Hija de Cenizas: El Vínculo del Lobo

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Summary

Ella es la hija del carnicero. Él, el rey que lo mató. Y la luna acaba de decidir que son almas gemelas... aunque se odien con toda la furia de sus manadas. Eira no es una princesa. Es una estratega cautiva, hija del alfa más sanguinario del norte, y su única moneda de cambio es un mapa tatuado en la piel que podría destruir o salvar a los seis territorios lycan. Cuando el Rey Varek —el lobo negro que arrasó a su padre en el campo de batalla— la toma como prisionera de guerra, Eira está dispuesta a todo para sobrevivir: a mentir, a manipular, a rendir su libertad a cambio de cincuenta vidas inocentes. Pero Varek no la quiere viva por sus mapas. La quiere muerta por su sangre. Hasta que la luna llena se alza sobre la Torre de Cristal y su lobo primigenio irrumpe en su celda no para devorarla… sino para reclamarla. El vínculo mate no negocia: los une en carne, dolor y deseo, convirtiendo su odio en una hambre que ninguno de los dos puede contener ni explicar. Ahora Eira yace entre las sombras de un castillo que la odia, marcada por las garras de un rey que la desea tanto como la aborrece. Con traición en cada pasillo, una manada enemiga acampando en sus fronteras y un traidor oculto que ansía romper su vínculo para siempre, Eira deberá elegir: seguir siendo la prisionera de su pasado… o convertirse en la reina que le enseñe al lobo más temido del norte que la verdadera conquista no se hace con sangre.

Genre
Romance
Author
Susana
Status
Complete
Chapters
40
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Capítulo 1

El cielo sobre las Lomas Negras no se volvía rojo por la sangre. Se volvía rojo porque Aldric, su padre, había ordenado que quemaran los bosques del oeste para que el enemigo no tuviera cobijo. Era una táctica de viejo cobarde, pensó Eira mientras ajustaba el cinturón de la espada corta que apenas sabía blandir. A su izquierda, una niña de no más de seis años sollozaba con el rostro hundido en las faldas de una sanadora. A su derecha, tres guerreros veteranos sostenían lanzas melladas, listos para morir por la retaguardia que ella misma había organizado.

No eran soldados. Eran los últimos.

—¡Más rápido! —gritó Eira, y su voz sonó extrañamente firme para alguien que tenía las manos heladas—. Los carros de los heridos primero. Si alguien puede caminar, que camine. Los que no, que monten.

—Eira. —Un viejo guerrero se acercó cojeando. Tenía una cicatriz que le cruzaba el ojo izquierdo, regalo de una de las razzias de Aldric—. El alfa ordena que todos los machos sanos luchen en la primera línea.

—Mi padre ordena muchas cosas —respondió ella sin mirarlo, ocupada en atar una venda improvisada alrededor del tobillo de un adolescente—. Y la mayoría son estúpidas. Tú tienes cincuenta y tres inviernos, Torval. No vas a salvar la manada muriendo con una lanza torcida. Vas a salvarla llevando a los cachorros al desfiladero.

Torval gruñó, pero asintió.

Eira no era una guerrera. No era una sanadora. Era lo que había sobrevivido a ser la hija de Aldric el Rojo: una estratega forzada, una mente que contaba suministros y trazaba rutas de escape mientras su padre contaba cadáveres. Desde que tenía doce años, había planificado cada conquista, cada retirada, cada masacre. Pero también había tejido mapas secretos: mapas de refugios, de treguas locales, de lugares donde los civiles podrían esconderse si el carnicero alguna vez perdía el control.

Ese día había llegado.

La primera línea de combate rugió a lo lejos, una vibración que subió por las plantas de los pies de Eira y se instaló en sus molares. Luego vino el aullido. No el de los guerreros de su padre. Era algo más antiguo, más profundo, un sonido que parecía arrancar la piel del mundo.

El Rey Lycan había llegado.

—Dioses de la luna... —susurró la sanadora.

Eira alzó la vista. Desde la cresta de la colina, donde Aldric había colocado su estandarte carmesí, algo imposible se deslizaba hacia abajo. Era una marea de pelaje negro, ojos dorados y garras que destellaban bajo la luz del fuego del bosque. Los lobos de Varek no atacaban como soldados. Atacaban como una tormenta consciente.

El estandarte carmesí cayó.

Eira no respiró. No se movió. Vio cómo una forma enorme, más grande que cualquier lycan que hubiera visto jamás, se elevaba sobre la multitud enfrentada. Patas delanteras que parecían columnas de mármol. Un pelaje tan negro que absorbía el resplandor de los incendios. Y los ojos. Ojos de un ámbar helado, fijos en la silueta de su padre.

