicia humana.

Valeria, con sus dedos largos y cuidados, los mismos que usaba para señalar las imperfecciones ajenas en el pasillo del instituto, escribió el número cuatro. “Comer todo lo que quiera sin engordar jamás”.

Por supuesto, no era crédula; solo pensó en la posibilidad de dejar esa dieta rugosa y en su lugar poder comer todo lo que sus hermosos labios color cereza pudieran devorar, quizás incluso le haría el favor a su juguete favorito de respirar un poco.

En una sociedad que se basa tanto en la apariencia ¿puedes juzgarla por querer mantener su perfección sin el desgaste emocional?

Una sonrisa de triunfo iluminó su rostro perfecto mientras el cursor parpadeaba, como un ojo que la observaba desde el otro lado.

Ella no sabía que, al otro lado de la ciudad, alguien más observaba ese mismo comentario con una sonrisa distinta. Una sonrisa que no buscaba belleza, sino equilibrio. Y el equilibrio siempre exige que algo se consuma hasta desaparecer.

Al principio, Valeria se sentía como una diosa que había estafado al destino. En la cafetería, frente a las miradas atónitas de quienes antes la envidiaban, devoraba hamburguesas dobles y batidos espesos. Era un espectáculo de glotonería que solo aumentaba su magnetismo. Las chicas la miraban como si estuviera cometiendo un sacrilegio y los chicos admiraban su conducta autodestructiva; pero al final, Valeria mostraba una salida triunfal y continuaba luciendo hermosa y primorosa como siempre sin importar cada atasco de comida.

No obstante, el “don” no era un filtro de belleza, sino un parásito invisible que había empezado a recalibrar su existencia.

A la segunda semana, la báscula marcó un descenso que desafiaba la física. Había perdido cinco kilos a pesar de haber ingerido lo que un atleta consume en un mes. La piel, antes luminosa, empezó a adquirir un matiz cetrino, como el papel viejo. No era una delgadez atlética; era como si sus músculos se estuvieran evaporando para dejar espacio a una estructura ósea que empezaba a reclamar su protagonismo bajo la dermis.

El hambre cambió de naturaleza. Ya no era un capricho estomacal, sino un grito celular. Valeria comía hasta que la mandíbula le dolía, pero su cuerpo era un motor sin tanque de combustible: quemaba la comida antes de que los nutrientes pudieran besar su torrente sanguíneo.

Imagina un incendio que consume madera húmeda: mucho humo, mucho ruido, pero nada de calor.

La esponja, que antes se deslizaba sobre curvas suaves, ahora tropezaba con bordes afilados. Al pasar el jabón por sus costillas, Valeria pudo contarlas una a una, no como quien cuenta trofeos de gimnasio, sino como quien cuenta los barrotes de una jaula. El agua caliente le escocía; ya no tenía esa capa de grasa subcutánea que protege del mundo. El frío exterior se filtraba directamente hasta sus órganos, instalándose en su pecho como un bloque de hielo que ningún banquete lograba derretir.

Sus labios color cereza, antes carnosos y apetecibles, comenzaron a agrietarse, perdiendo su color hasta parecer dos tiras de cuero seco pegadas a una mandíbula que sobresalía demasiado. Ya no necesitaba maquillaje para resaltar sus pómulos; ahora las sombras naturales de su rostro eran tan profundas que sus ojos parecían flotar en cuencas oscuras, como dos náufragos en un pozo. El brillo de la pantalla, que antes la adoraba, ahora revelaba la verdad: la ‘perfección’ se había convertido en una máscara mortuoria de piel cetrina.

La última vez que Valeria se miró al espejo, no vio a la chica guapa que hacía bullying. Vio un espantapájaros forrado en seda. Sus órganos, exhaustos de trabajar para nada, empezaron a fallar en cadena. Su corazón, un músculo ahora debilitado y pequeño, latía con un ritmo errático, intentando bombear una sangre que era básicamente agua sin azúcar.

Murió rodeada de envoltorios de comida rápida, con la boca aún manchada de chocolate, en el estado de desnutrición más severo registrado en la historia clínica de la ciudad. Estaba llena, pero su cuerpo se había muerto de hambre.

El entierro de Valeria fue un asunto de ataúd cerrado; no había cantidad de maquillaje en el mundo capaz de devolverle la humanidad a aquel fardo de huesos y piel seca que la policía encontró entre restos de cartón y aceite frío.

Al día siguiente, el instituto intentaba recuperar su ritmo, aunque el fantasma de la perfección perdida de Valeria aún flotaba en los pasillos. Mireiya —la chica de complexión menuda, la que siempre caminaba con los ojos clavados en sus propios zapatos para evitar el látigo de la lengua de Valeria— se detuvo frente a la taquilla que ahora estaba vacía.

Sintió una vibración en el bolsillo.

Sacó el teléfono. No había remitente, solo una notificación que iluminó su rostro cansado con una luz azulada y estéril. Un enlace. Una imagen.

Al desbloquearlo, ahí estaban de nuevo: las siete puertas en baja resolución, el diseño rancio, la tipografía cursiva barata que prometía milagros a cambio de nada. La pantalla mostraba el cursor parpadeando en la caja de comentarios, justo debajo de la última interacción registrada.

[Usuario eliminado: 4. Comer todo lo que quiera sin engordar jamás]

Mireiya observó las palabras durante un segundo. Sus dedos, pequeños y marcados por el estrés de meses de abusos, rozaron el cristal. Recordó la sonrisa de Valeria, la forma en que la hacía sentir pequeña, invisible, defectuosa. Recordó que el equilibrio siempre exige que algo se consuma.

Una comisura de sus labios se elevó en un gesto que nadie habría reconocido en ella. No era alegría; era una fría y absoluta satisfacción.

Apagó la pantalla con un clic seco, dejando el dispositivo a oscuras. No necesitaba comentar. Ella ya había hecho su elección mucho antes de que Valeria abriera ese enlace.

Guardó el teléfono, se ajustó la mochila y siguió caminando por el pasillo, esta vez con la mirada levantada, mientras el eco de sus pasos resonaba con una fuerza que nunca antes había tenido.