Aldric gritó una orden. Nadie la oyó.

La bestia —Varek, porque solo el Rey Lycan podía ser aquello— saltó. El choque fue una explosión de carne y hueso que Eira sintió en el estómago antes de verlo. Aldric se transformó a mitad de camino: un lobo rojizo, enorme, cargado de años de crueldad. Pero el Rey Lycan era más rápido, más grande, más joven en su furia. Garras que destrozaron costillas. Un mordisco que hizo callar para siempre el aullido de guerra de Aldric.

El cuerpo de su padre cayó al barro. Se contrajo una vez. Se quedó inmóvil.

Eira esperó que algo dentro de ella se quebrara. Esperó lágrimas, gritos, el instinto de una hija. No llegó nada. Solo un vacío frío, amargo, que sabía a liberación mezclada con vergüenza. Había odiado a Aldric. Lo había odiado tanto que su muerte le dejó una caja vacía donde debería haber estado el duelo.

Pero no había tiempo para autodiagnóstico.

—¡Formad un muro! —bramó un capitán de Aldric en la retaguardia, desesperado—. ¡Proteged la colina!

Eira se giró. Los guerreros supervivientes de la primera línea retrocedían ensangrentados. Cien. Quizá menos. Detrás de ellos, la retaguardia que ella había salvado: cincuenta almas, entre niños, madres, heridos y ancianos. Los lobos de Varek avanzaban sin prisa, limpiando el campo. No dejaban prisioneros. Eira lo sabía. Había leído los informes de los territorios caídos.

Nadie sobrevivía al Rey Lycan.

—Eira... —Torval se había puesto delante de ella, con su lanza torcida—. Debemos luchar.

—No —dijo ella, y la claridad cayó sobre ella como agua helada—. No luchamos.

Se adelantó un paso. Luego otro. El viento le tiraba del cabello castaño, sucio de humo y ceniza. Sus manos temblaban, pero las apretó con fuerza. Llevaba años imaginando este momento. No el de la muerte de Aldric, sino el que vendría después. El momento en que tendría que elegir entre el orgullo de la manada y la vida de su gente.

Eira corrió.

No hacia la retaguardia. No hacia la seguridad. Corrió hacia el centro del campo de batalla, donde el Rey Lycan aún se erguía sobre las cenizas de su padre, con el hocico manchado de sangre carmesí. Los guerreros de su manada la vieron pasar; algunos gritaron su nombre, creyendo que se lanzaba a una carga suicida.

Se detuvo a quince metros de la bestia.

El lobo negro giró la cabeza. Los ojos ámbar se clavaron en ella. Eira sintió que el aire dejaba de entrarle en los pulmones. No era miedo, o no solo miedo. Era la sensación de estar frente a un destino que no había elegido, pero que la había estado esperando desde que nació.

—¡Rey Varek! —gritó, y su voz salió más alta de lo que esperaba, aguda pero firme.

El lobo dio un paso hacia ella. El suelo tembló. Eira no retrocedió. Levantó las manos, vacías, mostrando las palmas. Luego, lentamente, se arrodilló en el barro ensangrentado.

Un murmullo recorrió las filas de los guerreros negros.

—Me rindo —dijo Eira, y el silencio que siguió fue más profundo que el combate—. No pido clemencia para mí. Pido un trueque.

El lobo negro gruñó. Un sonido bajo, vibrante, que hizo que los pelos de la nuca de Eira se erizaran. No obstante, Eira siguió hablando. Si paraba, morían todos.

—Cincuenta de los míos. Niños, heridos, ancianos. Guerreros que no levantarán arma contra usted. Les doy la manada, el territorio, las armas. Les doy todo. A cambio... déjelos vivir. Envíelos al valle del Sur. Sin marcas de esclavitud, sin cadenas. Solo exilio. —Tragó saliva. La sangre de su padre estaba a solo metros, calentando el barro—. Y yo... yo seré su prisionera. Su garantía. Su trofeo. Lo que desee.

Los ojos ámbar la escudriñaron. La bestia se acercó. Eira podía olerlo ahora: pino quemado, sangre, algo salvaje y antiguo que olía a tormenta. El lobo la rodeó, lento, calculador. Sus costillas gemían bajo la atención de aquella mirada. Cualquier segundo, pensó Eira, aquella boca podría cerrarse alrededor de su cuello.

Entonces, una luz. Un destello. El aire se distorsionó como si el calor lo doblara, y donde había estado la bestia, ahora había un hombre.

Eira nunca había visto a Varek en persona. Solo leyendas. Pero las leyendas no hacían justicia.

Era alto, más alto que cualquier guerrero de su padre. La piel pálida contrastaba con el cabello negro empapado en sudor y sangre ajena. Los ojos seguían siendo ámbar, inhumanos incluso en forma humana. Y el cuerpo... Eira desvió la mirada, consciente de su propia vergüenza. Estaba desnudo, cubierto solo por la transformación misma, cada músculo delineado bajo la luz de los fuegos. No era belleza humana. Era predador convertido en carne.

Varek se acercó. Pasó junto al cadáver de Aldric sin mirarlo. Se detuvo frente a Eira, que seguía arrodillada, y la miró desde arriba con una expresión que ella no supo leer.

—Hija de Aldric —dijo. Su voz era hielo y trueno, una vibración más que un sonido—. Pides clemencia con la misma boca que planeó la masacre de Bramblebrook.

—No —respondió Eira, y alzó la vista para encontrarse con esos ojos—. Yo no planeé Bramblebrook. Mi padre sí. Yo dibujé los mapas. Yo calculé las rutas. Pero yo también tracé los caminos de escape para los pueblos que él quería quemar. Algunos sobrevivieron. Pregunte a sus espías, Rey Varek. Pregunte quién enviaba comida a los territorios saqueados en invierno. No fue Aldric.

Varek inclinó la cabeza. Un gesto casi animal.

—¿Y ahora te arrodillas por ellos?

—Me arrodillo por la única cosa que puedo salvar.

Un segundo. Dos. El fuego del bosque crepitaba a lo lejos. Alguien lloraba en la retaguardia, un sonido ahogado.

—Llévense a los cincuenta al valle del Sur —ordenó Varek sin apartar la mirada de Eira, dirigiéndose a uno de sus generales—. Sin cadenas. Sin marcas. Que juramenten no volver a levantar el estandarte de Aldric. Si lo hacen, muerte.

—¡Mi rey! —protesto el general, un lycan de barba roja—. Son sangre del carnicero. Deberíamos...

—¿Cuestionas mi palabra? —La voz de Varek no subió de volumen, pero el general palideció y se inclinó.

—No, mi rey.

Varek extendió la mano. Dedos largos, fuertes, manchados de sangre que aún no se había secado. Agarró a Eira por el cabello, no con violencia brutal, sino con una firmeza que levantó su rostro hacia él. Eira contuvo el aliento. El dolor fue punzante pero controlado.

—Tú no irás al valle del Sur —murmuró Varek, lo suficientemente bajo para que solo ella lo oyera. Sus ojos la devoraban con un odio tan intenso que Eira sintió que la quemaba más que el fuego del bosque—. Tú vendrás conmigo. Prisionera de guerra. Trofeo de rango. Y si alguna vez descubro que mientes sobre Bramblebrook... te arrancaré la garganta con mis propias manos, hija del tirano.

Eira no lloró. No suplicó. Asintió, una vez.

—Entonces que sea así.

Varek la soltó con un empujón que la hizo caer de rodillas en el barro. Dio media vuelta, ya transformándose nuevamente, y aulló una orden que resonó en las Lomas Negras como sentencia.

Los guerreros negros avanzaron. No hacia los cincuenta supervivientes que Eira había salvado, sino hacia ella. Manos rudas la agarraron por los brazos. Una cuerda de cuero se cerró alrededor de sus muñecas. La arrastraron lejos de su manada, del único hogar que había conocido, del cadáver del monstruo al que había llamado padre.

Eira miró hacia atrás una sola vez.

Torval estaba de pie entre los cincuenta, con un niño en brazos. Las lágrimas corrían por las arrugas del viejo guerrero. Los demás inclinaban la cabeza, algunos llorando, otros simplemente mirando con una mezcla de alivio y horror. Habían vivido. Por su culpa. Por su rendición.

La empujaron hacia un caballo de guerra. La montaron como a un saco. Cuando el animal se movió, Eira sintió el primer latido de verdadero miedo en su pecho.

No moriría esa noche. Pero a medida que las sombras del castillo de Varek se dibujaban contra la luna creciente en el horizonte, Eira supo que la muerte habría sido, quizás, una misericordia.

Cerro los ojos.

Y en la oscuridad, mientras el caballo galopaba hacia su prisión, un lobo aulló a la luna. Un sonido tan profundo, tan desgarrado, que Eira no supo si era victoria o condena.